miércoles, 15 de septiembre de 2010

LOS BISONTES DEL INSOMNIO


En los mágicos arreboles de los atardeceres derrotados por la penumbra noche que se expande engarzada de brillantes con su azul intenso y oscuro absorbiendo el índigo moribundo que ya no soporta el tremolante disco incandescente de un sol que va estrellándose con morosidad de dinosaurio contra las serranías del quieto poniente. En esos colores de fragua o incendio se templan los filosos alfanjes de los insomnios, los tóxicos tubérculos de mandioca que engendran perturbadoras pesadillas, las espigas doradas que atrapan los vientos que empujan la tarda nave del sueño en sus ondulaciones y estremecimientos, el plomo derretido que quema los parpados en los entresijos del miedo y el sudor de bestia agonizante donde chapotean sirenas decapitadas huyendo de los sargazos del duermevela. Allí, en esas parsimonias colorinches están confundidos en un amasijo entrabado de lanas de colores primitivos, en un ovillo apretado de lombrices teñidas con las anilinas crepusculares, en una esfera imposible de visiones, sensaciones y emociones incrustadas unas en otras de tal manera que es imposible encontrar el extremo que permitiría desenrollar uno a uno los estambres y disolver la intrincada madeja esférica, nocturna y multicolor en cada una de las hebras que la sustentan. Porque la noche tiene una textura granular, un tacto metálico pero rugoso por el hacinamiento de los escombros de la ciudad de la vigilia, fragmentados en la minuciosa conminución del molino de aspas de cuartos de hora, entre el crujido de los minutos duodecimales y el traqueteo de los escasos instantes de lucidez enfermiza donde la razón espolvorea una harina amarilla como el azufre para no quedarse empantanada en esa gelatina color canela del delirio que provoca la sed de los largos desvelos. Para cuando la lenta nao del sueño levanta los jirones percudidos del velamen entre el rezongo de jarcias y cabrestantes, ya el oriente acusa la tenue luminosidad de una pervertida madrugada, y en este lado de la oscuridad aun los cartílagos permanecen endurecidos, quebradizos, esperando las apariciones de engendros ameboides con sus verdes cristalinos que hieren las corneas con sus agujas clorofílicas, de lampreas de piel viscosa que después son boas constrictoras y después cocodrilos marinos o gaviales del Ganges, flotando panza arriba en un río de aguas densas y casi detenidas por la obstinada somnolencia, de reptiles cretácicos de colores extravagantes y grandes ojos muy negros como esferas de obsidiana, de hermosos escarabajos tornasolados y fétidos, de la estampida de bisontes en pánico que se despeñan furiosos desde la alta meseta lunar para ir a estallar contra las gigantescas estalagmitas calcáreas que surgen desde el piso de la caverna iluminada por la teas de los penitentes de la procesión de la Virgen de Todas las Misericordias que siguen pasando sin solución de continuidad a pesar que por el ventanal ya se distinguen las copas de los árboles y los vuelos circulares de los jotes de cabeza colorada que vienen a limpiar las calles vacías e inundadas de la ciudad muerta de los cadáveres de las ratas aplastadas en la estampida de los bisontes. Por entonces se abren los ojos adoloridos tratando de lagrimear para que escurra de ellos el vidrio molido de la larga noche y tragando saliva para disolver el sabor ácido de los tubérculos de la yuca que son los que engendran las peores pesadillas. Vale.

viernes, 10 de septiembre de 2010

LA DUQUESA INTOCABLE


Danzaban los cristales con sus matices de hondos púrpuras y frágiles amatistas dejando un reguero fulgurante de vidrios pequeñísimos de delicado e intenso rosado. La música escurría por entre las flores blancas de los ciruelos, entre el rojo de los abutilones y el azul violáceo pálido de la hierba doncella, Vinca major, la enredadera rastrera y secreta robada bajo el desparpajo del derecho a pernada de un conventillo maloliente. El amplio e iluminado salón era una suerte de cristalería medieval donde estaban atrapados en sus vitrinas de reluciente caoba todos lo cristales y vidrios posibles en forma, color y opacidad como grandes insectos cristalizados. La dama, de riguroso luto, acariciaba con sus manos enguantadas el teclado del antiguo clavecín congregando el tintineo de los ángeles y las risitas voluptuosas de las vírgenes huríes. Era alta muy alta, delgada y pálida, de cuerpo estilizado, huesos largos, y cabello liso del mismo color y brillo de la antracita, de ojos grandes, oscuros y profundos en cuyos fondos parpadeaban los destellos escondidos y encendidos de las brasas siniestras de sendos rubíes. El rictus de su boca hechicera poseía la frialdad tenaz de las enclaustradas duquesas desquiciadas, aunque el rojo lucifer de sus perfectos labios obliteraba la fina crueldad color turquesa que su desolado corazón anidaba como una artera serpiente subterránea en los pliegues del desencanto que el alcaloide melancólico encriptado en su persistente perfume estarcía sobre los gobelinos haciendo entristecer a los guerreros de tumultuosas batallas y detener el vuelo a los azores de los paisajes de cetrerías. Los bajos continuos y las armonías tonales iban carcomiendo los bordes de la tarde, fatales, mortuorios, fragmentando las instancias iniciales de la memoria que vagaba desesperada por los atajos sin retorno de las peores nostalgias. La música iba y venia insistiendo en herir a mansalva con su filo violeta y su aroma de sándalo la carne enternecida en su propia salazón de cuerpos confusos y confundidos inmersos en la salmuera de los recuerdos incrustados en los años de los soles perdidos. Ella sabía extraer con sus arpegios sangrientos y con la vehemente violencia sagrada de los sacerdotes aztecas la víscera aun latiendo del torso sufriente de sus victimas y con sus largos dedos virginales la alzaba victoriosa hasta dejarla colgada de la gran lámpara de araña de vidrio de plomo de Baccarat como una más de las lagrimas de zafiro tallado, solo que del color bermellón de la sangre fresca y palpitante, o la arrojaba como un repugnante animal ensangrentado contra las platerías alavesas o los espejos de marcos franceses. Sabiamente hacia huir del clavecín las notas dolientes como mariposas o libélulas ciegas con sus alas de anaranjado terciopelo o de delgados e iridiscentes vitrales transparentes. Pero su entorno era un dominio de tristezas, de ebrias avispas y cigarras venenosas emponzoñadas en los néctares mefíticos de las mandrágoras, un ámbito de cementerio abandonado, con los mármoles erosionados de lapidas sin nombre de castos varones, de monjes inquisidores y de reinas muertas, porque bajo su delicada piel translucida y suave como un sueño de tenues jardines y fuentes de aguas cristalinas en recienvenida primavera habitaban las medusas, las gorgonas y las harpías que encapsulaban sus odios, sus furias y sus desengaños en las pedrerías y abalorios de los Essercizi per gravicemvalo de Scarlatti y el Livre de pièces de clavecin de Jean-Philippe Rameau. Vale.


lunes, 6 de septiembre de 2010

HUMEDAS GEOGRAFIAS INICIALES


“Un neobarroco en estallido en el que los signos giran y se escapan hacia los límites del soporte sin que ninguna fórmula permita trazar sus líneas o seguir los mecanismos de su producción. Hacia los límites del pensamiento, imagen de un universo que estalla hasta quedar extenuado, hasta las cenizas. Y que, quizás, vuelve a cerrarse sobre sí mismo.”

Ensayos Generales Sobre el Barroco.

Severo Sarduy, 1987.


Vinieron entonces las aguas, violentas, caudalosas, en un torrente pardo y arcilloso que socavó cimientos y raíces, enturbió las aguas cristalinas de las norias y las vertientes, sajó los taludes, los terraplenes, los pequeños barrancos de las orillas y todos los bordes en desnivel, dejando como cicatrices las cárcavas que después con las lluvias fueron quebradas cada vez más profundas y devinieron fértiles valles. Antes de aquel gran huayco apocalíptico todo había sido una extensa planicie de limos y arenas solidificados y cementados por las sales de un mar empantanado que desapareció como si se hubiera sumido en un hondo dzonot sin fondo ni termino y en los veintiocho días de la lunación apenas dejó unos charquitos entumidos donde chapotearon los delfines rosados bajo un solo inclemente que los fue secando y resecando hasta estamparlos en el limo seco y convertirlos en fósiles fantasmagóricos de sirenas vírgenes que los indios chumareños les cambiaban a los godos por sus collares de vidrio y su navajas de afeitar en los días de la fiesta santa. El mar era una inabarcable bahía de aguas quietas, verdosas y densas, donde desembocaban dos ríos anchos y cargados de los sedimentos de sus territorios erodados que traslapaban sus deltas formando un solo abanico barroso cubierto de manglares de mangle rojo, prieto, blanco, y mangle botón, y de los grandes caimanes sagrados que el insigne y sabio geógrafo, naturalista y explorador Barón Friedrich Heinrich Alexander von Humboldt creyó extintos. Sobre ese triangulo tropical de caños fluviales e islas sedimentarias se formó un entero país dos palmos apenas sobre aguas sucias de restos de hojas casi transparentes en las que solo se veían la nervaduras como mínimos y frágiles esqueletos vegetales, y donde se desplazaban de vez en cuando los cadáveres hinchados de los tapires, los capibaras y los araguatos ahogados en la huida despavorida del ataque de los yaguares. El fondo de ese mar de tres aguas mezcladas era un coloide inorgánico de limos y arcillas como una bruma color del té con leche donde no se distinguían ni siquiera la infinidad de jaibas que terminaban de mondar los huesos de los animales devorados a mordiscos prehistóricos por los caimanes, y que las dos corrientes encontradas de los dos ríos y las mareas hacían rotar según las lunaciones por la infinita bahía geosinclinal que lentamente se iba colmatando de los diminutos fragmentos de las comarcas erosionadas, hasta que el peso de los sedimentos respondiendo al principio del equilibrio isostático afloraron sobre las aguas como una terraza lunar, vacía, plana, lisa, apenas marcada por los jeroglíficos de las huellas de la jaibas que huyeron siguiendo la línea de costa efímera que se replegaba hacia el horizonte marino perseguida por las ordenadas hileras de pelícanos que iban tras los cardúmenes de anchovetas iluminadas por la pálida luz de la luna de los primeros plenilunios. Y esa fue la llanura perfectamente horizontal que milenios después las aguas en torrentes y las lluvias desbordadas del monzón desgastaron, erosionaron y sajaron con paciencia de orfebre labrando un continente entero con sus cordilleras volcánicas, sus sabanas interminables y sus junglas enmarañadas con sus árboles y lianas y salamandras amarillas y monos aulladores, garzas, alcatraces y tijeretas de mar, y con los caimanes esperando hambrientos allí abajo entre las raíces aéreas de los manglares, y todos huyendo siempre del espanto de las lampalaguas gigantes y de los ocelotes sangrientos mientras en la mar océana ya se criaban las albacoras y los congrios negros y colorados, y en los cielos de límpidos azules planeaban los cóndores, los buitres reales de plumaje pardo y blanco y con la piel desnuda de la cabeza y del cuello de vivos colores anaranjados, rojos, azules y púrpuras, y también trazaba su vuelo certero el cernícalos de todos los tiempos y paisajes, y en los rincones de sombra la tierra marrón oscuro y fértil se cubría de musgo verde esmeralda como un finísimo cojín aterciopelado sobre el que caían los fragantes y delicados copos de nieve de los pétalos de los ciruelos en su primera primavera. Vale.



martes, 31 de agosto de 2010

EL TORO ROJO

Un toro rojo como la debida sangre que verterá cuando el matador rompa con el filoso y traicionero estoque de matar el pelo rojo del miura para que albas palomas alcen sus vuelos blancos desde los tendidos de sol y de sombra pidiendo fragmentos de toro rojo, orejas y rabo, para las manos sangrientas del torero de pie con su traje de mortales luces manchado con la roja sangre del rojo toro. Mientras humilla esperando el acero en su cruz los ojos del toro rojo miran en la arena amarillenta buscando los verde hierba, el agua mansa y las arboledas de la sombra de la hacienda de su hierro allá tan lejos que no alcanza a oler ni una pizquita del perfume fresco del agua de la poza donde ahora beben sus hermanos de linaje que un día serán también el toro rojo esperando al estoqueador con la furia de su encaste y su cornamenta de agujas vengadoras. Amorcillado como un troyano vencido el rojo toro mancha la arena sedienta dibujando un geranio, ya escarlata ya carmín encarnado, que es espejo de imposible obsidiana roja que refleja el ruedo donde las palomas blancas aguardan inquietas la roja muerte del rojo toro que mira y mira a su entorchado victimario vestido de negro y grana para el rito minotaúrico sin más laberinto que el del toro rojo atrapado en la miseria de su destino de roja muerte sanguinolenta e inevitable. El diestro urge la esperanza de que el toro rojo doble y muera sobre el charco granate para despertar las bandadas de albas palomas y verlas y sentirlas innumerables allá arriba aleteando para su mayor gloria de valiente toreador y certero espada. Pero todo se ha petrificado, toro rojo, sangriento matador, palomas al acecho, arena y sol, solo la roja sangre escurre y gotea desde la roja cerviz herida del toro rojo y bravo encharcándose en la corola del rojo cardenal que crece bajo la sombra inmóvil del rojo toro. Ya cae el toro rojo y enrojecido, ya muerto y justificado, ya alza la mano el maestro mostrando la afilada hoja acerada de la muerte orgulloso, ya inician el vuelo tumultuoso la palomas blancas asustadas por el griterío y por la visión de la muerte que de pie en el ruedo unta de roja sangre los negros cuernos del toro rojo. Un sol inmenso arde sobre bestia y toreador para que las sombras chinescas repitan en los diminutos cuarzos de la arena circular el horroroso drama, la lucha desigual, la brillante corrida, como un camafeo inverso de negro sobre el ocre amarillento con la sangre refulgiendo como un sello de lacre que visa y confirma la sentencia de muerte de un toro rojo por un hombre de negro y grana que ha de herir de esa muerte inútil con un destello acerado en el pozo de la cruz del uro colorado vencido en orgullosa y ancestral tauromaquia.



sábado, 28 de agosto de 2010

BREVEDAD DE HOY

Te beso con la ternura mas dulce que poseo, para dejarte soñando mis labios en tu boca y dejarte con la piel en ascuas esperando la mía, y tu pelo embebido de mis caricias chapoteando en el aguardiente de tus deseos escondidos en las misteriosas y fragantes flores que habitan el jardín nocturno donde sueles caminar mientras duermes con los ojos abiertos a la espera de todas las primaveras que te deben los soles que dejaste pasar viviendo otras vidas que no eran tus vidas, sin saber ni los rumbos ni las estaciones, sin adivinar que yo te buscaba en ese mismo jardín donde tu no llegabas nunca, entre amaneceres y estíos, entre tumultos y vísperas, entre inviernos y follajes, ahí, siempre ahí, hundido en atardeceres y crepúsculos acechando tu paso de ninfa incesante, de alga entristecida, de enredadera de flores blancas y pequeñas, de lucecitas de luciérnagas en el bajo hacia el río, y el agua fresca erodando las piedras a la sombra de la arboleda donde jugabas de niña nombrando las mariposas por su nombre y la libélulas por su apellido, allí, ahí, donde siempre, te beso con toda la ternura destilando esta lluvia cristalizada en verbo que va a sitiar al fin tus labios hasta que te me mueras de amor y para siempre en mis brazos. Vale.



Nota.- En efecto, “erodar” es la versión irreflexiva y errónea del verbo inglés “to erode”, que los de Bolombolo, Túquerres, Cajicá, Mapiripán, Maicao y Manizales traducimos por “erosionar”. Como “erosión”, en su acepción primaria, significa “desgaste o destrucción producidos en la superficie de un cuerpo (o de la tierra) por la fricción o por otros agentes externos”, sus sinónimos son “estropear, deteriorar, desgastar, lastimar, inutilizar, arruinar, minar”, etc.

Jaime Horta Díaz

Presidente del Colegio de Abogados de la Universidad Nacional de Colombia



viernes, 27 de agosto de 2010

NOSTALGIAS DE CLAVECIN

y todo lo que hizo fue arrebatado

por la implosión de una burbuja.

Leyendas vestigiales. Roberto Echavarren


Briosos corceles de cascos acerados cabalgan por el filo aterciopelado de la noche espantados ante el fulgor de las florecidas cucardas. Sus crines erizadas trazan el contorno del profundo cenote repetido de sus ojos en pánico. Son blancos como las caracolas desgastadas de albo carbonato y negros como los misteriosos fragmentos de antracita que dejaban los trenes nocturnos al otro lado del potrero de hinojos, cardos, cicutas y mariposas de pálidos amarillos o celestes con tintes verdosos (*). Lentas mantarrayas destrozan los crepúsculos tras las esplendescentes miríadas de peces plateados entre algas y torrentes oceánicos que reflejan las tonalidades verdiazules del mar de los náufragos sangrientos. Un vuelo tumultuoso de guacamayos esparce todos los rojos, todos los amarillos, todos los verdes y todos los azules sobre las esmeraldas trizadas de las selvas lluviosas donde las libélulas gigantes copulan en los charcos perfumados de los gladiolos rosados y las dalias púrpuras. Hay un rumor de oleajes en una playa pedregosa y un agudo sonido ululando entre los riscos de basaltos columnares que esperan a los alcatraces y a los cormoranes que romperán con su algarabía de chillidos marinos la bruma de la hostil madrugada. Endriagos y vestiglos danzan sobre los huesos cristalizados del arcángel dormido y sepultado en las sales de los territorios encendidos en medio del plenilunio con las piedras muertas aun tibias y ruborizadas por el secuestrado atardecer. Un destello efímero de la ultima luciérnaga escindida a contraluz del insomnio se somete a las miserias y estridencias de un carnaval de cenizas mientras una voz, una sola voz recita los versos escritos por las medusas resecas en las arenas negras de solsticio perseguida por las divinas armonías del clavicémbalo dorado y caoba donde Giuseppe Domenico Scarlatti compuso la sonata K 455 según el orden del catálogo de Kirkpatrick. Vale.


(*) Colias lesbia lesbia (Fabricius,1775)



miércoles, 11 de agosto de 2010

TRIPTICO CREPUSCULAR


El poniente de pie como un Arcángel

tiranizó el camino.

Fervor de Buenos Aires, Jorge Luis Borges


Arriba un canto de aguas diminutas esperan revolviéndose en espirales difusas en estratocúmulos y cirroestratos de ese gris húmedo azuloso y yerto que tienen los nublados de las nostalgias románticas y de las memorias trágicas. O son grises nidos de aves imperiales, míticas constelaciones de los cuervos que se comieron los ojos de los dragones dorados y ahora vagan en remolinos de cristales de nieve o gotas de recicladas aguas microscópicas bebidas una y otra vez por los altos guerreros lunares. Abajo la sombra de un territorio de sombras indistinguibles coronadas por las siluetas lejanas de ensortijadas arboledas sobre la topografía de terciopelo negro de un portezuelo entre dos cerros de opaca obsidiana. O es el manto ennegrecido por el fuego del fauno innombrable que urdió la trampa donde los hombres atraparon las Arpías, y que los dioses castigaron con la ceguera y la ceniza. En medio, el atardecer atrapado entre el gris húmedo azuloso, yerto, y el terciopelo negro de opaca obsidiana, urgido de siena pálido, de amarillo indio y amarillo de oro viejo suavizado por un cierto rosa casi fucsia con un verde veronés donde la nubosidad grisácea lo invade. O es una intensidad delicada y confusa de los colores formales de todos los ocasos; rojo, amarillo-rojizo, verde-amarillento, azul intenso, amarillo, rojo-anaranjada, rojo sangre, rojo-pardo, púrpura y rosa. El cielo, donde se muestra es de un azul acero desteñido o de un cerúleo agrisado que se vuelve casi blanco donde roza el horizonte lejos del hundimiento solar. O el cielo refleja las luces de los bosques de “Nettersheim im Kreis Euskirchen im Südwesten des Landes Nordrhein-Westfalen” que atraviesan y se refractan en el vidrio amarillo y rosa del lente del crepúsculo, y el azul acero es el verde tránsfuga de los follajes, el gris cerúleo la tierra quieta y húmeda, y el blanco extremo el ámbito floral del paisaje de solitarias y pantanosas landas, vegas, pastizales y choperas. Lo cierto es que hay un cielo de azul azzurro con los grises nublados del verano, y un poniente “que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala (*)”, y el ya anochecido contorno fractal de unas frondosas colinas que esconden en su serena oscuridad el mapa secreto de un lejano e inalcanzable paisaje. Vale.


(*) El Aleph, Jorge Luis Borges.


Nota.- Fotografía de Hilda Breer


sábado, 7 de agosto de 2010

ENGARCES OCEANICOS

Es la lenta danza de las estatuas congeladas en los márgenes de todas las aguas que cercan los mágicos territorios del meridión. Selvas, sabanas, páramos, helados y altos volcanes aun incandescentes, y mares, mares azules, verdes, grises y hasta de suaves ocres dulceacuícolas donde los grandes ríos desembocan y los violentan. Monótonos cardúmenes de estilizadas saetas plateadas escancian esos mares inagotables, con sus algas verde oliva ondeando sensuales en las saladas aguas verdemar. Soles y oleajes destellan en infinitas agujas de luz incandescente, llamitas de cirios microscópicos e instantáneos, brevemente abrasadores, que saltan desde la superficie desatada de la mar océana. Miríadas de parásitos pelecípodos se aferran como incomprensibles endriagos a la violenta escollera rodeados de una espuma alba que se queda en sus burbujas entre los bivalvos hasta secarse y convertirse en esferas de sales marinas que se quiebran y fragmentan y se disuelven y desaparecen en el caos turbulento de la próxima ola. Las arenas cuarcíferas resisten las miserias cotidianas de los soles con sus vanas deslumbraderas matinales y sus fulgores quemantes de mediodía esperando las florituras de los frescos arreboles con sus carmines, carmesíes y coloretes rojizos. Tediosas moscas que supuran en la canícula soportan estoicas las tibias lluvia tropicales escondidas en la glorieta blanquísima, como esqueleto de ballena, en medio del antiguo jardín de rosas purpúreas del Virrey. Tierra adentro, desiertos, pampas calicheras florecidas de polvorientos nitratos y pampas de pastizales donde merodea el puma y pastan el ñandú y el guanaco, y los llanos perpetuos donde siguen cabalgando (vistosos fantasmas con sus charreteras doradas y sus sables sangrientos sobre briosos corceles fantasmas) las hueste del Libertador llevando al viento los jirones de las banderas que todavía flamean a la espera de las merecidas victorias sobre los mustios conquistadores.

Ahí el paraíso de coloreados sabores, el amarillo del maíz, el blanco puro de la yuca, los frijoles negros y colorados, los ajíes desde el verde oscuro al rojo sangre, todos los verdes del aguacate, el rosa de la guayaba, el rosado y blanco del cacao, el amarillo cristalino del ananá, el blanco con incrustaciones negras de la chirimoya y la guanábana, la variada coloración verde a amarillento, o de castaño rojizo a violeta de la humilde papa, el rojo sangre del tomate, el rojo rubí del cacahuete, y los amarillos, rojos, naranjas intensos o púrpuras del maracuyá (i), que como su hermana cerúlea (ii) muestra en su floración los instrumentos de la divina Pasión del Cristo torturado. Ahí están los códigos y las leyes interdictas de los rutinarios ocasos. Ahí el códice perdido de un otoño rastrojeado y feliz, donde una voz canta los homenajes a los muertos olvidados para siempre sobre el triste promontorio donde hubo una fortaleza de piedra de cañones incapaces desmoronada por los gloriosos corsarios de la Reina Virgen. Ahí yacen enterradas las soberbias de las corazas, las mascaras y las altas lanzas, enfilando por toda esta eternidad hacia la batalla siempre perdida. Ahí los mapas, portulanos, derroteros y cartas de marear, con sus naos y sus navegaciones inútiles, ahora solo sombras que acuden a la memorias del azul de la noche que ya improvisa el tenue gris de otra madrugada con las estatuas destruidas por lo apelmazados excrementos de los coloridos e irrespetuosos pájaros de las Indias Occidentales.



Notas.-

(i) Passiflora edulis.

(ii) Passiflora caerulea. Pasionaria, Flor de la pasión, Pasionaria azul. El Papa Pablo V consideró que era la representación de la Pasión de Cristo, por los filamentos que componen la flor y que evocan a la corona de espinas de Jesucristo; los estambres representarían las cinco heridas en su cuerpo, los tres estilos, los clavos de la cruz y los pétalos, a los doce apóstoles.



lunes, 2 de agosto de 2010

VESPERAL INTRANQUILO

“…no encuentro poesía en rostros agobiados ante profanadas tumbas ornamentadas de fríos ángeles sin alas…”

Elsa Gillari


El sol inmenso estallaba en sus fuegos metálicos al rojo blanco soportando las negras trizaduras que le infringían a contraluz las ramas deshojadas de los árboles muertos de otoño a mitad misma del invierno. La luz deslumbrante hería el paisaje derramando sus intensidades victoriosas por sobre el gris difuminado de las nubes del cielo de un azul celeste opaco donde los pájaros parpadeaban de oscuros terciopelos trazando las líneas de sus retornos a los nidos escondidos en las techumbres más lejanas. Los vidrios de la lluvia de la noche anterior y de la llovizna intermitente del día refulgían astillados de verdes, azules y amarillos en las microscópicas refracciones engastadas en los bordes de las cornisas, sobre los limbos largos, estrechos y puntiagudos de los breves pastos iniciales, y en las rugosas cortezas y enmarañados ramajes de los árboles quietos como esqueletos fractales. Hacia el oriente taciturno un misterioso arcoíris descomponía la luz blanca en sus colores primigenios, desde el rojo voluptuoso al obsceno violeta, separados por heréticos arcos de anaranjado, amarillo, verde, azul y añil, incluyendo el otro misterio paralelo del segundo arco más tenue con los mismos colores invertidos. La muerte vagaba entonces por esos andurriales iluminados con su altivez de reina bantú atrapada en un sueño de un grande páramo donde su mano helada revolvía los últimos rescoldos de los encandilados moribundos. Aullaban los lobos estatuarios contradiciendo los arreboles colorinches desde las sombras de los acantilados calcáreos y de los monumentos ecuestres, de las catedrales góticas y de los templos fenicios, y de todos los muros derruidos en los contrafuertes de las cordilleras andinas. Los charcos casi congelados repetían el entero universo en su densidad cristalina, transparente, habitada de paramecios y radiolarios y algas verdiazules, sin solución de continuidad con el aire inmóvil, espeso, en el que reverberaba el eco alegre y bullanguero de la ‘banda dominguera que siempre toca en la plaza, con una tuba grandota y unos platillos de lata’. Vestigios de albos pétalos de gardenias penetraban la eterna pereza de las piedras incrustadas en la tierra húmeda. La piel con los huesos dibujados como un camafeo de un perro pudriéndose en un rincón de basaltos columnares y arenas negras titaniferas parecía que respiraba en un convulsivo ritmo caótico por el alboroto de la sopa viva de gusanos que devoraban en su hondura tumefacta los últimos trozos de carne repugnante antes de que la muerte con su altivez de reina bantú lanzara un silbido y el cadáver se levantara y la siguiera trotando por el sendero que desaparece tras los milenarios y retorcidos troncos de Pinus longaeva, Adansonia gibosa y una variedad enana de Sequoia sempervirens. Una fría opacidad impregnaba el paraje cuando el sol enrojeció hasta el profondo rosso que precede su desaparición antes del crepúsculo vespertino y de los sonoros chirridos primeros murciélagos.


Nota.- Fotografía tomada por el autor, ayer.



sábado, 31 de julio de 2010

MEMORIAL DEL CANANEO

Y vimos que venían con sus tamborines y sus ugab de caña bajando de la colina entre los matorrales de balsameras (Populus euphratica) y cardos florecidos. Marchaban directo hacia el río lleno hasta sus bordes porque era el tiempo de la siega. Los sacerdotes iban delante llevando en andas un baúl que de lejos nos pareció hecho en madera de acacia de unos dos codos y medio de largo y una anchura de codo y medio, al igual que su altura. Estaba cubierto de oro puro y tenía una cornisa también de oro alrededor, en cada esquina tenia cuatro anillos fundidos en oro por donde pasaban dos varas de madera cubiertas también con oro. Sobre la cornisa dorada había un propiciatorio de oro fino, de unos dos codos y medio de largo y de codo y medio de ancho, en cuyos extremos habían dos querubines de oro labrados a martillo, que formaban una sola pieza con la cubierta y que la cubrían con sus alas extendidas; sus rostros, el uno enfrente del otro, miraban al mismo propiciatorio. Inmediatamente atrás venía un sacerdote sosteniendo un candelero labrado a martillo, con su pie, su caña, sus copas, sus manzanas y sus flores de oro puro. Tenía seis brazos, tres brazos a un lado y tres brazos al otro lado. Tres copas en forma de flor de almendro en un brazo, una manzana y una flor; y tres copas en forma de flor de almendro en otro brazo, una manzana y una flor; así en los seis brazos que salían del candelabro. Y en la caña central cuatro copas en forma de flor de almendro, sus manzanas y sus flores. Una manzana debajo de dos brazos, otra manzana debajo de otros dos brazos, y otra manzana debajo de los otros dos brazos. Las manzanas y sus brazos eran de una sola pieza labrada a martillo, de oro puro. En las copas iban siete lamparillas de aceite encendidas. Las vestiduras de los sacerdotes consistían en un efod con su cinto, un pectoral, un manto, una túnica, la mitra y el cinturón. El efod era de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido, el cinto de obra primorosa era de la misma obra, parte del mismo, de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido. Sobre las hombreras del efod traían dos piedras memoriales de ónice, y grabadas en ellas extraños signos con engastes de oro alrededor. El pectoral era de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido, cuadrado y doble, de un palmo de largo y un palmo de ancho, lleno de pedrería en cuatro hileras de piedras; una hilera de una piedra sárdica, un topacio y un carbunclo, la segunda hilera, una esmeralda, un zafiro y un diamante, la tercera hilera, un jacinto, una ágata y una amatista, la cuarta hilera, un berilo, un ónice y un jaspe. Todas estaban montadas en engastes de oro. El manto del efod era todo de azul y en medio de él por arriba había una abertura, la cual tenía borde alrededor de obra tejida, y en sus orlas había granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campanillas de oro alrededor. La túnica de fino lino blanco estaba bordada por las dulces manos de vírgenes hebreas. Y sobre la mitra de lino por la parte delantera llevaba tomada de un cordón de azul una lámina de oro fino, y en ella la grabadura de un sello donde se alcanzaban a reconocer los cuatro signos del Tetragrámaton. Cuando los sacerdotes que llevaban el baúl entraron en el río y en cuanto sus pies se mojaron en la orilla, las aguas que venían de arriba se detuvieron como en un embalse, entonces las aguas que descendían al mar del Arabá, es decir, al mar Salado, se cortaron por completo. De este modo todos cruzaron en seco, firmes en medio del río, que se mantuvo seco hasta que todo el pueblo de Israel terminó de cruzar el Jordán. Viendo esto y sin decirnos palabra huimos despavoridos hacia los montes pues supimos que ya nos habían vencido.


Bibliografía.-

Exodo, Capitulos 25 a 28.

Josué, Cap. 3, Vers. 11 a 17.