jueves, 30 de junio de 2011

DESCONSTRUCCION DE LA MEMORIA

(A partir del poema “De sus ojos ornados de arenas vítreas” de Coral Bracho)

Desde el jardín del opio y las espigas de amianto, la tersura del único pétalo y la terquedad del molino sediento. La tierra con sus sulfuros profundos, las raíces de la adormidera rasgando las milenarias escamas de los celacantos dormidos. Las aguas subterráneas que inundan los acuíferos confabulados con las marismas, los humedales, los sagrados cañaverales donde incuban las aves peregrinas. Los pájaros enterrados en las arenas calcáreas regurgitando los alevines de los monstruosos esturiones hundidos. Los pequeños soles del invierno, esas esferas anaranjadas de ácida cáscara con sus poros estrellados entre el verde crepúsculo de las perfumadas hojas de naranjo instalado en el mestizaje incestuoso del aguacate fallecido y la zarzamora que medio sobrevive en su escondido rincón penitenciario. El osario bajo el olivo guardando el óleo de siete otoños extraviados, y la laja de caliza donde están escritos los siete verbos secretos que explican o definen la inutilidad conceptual del todo Universo. La mazorca perdida con los granos de maíz antes que fuera el maíz, choclo, millo o elote, del orgulloso inca y del sangriento azteca. Las larvas ciegas y las mórbidas lombrices horadando el suelo en sus drenajes orgánicos, en sus filtraciones sobre el estiércol y las emanaciones de los miasmas pestíferos. El vórtice donde el tiempo se traga las horas, los días, los años, segundo a segundo en una conflagración de minutos que se fragmentan o astillan contra la torva circunstancia o el breve detalle. Y es una guirnalda de iridiscentes colores que gira sobre si misma absorbiendo los relojes, las clepsidras, los astrolabios y los sextantes. Toda una astronomía de bronces perplejos, minuteros y números, líquidos y granos que fluyen, caen, se derriten en la vacuidad inasible del transcurso sin tregua del aquí-ahora. Las parcas destilan el opio del espanto en la sagrada alquitara del derruido templo del silencio. Y el amapolario con las cenizas de las flores de las innumerables variedades de amapola. Allí están descritos los tintes del blanco al rosado y del rojo al púrpura, y también el solitario amarillo de cuatro pétalos, que poseen o detentan el misterio del color de los sueños olvidados en los sumideros, en las ánforas, en las cárcavas que dejan los inviernos y en las grietas de la cal de los solsticios. La espiga, la mazorca, el tiempo, la amapola y la caliza, las naranjas, los pájaros y los sulfuros, la alquitara y el estiércol y las grietas en la cal de los solsticios. En la cal de los solsticios. En la cal viva de los ardientes solsticios. Vale.


Referencia esencial:

DE SUS OJOS ORNADOS DE ARENAS VITREAS

Coral Bracho *


Desde la exhalación de estos peces de mármol;

desde la suavidad sedosa

de sus cantos,

de sus ojos ornados

de arenas vítreas,

la quietud de los templos y los jardines

(en sus sombras de acanto, en las piedras

que tocan y reblandecen)

han abierto sus lechos,

han fundado sus cauces

bajo las hojas tibias de los almendros.

Dicen del tacto

de sus destellos,

de los juegos tranquilos que deslizan al borde,

a la orilla lenta de los ocasos.

De sus labios de hielo.

Ojos de piedras finas.

De la espuma que arrojan, del aroma que vierten

(En los atrios: las velas, los amarantos.)

sobre el ara lebísima de las siembras.

(Desde el templo:

el perfume de las espigas,

las escamas,

los ciervos. Dicen de sus reflejos.)

En las noches,

el mármol frágil de su silencio,

el preciado tatuaje, los trazos limpios

(han ahogado la luz

a la orilla; en la arena)

sobre la imagen tersa,

sobre la ofrenda inmóvil

de las praderas.

* Ciudad de México, 22 de mayo de 1951. Su poesía se enmarca dentro del estilo neobarroco latinoamericano.


Imagen: “Soles de invierno”. Fotografía del autor.

martes, 21 de junio de 2011

INVERNAL SUCINTO

Estropicios del invierno en su entrada triunfal, ese arrasamiento de árboles vetustos, de astromelias, de indefinidas florcitas blancas aterrorizadas por los vientos súbitos y los goterones penetrantes que se descuelgan convexos e ilusorios de los tejados y las ramas desnudas, vacías y otoñales, de los ciruelos y las higueras. Las pequeñas furias trepidantes de la lluvia jugando con los colores de las luces de las calles, reflejando, refractando, haciendo destellar hasta la belleza las banderas tricolores de los semáforos, los breves soles y lunas de media altura del alumbrado callejero, los ojos rápidos, vidriosos e iluminados de los automóviles cuando vienen y sus heridas sangrientas, destellantes, cuando van. El asfalto mojado deviene espejo total, ruidoso y vidreante, como un óleo derramado. El frío saja, quiebra, disgrega, acomete como un delfín de hielo la piel al borde de cristalizar y llevar al cuerpo tiritando a someterse y encorvarse como un feto a punto de ser parido. La mañana ostenta la quietud congelada de un cementerio florecido, la cadencia incierta de los glaciares, el ritmo muerto de las piedras cubiertas de nieve de las cordilleras en las ventiscas. La tarde es un espacio de silencios, de torpezas a medio camino, de charcos que reflejan un cielo gris, con sus nudos de aguas diminutas y el sopor quebrado de las tempestades marinas. La noche abusa de nostalgias, de fantasmas destruidos, de húmedas hondonadas donde duermen ateridos los demonios vencidos. El invierno es sonajera de aguas, barrosas tramas en la tierra embebida, goteras y pozas, abunda en grises brillantes, en verdes nacientes, en una opacidad contorsionada, circular, en un aire claro como una lupa, abunda en exuberantes ausencias, en sonidos repetidos desde la infancia, en horas tan tranquilas que no poseen memoria. Hay liturgias, ceremonias, orgías y bacanales enredadas en las grietas que van dejando los aguaceros, hay pájaros entumidos e insectos invisibles en el paisaje violentado por las gélidas invocaciones. Nadie sabe donde termina el invierno, en que lugar se esconden las lluvias, los vientos, el frío, las nieves que rebosan las alturas telúricas, la soledad silenciosa de las aves, o esa suerte de evocación no consumada que atrapa el alma en sus aparejos escarchados. Una mirada, con su melancolía abierta, cruza el cristal de la ventana, roza en el jardín las ultimas rosas, atraviesa la verja de hierro negro, la vereda, la calle, el techo de zinc de enfrente, la silueta oscura de un ramaje deshojado, y se pierde en un cielo nublado con promesa de lluvia. Las palomas entristecen el día en su caótico afán de recuperar el estío. Vale.

Imagen: Ayer, aquí. Fotografía del autor.

lunes, 20 de junio de 2011

ABSURDAS CONSPIRACIONES

Fueron los caracoles embrujados los que tañeron la cítara del patriarca copto de Alejandría. Aquella citará de madera de olivo de Jerusalém y veintiocho cuerdas de plata en la que Antón Karas compuso e interpretó el tema de El tercer hombre, una de las composiciones escritas originalmente para cítara más famosas de todos los tiempos. Entorchados carnavalescos, hégiras, diásporas, éxodos. Un rosario de madreperla desgastado por las manos trémulas de un cardenal desahuciado. El funeral de Nepento, lúgubre marcha de siniestros tránsfugas por las callejuelas inmundas y malolientes de Mumbai. Siguen la cureña una hilera de fantasmas traposos entre los que se distinguen el tricornio verdeamárelo del Marquês de Sardas, las alas desplumadas del Arcángel Nonato, los cuernos despuntados del Fauno del Entramado, el sombrero jipijapa del Conde del Medioevo, y el yelmo abollado del Caballero Templario, sombras, meros reflejos de sus glorias, asaltos y seducciones. Un jurungadero de prostitutas al benjuí y chulos colorinches va en tumulto y jolgorio detrás de las oscuras y dolientes siluetas. Remata la fila un patético payaso enano vestido de Emperador de Cathay. En lontananza se yergue una estatua tan alta que el rostro siempre esta oculto por el polvo rojo del siroco, y nadie sabe si es una loba, una virgen, una joven inocente, una mujer con su orquídea expuesta, la ninfa del secreto jaguar, una madre paciente y ansiosa o la hembra de las mil facetas, todas en celo y dispuestas para el Gran Embaucador. La balalaika del Zhivago que Maurice Jarre dibujo sobre una nieve eterna en el recuerdo de un cabello azabache como ala de cuervo y una boca que no fue y unos ojos que quizás no existieron más que en la soledad declarada de un hombre que no se atrevió. Caracoles azules de babas magenta, lirios amarillos, turquesas desvaídas de un cyan casi transparente. Limaduras de especularita en los parpados sagrados de la diosa incesante. Paramos. La eternidad atrapada en una antigua botella de vidrio amatista como un herbario de mandrágoras, de albahacas, de euphorbias y de cilantros. Alguien huye para siempre sin saber de qué por las oscuras cloacas de Berlín. Alguien sueña con dolor infinito una Lara perdida en las calles de Moscú. Alguien se queda hasta el fin de los tiempos detenido en Santiago (ensangrentada) de Nueva Extremadura, en un internado de estudiantes regido por silenciosas monjas con una sala muy alta donde ella vivía esa precisa primavera. Las hermosas cápsulas marrón barnizado del Castaño de Indias. Vale.


Referencias musicales:

Banda sonora de “El tercer hombre”, Anton Karas, 1949.

Tema de Lara. Maurice Jarre, 1965.

Yo pisaré las calles nuevamente. Pablo Milanés, 1974.

miércoles, 15 de junio de 2011

EL LOBO EXTRAÑADO

Abundaba en memorias de ciertos sitios, de ciertas lunas. Chapoteaba en esos barriales oscuros de los recuerdos disgregados. A veces se quedaba empantanado en una sonrisa o un gesto, nunca mas allá. Tiraba del hilo de unos ojos perseverantes y se enredaba en sus pestañas, atrapado e intenso. Permanecía horas y horas pecando en el pasado, sin encontrar la salida a ese laberinto de sueños irrealizables y partir hacia donde no estuviera, desolado, ausente, todo lo triste que podía ser. Hasta que vino la revelación y con ella la virgen intocada, con la que pudo al fin hacer el verbo extrañar. Conjugar a su manera la distancia y también la cercanía, ambas irreductibles: yo te extraño, tú me extrañas, ella me extraña, él me extraña, nos extrañamos, vosotros no os extrañáis como nosotros, ellos siempre se extrañan. Y desde esa noche vela su sueño, duerme a los pies de su lecho como un lobo domesticado o la vigila sin sosiego desde el bosque cercano con sus aullidos protestando por la distancia. Aúlla como un lobo ermitaño, y solo ella escucha su aullido solitario en la noche de lluvia, y solo ella sabe que estará siempre ahí, acechándole; lobo-macho aullando sus deseos. Aúlla a la lejana luna ciega e indiferente para que su piel se erice pensando en la inminente violación zoofilica. La vela, la espía, la cuida, fantasma inútil desde el jardín de las nieblas, aullando a la luna lunera junto con los gatos que la aguaitan con su misteriosa y ancestral certidumbre. Y desde ese día se sumieron en la vaguedad del sinsentido los hechizos costeros con sus mares nocturnos de noctilucas y el sonido constante de los guijarros arrastrados por las olas intermitentes, y se inmovilizó la luna que iluminaba las blancas espumas de los oleajes irrecuperables. Esa fue su historia, así se resume, polvo al polvo bajo un árbol siempre en otoño, con su ramaje fractal reproduciendo sus bifurcaciones vitales, las malas y las buenas decisiones, los amores que lo destemplaron y las penas que quebraron su ruta tantas veces que olvidó el recto camino y derramó los días por el juego de la noche. Sombras, penumbras, oscuridades, la bruma abarcando los horizontes desviados, la humedad que se condensa en los musgos y en las ramas deshojadas para que se lloren los amores pasados y perdidos, pero también para que al primer sol entumecido brillen los diminutos diamantes de la tiara de la diosa intocable. Vale.


Fotografía: “El Jardín de las Nieblas” de Hilda Breer, Freitag, 7 de enero de 2011.

domingo, 5 de junio de 2011

CAELUM VACUUS

Tengo fe, rezo, pero hay contradicción porque siento que Dios está lejos cuando veo las noticias. María José Prieto, actriz.

Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Apocalipsis 20:12.

Gira silenciosa una esfera verdiazul, un geoide de piedras, de arenas, de limos y arcillas cubierto en parte por una delgada membrana de compuestos de oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno, algo de fósforo, un poco de azufre, y pizcas de sodio, de cloro, de hierro y de magnesio. Miríadas de vegetales, animales, hongos, moneras y protistas nacen, crecen, se reproducen y mueren. Y la esfera sigue girando inmutable en medio de un cierto cielo que imagino gris donde habita un solo dios muy triste entumecido por una bruma azul. Un dios antiguo y un cielo abandonado, de altas ceremonias inútiles, de intrascendentes consecuencias. Hay un revoloteo de ángeles marchitos que murmuran hastiados su vana gloria entre miserables y difusas sombras que lo adoran. Un esplendor ajado de mármoles viejos, de oros sangrientos y bronces patinados, de mustias flores y cirios consumidos, rememoran una época de profetas iluminados, de templos destruidos y de poderosos pontífices. Allí, ese dios, ajeno y cansado, soporta impune sus achaques de mala vejez esperando impaciente el fin de los tiempos. Que vendrán. En el principio creó Dios los cielos y la tierra. In principio erat Verbum et Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum. Y en medio del tumulto angelical, la fanfarria de santos fugados de sepulcros blanqueados, de justos ingenuos y secretos pecadores, bosteza Aquel que es nombrado por sus veintiún nombres bíblicos ; Adonai, El, El Elohe Israel, El Eyon, Elohim, El Olam, El-Roi, El-Shaddai, Emanuel, Jehová, Jehová Jireh, Jehová Mekaddesh, Jehová-Nissi, Jehová-Rafa, Jehová-Rohi, Jehová-Sabaot, Jehová-Shalom, Jehová-Shammah, Jehová-Tsidkenu, Yahvéh, y YHWH (i), y sus noventa y nueve nombres islamicos, El Único, El Más Misericordioso, El Más Compasivo, El Supremo Soberano, Más Santo, La Fuente de Paz, El Dador de Fe, Protección y Seguridad, El Protector y Guardián, El Incomparable y sin paralelo, El Comandante, El Supremo en Orgullo y Grandeza, Creador, El Administrador y Hacedor, El Forjador, El Muy Perdonador, El Dominador, El Dador de Todo, El Proveedor y Sustentador, El Sustentador, El Omnisciente, El Despojador, El Que Da Abundantemente, El Que Da Humildad, El Exaltado, El Dispensador de Honores, El Que Humilla, El Oyente, El Veedor de todo, El Juez, El Justo, El Sutil, El Todo Pendiente, El Paciente, El Magnífico, El que esconde las faltas, El Que Recompensa el Agradecimiento, El Más Grande, El Verdadero Grandioso, El Preservador, El Mantenedor, El Considerado, El Poderoso, El Generoso, El Observador, El Respondedor, El todo Comprensivo, El Sabio, El Digno de Ser Amado, El Majestuoso, El Resurrector, El Testigo, El de la Última Verdad, El Digno y Último de Confianza, El Poseedor de toda Fuerza, El Firme, El Gobernador, El Que Vale la Pena, El Calculador, El Dador de Vida, El Originador, El Restaurador, El Tomador de Vida, El Por Siempre Viviente, El Existente por Sí Mismo, El Que Es Único, El Glorificado, El Fundador Sin Necesidades, El Satisfactor de toda Necesidad, El Todo Poderoso, El Dador de Poder sobre las Cosas, El Que Causa Avance, El Que Causa Retraso, El Primero, El Último, El Manifestado, El Oculto, El Que Tiene Cargo sobre Todo, El Más Altamente Exaltado, El Benéfico, Que Acepta el Arrepentimiento, El Vengador, El Perdonador, El Más Compasivo, El Poseedor de Todo, El Señor De La Majestuosidad y la Generosidad, El Proveedor de Equidad, El Recogedor, El Independientemente Rico, El Enriquecedor, El Que Previene el Daño, El Creador De lo que hace Daño, El Creador de lo Bueno, La Luz, El Creador De La Guía, El Originador de la Creación, El Siempre Eterno, El Último Heredador, El Maestro Correcto, y El Paciente. Ciento veinte nombres y un solo dios nomás, sin poder, sin omnipotencia, sin teología, sin pena ni gloria. Alabado sea ese dios en la inmensidad de su gloria que no nos deja ver su luz pero tampoco sus sombras. Alabado sea ese dios en la inmensidad de su ausencia que enceguecido por su propia luz tampoco ve nuestras sombras. Entonces, bienaventurados lo que saben (o intuyen) que todo es mentira, que nada es amor, que al esferoide oblato ocre, verde y azul nada le importa; ¡Yira! ¡Yira! en su imponente y majestuosa soledad. Allāhu akbar.

(i) Dicho nombre representado en caracteres hebreos cuadrados por las cuatro letras, leído de derecha a izquierda, se translitera en español como YHWH, YHVH, o JHVH, leído como Jehová, Yavéh, Yaweh y de otras maneras, es la forma causativa, el estado imperfecto del hebreo (ha·wáh), que se traduce como “llegar a ser” o “la causa de que llegue a ser”, “el existente” o “el que soy”. Sin embargo, el verbo hebreo ha·yáh se deriva de la palabra ´Eh·yéh que no significa simplemente “ser”, sino “llegar a ser”; y entran en él los tres tiempos del verbo ser en hebreo, “hayáh” (él fue), “hoveh” (él es), “yihyeh” (él será), no solo el modo presente. Por lo que el nombre de Dios, el de “llegar a ser” o “la causa de que llegue a ser”, implica el cumplimiento de un propósito definido para el bien de la humanidad. Por eso se lo llama “el Dios de toda la tierra”, no solo de Israel.

miércoles, 25 de mayo de 2011

HACIA MEDIANOCHE

“…existen algunas escuelas vinculadas con ciertos editores. En este grupo entran los autores de Ediciones Minuit, cuya materia de trabajo se centra en el lenguaje,… Ellos se plantean hoy desafíos a nivel del lenguaje, están enfocados en juegos de palabras, más que en contar una historia.” Dominique Fabre.

Contra las arboladuras de los veleros encallados a lo largo de la calle se extiende el destrozado atardecer. Juegan sus brillos de colores llamativos y extravagantes, sus albures resplandecientes de cristalerías rotas con las briznas de altas nubes deshilachadas arrastradas por vientos invisibles buscando la aurora. La clara muchedumbre de un poniente ha exaltado la calle, la calle abierta como un ancho sueño hacia cualquier azar. La límpida arboleda pierde el último pájaro, el oro último. Las vagancias del cernícalo trazan en un aire tenue la cartografía de la noche en ciernes. Sus intentos asesinos surcan el cielo en un chasquido de látigo asustando a las palomas que naufragan desesperadas contra el disco fulgurante que se hunde hacia el poniente. Aunque el ave violenta busque sangre en la rosa del espacio, aquí está su estructura, flecha y flor es el pájaro en su vuelo y en la luz se reúnen sus alas con el aire y la pureza. Un rumor distante, como de mar que no existe, se desliza enredado en la brisa mortecina y se refleja en las hojas moribundas del breve bosque enternecido en el silencio y la quietud del sangriento molino de aspas incandescentes. Un sesgo de melancolía inunda las vertientes de la memoria, toponimias y rasgos vacantes agraden el sosiego cauto del navegante extraviado. Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados, aguardan la señal de una mustia hoja de oro, alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes. Un fuego solar, desvaído, intenta iluminar la tarde socavando el tinglado de ramas por encima de los tejados y el vuelo de los pájaros. El céfiro se viene furioso desarbolando las naves del otoño, el crujiente castaño, el acacio fenecido, los olivos cuajados en aceitunas negras relucientes como pequeños huevos de antracita. Un ligero temblor, un balanceo en las hojas hinchadas, verde y blanco, de la yagruma, en las fuertes flores que gotean una baba transparente y morada, en las líneas rojas de los troncos avinados. Todo se disgrega y fluye. Converge y se diluye, diverge en centelleos o difuminaciones, se impone con una esfericidad de infinito e impetra resplandores aciagos de lontananzas imposibles, de efímeras siluetas que decaen en honduras de ocaso inminente. Cisne contra cisne, lirio zaherido, duplicada contienda de arrabales, choque de dos gardenias siderales, y luz en un crepúsculo prohibido. La noche se abre como una amapola de oscuro azul desamparado. Vale.


Referencias, (en cursivas), por orden de aparición:

Atardeceres. Jorge Luis Borges

El Vuelo. Pablo Neruda

Muerte de Narciso. José Lezama Lima

Arqueología de la piel. Severo Sarduy

Pelea de Cisnes. Francisco Antonio Ruiz Caballero

miércoles, 18 de mayo de 2011

EL VIAJERO PERSISTENTE

Recordó con la nitidez de una pesadilla el perfume ácido de las rojas rosas del rosal trepador, ese rojo profundo que persiguió por años en el exilio desértico de caliches y camanchacas, sintió la frescura inusitada de la noche de terciopelo azul oscuro sin luna, y saboreó el agua fría que bajaba casi cristalizada de la cercana cordillera. Navegó muchas noches de luna llena, con el alto velamen blanco del ciruelo florecido surcando el imponente y brillante plenilunio. Supo del marasmo de la saciedad carnal, del hastío de los vientos calmos, de la inutilidad de toda acción que no deje marcas talladas en las piedras, desvíe ríos o incendie bosques. Alcanzó a tocar la piel destinada, la boca que te bese, el resabio de cilantro e hinojo de una saliva que fue sagrada por un instante cósmico y después triste ceniza, cal viva y osario. Sintió en los dedos el cansancio de cardar y cardar hasta la madrugada la lana virgen de un vértice húmedo donde las ansias convergieron en desolación y desengaño. Ató y desató con vehemencia de moribundo el cordaje de una nao fondeada para siempre en las aguas cloacales que drenaban sus propias catacumbas. Hurgó en su memoria por los rostros que lo perdieron cegándolo y fueron apenas cuatro, con un quinto que solo enhebró en su carne las angustias de la pérdida. Cotejó enigmáticos guarismos, descifró confusos algoritmos y razonó sobre austeros silogismos, tironeó el tiento que lo ataba al azar y al caos, exploró en su alma ebria de asombros por algún indicio de felicidad para ver si el pasado explicaba el presente y predecía el futuro, y no encontró más que obstinadas arenas arrastradas por todas las lluvias. Recordó un viaje en su niñez sedentaria de patio, jardín y parrón, y vislumbró entre las penumbras del olvido un tren cruzando campos feraces y la varazón de un cardumen de peces plateados en la pleamar de una noche en el molo bajo del puerto. Deshizo las estatuas de sal y quebró las de arcilla, pero no pudo destruir la del mármol inmortal porque estaba tan lejana que le era intocable como las gorgonas de los rostros perdidos y las rosas rojas del rosal trepador. Ante el abismo de la mañana tumultuosa, con los afectos confirmados, las trampas de la desidia, el tormento de lo cotidiano predecible y las ausencias esenciales, se dejó llevar por el vértigo de la altura o del místico vacío y se hundió absorto en la trama del día. Vale.

jueves, 28 de abril de 2011

TERRITORIOS

Hay una densidad posible, una incerteza delicada como una bruma, una turbación de garúa que viene de allá del fondo mas profundo de los recuerdos como la camanchaca que se extendía en blancos mantos en ese desierto de cobres y salitres donde los soles tenían un sopor de distancias, de abandonos, de intervalo temporal y áureo destierro. Territorio que ocupó tu imagen ocultando la raíz del sueño desolado. Territorio que ocupó tu imagen y que aun recorro en los rojos tristes de la tarde. Territorio que ocupó tu imagen donde solo fragmentos te recuerdan. Territorio que ocupó tu imagen, hoy lugar ávido de memorias extenuantes. Territorio que ocupó tu imagen y ahora muerta llanura de la ausencia. Territorio que ocupó tu imagen, arrasado por multitudes sin rostro. Territorio que ocupó tu imagen, aquellos hoy vacíos territorios que ocupó un día inundando tu imagen. Territorios que ocupo tu imagen. Territorios, fronteras, abismos y ondulaciones de tu cuerpo bajo el designio, túmulo, tumulto, llanuras desoladas, colinas con el perlescente sudor oloroso de ti, en su alquimia o hechizo, dulce narcótico esparcido por la caricia, el roce, el restrego de la piel por la piel. Territorios. Dunas, desfiladeros abrumados de vértigo, de suspiros, de quejidos desde el fondo hundido, percolado por sus propias vertientes, cauce, surco, hendidura, cárcava, sima cárstica, hondura donde surgen las lavas quemando, ardiendo en su ansiedad litológica, en su imperio de piedra porosa, en la matriz de oscuros sílices, en la profunda cristalización de los volcanes ciegos. Cima basáltica, protuberancias, territorios de vastas arenas solares, medanos, montañas escindidas, quebradas de aguas y rodados, estepas, riscos. Territorios, pedregales desamparados, glaciares socavando las sales de tus vapores secretos, de las humedades aconchadas en las oquedades eólicas de tu cuerpo, territorio, saciado. Rocas, cascajo, arcillas. Territorios vedados a las simientes, a los estragos del curso de los ríos del tiempo, a las lentas sombras que giran atadas a solsticios y equinoccios. Escondrijos, grietas, breves territorios de bestias amansadas y ángeles arrepentidos. Comarcas donde habitas los fríos ponzoñosos de tu majestuoso silencio. Terrenos congelados, con pastizales fósiles, selvas carbonizadas, tundra, convocaciones. Dominios muertos, resecos, sedientos sedimentos en la sequía de un desierto mudo y ajado. Parajes contenidos entre tus dedos, bajo tus uñas, envueltos en tus parpados de vidrios volcánicos. Continentes arrasados por las lluvias de tus líquidos vestigios. Señoríos donde tu imagen campea sobre los cadáveres de los demonios vencidos. Intimas posesiones.

Fotografía: Volcán Poruña, Calama, Chile.

RÜTTERSTRASSE 189

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra.

La casa de Asterión. Jorge Luis Borges, 1949.

La casa parece vacía desde siempre, un hirsuto y salvaje jardín así lo advierte con su desgano hosco y con su quietud petrificada. Una verja baja, de madera, pintoresca y amigable, separa el camino público de la intima región que la circunda y le pertenece. Después, la franja de unos pocos pasos del jardín descuidado, abandonado a la libre voluptuosidad de su vegetación. Aun no hay flores, solo ramajes, troncos, hojas, los verdes son pálidos, desvaídos, como reflejando una escondida tristeza. Todo tiene esa vegetalidad caótica de un bosque lejano, y la verticalidad de árboles tupidos allá atrás soportan el enrevesamiento de los arbustos y los árboles más cercanos a la verja. Un rastrillo apoyado en un árbol detenta el recuerdo de un jardinero que dejó su labor a medio hacer, porque debió irse o huir. La hiedra inicia su abrazo vegetal escalando el tronco más antiguo. Un árbol de nudoso tronco concentra el dolor retorcido de todo el mínimo paisaje. Una maceta de greda roja sobre un plinto hecho con un madero, posee la vaciedad estremecida de los tiestos sin flores de las tumbas de los cementerios en invierno. Hay un muro delantero pintado de un blanco quieto, puro, que parece separar el jardín de la casa, o que da a un zaguán oscuro con un ancho portón, cuadrado, brusco, burdo y agresivo, enrejado con delgados hierros verticales. Al lado, una ventanita de arco con una reja de hierro forjado endulza el frontis desmintiendo su prima imagen carcelaria. A continuación viene una tapia entejada, del mismo blanco apagado, con la ternura de una puertecita enrejada con la misma forja y arco de la pequeña ventana, que da hacia un patio lateral desde afuera vedado a las miradas de los caminantes. Pedacitos de cielo gris apenas se atreven a brillar entre la tupida arboleda, la tapia y el tejado. Un farol de vidrios blancos en medio del jardín, entre los matorrales, predice una luz ciega, solo posible en las noches sin testigos. Otro, más breve y formal vigila en la tapia al lado de la tímida puertecita. La casa misma, atrás, no se alcanza a visualizar, solo se bosqueja apenas un segundo piso más misterioso aun, de un color indefinible, oscuro y muy antiguo. Es en esa casita hermética, desolada, donde se cuenta que vive un hombre solo, al borde del bosque que por ahí comienza, inmerso en un ámbito de descuido, de aislamiento y vacío. Su misterio posee desde hace casi veinte años la curiosidad despreocupada de los pocos vecinos. Nadie sabe que hay detrás de esos muros, allá adentro de esa casa silenciosa habitada de esa siniestra ausencia, nadie adivina lo que allí sucede o sucedió, si hay alguien que cavila talvez memorias de un amor muerto o perdido, o esconde perversiones inconfesables o crímenes sangrientos, o quizás solo es un hombre abrumado de una soledad innata, dolorosa y sorda, hervida en la leche amarga del desamparo, el despecho, el desengaño. O quizá no hay nadie casi nunca y la dejadez del jardín, y el sosiego inquietante tras las rejas son las banderas del hastío de quien ya ha navegado todos los mares y caminado demasiados territorios. Poco más allá en un curioso detalle hay un cartelito, “Kröten-wanderung”, que avisa que es una vía de migración de ranas, que verdosos anuros pasean por ahí y hay que evitar aplastarlos, y otro, “Wasserburgen-route”, que indica que la ruta va a un turistico castillo de vetustas murallas y su foso de aguas. Ahí, en Merten, detrás de la casa de la dama de cabellos plateados y sonrisa dulce que no sabe el nombre de la calle, y cuyos ojos verde pardos y marrón claro suave con reminiscencias de ocres otoñales una sola vez en los tantos años vieron al hombre del secreto, al furtivo habitante de la casa vacía, que apenas saludó, para desvanecerse después en la trabada jungla de su propio enigma.

Nota del autor.- Texto escrito a partir de la fotografía y los apuntes de lugar de Hilda Breer, a quien por cierto se agradece la grata inspiración.

viernes, 8 de abril de 2011

POETICA, PERDIDA O LIBERACION

“La guerra es dulce para quienes no la conocen”. Píndaro.

Libérame Señor de la rima, asonante o consonante, y dame el ruido continuo y monótono de la lluvia sobre el techo de zinc de mi infancia. Libérame Señor del avaro conteo de silabas, de esa aritmetica infame que traba y encadena, y regálame el verbo continuo como un hilillo de sangre, un arroyo sonajero y cristalino, o un río turbulento de aguas furiosas. (Abandoné la poesía, hembra esquiva, no por marchita, ni ajada ni por sus muchos amantes, [es inmortal y siempre virgen], la abandoné porque los años me atenuaron las pasiones, los delirios, los afanes, y busqué en la prosa una amante razonable, hembra madura, tranquila, sin apuros, para vivir no el destello o la pasión insaciable, sino el mero vicio o la pequeña perversión insobornable). Indúltame Señor del castigo del verso, de su brevedad lacónica que pontifica en busca del mármol, el laurel, la memoria o el beso, y bendíceme con la libertad absoluta de la humilde prosa, con su palabra desatada, con su oleaje y su embriaguez de tumulto de voces, letanías y murmullos, con su incoherencia, su laberinto subterráneo, con su secuencia palpitante, con sus largas agonías y sus silenciosos demonios. (Me tomó efebo, vivió en mí y me enseñó el amor y el desamor, la nostalgia, tiempo hubo en que cada noche la tocaba con sensualidad de fauno o ansiedad de naufrago, fue confidente y cómplice, me enseñó a seducir y también a olvidar. Pero los tiempos cambiaron y el crepúsculo se hizo carne infiel y la negué tres veces y abrí la puerta a la última fuga). Quitame, Señor, el peso de la estrofa, daga o espada que mutila, corta, saja o detiene, y brindame el don de la frase extensa y sinuosa como lana o serpiente. Rescátame Señor de lo sublime, del éxtasis de la iluminación o la revelación, y abrúmame de lo cotidiano, del detalle y el fragmento, del exceso, del horror al vacío, a la superficie desnuda, a la armonía lineal geométrica, dame el entendimiento para hacer predominar el significantes por sobre el significado, para desenterrar los asombros de los significantes puros, sin significación. (Trasegué de los versos de un capitán al otoño de un patriarca, dejé de ser el que me gustas cuando callas porque estás como ausente, / y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca, para ir a ser aquél que se sintió más triste, más solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti, mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse, fui desde el recuerdo que emerge de la noche en que estaba, al niño que se congeló en el perplejo.) Extírpame Señor la pretensión de un orden divino, sonoro y misterioso, y húndeme en el caos elemental y terrestre, sin solución de continuidad ni místicas leyes secretas. A ti confío, Señor, en esta hora oscura, mi voz entera y mi búsqueda infinita. Vale.

Referencias, (en cursivas), por orden de aparición:

El campo conceptual del (neo)barroco (Recorrido histórico y etimológico). Pierrette Malcuzynski

Barroso y sublime: poética para Perlongher. Marcos Wasem

Poema XV. Pablo Neruda

El Otoño del Patriarca. Gabriel Garcia Marquez

La Cancion Desesperada. Pablo Neruda

Paradiso. José Lezama Lima

Imagen: “Marat assassiné”, Jacques-Louis David, 1793.