Aquí un dragón de fuego, carnero y vellocino de oro en un campo de margaritas silvestres, de lilas, de tulipanes y amapolas, bajo el dios guerrero carmín, rojo, escarlata, cristalizado en amatista, en hierro, con aroma a madreselva en helicoidales tentáculos sobre altísimas araucarias sobre desolados territorios escarpados. Allá una serpiente de tierra entre lirios y orquídeas, reptando sigilosa entre esmeraldas, ágatas verdes, peridotos, o calcedonia con venas de cuarzo y de ópalo, concéntricas, blancas, pulidas y brillantes, a veces negra con vetas blancas como nieve muerta. La diosa del amor atrapada en los ocres, verdes, naranjas, amarillos, entre el coral y el cobre, saturada de almendras amargas, rosa, vainilla o violeta. Corta el cielo un roble, silencioso y vacío. Arriba el caballo hecho de aire cabalgando por las rosas, las violetas, y los lirios del valle, gemelos de berilo, ágata o topacio. Ojo de Tigre en la orbita solar del planeta ardiente, azul, amarillo, anaranjado, perfumes venenosos de lavanda y benjuí, magnolios en flor. Abajo el cangrejo que ayudó a la hidra, tallado en aguamarina clara, con incrustaciones de selenita, y de esmeraldas verdemar. Cabra habitante del loto, el lirio y la lila. Piedra del ópalo hindú, la úpala, piedra noble. Agua y Luna en un cielo bifurcado azul, castaño rojizo, plateado. Joya misteriosa de feldespato y perla engastada en plata, oliendo a jazmín y sándalo, lejana como los álamos. Al oriente un león de piel impenetrable. Mono de citrino con ojos de rubí, feroces y bellos. Fuego de un sol dorado, naranja, rojo, quemando ámbar, criolita y diamante amarillo, oro con reminiscencias olorosas a bergamota, incienso, almizcle, en los colores del alelí, la amapola y la rosa. Abeto solitario en lontananza. Hacia el poniente el gallo terrestre, Virgen de jaspe semítico, urgiendo la campanilla, el jazmín y la acacia única diosa virgen sobre un plinto de ágata verde, de olivina, o topacio, mercurial, fulguran en sus ocres, naranjas y amarillos, oliendo a lirio de los valles, siempre a la sombra de los pinos. En el septentrión hay oscuros equilibrios en el perro del aire, y un jardín amanecido en narcisos y violetas, en claveles blancos y jacintos. De afilados colmillos de diamante o aguamarina. Solo la estrella de la tarde aplaca sus furias azules, y cierra sus ojos de cornalina y crisolito. Su aliento huele a almendra o a vainilla, y sus afiladas uñas son de bruñido cobre. Por el austro, un escorpión de aguas acorazado de granate, hematíe y amatista, en su cola terrible refulge el aguijón de topacio. Oculto en una trama de claveles rojos, de amapolas y tulipanes rojos. Habitante y guardián del inframundo, de los atardeceres rojo violáceos, y de las sanguinarias y las malaquitas. Nocturno es de hierro, y en primavera perfuma las mañanas de flor de cerezo o sándalo cuando se escabulle en el oleaje de los sauces. Cerca el centauro, arquero, rata, flecha traicionera que propaga el fuego del rubí en los pedregales de turquesa y lapislázuli bajo la mirada del dios de los dioses. Fuego llameante en un cielo azul y humaredas de estaño. Olor de mirra en el secreto del gladiolo y la placidez del enebro. Ahí, un buey de onix negro u obsidiana que pace pastos de jade rosa. Cabra amamantando al dios en la tierra del boj. Anillos girando como plomo derretido en el índigo. Fragancias a magnolia, a pino, a gardenia sobre setos de madreselvas y cimbalarias. Lejos, el tigre de zafiro azul chapotea en aguas incrustadas de amatista violeta. Escanciador del aire y del fuego sobre la dalia y el pensamiento. Aguador del dios primordial en su cielo azul eléctrico o azul marino. Perla negra, obsidiana, ópalo, zafiro, hacha de plomo, esencia de azalea. Ciprés alargado y señorial, luchando contra el viento, sin sombra. Sumergidos, peces bajo el lirio de agua, el lirio rojo, el narciso, el loto, y en la orilla las dos rosas, la púrpura y la violeta. En las raíces añosas de un haya un conejo de ópalo, roe un tridente de coral y estaño, todo bajo un resplandor de turquesa desperdigado por un sol de crisolita, verde claro, verde bar o azul verdoso. Constelaciones atrapadas.
lunes, 22 de marzo de 2010
UMBRIOS PAISAJES ZODIACALES
Aquí un dragón de fuego, carnero y vellocino de oro en un campo de margaritas silvestres, de lilas, de tulipanes y amapolas, bajo el dios guerrero carmín, rojo, escarlata, cristalizado en amatista, en hierro, con aroma a madreselva en helicoidales tentáculos sobre altísimas araucarias sobre desolados territorios escarpados. Allá una serpiente de tierra entre lirios y orquídeas, reptando sigilosa entre esmeraldas, ágatas verdes, peridotos, o calcedonia con venas de cuarzo y de ópalo, concéntricas, blancas, pulidas y brillantes, a veces negra con vetas blancas como nieve muerta. La diosa del amor atrapada en los ocres, verdes, naranjas, amarillos, entre el coral y el cobre, saturada de almendras amargas, rosa, vainilla o violeta. Corta el cielo un roble, silencioso y vacío. Arriba el caballo hecho de aire cabalgando por las rosas, las violetas, y los lirios del valle, gemelos de berilo, ágata o topacio. Ojo de Tigre en la orbita solar del planeta ardiente, azul, amarillo, anaranjado, perfumes venenosos de lavanda y benjuí, magnolios en flor. Abajo el cangrejo que ayudó a la hidra, tallado en aguamarina clara, con incrustaciones de selenita, y de esmeraldas verdemar. Cabra habitante del loto, el lirio y la lila. Piedra del ópalo hindú, la úpala, piedra noble. Agua y Luna en un cielo bifurcado azul, castaño rojizo, plateado. Joya misteriosa de feldespato y perla engastada en plata, oliendo a jazmín y sándalo, lejana como los álamos. Al oriente un león de piel impenetrable. Mono de citrino con ojos de rubí, feroces y bellos. Fuego de un sol dorado, naranja, rojo, quemando ámbar, criolita y diamante amarillo, oro con reminiscencias olorosas a bergamota, incienso, almizcle, en los colores del alelí, la amapola y la rosa. Abeto solitario en lontananza. Hacia el poniente el gallo terrestre, Virgen de jaspe semítico, urgiendo la campanilla, el jazmín y la acacia única diosa virgen sobre un plinto de ágata verde, de olivina, o topacio, mercurial, fulguran en sus ocres, naranjas y amarillos, oliendo a lirio de los valles, siempre a la sombra de los pinos. En el septentrión hay oscuros equilibrios en el perro del aire, y un jardín amanecido en narcisos y violetas, en claveles blancos y jacintos. De afilados colmillos de diamante o aguamarina. Solo la estrella de la tarde aplaca sus furias azules, y cierra sus ojos de cornalina y crisolito. Su aliento huele a almendra o a vainilla, y sus afiladas uñas son de bruñido cobre. Por el austro, un escorpión de aguas acorazado de granate, hematíe y amatista, en su cola terrible refulge el aguijón de topacio. Oculto en una trama de claveles rojos, de amapolas y tulipanes rojos. Habitante y guardián del inframundo, de los atardeceres rojo violáceos, y de las sanguinarias y las malaquitas. Nocturno es de hierro, y en primavera perfuma las mañanas de flor de cerezo o sándalo cuando se escabulle en el oleaje de los sauces. Cerca el centauro, arquero, rata, flecha traicionera que propaga el fuego del rubí en los pedregales de turquesa y lapislázuli bajo la mirada del dios de los dioses. Fuego llameante en un cielo azul y humaredas de estaño. Olor de mirra en el secreto del gladiolo y la placidez del enebro. Ahí, un buey de onix negro u obsidiana que pace pastos de jade rosa. Cabra amamantando al dios en la tierra del boj. Anillos girando como plomo derretido en el índigo. Fragancias a magnolia, a pino, a gardenia sobre setos de madreselvas y cimbalarias. Lejos, el tigre de zafiro azul chapotea en aguas incrustadas de amatista violeta. Escanciador del aire y del fuego sobre la dalia y el pensamiento. Aguador del dios primordial en su cielo azul eléctrico o azul marino. Perla negra, obsidiana, ópalo, zafiro, hacha de plomo, esencia de azalea. Ciprés alargado y señorial, luchando contra el viento, sin sombra. Sumergidos, peces bajo el lirio de agua, el lirio rojo, el narciso, el loto, y en la orilla las dos rosas, la púrpura y la violeta. En las raíces añosas de un haya un conejo de ópalo, roe un tridente de coral y estaño, todo bajo un resplandor de turquesa desperdigado por un sol de crisolita, verde claro, verde bar o azul verdoso. Constelaciones atrapadas.
martes, 16 de marzo de 2010
GLIFOS
En el alba primera fueron meros pictogramas, rascaduras sobre piedras duras, piedra contra piedra, rayas, trazos, contornos, signos o sellos de altos dignatarios, sacerdotes o reyes, joyas en la transparencia de finas piedras, sodalita, magma, jade, cuarzos, turquesas, hematina, turmalina, piedraluna. El Demóstenes, el Mecenas, el Perseo y el Mercurio de Dioscórides, el Toro de Hilo, el Aquiles tocando la lira de Panófilo, la Medusa de Solón, la Minerva de Aspasio y el Julia de Evodo. Perfecciones de Juan el de las Cornalinas y Dominico el de los Camafeos, con sus ágatas sardónicas y sedosos ónices. Caprichos, quimeras, astríferas, escarabeos, símbolos del culto de ciertas sectas gnósticas, abraxas o basilidianas. Entalles en cornalinas, esmeraldas, amatistas, granates y lapislázuli. Incrustaciones de surcos que son recados en lenguajes misteriosos y perdidos o rostros sin nombres e imperecederos o historia socavada en rocas eternas. Inscripciones con sintaxis incomprendidas. Intramuros del tallador anónimo, en la trinidad instantánea; mano, buril y piedra. Intrascendencias de efímeros arcángeles mensajeros. Inoculaciones de vacíos lineales en un Universo material, concreto, coherente. Breves eternidades en bajorrelieve, tenaces burbujas espacio-temporales, quieta, eternas, indestructibles. Milenarias gravas desperdigadas esperando ungidos y curiosos traductores. Hermosas confirmaciones del Mecanismo de Antiquitera. Pulidas soluciones de Gödel. Premoniciones litográficas de la teoría de cuerdas. Significaciones absurdas, paradóxicas o bizarras que escapan del su aquí y ahora como navegantes atemporales. Instauraciones de marcas, huellas, rastros, vestigios, emblemas. Insolaciones en la piedra ardiente. Biótica logosilábica lacerando la lítica silente. Burilando encriptaciones, impunidades pétreas, creando fonéticas congeladas, únicas vencedoras del tiempo. Glifos, erodados grafemas sempiternos.
DEMONIZACION DEL TIEMPO

Hay una extensa planicie de arenas amarillas que hierven bajo el reverbero del mismo sol que inundo los espejos guerreros de Arquímedes de Siracusa y los trigales desesperados y los cuervos inmóviles de Vincent poco antes que el eco de una rama reseca que se quiebra esparciera su muerte entre las espigas asustadas. En la planicie fulguran acerados destellos de cuarzos del tamaño de un puño en cuyas facetas translucidas están escritos signos no alfabéticos, misteriosos y vanos como rastros de babas de caracoles o surcos de lombrices después de las lluvias, indescifrables. Nadie los lee, los traduce o los decodifica. Sus significados están perdidos para que sus profecías se cumplan en la grandeza de lo hermoso pero inútil. Allí en las grietas buriladas que dan forma y línea a los signos crecen infinitesimales cristales solares de amatista como un jardín de claveles imposibles. Entre los cristales mínimos hongos casi fósiles detentan el dominio del tiempo. El día se diluye en un atardecer rojo (en el mágico arrebol de un lento atardecer, cantó ella) y siniestro, huyen hacia un horizonte solidificado cardúmenes de peces sobre el índigo febril. La noche es fresca y constelada, con el relente al borde del absurdo. En su silencio se filtran los crujidos de los cuarzos, el susurro del desgranar monótono de pequeñísimos cristales, y en el aire quieto se van elevando diminutas nubes de esporas violetas que se esparcen somnolientas y efímeras. La madrugada trae desde un mar siempre lejano, acaso inexistente, una humedad salina y ponzoñosa. Lentamente las esporas inician la construcción de los cuarzos del día venidero.
sábado, 12 de septiembre de 2009
DESTRUCCION DE BABILONIA

Revelación 16:16
Se oyó una voz potente que provenía del Templo y ordenaba a los siete castigadores: "Vayan y derramen sobre la tierra las siete copas de la ira de Él", y se derramó una copa sobre la tierra, provocando una llaga maligna y dolorosa en todos los hombres que llevaban la marca de la Bestia y adoraban su imagen. Y se derramó enseguida otra copa sobre el mar y lo convirtió en sangre pereciendo todos los seres vivientes que había en el mar, y vino luego el derrame de otra copa sobre los ríos y sobre los manantiales, y estos se convirtieron también en sangre, y se oyó al dueño de las aguas que decía: "Tú, el que es y el que era, el Hacedor y Dueño, obras con justicia al castigarlos así: se merecían que les dieras de beber la misma sangre de los santos y de los profetas que ellos han derramado". Y se escuchó otra vez desde el altar, que alguien decía: "Sí, Señor, Detentador todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos". Y se derramó otra copa sobre el sol, y se le permitió quemar a los hombres con fuego y los hombres fueron abrasados por un calor ardiente, pero en lugar de arrepentirse y dar gloria a Él, blasfemaron contra su Nombre, que tiene poder sobre estas plagas, y he aquí que otra copa se derramó sobre el trono de la Bestia, y su reino quedó sumergido en tinieblas mientras los hombres se mordían la lengua de dolor, pero en lugar de arrepentirse de sus obras, siguieron blasfemando contra Él, a causa de sus dolores y de sus llagas, y vino entonces el derrame de la penúltima copa sobre el gran río y sus aguas se secaron, dejando paso libre a los reyes de los enemigos, y finalmente se derramó la ultima copa en el aire, y desde el Templo resonó una voz potente que venía del trono y decía: "Ya está". Y hubo relámpagos, voces, truenos y un violento terremoto como nunca había sucedido desde que los hombres viven sobre la tierra. La gran Ciudad se partió en tres y las ciudades paganas se derrumbaron. Todas las islas desaparecieron y no se vieron más las montañas. Cayeron del cielo sobre los hombres piedras de granizo que pesaban unos cuarenta kilos, y ellos continuaron blasfemaron contra Dios por esa terrible plaga. Entonces cuando sol asomaba sobre el horizonte Él hizo llover azufre y fuego y arrasó aquella ciudad y todo lo habido a la redonda con todos los habitantes de la ciudad y la vegetación del suelo. Al mirar después de aquellos eventos, solo se veía que subía de la tierra una humareda como la de una gran fogata.
VINDICACION DE BABILONIA LA GRANDE

Y fue Dios que se acordó de la gran Babilonia y le dio de beber la copa donde fermenta el vino de su ira, mientras ella estaba sentada a la orilla de los grandes ríos. Y eran muchos los reyes de la tierra que habían fornicado con ella, y los muchos habitantes del mundo se habían embriagado con el vino de su prostitución. Y fui al desierto, y allí vi a una hembra sentada sobre una Bestia escarlata. La hembra estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandeciente de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en su mano una copa de oro colmada de la abominable impureza de su fornicación. Sobre su frente tenía escrito este nombre misterioso: "Babilonia la grande, la madre de las abominables prostitutas de la tierra". Y era la mas hermosa que todas las hembras que yo había visto, tenia el pelo muy negro y muy liso y los ojos rasgados y pintados de cenizas negras como las reinas egipcias, y su cuerpo era delgado y de curvas incitantes, y sus manos largas y suaves para mayor deleite de sus caricias, y sus pechos eran del justo tamaño y sus caderas como en los sueños de los machos en los desiertos, y su rostro era el mas bello jamás visto. Y vi que aquella hembra se emborrachaba con la sangre de los santos y de los testigos de Jesús, y al verla, quedé profundamente asombrado. Los ríos a cuya orilla está sentada la Prostituta, eran los pueblos, las multitudes, las naciones y las diversas lenguas. Yo sabia que los hombres que la adoraban, así como también la Bestia, acabarían por odiar a la Prostituta, le quitarán sus vestidos hasta dejarla desnuda, comerían su carne y la consumirán por medio del fuego. Y cuando ella hubiese caído, ella, Babilonia la grande, se convertiría en refugio de demonios, en guarida de toda clase de espíritus impuros y en nido de aves impuras y repugnantes. Porque todos los pueblos han bebido el vino embriagante de su prostitución, los reyes de la tierra han fornicado con ella y los comerciantes del mundo se han enriquecido con su lujo desenfrenado. Alguien amenazó a los que la amaban y les dijo que huyeran de esa ciudad, para no hacerse cómplices de sus pecados ni ser castigados con sus plagas. Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus iniquidades. Les recomendó que le pagasen con su propia moneda, retribuyéndole el doble de lo que había hecho, que le sirvieran una porción doble en la copa de sus brebajes. Que le provocaran tormentos y dolor en la medida de su fastuosidad y de su lujo. Porque ella se jactaba, diciendo: Estoy sentada como una reina, no soy viuda y jamás conoceré el duelo. Por eso, les predecía que en un solo día, caerían sobre ella las plagas que merece: peste, llanto y hambre. Y seria consumida por el fuego, porque el Señor Dios que la ha condenado es poderoso. Pero yo me quede a su lado porque sabia que fue ese Dios el que se acordó de la gran Babilonia y le dio de beber la copa donde fermenta el vino de su ira, no porque ella buscara esa copa. Y porque a los que fornicaron y se embriagaron con su vino los veía saciados y felices, y porque ella no solo era la madre de las abominables prostitutas de la tierra, sino también la mejor de las meretrices que yo había gozado en el lecho. Vale.
EL ARCANGEL NONATO

Debía ascender a los cielos el tercer día, así estaba escrito en los libros sagrados y en la pared del templo de Sefernaum, pero se enamoró de una sirvienta de su madre y fue postergando la ascensión hasta que supo que ella le había sido siempre infiel con el cobrador del diezmo, pero ya fue demasiado tarde y debió quedarse como cualquier hijo de vecino en el territorio asignado a su estirpe. Ese territorio era un pedregal reseco con escasas hierbas que en épocas de las pocas lluvias asomaban tiesas y espinosas entre las piedras. Su padre y el padre de su padre habían sido pastores de cabras esqueléticas y ovejas de poca lana, pero eso les bastaba para comprar la sal y el aceite, porque todo lo demás necesario para vivir lo obtenían a duras penas de lo que el árido monte, las cabras y las ovejas podían darles. Solo que él desde niño prefirió acompañar a los escasos pescadores que salían de madrugada a pescar al lago casi salado que quedaba a mitad de camino entre el caserío y el templo de Sefernaum. Allí en tres barcas tan antiguas que nadie recordaba quienes eran los dueños salían bogando lago adentro con unas redes tantas veces reparadas que ya no se reconocía el hilo original. Primero los acompañaba hasta la orilla y ahí permanecía toda la mañana observándolos a lo lejos hasta que las barcas volvían con los pocos peces tilapia chapoteando sus ahogos en los fondos anegados. La pesca no era buena, pero una docena de peces podían alimentar a las familias de los pescadores e incluso quedaban algunos para salarlos y dejarlos secar sobre los techos de piel de las chozas, para el invierno cuando la niebla y el frío impedían la pesca. Un día que uno de los pescadores enfermó le dijeron que se embarcara para reemplazarlo, así aprendió a remar, a levantar la vela triangular, a manejar los pocos cordajes, a echar la red y sobretodo a conocer los vientos para alcanzar a orillarse antes que las olas y las corrientes los llevaran a estrellarse contra los acantilados del lado oriental. A los cuatro años de aprendizaje, le enseñaron el secreto, el donde y cuando era que ellos tenían que tirar la red, según la época del año y las fases de la luna. Este secreto, le dijeron, se los había enseñado hacia muchos años un hombre que decía ser el Ungido, pero que los sacerdotes del templo tenían por loco y que termino yéndose con una caravana que paso con destino a Tebas llevando hermosas esclavas de ojos rasgados y pelo negro muy liso. Fue así que se hizo pescador, y fue por eso que a los treinta y tres años cuando lo llevaron al templo y le leyeron las profecías sobre sus años venideros, y lo pasearon por la pared que daba al poniente donde también estaba escrito su destino, los profetas muertos se revolcaron en sus tumbas y los vivos rasgaron vestiduras cuando declaro solemnemente: –Me quedo, porque allá arriba no hay donde pescar-. Y así paso los ciento ochenta y cuatro años que vivió pescando todos los días excepto cuando en los malos inviernos la niebla y el frío impedían la pesca. Tuvo siempre buena salud lo que le permitió llegar a tener catorce esposas solicitas pero que no le dieron ningún hijo, porque todas temían que cuando esos vástagos salieran de la pubertad se irían al cielo a cumplir lo que su padre no había cumplido, porque así estaba escrito, si es que antes no se enamoraban. Su catorceava esposa, la ultima, contó después mientras lo cremaban que al anochecer de la noche en que murió, antes de dormirse, murmuro como entre sueños, pero con voz segura: -Valió la pena no haber ascendido, estoy seguro que allá arriba no se podía pescar.
El Rascacielos rosa.

Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Cristal y acero. Múltiple prisma esmerilado. El edificio de los Arcángeles-vampiro, se eleva trescientos metros sobre el suelo como un enorme Leviatán de color fucsia. Un millón de gafas Ray ban de color rosa hay en su estructura. Un millón de azogues rosas, de malaquitas granates, un millón de espejos hay en el prisma, recto como un frenesí de líneas inamovibles, delineado por un arquitecto enloquecido, adicto al crack, y enfermo. Cristal y acero. Prisma fucsia que al sol de la tarde arde como una estratosférica botella de granadina gigante, como un icosaedro de granates furiosos. Bermellones rosas en cada ventana, en cada espejo, en cada azogue reflectante, similitud de cisne mecánico, atlante divino, mausoleo de rubíes, que asciende al cielo, fucsia como un insulto sodomita, totalmente marica, bellísimo y demoníaco, tal una enorme rosa de vidrio. Asalta el cielo el atlante, el enorme Titán, y su belleza es un relámpago en la noche. Asalta el cielo la locomotora de cristal, la enorme uña de prostituta hierática, prisma, cubo, catedral. El rascacielos fucsia, a la luz del sol, dorado y carmín, fulge como un magnífico rubí, son un millón de granates carmesíes, un millón de Verónicas de toreros celestiales, un millón de capotes de seda, brillando al sol, con un frenesí de bermellones sangrantes, un millón de mejillas de doncellas avergonzadas, el prisma psicodélico de un consumidor de mescalina, el vestido rosa de Nerón, multiplicado mil veces. Se refleja el cielo en su iracunda estructura, el sol hace saltar chispas de oro a las aristas esmeriladas, rectas como una espada de rubíes, hiere y rasga como un puñal el horizonte, elevándose trescientos metros sobre el suelo. El edificio de los Arcángeles-vampiro guarda secretos abominables, pero es su belleza una especie de divinidad maléfica, vidriera neogótica, en la que se reúnen los incubos salvajes, para beber vino de sacristía, en cálices de oro puro. Celebran orgías en su interior, orgías en las que se practica el canibalismo y se bebe sangre de niño. Y se hacen sacrificios humanos a Moloch entre fiestas en las que corre como un caballo desbocado la cocaína.
En la planta trece del edificio, en un pequeño conmutador eléctrico, saltó la chispa. Primero acarició un pequeño tubo de plástico, sobre el que la serpiente instantánea depositó sus huevos de escalofrío, que germinaron en culebrillas amarillas sedientas de deseo, febriles, que se abrieron paso como un puñal en el tercer intercostal de un duque, enemistado con un rufián de ojos verdes, fríos como esmeraldas dañinas. Las culebrillas hirieron la goma del tubo y se multiplicaron mil veces, un millón de veces, deslizándose y saltando sobre los cables de fibra de vidrio, que prendieron como una ironía en el rostro de un político, luego se extendieron por el enorme salón oriental, lleno de tapices dorados, y mancillaron una papelera llena de legajos, y, como un cáncer, hicieron metástasis furiosas, devorándolo todo a su paso, y, a las dos horas de cierre del edificio, la planta trece ardía como un sodomita en verano, imagen pura de la calentura y el sexo, poseso de una orgía desesperada. El fuego era duro, como un dragón de coraza de piedra, como un dragón de piel añil y mirada amarilla, de ojos ámbares, de boca ponzoñosa, erizada de dientes. La planta trece ardía como una actor porno gay enamorado, el fuego era un orco lleno de lenguas sedientas, un amante desesperado que se entrega al placer y bebe veneno. Pronto los cristales rosas estallaron, se quebraron de calor, y el prisma se fracturó. La noche era fría y profunda, el edificio brillaba en la noche, como un enorme prisma negro, al que le hubiesen salido mil arañas de fuego. La noche era fría y era densa, glacial, y el mastodonte imperial ardía como una serpiente de cristal y centellas. Ascendían las llamas hacia arriba, estallaban los cristales por el calor, y saltaba el fuego de planta en planta, voraz como una leucemia en un niño, y hacia abajo se deslizaba subrepticio, como un calumniador sigiloso, con lengua de víbora, hacia arriba marchaba con prisa, escandaloso y febril, lleno de deseo, como un amante lascivo, como una ninfómana, hacia abajo iba despacio e incomodo, como tropezando consigo mismo. Los escorpiones se deslizaban sobre el prisma, que en la noche era como una daga adornada de brillantes, los escorpiones se deslizaban sobre el prisma, y clavaban sus aguijones venenosos, y los cristales rosas estallaban y se desprendían de la recta hieratitud inconmovible. Pronto aquello fue el décimo tercer nivel del infierno, un Titán condenado por Zeus a la gehenna al que las víboras arrastraban hacia el suelo, una cabellera que ardía, una inmensa hoguera.
Tuvimos que subir a la planta décima, mil millones de pesetas dependían de unos algoritmos estampados en unos papeles que habíamos olvidado, la firma del embajador de Francia estaba en ellos. Alguien dice que se vio nuestra sombra andar bajo las llamas, como si fuéramos fantasmas medievales que no temieran al fuego. Todo ardía sobre nuestras cabezas. A través de los cables de fibra óptica el fuego, lleno de culebrillas amarillas, se deslizaba como un virus a través de internet, infectándolo todo. Arrebatamos los papeles al infierno y nos llevamos mil millones de pesetas de beneficios.
A las doce de la mañana el cáncer había devastado aquella hermosura, y era la espina de pescado más grande de toda la ciudad, el esqueleto consumido de un enorme pez espada.
GENESIS, OPCION B

Al principio creó los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y solo un extraño espíritu se movía sobre la faz de las aguas. Y entonces dijo “Sea la luz”, y fue la luz. Y vio que la luz era buena; y para mejor orden separó la luz de las tinieblas. Y llamó a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana del primer día.
Luego pensó que hubiera expansión en medio de las aguas, y se separasen las aguas de las aguas. E hizo tal expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así. Y llamó a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.
Dijo después: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco”. Y fue así. Y llamó a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio que era bueno. Después dijo: “Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra”. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día tercero.
Dijo luego: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra”. Y fue así. E hizo las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra, y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.
Dijo: “Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos”. Y creó los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio que era bueno. Y los bendijo, ordenándoles: “Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra”. Y fue la tarde y la mañana el día quinto.
Luego dijo: “Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie”. Y fue así. E hizo animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio que era bueno. Entonces pensó: ¿Y si creo un hombre a mi imagen y semejanza, para que señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra?. Y siguió elucubrando en crear al hombre a su imagen, y mejor aun crearlos varón y hembra. Y bendecirlos y ordenarles que fructifiquen y se multipliquen; que llenen la tierra, y la sojuzguen, y señoreen en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y darles además toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; para que se alimentasen. Y mejor aun, darle toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde serian para que para comieran. Pero no fue así. Porque vio todo lo que ya había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera, y no era necesario mas. Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo lo que hay de ellos, pero sin el hombre. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.
Y acabada la obra que hizo, reposó el día siguiente, y bendijo ese día, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación. Y fue la tarde y la mañana el día séptimo.
Y se inició el día octavo, y miró complacido toda la obra que había hecho en solo seis días; los cielos, la tierra y los mares, las dos grandes lumbreras y las estrellas, y todos los seres vivientes, las aves que volaban sobre la tierra, los grandes monstruos marinos, y las bestias y serpientes y animales de la tierra, y todo según su género y según su especie. Y vio toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese; porque aún no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra, sino que subía de la tierra un vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra. Entonces sus ojos abarcaron de una sola vez todo lo creado en una visión imponente como un Aleph instantáneo, y supo que disfrutaría de esa grata y tranquila soledad hasta el final de los tiempos. Y vio que eso era bueno, y sonrió pensando que quizás lo mejor de todo no era lo había hecho sino lo que no había creado.
LA FUENTE DEL MITO
Estas que me dictó, rimas sonoras,
Culta sí aunque bucólica Talía,
Luis de Góngora y Argote, 1613.
Los protagonistas son los usuales en los oscuros triángulos de celos y muertes, él, un palabrero, hijo de Poseidón y la ninfa Toosa, es un gigante barbudo con un solo ojo en la frente y las orejas puntiagudas de un sátiro. Ella, hembra núbil blanca como la leche y de hermosura cegadora, es una nereida sícura y sus padres fueron Nereo y Doris. El otro, un joven pastor insignificante, también trinacrio, viril y romántico, hijo de Pan y la náyade Simetis. El mito dice que aquella joven nereida habitaba el mar calmo que bordea la isla de la Sicilia. Era feliz y casta, elegida por los dioses que habitan el Etna para ser luz de Messina y Catania. Solía deambular despreocupada por las tibias arenas negras pisando las espumas de las aguas esmeraldas. El enorme monstruo de un solo ojo, enamorado de ella la seguía oculto y en silencio pues su torpe amor no era correspondido. Ella había sido atrapada en la fina red del amor del bello pastor. Un día reposaban ambos jóvenes en un roquerío al borde del Mar Medi Terraneum. La tarde era fresca y la brisa leve, altas gaviotas planeaban desde la misma Siracusa solo para romper el azul monotonía del cielo de la bella. Ella posaba dulcemente su cabeza en el pecho de su amante cuando la idílica escena fue rota repentinamente por el cíclope que desde lejos los descubrió. El pastor intentó huir pero el gigante le arrojó un enorme canto rodado que lo aplastó mortalmente. Desesperada por el dolor, ella acudió a la naturaleza de su madre Toosa y lo convirtió en un río de límpidas aguas que lleva hasta hoy su mismo nombre. Hoy el paisaje es uno de los paseos más agradables que se puede realizar en Paris, y esta en el interior de los Jardines del Palacio de Luxemburgo. Estos jardines son un remanso de paz y verdores en la siempre tumultuosa ville lumière. Es una verdadera belleza, muy elegante y de estilo muy francés, y allí las parejas de enamorados que deambulan entre la multitud de estatuas y esculturas que cubren las veinticinco hectáreas de los jardines del palacio, suelen representar en sus escarceos amorosos la escena inicial del mito. Ahora bien, en ese breve paraíso hay un punto pintoresco y por demás imponente, un estanque pequeño con una gran fuente en uno de los lados, que data del siglo XVI y copia el estilo de las fuentes tipo "gruta italiana". Es fama que el palacio de Luxemburgo fue diseñado imitando el estilo del Palacio Pitti de Florencia. Se construyó como regalo de Henry IV para Maria de Médicis, su mujer que tenía añoranza de los palacios y jardines de su Italia natal. Por desgracia el destino de esta otra bella tampoco quiso que lo disfrutara porque fue desterrada antes de su término. Está totalmente rodeada de árboles de copa alta, por lo que no es fácil distinguirla de lejos, quizás para evitar el ojo enemigo. Se la encuentra a unos cincuenta metros a la derecha de la entrada al parque por la puerta que da al Panteón. La bella fuente cuenta con un nicho central donde un grupo escultórico refleja el instante en que el cíclope descubre a la pareja de jóvenes. Éstos están esculpidos en delicado mármol, en una actitud amorosa que desprende ternura. Por el contrario el gigante está realizado en duro bronce y refleja la fuerza preocupante del que va a pasar a tomar sangrienta venganza. Una versión, nunca confirmada, declara que la nereida pertenecía desde un principio en cuerpo, alma y corazón al imponente engendro de un solo ojo, pero el impulsivo pastorcillo se enamoró de ella. Cuando el gigante cíclope descubrió tal irreverencia, celoso y encolerizado intentó matarlo lanzándole unas rocas, pero antes de que lo pudieran alcanzar, el pastor se transformó a si mismo en río y así evitó la tragedia. Cosa cierta es que cualquiera sea la versión, vivido el luto e impulsada por una ansiosa soledad, ella se entregó al horrible gigantón y de esta unión nacieron Gálata, Celto e Ilirio, epónimos de los pueblos de los gálatas, los celtas, y los ilirios. Pero esta noticia no cambia la poética geometría escultórica de la Fuente de Médicis, de claro estilo barroco italiano, la ópera barroca Acis y Galatea de Georg Friedrich Haendel, el poema barroco Fábula de Polifemo y Galatea que Don Luis de Góngora y Argote, dedicó al Conde de Niebla, el libro Fuente de Médicis, ganador del XVIII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, del valenciano Guillermo Carnero, ese homo melancholicus, ni menos la toponimia del río Acis, il Fiume di Jaci. Vale.
Fuentes de la Fuente:
http://www.artehistoria.jcyl.
http://lacomunidad.elpais.com/
http://www.isftic.mepsyd.es/
http://es.wikipedia.org/wiki/
Y otras menores.
TETRACEPHALUS

…en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían.
Los dos reyes y los dos laberintos.
Jorge Luis Borges
Alfonso Enrique Henry Rodolfo, Tetracephalus, llamado también el Sabio Navegante, fue Rey de Castilla y León, Señor de Avis y Lancaster, Infante de Sagres y Portugal, Primer Duque de Viseu, Rey de Inglaterra y Señor de Irlanda, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Rey de Hungría y Bohemia, y Archiduque de Austria.
Nació en Toledo, Castilla-La Mancha, una de las Españas, a fines del siglo XIII. Vivio muchos años en Oporto, Portugal y en el Castillo de Praha, capital del Reino de Bohemia.
Los que le amaron lo describen como bien parecido, de presencia atlética y muy inteligente; pero a la vez era egoísta, duro y cruel. Para los que le odiaron era de carácter débil, enfermizo y excéntrico, pasando de la apatía a la melancolía sin motivo alguno. Lo cierto es que fue un ávido apostador y jugador de dados. Es ya aceptada a la hipótesis de que sufría de sífilis, ya que sus descendientes mostraron síntomas característicos de la sífilis congénita.
Mediante el patronazgo de la Escuela de traductores de Toledo congregó allí a estudiosos cristianos, judíos y musulmanes para el rescate de textos de la Antigüedad, e hizo traducir escritos árabes y hebreos al castellano. Estos trabajos habilitaron definitivamente el castellano como lengua culta. Realizó la primera reforma o normalización ortográfica del castellano, idioma que el reino adoptó como oficial en detrimento del latín. Su afán por la divulgación de la lengua vernácula le llevó a patrocinar la versión al castellano del Lapidario, que versa sobre las propiedades minerales, y el Libro de los juegos sobre temas lúdicos (ajedrez, dados y tablas), deportes de la nobleza en aquel tiempo. De su extensa obra destacan: el Fuero Real de Castilla, el Espéculo y las Siete Partidas, las Tablas Alfonsíes, astronómicas; y la Grande e General Estoria acerca de la historia universal. La obra de traducción, recopilación y legislación que hizo durante su reinado incluyó la composición de un libro de ajedrez: «Juegos de ajedrez, dados y tablas con sus explicaciones ordenadas por el rey Alfonso el Sabio» y es el libro más antiguo sobre el ajedrez que nos ha llegado.
En cuanto las artes de mar, ordenó la construcción de la Ciudad de Sagres, junto al Cabo de San Vicente, en el extremo suroeste de la península Ibérica, donde reunió a experimentados astrónomos, geógrafos y navegantes, y se dedico a estudiar las experiencias marítimas. La ciudad fue el centro de los avances en la navegación y cartografía de la época, observatorio y escuela para el estudio de geografía y navegación. Ese emprendimiento llevó al descubrimiento de Madeira y las primeras islas Azores. De allí partieron las expediciones que pasaron por primera vez el Cabo Bojador, que en esa época, era para los europeos el punto conocido más meridional de la costa de África. Las siguientes expediciones llegaron al Cabo Blanco, a la Bahía de Arguin, al Río Senegal, doblaron el Cabo Verde y visitaron Guinea, pasando así el límite sur del gran desierto del Sahara. Poco después se descubrirían el archipiélago de Cabo Verde e iniciaron la exploración de la costa africana hasta Sierra Leona. Estos descubrimientos impulsados por él dieron el impulso para una acción humana monumental en lo político y lo científico, y también provocaron una caza del hombre que duró cuatrocientos años y que convirtió Africa en un continente manchado de sangre y de lágrimas. Ese impulso de los viajes y de los descubridores, mezcla de fe y de codicia, de religión y de rapacidad, juntó el espíritu de los cruzados y de los apóstoles con los más viles intereses de lucro y condujeron a la caza de los negros desarmados, que eran apresados por sorpresa y hechos esclavos de la manera más indigna y desconsiderada. Idealistas como el propio príncipe esbozaron utópicos sueños, según los cuales los negros, después de bautizados, tenían que ser devueltos a su país, para hacer proselitismo entre los que se habían quedado allí. El príncipe hizo devolver a Africa a algunos negros bautizados, con la esperanza de ganar así pueblos enteros para la fe cristiana. Pero los cristianos negros desaparecieron rápidamente en la selva y no volvieron a dar señales de vida.
Su lado afectivo fue cambiante y fúnebre, de joven contrajo matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, viuda de su hermano, de quien heredó el trono. Años después como no tenía el deseado heredero varón y enamorado perdidamente de una dama de su corte, la irlandesa Ana Bolena, pretendió obtener el divorcio. Ante la negativa del Papa, rompió las relaciones con Roma, hizo aprobar al parlamento el “Estatuto de restricción de apelaciones” que prohibió las apelaciones de las cortes eclesiásticas al Papa, y previno que la Iglesia decretara cualquier tipo de regulación sin previo consentimiento del Rey, el “Acta de designaciones eclesiásticas” que decretó que los clérigos elegidos para obispos debían ser nominados por el soberano, el “Acta de traiciones”, convirtiendo en alta traición, castigada con la muerte, desconocer la autoridad del Rey, y el “Acta de Supremacía” que declaró que "el Rey es la única cabeza suprema en la tierra de la Iglesia de Inglaterra", luego repudió a Catalina de Aragón y se casó con su amante. A los tres años acabó su relación con Ana de manera tajante, acusándola de adulterio por lo que fue condenada a muerte y decapitada. Tuvo un un nuevo matrimonio con Jane Seymour, que resultó muy breve ya que la nueva esposa falleció al año siguiente con motivo de un parto. Viudo el rey volvió a contraer matrimonio con la luterana Ana de Cleves, enlace claramente de talante político. Tras dos años, Enrique repudiaba públicamente a su esposa y se casaba con Catalina Howard, que tambien fue decapitada. Una última boda de Enrique, la sexta, fue con Catalina Parr, la única de sus esposas que le sobrevivió.
Hacia el final de su tiempo se aficionó a la alquimia, la astrología, la magia y los juguetes mecánicos, especialmente autómatas, relojes y máquinas de "movimiento perpetuo". Durante su reinado hospedó a casi todos los destacados alquimistas de la época y en la “Academia Alquimista Praguense” se mezclaba la vieja sabiduría y conocimientos medievales con las nacientes ciencias naturales. Notable fue su inmensa colección de manuscritos y libros raros de magia, alquimia, misticismo y otras rarezas que tanto gustaban al emperador, aunque sin despreciar los de ciencias: fue uno de los primeros en recibir un ejemplar del Sidereus Nuncius de Galileo, y el primero en recibir la solución al anagrama en el cual Galileo comunicaba a todos su descubrimiento de los anillos de Saturno. En aquella epoca de su larga vida se dedicó por completo a sus entretenimientos y raras excentricidades, como coleccionar monedas, piedras preciosas, incluyendo gigantes y enanos con los cuales formó un regimiento de soldados. Fue un gran mecenas de las artes y las ciencias tanto experimentales: astronomía, botánica o matemáticas, como especulativas: alquimia, astrología o magia. Bajo su reinado acogió en su corte al pintor Arcimboldo, y fueron nombrados Matemáticos Imperiales el danés Tycho Brahe y el alemán Johannes Kepler: este último publicaría las famosas tablas astronómicas 'Tabulae Rudophinae' basadas por completo en el trabajo observacional de Brahe y llamadas así en honor al cuarto nombre del emperador.
Murió en el exilio, en el palacio de Whitehall, Inglaterra, a principios del siglo XVII, habiendo vivido doscientos cuarenta y cinco años, aunque algunos argumentan que sumados los años uno a uno fueron trescientos noventa y uno. Solo en estas meras cifras los historiadores difieren.
