jueves, 24 de junio de 2010

EL ENTOMON

El embrión del éntomon se desarrolla en un huevo con forma de barril y de un color que va del blanco grisáceo al crema. Allí una especie de larva va creciendo en su interior por años hasta que eclosiona y su primer alimento es el cascarón. En los primeros días el breve monstruo tiene forma de gusano y pasa por cinco estadios larvarios en los cuales va aumentando de tamaño. Las larvas del primer estadio tienen franjas transversales de color negro, amarillo y blanco y se dedican únicamente a comer los brotes de las glicinas. En su segundo estado larvario tiene forma de un acaro gordo y tornasolado que lanza infinitos y pequeñísimos destellos esmeralda cuando se mueve. Su alimentación entonces son las babas frescas del caracol de las viñas. Los dos estadios siguientes, el tercero y el cuarto, los pasa succionado la savia de la mandrágora y son medusiformes, ambas larvas de un intenso color negro aterciopelado, y se distinguen porque el tercer estadio posee una fina línea anaranjada en el borde del ectodermis, quizás correspondiente a un muy primitivo anillo nervioso externo. El ultimo estadio es un horrible gusano color sangre seca, con muchas cerdas ocres en todo el cuerpo. Se alimenta de las larvas de la efímera y tiene un insoportable olor a alcanfor. En cada muda, el exoesqueleto viejo se rompe y sale la larva del siguiente estadio, esta forma un nuevo exoesqueleto suave que se va expandiendo por la presión sanguínea y que posteriormente, por acción química, se endurece. Cuando va a convertirse en crisálida, la larva deja de comer y elimina lo que le haya quedado de alimento en su tracto digestivo, elimina el último exoesqueleto viejo de larva y permanece inmóvil. La crisálida es gruesa, con forma oval, de color verde pálido a verde azulado, con manchas doradas y negras. Se esconde pegada cabeza abajo en los troncos y hojas de las plantas, donde se adhiere por medio del cremáster, un hilo grueso de seda que se encuentra al final del abdomen. Aunque es aparentemente inactiva y no se alimenta, en su interior van ocurriendo mágicos y complejos procesos bioquímicos. Los tejidos de la larva son disueltos mediante histolisis hasta convertirse en una densa sopa molecular, un denso liquido producto del gusano que se ha deshecho por completo. Luego esa masa primordial es utilizada en la histogénesis para el desarrollo de las estructuras adultas. Durante este proceso el intercambio gaseoso entre el dióxido de carbono y el oxígeno continúa a través del sistema traqueal, pero el organismo no se alimenta ni elimina desechos. Sin embargo, produce ácido úrico como desecho el que almacena en forma cristalina para luego ser eliminado como orina seca cuando se encuentre en su forma adulta, de esta manera se evita la pérdida de agua. La producción de ácido úrico como desecho nitrogenado es otra de sus adaptaciones para la vida en la tierra, ya que es menos tóxico que el amonio o la urea. Cuando se acerca la hora de que el imago emerja, se obscurece y su cubierta permite ver al engendro, pudiéndose percibir un misterioso color fucsia. El imago recién salido usualmente es de color pálido, sus membranas son suaves y están plegadas. Después de un tiempo, de aproximadamente cuarenta minutos, los tegumentos se expanden, se endurecen y la coloración ha adquirido su tono final. La vida del imago depende de la suerte que corra, es decir, si va a realizar migraciones, si es víctima de un depredador o de las condiciones climáticas, o si muere simplemente de viejo. El monstruo posee la inquietante capacidad de diapausa, un estado fisiológico de dormancia, y puede alargar el tiempo en determinado estadio, que por lo general es el de crisálida, para sobrevivir hasta que las condiciones ambientales sean las adecuadas. La ausencia de alas y patas lo obliga a permanecer en el mismo lugar donde se transformó de crisálida en imago. Su reproducción se realiza por partenogénesis, por lo que no necesita que haya unión de ambos sexos.

EL ZOCALO

El zócalo esta hecho grandes lozas de piedra granítica canteada perfectamente para que sus junturas quedaran selladas al agua de todas las lluvias. Sobre esta base los arquitectos del imperio erigieron el primer templo. Eligieron lajas de basalto tan fino que una vez pulidas los muros parecían haber sido construidos con cientos de negros espejos. Y cada uno de los veintiocho dioses fue esculpido en el mismo basalto pero sin pulir para que nadie se reflejara en ellos. El templo permaneció allí por seiscientos cuarenta años y en el fueron degollados miles de enemigos vencidos, y con su sangre se pintaron miles de veces las paredes interiores de la cúpula. Las raspaban una y otra vez para pintarlas nuevamente una y otra vez en los días de la guerra florida. Pero llegaron los malos tiempos, y con ellos los pequeños dioses de piel de metal azul y espadas de fuego. Lo primero que hicieron los conquistadores fue derrumbar las altas murallas. Tal como relatan las antiguas cartas del imperio, ellos destruyeron el templo. Fragmentaron el sagrado basalto de los dioses [y no hubo sangre]. Con sus rencorosos ojos hicieron espejos de obsidiana. Eran muy altos y pálidos y con un extraño temor adoraban un Signo. Su ansiedad del oro los obligaba a castigarnos. Vencidos, nos obligaron a construir el segundo templo con las mismas lajas de basalto espejeante y sobre el mismo zócalo. Durante esos soles las lluvias se vinieron a trasmano de la Luna y ajenos sueños de un escorpión cristalizado humillaron a los sacerdotes y a los príncipes por muchos días. Llantos y dolores surgieron en las húmedas sombras de las selvas [pero no hubo sangre]. Terminamos el segundo templo y ellos trajeron el Signo entre cánticos y extrañas plegarias. Esa noche huimos hacia el horizonte como las aves del invierno, sabíamos que allá el dios rojo nos esperaba con ternura, y después supimos que también con miedo. El dios rojo nos escuchó en silencio y lloró porque el dios rojo supo que no era invencible. Ellos sacaron los mastines de sus jaulas y nos siguieron equivocados por entre las junglas y los manglares porque no conocían el sendero del horizonte. Caminaron sus leguas guiados por imaginarias figuras en las estrellas, comieron las monstruosas iguanas sin miedo. Bebieron sedientos en los sucios charcos de la noche, donde el coyote y el búfalo habían orinado. Luego ensangrentaron los senderos del agua. Sigilosos amanecieron llorando la nostalgia de una tierra reseca y tan lejana que según dijeron para volver a ella necesitaban atravesar el infinito ts'ono'ot de aguas saladas por muchos soles y lunas. Por entonces fue vieron el resplandor del dios rojo y supieron que allí era el horizonte. Nos atraparon implorando al inútil dios rojo y con sus espadas de fuego nos vencieron otra vez. No aplacaron sus furias las ofrendas ni el oro, nos dieron a elegir entre la muerte y la adoración a su Signo. Nos convirtieron así a la fe de ese Signo. Por eso destruimos el templo. Solo dejamos la inmensa sala donde ellos se prosternaban ente el Signo y las habitaciones donde violaron a nuestras princesas. Las antorchas silenciosas iluminan ahora las ruinas de esas grandes habitaciones vacías. El zócalo sigue igual, aun con sus junturas selladas a las aguas de las lluvias y a la sangre de los adoradores del Signo.

viernes, 18 de junio de 2010

Primeras paginas de "El Evangelio según Jesucristo"

El sol muestra en uno de los ángulos superiores del rectángulo,el que está a la izquierda de quien mira, representando el astro rey una cabeza de hombre de la que surgen rayos de aguda luz y sinuosas llamaradas, como una rosa de los vientos indecisa sobre la dirección de los lugares hacia los que quiere apuntar, y esa cabeza tiene un rostro que llora, crispado en un dolor que no cesa, lanzando por la boca abierta un grito que no podemos oír, pues ninguna de estas cosas es real, lo que tenemos ante nosotros es papel y tinta, nada más. Bajo el sol vemos un hombre desnudo atado a un tronco de árbol, ceñidos los flancos por un paño que le cubre las partes llamadas pudendas o vergonzosas, y los pies los tiene asentados en lo que queda de una rama lateral cortada. Sin embargo, y para mayor firmeza, para que no se deslicen de ese soporte natural, dos clavos los mantienen, profundamente clavados. Por la expresión del rostro, que es de inspirado sufrimiento, y por la dirección de la mirada, erguida hacia lo alto, debe de ser el Buen Ladrón. El pelo, ensortijado, es otro indicio que no engaña, sabiendo como sabemos que los ángeles y los arcángeles así lo llevan, y el criminal arrepentido está, por lo ya visto, camino de ascender al mundo de las celestiales creaturas. No será posible averiguar si ese tronco es aún un árbol, solamente adaptado, por mutilación selectiva, a instrumento de suplicio, pero que sigue alimentándose de la tierra por las raíces, puesto que toda la parte inferior de ese árbol está tapada por un hombre de larga barba, vestido con ricas, holgadas y abundantes ropas, que, aunque ha levantado la cabeza, no es al cielo adonde mira. Esta postura solemne, este triste semblante, sólo pueden ser los de José de Arimatea, dado que Simón de Cirene, sin duda otra hipótesis posible, tras el trabajo al que le habían forzado, ayudando al condenado en el transporte del patíbulo, conforme al protocolo de estas ejecuciones, volvió a su vida normal, mucho más preocupado por las consecuencias que el retraso tendría para un negocio que había aplazado que con las mortales aflicciones del infeliz a quien iban a crucificar. No obstante, este José de Arimatea es aquel bondadoso y acaudalado personaje que ofreció la ayuda de una tumba suya para que en ella fuera depositado aquel cuerpo principal, pero esta generosidad no va a servirle de mucho a la hora de las canonizaciones, ni siquiera de las beatificaciones, pues nada envuelve su cabeza, salvo el turbante con el que todos los días sale a la calle, a diferencia de esta mujer que aquí vemos en un plano próximo, de cabello suelto sobre la espalda curva y doblada, pero tocada con la gloria suprema de una aureola, en su caso recortada como si fuera un bordado doméstico.

Sin duda la mujer arrodillada se llama María, pues de antemano sabíamos que todas cuantas aquí vinieron a juntarse llevan ese nombre, aunque una de ellas, por ser además Magdalena, se distingue onomásticamente de las otras, aunque cualquier observador, por poco conocedor que sea de los hechos elementales de la vida, jurará, a primera vista, que la mencionada Magdalena es precisamente ésa, pues sólo una persona como ella, de disoluto pasado, se habría atrevido a presentarse en esta hora trágica con un escote tan abierto, y un corpiño tan ajustado que hace subir y realzar la redondez de los senos, razón por la que, inevitablemente, en este momento atrae y retiene las miradas ávidas de los hombres que pasan, con gran daño de las almas, así arrastradas a la perdición por el infame cuerpo. Es, con todo, de compungida tristeza su expresión, y el abandono del cuerpo no expresa sino el dolor de un alma, ciertamente oculta en carnes tentadoras, pero que es nuestro deber tener en cuenta, hablamos del alma, claro, que esta mujer podría estar enteramente desnuda, si en tal disposición hubieran decidido representarla, y aun así deberíamos mostrarle respeto y homenaje. María Magdalena, si ella es, ampara, y parece que va a besar, con un gesto de compasión intraducible en palabras, la mano de otra mujer, ésta sí, caída en tierra, como desamparada de fuerzas o herida de muerte. Su nombre es también María, segunda en el orden de presentación, pero, sin duda, primerísima en importancia, si algo significa el lugar central que ocupa en la región inferior de la composición.

Fuera del rostro lacrimoso y de las manos desfallecidas, nada se alcanza a ver de su cuerpo, cubierto por los pliegues múltiples del manto y de la túnica, ceñida a la cintura por un cordón cuya aspereza se adivina. Es de más edad que la otra María, y es ésta una buena razón, probablemente, aunque no la única, para que su aureola tenga un dibujo más complejo, así, al menos, se hallaría autorizado a pensar quien no disponiendo de informaciones precisas acerca de las precedencias, patentes y jerarquías en vigor en este mundo, se viera obligado a formular una opinión. No obstante, y teniendo en cuenta el grado de divulgación, operada por artes mayores y menores, de estas iconografías, sólo un habitante de otro planeta, suponiendo que en él no se hubiera repetido alguna vez, o incluso estrenado, este drama, sólo ese ser, en verdad inimaginable, ignoraría que la afligida mujer es la viuda de un carpintero llamado José y madre de numerosos hijos e hijas, aunque sólo uno de ellos, por imperativos del destino o de quien lo gobierna, haya llegado a prosperar, en vida de manera mediocre, rotundamente después de la muerte. Reclinada sobre su lado izquierdo, María, madre de Jesús, ese mismo a quien acabamos de aludir, apoya el antebrazo en el muslo de otra mujer, también arrodillada, también María de nombre, y en definitiva, pese a que no podamos ver ni imaginar su escote, tal vez la verdadera Magdalena. Al igual que la primera de esta trinidad de mujeres, muestra la larga cabellera suelta, caída por la espalda, pero estos cabellos tienen todo el aire de ser rubios, si no fue pura casualidad la diferencia de trazo, más leve en este caso y dejando espacios vacíos entre los mechones, cosa que, obviamente, sirvió al grabador para aclarar el tono general de la cabellera representada.

No pretendemos afirmar, con tales razones, que María Magdalena hubiese sido, de hecho, rubia, sólo estamos conformándonos a la corriente de opinión mayoritaria que insiste en ver en las rubias, tanto en las de natura como en las de tinte, los más eficaces instrumentos de pecado y perdición. Habiendo sido María Magdalena, como es de todos sabido, tan pecadora mujer, perdida como las que más lo fueron, tendría también que ser rubia para no desmentir las convicciones, para bien y para mal adquiridas, de la mitad del género humano. No es, sin embargo, porque parezca esta tercera María, en comparación con la otra, más clara de tez y tono de cabello, por lo que insinuamos y proponemos, contra las aplastantes evidencias de un escote profundo y de un pecho que se exhibe, que ésta sea la Magdalena. Otra prueba, ésta fortísima, robustece y afirma la identificación, es que la dicha mujer, aunque un poco amparando, con distraída mano, a la extenuada madre de Jesús, levanta, sí, hacia lo alto la mirada, y esa mirada, que es de auténtico y arrebatado amor, asciende con tal fuerza que parece llevar consigo al cuerpo todo, todo su ser carnal, como una irradiante aureola capaz de hacer palidecer el halo que ya rodea su cabeza y reduce pensamientos y emociones. Sólo una mujer que hubiese amado tanto como imaginamos que María Magdalena amó, podría mirar de esa manera, con lo que, en definitiva, queda probado que es ésta, sólo ésta y ninguna otra, excluida pues la que a su lado se encuentra, María cuarta, de pie, medio alzadas las manos, en piadosa demostración, pero de mirada vaga, haciendo compañía, en este lado del grabado, a un hombre joven, poco más que adolescente, que de modo amanerado flexiona la pierna izquierda, así, por la rodilla, mientras su mano derecha, abierta, muestra en una actitud afectada y teatral al grupo de mujeres a quienes correspondió representar, en el suelo, la acción dramática.

Este personaje, tan joven, con su pelo ensortijado y el labio trémulo, es Juan. Igual que José de Arimatea, también esconde con el cuerpo el pie de este otro árbol que, allá arriba, en el lugar de los nidos, alza al aire a un segundo hombre desnudo, atado y clavado como el primero, pero éste es de pelo liso, deja caer la cabeza para mirar, si aún puede, el suelo, y su cara, magra y escuálida, da pena, a diferencia del ladrón del otro lado, que incluso en el trance final, de sufrimiento agónico, tiene aún valor para mostrarnos un rostro que fácilmente imaginamos rubicundo, muy bien debía de irle la vida cuando robaba, pese a la falta que hacen los colores aquí. Flaco, de pelo liso, la cabeza caída hacia la tierra que ha de comerlo, dos veces condenado, a la muerte y al infierno, este mísero despojo sólo puede ser el Mal Ladrón, rectísimo hombre en definitiva, a quien le sobró conciencia para no fingir que creía, a cubierto de leyes divinas y humanas, que un minuto de arrepentimiento basta para redimir una vida entera de maldad o una simple hora de flaqueza. Sobre él, también clamando y llorando como el sol que enfrente está, vemos la luna en figura de mujer, con una incongruente arracada adornándole la oreja, licencia que ningún artista o poeta se habrá permitido antes y es dudoso que se haya permitido después, pese al ejemplo. Este sol y esta luna iluminan por igual la tierra, pero la luz ambiente es circular, sin sombras, por eso puede ser visto con tanta nitidez lo que está en el horizonte, al fondo, torres y murallas, un puente levadizo sobre un foso donde brilla el agua, unos frontones góticos, y allí atrás, en lo alto del último cerro, las aspas paradas de un molino. Aquí más cerca, por la ilusión de la perspectiva, cuatro caballeros con yelmo, lanza y armadura hacen caracolear las monturas con alardes de alta escuela, pero sus gestos sugieren que han llegado al fin de su exhibición, están saludando, por así decir, a un público invisible. La misma impresión de final de fiesta nos es ofrecida por aquel soldado de infantería que da ya un paso para retirarse, llevando suspendido en la mano derecha, lo que, a esta distancia, parece un paño, pero que también podría ser manto o túnica, mientras otros dos militares dan señales de irritación y despecho, si es posible, desde tan lejos, descifrar en los minúsculos rostros un sentimiento como el de quien jugó y perdió. Por encima de estas vulgaridades de milicia y de ciudad amurallada, planean cuatro ángeles, dos de ellos de cuerpo entero, que lloran y protestan, y se duelen, no así uno de ellos, de perfil grave, absorto en el trabajo de recoger en una copa, hasta la última gota, el chorro de sangre que sale del costado derecho del Crucificado. En este lugar, al que llaman Gólgota, muchos son los que tuvieron el mismo destino fatal, y otros muchos lo tendrán luego, pero este hombre, desnudo, clavado de pies y manos en una cruz, hijo de José y María, Jesús de nombre, es el único a quien el futuro concederá el honor de la mayúscula inicial, los otros no pasarán nunca de crucificados menores. Es él, en definitiva, éste a quien miran José de Arimatea y María Magdalena, éste que hace llorar al sol y a la luna, éste que hoy mismo alabó al Buen Ladrón y despreció al Malo, por no comprender que no hay diferencia entre uno y otro, o, si la hay, no es esa, pues el Bien y el Mal no existen en sí mismos, y cada uno de ellos es sólo la ausencia del otro. Tiene sobre la cabeza, que resplandece con mil rayos, más que el sol y la luna juntos, un cartel escrito en romanas letras que lo proclaman Rey de los Judíos, y, ciñéndola, una dolorsa corona de espinas, como la llevan, y no lo saben, quizá porque no sangran fuera del cuerpo, aquellos hombres a quienes no se permite ser reyes de su propia persona. No goza Jesús de un descanso para los pies, como lo tienen los ladrones, y todo el peso de su cuerpo estaría suspenso de las manos clavadas en el madero si no le quedara un resto de vida, la suficiente para mantenerlo erguido sobre las rodillas rígidas, pero pronto se le acabará, la vida, y continuará la sangre brotándole de la herida del pecho, como queda dicho. Entre las dos cuñas que aseguran la verticalidad de la cruz, como ella introducidas en una oscura hendidura del suelo, herida de la tierra no más incurable que cualquier sepultura de hombre, hay una calavera, y también una tibia y un omóplato, pero la calavera es lo que nos importa, porque es eso lo que Gólgota significa, calavera, no parece que una palabra sea lo mismo que la otra, pero alguna diferencia notaríamos entre ellas si en vez de escribir calavera y Gólgota escribiéramos gólgota y Calavera. No se sabe quién puso aquí estos restos y con qué fin lo hizo, si es sólo un irónico y macabro aviso a los infelices supliciados sobre su estado futuro, antes de convertirse en tierra, en polvo, en nada. Hay quien también afirme que éste es el cráneo de Adán, ascendido del negror profundo de las capas geológicas arcaicas, y ahora, porque a ellas no puede volver, condenado eternamente a tener ante sus ojos la tierra, su único paraíso posible y para siempre perdido. Atrás, en el mismo campo donde los jinetes ejecutan su última pirueta, un hombre se aleja, volviendo aún la cabeza hacia este lado.

Lleva en la mano izquierda un cubo, y una caña en la mano derecha. En el extremo de la caña debe de haber una esponja, es difícil verlo desde aquí, y el cubo, casi apostaríamos, contiene agua con vinagre. Este hombre, un día, y después para siempre, será víctima de una calumnia, la de, por malicia o por escarnio, haberle dado vinagre a Jesús cuando él pidió agua, aunque lo cierto es que le dio la mixtura que lleva, vinagre y agua, refresco de los más soberanos para matar la sed, como en su tiempo se sabía y practicaba. Se va, pues, no se queda hasta el final, hizo lo que podía para aliviar la sequedad mortal de los tres condenados, y no hizo diferencia entre Jesús y los Ladrones, por la simple razón de que todo esto son cosas de la tierra, que van a quedar en la tierra, y de ellas se hace la única historia posible.

De : “El evangelio según Jesucristo”. José Saramago, 1991.


viernes, 11 de junio de 2010

DESDE EL BOSQUE

La primavera ha iniciado ya sus trabajos. El almendro es un arco florecido de pálido rosado y el ciruelo, bajo la sombra tenue de la palmera, derrama la luz dulce y blanca de su miríada de flores. Los botones de los damascos están a punto de romper en su estallido de un prometido blanco intenso. El más antiguo de los romeros ya ofrece sus flores de pálido violeta. Las chinitas, de fuerte anaranjado, que atravesaron el invierno, asumen la primavera desperdigando el verde extendido de la nueva generación. (Por algunos momentos, se escucha a lo lejos el aria Un Bel Di Vedremos de Madame Butterfly, y es como una brisa que recorre los arbustos a media altura, tocando con suavidad femenina sus pequeños brotes, palpando la vida que late inicial y poderosa). Las aves cotidianas, las tórtolas, los zorzales y los gorriones juegan su maravilloso vicio anual del amor, arriba entre las ramas aun desiertas del gran acacio, o a ras de tierra, entre el pasto verde brillante y las hierbas que intentan, esperanzadas, resurgir otro año en la continuidad de su rito. Los chincoles, mas retraídos, afanan en los comederos, pero también en pareja. El canto de las aves, alegre y caótico, como nostálgico patio de colegio, sobrevive victorioso a la triste voz de Madame Butterfly, y se queda titilando en las copas del acacio, los paltos y el frondoso laurel. El lento oleaje de los eucaliptus acusa las leves brisas de esta premonición de primavera. Solo en algunas hojas manchadas de ocres y amarillos de los naranjos, aun cargados de sus pequeños soles de atardecer, se reconocen los últimos rastros del otoño vencido. Los senderos plateados de los caracoles que recorren dibujando en enigmáticos arabescos los muros, declaran la vida húmeda y nocturna que también enciende la primavera. Al fondo en el pequeño estanque los peces anaranjados, lentos y placidos, esperan la tibia madurez del verano. Otras flores, campanitas rojas, racimos amarillos, las tenues trompetillas blanco rosado del tabaco, ya están a la espera de las prometidas mariposas. Las escasas hojas secas que aun permanecen en el suelo o entre el ramaje verde, delatan apenas el oficio de ese otoño ya ido. La tierra húmeda es la escasa memoria del derrotado invierno. La naturaleza con la sabiduría de innumerables centurias, ha iniciado su cátedra anual de botánica. Hay una ausencia manifiesta, el picaflor, que pasó el invierno al abrigo de este bosque mínimo, ya ha partido por mejores flores. En sus húmedos rincones, la pasionaria y las hiedras esperan su turno, ávidas de extender sus verticales dominios. La higuera, desnuda, espera. Los pinos, silenciosos, adustos, quietos, muestran la serenidad ancestral de los que saben que poseen el tiempo. El musgo, que vehemente ha invadido toda humedad, se resiste a aceptar la abrumadora primavera, y vierte su verde suave en el esplendor de los muros de adobe, entre las piedras, y en toda superficie cobijada de los soles iniciales. Los sauces inician su alegría con sus pequeñísimas chispas verdes. El aromo de hoja larga, avisa con sus esferas de un apenas amarillo pálido que su esplendor es cosa de días. Hay un ámbito de quietud y a la vez de sagrada y latente esperanza en este personal y muy lejano bosque. El hombre que lo habita, solitario y feliz, sabe que ha perdido ya para siempre el rumbo del retorno, entonces se adentra mas y mas en el verde laberinto, que es, así lo reconoce, imagen especular del laberinto de su alma e intimo reflejo de sus propios sueños.



martes, 8 de junio de 2010

EL CASTILLO DEL VIZCONDE

“Faltar pudo su patria al grande Osuna,

Pero no a su defensa sus hazañas;”

Al Duque de Osuna, Don Pedro Girón

Francisco de Quevedo y Villegas


En lo alto de una colina de duros riscos de basalto se exhibe inhiesto y desafiante un vetusto castillo con su foso, la cerca y su adarve, la muralla y sus torreones, la torre del homenaje, el patio de armas, la barbacana y la liza. Al oriente en la dirección de la Meca y contra un mar donde nunca se vieron naves, hay un estilizado minarete, donde los mas viejos creen recordar se escuchaban las cinco llamadas diarias a la oración de un invisible muecín. En las tardes la sombra del alminar se proyecta como una espada sobre las desoladas arenas de un desierto infinito. Desde la torre principal se mira al sur el caserío de chozas de los vasallos que pagaban sus tributos con la virginidad de sus hijas en el humillante derecho a pernada. Al norte un río turbulento de aguas azules y espumeantes en invierno, pero que en el estiaje son lentas, verdosas e inmutables, y al poniente las suaves lomas de los extensos viñedos de la airén y la cariñena. Es la morada del Vizconde con sus doradas jaulas de cetrería, las oscuras perreras de sus galgos y las cuadras de sus soldados muertos. Abajo el salón de las joyas y sala de esgrima, mortal afición del Vizconde que abandonó después que en un combate de adiestramiento mató de genial estocada de florete a su maestro de esgrima el Barón de Monterías. Desde esa fecha la estancia solo sirvió para lucir las armas derrotadas de sus enemigos. En el austero dormitorio del castellano el piso esta cubierto con pieles de leones de Abisinia, panteras de Sumatra y tigres de Bengala, hay un espartano lecho militar y un taburete hecho con los huesos y el cuero del caballo del emir Abd al-Rahmán, nada más. Al lado está el adornado dormitorio de la Baronesa que vivió en mancebía por treinta años y que murió de la misma peste negra que trajeron los soldados victoriosos cuando vinieron a morir en el patio de armas de su amado Señor. En el entrepatio se encuentra la cisterna donde se acumulan las aguas lluvias, la sala cinegética con las cabezas encornadas de animales conocidos y desconocidos, y al fondo la cabeza de un licántropo con los colmillos de cuarzo transparente. También hay una suntuosa capilla con la reliquia mas sagrada forjada por herrero alguno; uno de los clavos de la cruz, y frente a altar donde nunca que se sepa se ofició misa el sarcófago de piedra con la escultura yacente del Vizconde con sus manos sobre su pecho sujetando la temida y famosa espada Arconga, templada con el fuego de maderas de olivos traídos de Jerusalém y la leche materna de doce siervas elegidas por su núbil belleza, en la fragua donde se templaron las espadas que cortaron las cabezas necesarias para vencer a los moros en la ultima cruzada. la octava, cuando la peste acabó con San Luis IX, Rey de Francia, y gran parte de su ejército en Túnez. No tuvo descendencia ni se le conoció familia. Cuando murió nadie lo supo, sino hasta después de un año sin humo en las chimeneas, el portalón siempre cerrado, sin movimientos en las almenas ni los cánticos del almuédano en el desolado minarete. Y cosa nunca vista, el pendón con su león dormido ondeando hecho jirones por el viento y percudido por las lluvias del invierno. Entonces sus vasallos se atrevieron y entraron al castillo, al principio temerosos, después ávidos y por ultimo felices como esclavos liberados, y lo saquearon con una irrespetuosidad asaz vengativa. Cuando los más impulsivos empujaron el portalón, este estaba sin los cerrojos. Encontraron los esqueletos de los soldados muertos ordenados en hileras y en la capilla el sarcófago de piedra vacío. Todo olía a carne putrefacta, y vieron que en las pesebreras los caballos habían muerto de hambre con las monturas puestas. Desde el patio de armas escucharon los ecos inequívocos de los gritos de los fantasmas torturados que provenían de la torre de las mazmorras mezclados con la dulce música de un clavicordio, también fantasma, que parecía venir de los dormitorios donde alojaban las demoiselles d'honneur de la Baronesa. Las aguas de la cisterna estaban envenenadas y el lecho del Vizconde revuelto como si recién se hubiera levantado. Nunca se encontraron sus armas, excepto la Arconga que su alter ego de piedra aferraba inmóvil sobre su inútil sepulcro. Vale.

jueves, 3 de junio de 2010

CRISTALOMANCIA


“Algunas personas sueñan con la misma pesadilla repetidas veces. Otros sufren pesadillas cuyo contenido cambia a pesar de contener el mismo mensaje.”


Un dragón de hierro y fuego avanza feroz y encendido entre margaritas silvestres y lilas, sus ojos son de translucidas ágatas y sus terribles dientes de cornalina. Su aliento azufroso deja ardiendo las pequeñas flores y el humo perfumado se extiende por el valle como un vaho primaveral. Entre las matas se escurre asustada una serpiente de cobre hacia los umbríos macizos de lirios que se derraman hacia la quebrada donde un arroyo de aguas cristalinas orada las vetas de verdeantes esmeralda y lechosos cuarzos que como oleajes congeladas soportan la herida surcante de las aguas. Un caballo de azogue huye brioso y corcoveante en el aire de rosas petrificadas, sus cacos de berilo sacan chispas brillantes de los cascajos de topacios que empedran el sendero de mulas que sube también serpenteando hacia las grises montañas. En los altos riscos de las grises montañas una cabra de plata se alimenta tranquila y lejana al tumulto del dragón en las pozas de agua donde crecen misteriosos lotos de altura. Unos rodados de selenita reflejan la Luna trizada que se esconde a intervalos entre los altos nublados de las primeras lluvias. Desde lejos son solo colores, los rojos del carmín y el escarlata, y del rojo vino, muchos ocres y verdes, verde jade, verde bar, amarillo, amarillo verdoso, anaranjado, castaño rojizo y plateado. Azules, azul, azul verdoso y azul oscuro, azul eléctrico y azul marino, índigo. Gris, negro y dorado. Tras cartón un mono de oro juegas sus infantiles locuras entre alelíes y amapolas. Brillantes túmulos de nidos de flamencos engastados en rubíes y ámbares se hunden en las aguas hipersalinas de las lagunas altiplanicas bajo un sol implacable levantando vapores perfumados de inciensos y almizcles. Campanillas entre jazmines mimetizan un gallo de hidrargirio que picotea las olivinas buscando topacios y jaspes. La muerte ronda con sus tonos oscuros las victimas que necesita la noche antes de que el gallo cante tres veces. Sus pasos van dejando marcas dinosáuricas en los espantosos basaltos mercuriales. Un perro de cobre ladra a la noche y en el sigilo mortecino del aire una voz mesiánica confirma que el frío de la noche tenía incrustaciones de violetas (*). Las clavelinas de una infancia irrecuperable vencieron a los jacintos, y las aguamarinas reflejaron infinitos Venus para que la tristeza no invadiera aquel valle sagrado. Antes del orto o después del ocaso un cerdo de agua que hoza los charcos barrosos de hematíes, gruñe y escarba buscando las trufas entre las miríadas de pétalos muertos de flores cerezos. No hay otro ruido que el tintineo de las lágrimas de malaquita que lloran las gárgolas en los abandonados campanarios. Hay un bosque, ultimo reducto de los descendientes de los árboles fósiles de Hacinas, altas araucarias, robles, magnolios florecidos y álamos, abetos, acacias y oloroso pinos, chopos, enebros, sensuales sauces, bojes, hayas y tenebroso cipreses. Orquídeas, gladiolos y narcisos, y una rata de bruñido estaño royendo las pilastras que soportan el último templo del fuego. Los engastes de turquesas y lapislázuli de los minaretes refulgen victoriosos de esta secreta Intifadah. Un buey y un tigre de plomo yacen bajo la eclíptica destrozada, donde solo giran fragmentos de un Saturno negro, un Urano azul y un Neptuno verde. Un conejo estañado brilla en ciertas aguas y naufraga. Lo demás son jardines desaforados de madreselvas, cimbalarias y magnolias, de gardenias y dalias y azaleas, rodeados de un desierto donde los minotauros obtienen sus ónices, obsidianas y ópalos, y los centauros sus zafiros, zircones y amatistas violetas. Después hay una franja de silencio como un desierto transparente. De ahí al mar solo hay estremecidos pedregales de lajas metamórficas hasta la misma orilla. Vale.

* Pequeño relato de fantasía. Francisco Antonio Ruiz Caballero. 4 de Ene, 2006.

miércoles, 26 de mayo de 2010

EL VIAJERO INMOVIL

"Don Quijote es un usurpador que le birló el estrellato y el protagonismo a Alonso Quijano."

El Quijote y su laberinto vital. Francisco Alonso Fernández (*), 2005.


La historia oficial es mentirosa, sobre todo en lo que a él de refiere. Dicen sus archivos falaces que murió sereno y durmiendo, rodeado de su familia en la finca Los Abriles, allá por el alto Paraná. Fue el mismo día en que en un inolvidable atardecer extrañamente violeta se desató la plaga de mariposas que oscurecieron el cielo por tres días y las campanas de las iglesias tocaron a arrebato sin que nadie tirara de las cuerdas de los campanarios, así, solas, cada sesenta y nueve minutos, por los tres días. Lo veraz es que murió loco, amarrado a su lecho por su único hijo y gritando blasfemias a los cuatro vientos y llamando hidepu al Redentor y vejete mezquino al Creador. Lo cierto es que comenzó coleccionando mapas antiguos, para revivir en ellos, voyageur de cabinet, las navegaciones, naufragios y descubrimientos de lusitanos y españoles. Conoció los detalles de paisajes, mareas y nativos, recorrió bravamente las rutas de las especies, circunnavego tres veces el mundo en el Trinidad y las tres veces participó en su hundimiento ex profeso para que no lo tomaron los portugueses arranchados en las Molucas. Y todo sin moverse de su estudio de altísimos ventanales que daban a la quinta de árboles frutales donde los zorzales eran dueños y vigías. Pero el descubrimiento, la exploración y el conocimiento de tantos continentes nuevos hicieron que su asombro se le fuera anquilosando, osificando. Hubo días en que no encontró ni una sola pequeña maravillas entre las páginas de diarios de viajes de fábula y bitácoras de argonautas imposibles. Por ese entonces fue que decidió encerrarse en ese mismo estudio con víveres y trastos de viaje para cinco años, una antigua brújula del siglo XVIII y los cuatro volúmenes del “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente” del Barón Alexander von Humboldt. Durante esos cinco años leyó, releyó y volvió a leer hasta el cansancio, (y la locura), los treinta folios con la vista de la Cordillera y monumentos de los pueblos indígenas de América, el examen crítico de la historia de la geografía del Nuevo Continente, el Atlas geográfico y físico del virreinato de la Nueva España, el ensayo político del mismo virreinato y otro sobre la geografía de las plantas, y la narración inconclusa de sus viajes que incluía otro ensayo político sobre la isla de Cuba, y todas estas vainas con sus anexos, tablas, imágenes y comentarios al margen. Así recorrió diez mil kilómetros, partiendo de Cumaná y Caracas, en el Alto Orinoco visitó La Esmeralda y el río Casiquiare, pasó por Santafé de Bogotá, remontó el río grande de la Magdalena y ascendió por los senderos de los Andes camino a Quito, recorriendo la Nueva España de hocico a rabo. En fin, anduvo por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y México, y alcanzó a visitar Cuba y Estados Unidos antes de regresar a la Europa de donde no había partido. Y por eso, en llegando al viejo continente fue que su razón se extravió por el delirio del hambre pues hacia ocho días que se le habían terminado sus vituallas, y había estado comiendo el papel del primer tomo del “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente” del Barón Alexander von Humboldt y las semillas de una maraca venezolana que estaba hecha de una calabaza de totumo (ii). Cuando descerrajaron la puerta después de una semana en que la familia no escuchó ningún ruido de vida en el estudio lo encontraron sentado en el piso, en un rincón, gritando que le bajaran el equipaje con cuidado para que no le arruinaran los herbarios que con tanta ciencia y paciencia había recolectado en su viaje por las regiones equinocciales. Vale.


(i) Neurólogo, catedrático de la Universidad Complutense y miembro de la Academia Nacional de Medicina de las Españas.


(ii) Cresentia cujete Linnaeus.


Nota.- El autor agradece a Jorge Luis Borges, a Gabriel García Márquez y a Francisco Antonio Ruiz Caballero sus aportes inevitables.



jueves, 20 de mayo de 2010

DELIRIO ZODIACAL



“Se puede esperar, con un grado de probabilidad bastante alto, que cierta situación psicológica bien definida venga acompañada por una configuración astrológica análoga.”

Carl G. Jung


Es sabido que en los escarpados territorios del ecuador marciano, entre las sombras de los antiguos bosques de esbeltas araucarias, delicados dragones de amatista acechan, cazan y se alimentan de los mansos carneros de cornalina que ramonean las hojas de las lilas. Se mueven sigilosos por un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y amapolas. Degollan los carneros de una sola mordida, y les abren el tórax para comerse sus bofes antes que coagule la roja sangre. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a Madreselva. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de hierro incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna escarlata que comienza a asomar por los lejanos montes marcianos, y que los convierte en congelados dragones de rubí. Al alba, bajo los carmines, rojos y escarlatas del amanecer, los cristales de dragón vuelven de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los apacibles carneros de piedra de Sadoine. En cambio en los húmedos territorios del sur Venusiano, entre las sombras de los antiguos y altos robledales, delgadísimas serpientes de calcedonia acechan, cazan y se alimentan de los nobles toros de peridoto que ramonean humillando las hojas de los lirios. Reptan sigilosas por un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y de amapolas. Matan los toros envenenándolos en la primera mordida, y se introducen por sus hocicos hasta el estomago para succionar sus hígados antes que coagule su bilis amarillenta. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de coral brillante que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a almendra amarga. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de cobre incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna naranja que comienza a asomar por los lejanos montes venusianos, y que los convierte en congeladas sierpes de ópalo. Al alba, bajo los ocres, verdes y amarillos del amanecer, los cristales de serpiente vuelven de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los apacibles toros de cristobalita y tridimita. Mientras en los delirantes territorios mercuriales, entre las sombras de los calcinados bosques de florecidos magnolios, dos dioses mielgos de topacio acechan, cazan y se alimentan de los salvajes caballos que mordisquean las hojas de las rosas. Se arrastran furtivos por un suelo azul cubierto de violetas, de madreselvas y lirios del valle. Degollan los caballos de un solo tajo, y les abren el tórax para comerse sus corazones antes que coagule la densa sangre anaranjada. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de berilos incesantes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a benjuí. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de mercurio incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna amarilla que comienza a asomar por los lejanos montes mercuriales, y que los convierte en congeladas estatuas de ágata. Al alba, bajo los azules, amarillos y anaranjados del amanecer, los cristales de estatuas vuelven de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los pifiantes caballos de ojos de tigre. Aunque en los soleados territorios del meridiano lunar, entre las sombras de los antiguos bosques de estilizados álamos, hambrientas cabras de aguamarina acechan, cazan y se alimentan de los escurridizos cangrejos de selenita que pizcan las hojas de los lotos de las orillas. Se desplazan indiferentes por un suelo plateado cubierto de rosas, de lirios y lilas. Quiebran los cangrejos de una sola mascada, y les abren el tórax para comerse sus branquias antes que coagule la sangre azul. Después, saciada el hambre, recorren husmeando los túmulos de esmeraldas verdemar que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a sándalo. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de plata incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna plateada que comienza a asomar por los lejanos montes lunares, y que las convierte en congeladas cabras de esmeralda. Al alba, bajo los azules, castaño rojizo y plateado del amanecer, los cristales de cabra vuelven de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los escurridizos cangrejos de yeso. Y más acá, en los ardientes territorios del septentrión solar, entre las sombras de los de los serenos bosques de carbonizados abetos, hambrientos leones de ámbar acechan, cazan y se alimentan de los lúdicos monos de criolita que mastican insomnes las hojas de los alelíes. Se mueven cautelosos por un suelo diamantino cubierto de rosas silvestres, de dalias y amapolas. Desmiembran los monos de un solo zarpazo, y les abren el tórax para engullir sus pequeños pulmones antes que coagule la dorada sangre. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a bergamota. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de oro incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna anaranjada que comienza a asomar por los lejanos montes solares, y que los convierte en congelados leones de diamante amarillo. Al alba, bajo los anaranjados, rojos y dorados del amanecer, los cristales de león vuelven de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los juguetones monos de hexafluoroaluminato. Y más lejos, en los polvorientos territorios del trópico terrestre, entre las sombras de los antiguos bosques de vetustos pinos, iridiscentes gallos de ágata verde acechan, cazan y se alimentan de las vírgenes de jacinto que juegan entre los jazmines y las acacias. Se mueven sigilosos por un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y amapolas. Asesinan las vírgenes carneros de un sol picotón, y les abren el tórax para comerse sus delicadas pleuras antes que coagule la roja sangre. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a benjuí. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de azogue incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna amarilla que comienza a asomar por los lejanos montes terrestres, y que los convierte en congelados gallos de verdeante ágata. Al alba, bajo los ocres, anaranjados y amarillo del amanecer, los cristales de gallo despiertan de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los alegres vírgenes de eshem. Y más cerca, en los diáfanos territorios de los hemisferios venusianos, entre las sombras de los añosos bosques de chopos, feroces perros de coral acechan, cazan y se alimentan de las etéreas libélulas de crisolito que sobrevuelan los narciso y las violetas. Se agazapan sigilosos en un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y amapolas. Atrapan las libélulas de un sol mordisco, y les rompen el tórax para olisquear sus alas cristalinas antes que coagule la azul linfa. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a vainilla. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de cobre incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna verde jade que comienza a asomar por los lejanos montes venusianos, y que los convierte en congelados canes de ópalo. Al alba, bajo los azules y verdes jade del amanecer, los cristales de perro vuelven de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de las gráciles libélulas de amianto blanco. Y más allá, en los intrincados territorios del ecuador plutoniano, entre las sombras de los antiguos bosques de cimbreantes sauces, venenosos escorpiones de amatista acechan, cazan y se alimentan de los embarrados cerdos de hematíe que ramonean las hojas de los claveles y tulipanes. Se deslizan sigilosos por un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y amapolas. Matan los carneros de un solo pinchazo, y se introducen en el tórax para comerse sus solomillos antes que coagule la roja sangre. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a sándalo. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de radio incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna rojo violácea que comienza a asomar por los lejanos montes plutonianos, y que los convierte en congelados alacranes de malaquita. Al alba, bajo los rojos violáceos del amanecer, los cristales de escorpión vuelven de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los inmundos verracos de hematita. Y más arriba, en los inconmensurables territorios de las planicies jovianas, entre las sombras de los antiguos bosques de olorosos enebros, asquerosas ratas de turquesa acechan, cazan y se alimentan de los ingenuos centauros de rubí que ramonean las hojas de los gladiolos. Se escurren sigilosas por un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y amapolas. Atacan en miríadas a los carneros como una sola bestia rabiosa, y les abren el tórax para comerse sus pulmones antes que coagule la roja sangre. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a mirra. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de estaño incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna azul que comienza a asomar por los lejanos montes jovianos, y que los convierte en congeladas ratas de lapislázuli. Al alba, bajo los azules más o menos oscuros del amanecer, los cristales de rata despiertan de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los torpes quirones de corindón. Y más abajo, en los iluminados territorios del ecuador saturniano, entre las sombras de los antiguos bosques esféricos de pequeños bojes, somnolientos bueyes de ónix negro acechan, cazan y se alimentan de las delirantes cabras de obsidiana que ramonean las hojas de las cimbalarias. Se desplazan sigilosos por un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y amapolas. Desnucan las cabras de una sola corneada, y les abren el tórax para comerse sus corazones antes que coagule la roja sangre. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a madreselva. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de plomo incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna índigo que comienza a asomar por los lejanos montes saturnianos, y que los convierte en congelados boyazos de jade rosa. Al alba, bajo los negros e índigos del amanecer, los cristales de cabestros tornan de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de las alucinantes cabras de vidrio volcánico. A la vez que en los inundados territorios del polo meridional uraniano, entre las sombras de los antiguos bosques de altos y tristes cipreses, delicados tigres de zafiro azul acechan, cazan y se alimentan de los dulces manatíes de circón que ramonean las hojas de las dalias. Se deslizan sigilosos por un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y amapolas. Ultiman los manatíes de un solo zarpazo, y les abren el tórax para comerse sus tenues aortas antes que coagule la roja sangre. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a azalea. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de plomo incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna gris que comienza a asomar por los lejanos montes uranianos, y que los convierte en congelados tigres de amatista violeta. Al alba, bajo los azules eléctricos y marinos del amanecer, los cristales de tigre despiertan de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los lentos manatíes de zircón. Y por último también es fama que en los imponentes territorios del trópico neptuniano, entre las sombras de los antiguos bosques de altísimas hayas, escurridizos conejos de turquesa acechan, cazan y se alimentan de los saltarines peces de crisolita que ramonean en las orillas las hojas del lirio de agua. Se escurren sigilosos por un suelo carmín cubierto de margaritas silvestres, de tulipanes y amapolas. Matan los peces de una sola dentellada, y les abren el tórax para comerse sus agallas antes que coagule la roja sangre. Después, saciada el hambre, recorren husmeándolos los túmulos de granates incandescentes que afloran como grandes termiteros catedrales de Macrotermes bellicosus, olorosos a flor de loto. En ellos lamen con fruición las sales en las vetas de estaño incrustadas en la arcilla mezclada con saliva, tierra y excrementos, y beben las aguas mustias que exudan los barrocos montículos. Lamen y beben hasta que los ilumina la luna verde bar que comienza a asomar por los lejanos montes neptunianos, y que los convierte en congelados gazapos de coral. Al alba, bajo el azul verdoso del amanecer, los cristales de conejo despiertan de su breve dormancia y retoman el acecho y la caza de los plateados peces de Crisópalo. Vale.


miércoles, 14 de abril de 2010

TARCISIO

“...han demostrado muchos sicólogos, muchos siquiatras, que no hay relación entre celibato y pedofilia. Pero muchos otros han demostrado, y me han dicho recientemente, que hay relación entre homosexualidad y pedofilia. Esto es verdad, éste es el problema”
Tarcisio Cardenal Bertone, Secretario de Estado de la Ciudad del Vaticano. Santiago de Chile, 12 de abril de 2010

Se te secaran los ojos Tarcisio, Arzobispo de Vercelli, cristalizarán en el oscuro rojo infame de los rubíes robados en penumbras de las tumbas de las oscuras divinidades de Sri Lanka. Se disgregaran en una arena sanguinolenta por lo que no quisieron ver y por lo que vieron sin ver. Se te hinchara la lengua sagrada Pietro, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hasta ahogarte en la propia hediondez putrefacta de tu boca latinosa que vertió repugnancias en los mármoles inútiles de todos los altares donde fuiste Judas traidor y mercader del Templo. Tu amoratado rostro no contemplará el esplendor de la Rosa Celestial. Se te despellejara tu cuerpo no impoluto, Evasio, Arzobispo de Génova, y así será descarnado por los buitres de tu infierno de celdas monacales impuras por el semen vertido en sucios celibatos profanados. Serás desmembrado Bertone de Romano Canavese, Cardenal presbítero de Santa María Auxiliadora en vía Tuscolana, por los corceles blanco, rojo negro y amarillo que cabalgaron, rotos los Sellos, los jinetes de la Revelación, para que todos los que crean en Él se alborocen con tus gritos de hiena castigada. Se autocombustirán tus huesos avergonzados, Tarcisio Pietro Evasio, Cardenal Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, para no dejar desperdicios reconocibles de tu días de payaso sacralizado por el Obispo de Roma, Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro, Santo Padre, Sumo Pontífice y Siervo de los siervos de Dios, el peor de todos. De nada servirán tus laureles efímeros, tus glorias corruptas de purpurado, ni tus míseros engaños de parroquia Tarcisio Pietro Evasio Bertone S.D.B., Arzobispo y Cardenal de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, Cardenal obispo de Frascati, porque tú sabías mejor que muchos que "Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga." (*), y no fuiste capaz de cortar tu lengua de víbora cobarde, ni siquiera de mordértela hasta que tu propia sangre te envenenara en su ponzoña y amordazara tu boca hasta el fin de los tiempos, cuando suenen las siete trompetas y tu no seas llamado.

(*) Marcos 9:43, 44, ver también 45-49.

sábado, 3 de abril de 2010

BESTIARIO HIRSUTO

Y miré, y he aquí que vi un animal renaciendo de sus propias cenizas consumidas en el fuego, era un águila explayada con las plumas de la cabeza de color púrpura, las del cuello de oro y las de la cola mezcla de azul y gules, y otro que de frente o de perfil tenía la figura de una mujer, con las piernas en forma de cola de pez y en su mano derecha un espejo ovalado y en su izquierda un peine. Arriba sobrevolaba un águila imperial de dos cabezas y también un ave aun mas extraña que poseía cabeza y pecho de mujer, y el resto de su cuerpo de águila con sus alas y plumas. Mas allá había uno con cuerpo de caballo, cabeza de ciervo, patas de elefante y cola de cerdo, pastando junto con un caballo con un solo cuerno retorcido en forma de caracol en medio de su frente, que miraba a todos lados asustado por los ladridos de un perro con cabeza y el pecho de mujer, y garras de león. Y tras de este un ser con la mitad superior de águila, y la mitad inferior de león que caminaba a saltos, siempre rampante y de perfil. Y reptando sobre unas brasas ardientes un lagartija sinople, que no solo no moría por el calor del fuego sino que cobraba cada vez más vida y más fortaleza. Y entre los arbustos resecos pude observar una cabra con cabeza y el pecho de mujer, sus brazos terminaban en garras de león, los pies de grifo, y la cola de serpiente enroscada en su extremo. En los mismos arbustos deshojados vi un monstruo con la cabeza llena de serpientes, enormes colmillos, manos de bronce, alas de oro y unos ojos llameantes. Además de un perro de tres cabezas y una cola formada por una serpiente, que en el lomo tenía infinidad de cabezas de serpientes, y entre sus patas estaba el Rey de las Serpientes, una pequeña víbora que es fama que tiene cualidades venenosas tan potentes, que su simple aliento marchita las plantas, resquebraja las rocas, y mata cualquier hombre o animal sólo con la mirada. Su color varía entre en el verde y el azul. Y en la ciénaga hedionda que rodeaba la colina chapoteaba un extraño ser con la cabeza, el torso y las patas superiores de caballo, aunque en vez de cascos tenia aletas. La parte inferior era la de un gran pez, con una cola que pude estimara alcanzaba hasta unos doce pies de largo. Su cuerpo estaba cubierto de escamas excepto la parte que es de caballo, donde tiene pelo corto de color cambiante de azul a rosa rojizo como los granates de Bekily en Madagascar. Todo era como en un sueño inquieto y sudoroso pero de alguna manera razonable, hasta que finalmente la vi, su cuerpo de serpiente engrosado en el centro para formar un torso de ave, con alas cortas y vestigiales y dos patas de pájaro. De piel rayada alternando el blanco y el rojo. En el extremo de la cola, muy similar al cuello, tenía una cabeza idéntica a la otra. Ambas con colmillos que por su color azulado iridiscente me parecieron extremadamente venenosos. Bufaron al mismo tiempo las dos horribles cabezas y su aliento sulfuroso invadió el entorno provocandome un doloroso ardor en mis belfos húmedos y mis tentáculos cubiertos de babas gelatinosas. Solo entonces supe que todo era una pesadilla.