sábado, 12 de septiembre de 2009

DE LA BUSQUEDA DE TI REINA


..., se sintió más triste, más solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti, mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse,... EL OTOÑO DEL PATRIARCA Gabriel García Márquez

....y te busqué Reina, te busqué primero lento y seguro en las cosas cotidianas, y en los sitios cargados con la obviedad de la rutina, y después te fui buscando Reina, ya un poco más inquieto, en cualquiera de esas esquinas posibles y al poco rato también en las improbables, y seguí Reina y te busque en los lugares imposibles soñando que habías amanecido equivocada, y te busqué Reina en los calurosos pasajes de la memoria y entre los instintos premonitorios, y te busqué debajo de las uñas y entre las grietas de la piel, y también Reina en los rezagos del día anterior y en el púrpura destrozado de mañana, y entre aquí y ahora Reina, y en los pequeños registros de nuestra historia y en los capiteles de todo monumento y en las plazas habitadas y en las plazas desiertas, y en la mesita del café y en el escaño del parque donde sabía que no ibas nunca, y te seguí buscando Reina debajo de los adoquines de esa calle larga donde tampoco vives y en el tumulto de gentes del único aguacero que recuerdo, y te busqué más adentro Reina, entre tus huesos de gata, y en la trama sensual de tus cartílagos flexibles, y en tu carne todavía tibia y humeante, y en la sangre vertiginosa que te empuja los deseos, y en los fluidos mágicos que brotan de tu cuerpo cuando estoy cerca Reina, y te crucé Reina de piel a piel, de pelo a pies, de diestra a siniestra, de adentro hacia fuera y viceversa, y no era eso Reina, y me adentré más aun, y encontré tus sombras y tus abismos, tus recuerdos de guarda y los ya resecos de la infancia, y no Reina, que no era eso, y ya muy adentro reconocí las ciénagas de mi presencia, y pude ver las grutas habitadas por los fantasmas de tus miedos a confundirte y los terrores de tus insomnios Reina, y no Reina, no era eso, y rompí la brújula Reina y te seguí buscando a tientas para ver si mis manos veían más que mis ojos, y no era eso Reina, no era, y te seguí buscando en los reflejos de todos los cristales, en la palabras susurradas y los grititos sofocados, y en las voces de la calles y los primeros soles de diciembre Reina, y nada, que no fuiste habida ni vista ni vislumbrada, y aquí me tienes Reina buscándote tarde en la tarde, a la espera que la noche sea clara para buscarte sin esperanza en los intersticios del sueño Reina, y mientras llegan mis sombras Reina, que llegarán, te escribo esta carta para que no te me pierdas nunca Reina, no cuando te busco, y también para que sepas lo que ya adivinas, que te estoy buscando Reina y que no te encuentro...

GEMOLOGIA ONIRICA


El sueño comenzó grato y apacible, caminaba por la umbría frescura de un bosquecillo de altos magnolios florecidos. Grandes flores muy blancas destellaban entre sus hojas de color verde brillante en el haz y ferrugíneo-pubescente en el envés. Su aroma invadía la tarde completando el ámbito de serena quietud. Mas allá entré en un bosque de ginkos, extrañamente ahí era ya otoño, y los amarillos oros de las hojas bilobuladas resplandecían inquietas por la brisa, iluminando el entorno con una luminiscencia algo fantasmal. Después de los ginkos el territorio era rocoso, áspero, con inmensas rocas grises o negras llenas de oquedades oscuras, cuevas, hendiduras, erosiones de formas terroríficas, que se repetían más y más hasta que fue de noche. Sin luna ni estrellas, el cielo era de un negro aterciopelado, como si no existiera. Me detuve temeroso, ciego y extraviado. Busqué en mí alrededor alguna referencia y vi un leve resplandor que provenía como del interior de una cavidad. Era la pequeña boca de un túnel. Entré buscando el origen de la luz y vi que se extendía unas cincuenta varas, aunque estaba muy iluminado no pude ver de donde provenía la luminosidad, pero las paredes eran de granito casi blanco, muy pulidas, lo que quizás explicaba la tonalidad blanquecina del resplandor que había visto desde afuera. La galería tendría unos diez pasos de ancho, y una altura de dos hombres. El piso era de una arena amarilla con innumerables destellos de cristales de mica. Desde el portal alcance a distinguir perfectamente que terminaba en una pared irregular, muy fracturada, de la cual escurría agua que se canalizaba por las grietas formando una pequeña vertiente, cuyo flujo se infiltraban a mitad del túnel en el piso arenoso. En ambas paredes vi unos pequeños nicho socavados en forma muy primitiva, y cada uno de ellos habían pequeñas estatuas que fui reconociendo una a una; un Buda de turquesa sentado en la posición de loto, la perfecta miniatura de un palmo de alto de la estatua del cesar Augusto tallada en cuarzo rosado, un crucifijo con la cruz de jaspe y el Cristo de sugilita, un perro de Fu con su sonrisa deformada por las franjas del ojo de tigre, una tablilla de crisocola con el Tetragrámaton tallado en bajorrelieve, una estatuilla de un león de turmalina luchando ferozmente contra un terrible dragón de ágata azul, un espejo de hematita, las figuras de las tres Górgonas, Estono en cornalina, Euríale en pirita y Medusa en lapislázuli, un camafeo de malaquita con el relieve del rostro de una mujer muerta mas hermoso que haya visto, una figura del can Cerbero con una cabeza de obsidiana, otra de rubí y la otra de ágata, la pequeña estatua de amatista del Anubis con cuerpo de hombre y cabeza de chacal. Y en el último casillero había un estilizado vaso de cuarzo, el que usé para tomar del agua de la vertiente sin darme cuenta de que su borde era filoso como una navaja. Bebí esa agua paladeando su cristalina pureza subterránea y el helado contacto con mi paladar me fue sacando suavemente del túnel y del sueño. No sentí el corte en mi labio sino hasta que desperté y vi sobre la mesa veladora, a lado de la bolsita de terciopelo con mi colección de gemas, el vaso de agua del que había bebido unos sorbos antes de dormirme, el agua tenía un raro tinte rojizo. Noté en el fondo una leve superficie mas densa, coloidal, como de sangre, que se movía tiritando intermitentemente como si estuviera viva. Solo entonces sentí el agudo dolor de la herida y la sangre escurriendo por mi barbilla.

SANTORNO MARTIR


Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras.

Hombre de la esquina rosada. J. L. Borges, 1936.

Y una estrella en la ventana parecía querer caerse del cielo dando coléricos alfilerazos azulinos.

La Muerte del Cardenal Santorno. F. A. Ruiz Caballero, 2009.


Me miro con sus ojos de ángel impune, azules como cielo de estío, difusos y sin brillo, como si se le hubieran muertos hace años, quizás cuando lo nombraron arzobispo y se dijo que fue porque él delató al hermano Cipriano ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. También por eso su palio, con la típica banda de lana blanca adornada con cruces negras, nunca fue paseado por las calles en la procesión de nuestra Madre Santísima, aunque él fuera el prelado de más alcurnia y precediera el cortejo de encapuchados de riguroso luto y antorchas en alto en ambas manos, en cada uno de los trece años que vivió escondido bajo su mitra de arzobispo soplón. Me miro con sorpresa primero y después con pena, y por ultimo cuando ya iba cayendo como un fardo de ese pasto seco con que alimentamos a los miura en invierno, desvió la mirada porque supo que se le veía en ella el miedo pánico a la muerte, lo que no debiera ser en un hombre de fe, y que además por rango tiene ganado el cielo. En eso fue hombre digno, no quería que le viera la mueca de perro agonizante, con la punta de la lengua asomada y apretada contra los dientes blanquísimos como soportando el dolor, y los ojos azzurros desorbitados mirando el Cristo enchapado en oro que colgaba en un extremo de la habitación. Que si hubiera sido de oro macizo lo habría tomado como parte de mi paga, porque las cuatrocientas doblas que me pagó el sefardita eran doblas de cuatro y no de cabeza como yo creí cuando el muy tacaño me ofreció el trabajo, y no pagaron ni el puñal que después tuve que lanzar al Darro de puro miedoso. Lo de arrancarle los ojos fue idea de él, cuando me lo dijo asumí que era cosa de juderías, pero averiguando en el pueblo supe que el purpurado también había llevado a la santa hoguera a Sara, su única hija, acusándola de bruja, y que mientras el desgraciado sefardí la veía arder en la plaza publica gritó, entre los gritos de ella, que un día se comería los ojos del culpable de ese martirio. Pero cuando le hundí el puñal en el pecho cuidando de no tocar la cruz de carey esmeralda, y lo retorcí en tirabuzón para asegurarme su muerte, no pensé en Sara sino en el hermano Cipriano y me encomendé a la Begoña Andra Mari, porque sabía que eso hubiera querido Cipriano. Esperé que muriera, boqueando sobre la alfombra amarilla con arabescos florales y topacios de helechos. Con la punta del puñal le fui cuchareando los ojos con mucho cuidado para no romperlos, tal como me lo pidió el judío, y los puse en mi alforja sin limpiarlos, porque ya había decidido tirarla al río junto con el puñal. Terminada la faena miré alrededor de la habitación por si se me estaba quedando algún rastrito delator, y vi una rosa sin tallo flotando en un vaso de agua, unas cartas selladas con lacre amarillo, una Biblia de tapas de carey verde, y dos libro muy ajados; uno sobre la vida de San Lázaro de Antioquia, y el otro sobre la de San Manuel de Antequera, y también vi como afuera la noche llegaba a crujir de puro linda, pues su cristalería de estrellas se repetía en la escarcha del ventanal que se reflejaba a su vez en el gran espejo de cuerpo entero con marco de bronce decorado con figuras de serpientes entrelazadas, que había en el otro extremo de la habitación. Y luego, antes de irme, se me ocurrió darle un mordisco a unos de los pastelitos de miel de higuera y mojarme los labios en el vino dulce del cáliz áureo que estaban en la mesa con tafetán rojo, porque sentí que todo era como un rito religioso, como una misa para exorcizar un demonio. Porque eso fue su Eminencia Reverendísima Cardenal Santorno, un demonio solapado, solo que tenía los ojos azulinos, como el gran danés negro que suele aparecer en las noches en el criadero y espanta a los toros.

La Muerte del Cardenal Santorno.


Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.


Como una enorme mancha roja sobre la alfombra o el inmenso leño de un flamboyán africano el cadáver del arzobispo Santorno yacía, sin ojos, con la boca abierta en un rictus de amargo dolor. Un gran chorreón de sangre salía de las cuencas vacías de sus ojos y de una gran herida, mortal de necesidad, en el pecho, en el que una cruz de carey esmeralda ponía un contrapunto verde a un fastuoso carmín iracundo. Un cirio rojo movía su candela nerviosa sin atreverse a apagarse del todo chisporroteando y dejando en la habitación un olor a frambuesas podridas. Y por la ventana entraba la calle de madrugada con los ojos enormes de un gato malandrín, lleno de navajas curvas. Y una estrella en la ventana parecía querer caerse del cielo dando coléricos alfilerazos azulinos. El obispo había muerto asesinado. Le habían arrancado los ojos, una gran erección le sobresalía en la toga de purpurado, una erección demoníaca que hizo santiguarse con espanto a Sor Terencia al descubrir el macabro hallazgo, justo antes de derramar un garrafa con aceite que llevaba a la alacena, una gran garrafa de aceite ámbar que se partió en dos trozos al caer de sus brazos de monja servicial. Olor a menta salía de aquel aceite, que se mezclaba con el chorreón de sangre del cuerpo abandonado del sacerdote, con su inmensa erección elefantiásica, antinatural y salvaje. Justo después de entrar en la habitación Sor Terencia exclamó una bandada de vencejos en un punto y dejó caer la garrafa del aceite mentolado, que al caer estalló en dos trozos con una nota de zumo de pomelo. Luego la habitación se llenó de sacerdotes y seminaristas. ¿Quién habría sido el salvaje ejecutor de tamaña catástrofe, de tamaño magnicidio?. Por la ventana entraba la calle, de madrugada, como un inmenso gato ferocísimo, con espuelas de metal irisado, y una estrella quería desprenderse del cielo, negro como la antracita, para caer sobre el chorreón de la sangre, negra ya sobre la alfombra amarilla, con arabescos florales y topacios de helechos. Todos se santiguaban y exclamaban, gritaban todos, qué espanto decían algunos, ¿Y los ojos?, musitaban otros, y el cirio de la habitación movía su candela con lúgubre y nerviosa prisa sin atreverse a apagarse. Salieron de la habitación cuando llegó la policía, no habían tocado nada de aquel sacro lugar, en una mesa las cartas al Vaticano aparecían selladas con lacre amarillo, una biblia de tapas de carey verde se acompañaba de un libro con la vida de San Lázaro de Antioquia. En una estantería flotaba una rosa en un vaso de agua, al lado de la Vida, Obras, y Martirio de San Manuel de Antequera, una cinta verde señalaba la página cuarentaycinco, a San Manuel le saltaban los ojos con una aguja envenenada en arsénico, y el santo tardaba en morir diez días entre espantosos dolores y gloria bellísima, recibiendo los oleos y componiendo una hermosa cancioncilla al pié de la muerte, en una ilustración se veía un ángel de cabello rizado y rubio, con unos ojos tan verdes como un puñal de yerba. Un Cristo como de Dalí en un extremo de la habitación, todo él de oro macizo, o con apariencia de oro, se reflejaba en un espejo de cuerpo entero, en el otro extremo de la habitación, y también en un cáliz áureo, lleno de vino aún, rojísimo como la sangre derramada. El arzobispo Santorno había muerto y las Campanas sonaban a luto, en un cielo negro como la hulla, con una solitaria estrella que quería entrar en la habitación para besar la cabeza del asesinado, y desprenderse de cuajo de los cielos.

A mitad de camino de Granada alguien llevaba en su alforja negra dos ojos saltones y azules y los entregaba a cambio de cuatrocientas doblas de oro. Un judío siniestro se hacía con el botín poniendo mala cara por el precio pagado pero sonriendo con deleitación ante el hallazgo de las sanguinolentas esferas.

En la habitación del asesinado, sobre una mesa con tafetán rojo, dos pastelitos de miel de higuera a medio comer tenían una gota de sangre sobre la crema verde, dulzona como una licorería de granadinas.

LA OTRA MASCARADA


Fue un error, y lo cometimos, yo diría, a sabiendas. Habíamos exterminado meticulosamente todos los holosferos, habíamos extirpado esa gangrena sudorosa, ese sarpullido viviente que corroía el planeta. Lo vimos cuando saco su cuchillito de niño explorador y destripó el cadáver de uno de los nuestros. En ese momento debí dejar que lo masacraran, lo convirtieran como a todos los demás en un bolo sanguinolento para alimentar nuestras larvas. Pero el etólogo que hay en mí quiso seguir observando su extraño comportamiento. Los sabía miserables, traicioneros, patéticos, simples bestias sin ninguna dignidad de especie, meras amebas. Pero todos mis conocimientos sobre ellos provenían de estudios y experimentos en condiciones de laboratorio. La táctica de la Blitzkrieg que el Verbindungsmann Hütte había demostrado exitosa hace unas décadas, no dejó tiempo para conocer su comportamiento en libertad, en estudios de campo, que al final son los únicos valederos en esta ciencia. Por eso, abusando quizás de mi condición de Primer Eunuco de nuestra Reina, solicité al Obergruppenführer que se me dieran tres días, solo tres días, para hacer un seguimiento detallado al último ejemplar de esa especie ya exterminada. Deseaba saber hasta que punto de humillación eran capaces de llegar para sobrevivir. Lo vimos rasgar de arriba abajo el cuerpo de nuestro combatiente, meterse dentro de él, reímos mirando como metía los brazos dentro de los brazos del cadáver, sus piernas dentro de sus piernas. Lo observamos asqueados vaciar el soma de polímero inodoro e incoloro de silicio que usamos como envolvente. Intrigado vi como se deshizo de los restos, como arrojó sus hediondos trapos a la incineradora. Le permitimos vivir entre nosotros esos tres días, soportando su presencia despreciable, su desagradable calor corporal, su sudor grasiento, haciendo como que no nos dábamos cuenta de que era él en el mustio hollejo de nuestro hermano, lo dejamos participar en nuestros festejos, en nuestros banquetes vacunales, en las orgías de adoración a nuestra Reina, en nuestros baños sagrados con sus delicados fermentos acidulados donde renovamos los votos de sumisión. Reconozco mi error, me enceguecí asombrado de su conducta primitiva, intuí su pavor a la muerte, a dejar de ser, de existir, aunque su vida no tuviera ni el más mínimo valor en la sublime maquinaria del Universo. Ahí permanecía aterrorizado, sufriendo la vileza de esconderse en una piel muerta con tal de seguir respirando. Un mero procarionte. Ahora es tarde, ya no hay salvación, ni para él ni para nosotros, nadie se dio cuenta cuando y como, lo cierto es que la Bomba X es imposible de desactivar, ahora es cosa de tiempo…, tiempo, ese enemigo formidable. Moriremos, pero sé que otros nuestros vendrán a reemplazar la asquerosa especie extinta. Me consuela sentirme un digno sucesor de Konrad Lorenz, Karl von Frisch y Niko Tinbergen, nuestros adelantados e insignes conductistas, que también vivieron el horror de esconderse en sudorosas pieles ajenas, solo que en ellos la degradación fue el precio del conocimiento que nos ha permitido esta rápida y honrosa aniquilación.

MASCARADA


Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.


El año que conviví entre los alienes. Fueron tan solo tres días pero a mi pareció un año. Un año de terror infinito. Ellos habían acabado con todos los residentes de la holoesfera y yo era el único superviviente. Por eso cuando vi a aquel Alien muerto no lo dudé, con el cuchillo de defensa lo rasgué de arriba abajo y me metí dentro de él, fue difícil, parecerá imposible, y no creeréis mi explicación, lo más difícil fue meter los brazos dentro de sus brazos, introducir mis piernas dentro de sus piernas. Tuve que vaciarlo con el cuchillo, sacar toda la mierda de la correosa piel de silicona, luego, me tuve que deshacer de los restos, para que no los olieran, y arrojé mis ropas a la incineradora. Me entregué a él en cuerpo y alma, debía parecer uno de ellos, vivir el tiempo suficiente para poder activar la bomba X de autodestrucción de la holoesfera. Estuve en su grotesco nido, apenas aguantaba el hedor que había dentro de mi "Traje", y el hedor que desprendían aquellos engendros, observé sus bacanales y casi participé en ellas, los observé cuando se lanzaron sobre unas vacas para alimentarse, qué apoteosis de sangre, carne, hueso, ubres, leche, boñigas, y tendones sangrientos, qué aquelarre de suciedad y espanto, qué frenesí de malignidad indescriptible, fue pavoroso vivir entre ellos, enloquecí verdaderamente, yo, enteramente metido dentro de la piel de un monstruo, observando sus cópulas, su adoración de la hembra reina, revolcándome entre sus babas y sus ácidos, contemplando su malignidad en apogeo, como un cáncer recubierto de cáncer. Para mi no pasaron tres días, los minutos eran horas de terror absoluto, por alguna razón me creyeron enfermo pero no me atacaron. Logré llegar a la esfera base de la holoesfera y logré activar la Bomba X. Amigos, alejaos de aquí.

UN LABERINTO MARINO

Un laberinto de agudos cuarzos que nunca se resuelve pues se pierde en oscuros túneles, cuevas malolientes, oquedades inmarcesibles y en altas catedrales de amatistas estrelladas en sus violetas de la misma tonalidad de las incrustaciones del frío de la aquella de noche de Ruiz Caballero. O en los azules de las flores de genciana, mientras en las galerías fluye incontenible y misteriosa la desesperación del dimetil sulfuro, el olor del mar, milagros y maravillas de taumaturgos de oropimente cuajado dibujados en la paredes violetas o azules como glifos paleolíticos donde solo se les reconoce el rostro taciturno y el cuerpo de hiena o de tigre antediluviano. En las paredes acechan afilados dientes de perro hialinos, transparentes obeliscos ahumados, drusas floreciendo en cristalizaciones citrinas como espantosas corolas de Bracteantha bractata u ocultas geodas, damas de hierro, latiendo en las entrañas de la roca primitiva. Por el aire confinado a los oscuros túneles, cuevas malolientes, oquedades inmarcesibles y en altas catedrales de amatistas vuelve una y otra vez el olor a mar, a Tuber melanosporum, a Brassica oleracea var. Viridis hervido, el hedónico perfume que atrae a los cerdos y señala las fuentes de alimento a las aves que sobrevuelan los océanos. El laberinto se estrecha y se ensancha siguiendo un lítico azar impredecible, hay franjas húmedas de color verde musgo cerca de la entrada donde el agua subterránea y la luz del brocal permiten la paupérrima sobrevivencia de las briófitas, y de color verdiazul hacia adentro donde el agua subterránea deposita los filosilicatos de cobre que ha disuelto en el interior de los basaltos. Al fondo del último túnel del laberinto, donde ya no existe la esperanza de escapar, hay un gigantesco espejo de obsidiana con el reflejo congelado para siempre de un “arlequín con un traje de rombos amarillos, una máscara de cristal verde y dos leves cuernecillos dorados”. Aun allí, en el fin profundo del dédalo cuarcífero llega el olor a mar del dimetil sulfuro. En el silencio sepulcral solo se escucha el murmullo de agua precipitando crisocolas y su constante goteo creando pacientemente estalagmitas y estalactitas. Afuera llueven cangrejos de la misma especie de los que llovieron a fines de los setenta del siglo pasado en Nueva Gales del Sur, entre la nubosidad hay un cielo del mismo preciso matiz del índigo que tuvo la mas triste de las madrugadas, la del lunes cinco de agosto del año del Señor de mil novecientos sesenta y dos, indicio claro de que hacia la noche la luna sangraría.

DE LIRIOS NOCTURNOS

Había un lirio incendiado en la noche carcomida por los gusanos. Una botánica silvestre seducida por la cosmogonía de un sol que girando trajo las sombras. Se retorcía doloroso en flameantes espirales lanzando sus breves destellos hacía las siniestras oscuridades de profundo azul. Agonizaba como un héroe trágico, convertido en el absurdo habitante de aquel chisperío desatado. Un lirio anónimo y múltiple; yedra de mayo, abumón o búcaro, dulce morado, casto blanco o intenso amarillo. Arde en la noche carcomida por las larvas perlescentes de moscas nocturnas, agobiada por esa masa incesante de vermes hambrientos. Allí el heráldico fuego del lirio, amacayo dormido junto a la sagrada cruz, el águila bicéfala y el león rampante, sangra su gules herido en la batalla final, colorinche, bélico, quizás bermellón, escarlata o rojo. Ignorado. Los lanceolos se retuercen y jironean emulando las garras espumas de Hokusai. Hierve la savia en evanescentes ductos clorofílicos. La noche horadada por cresas u orugas se derrumba, cruje y se desploma sobre las llamas minúsculas de lo que fue divisa de Grandes. Los fragmentos nocturnos se apelmazan, se concentran en una masa negra, densa, despojada de grandezas, incrustada de mínimos cadáveres de gusanos. Una astronomía de novilunio oculta la pirología de pétalos y sépalos incandescentes. Quemadas flores, grandes, perfumadas, purpúreas o violetas se involucionan desesperadas ante la muerte inevitable. Mueren orgullosas de su destino crepuscular. Los rizomas enterrado vivos guardan los secretos de sus pócimas de amor, o ese halo misterioso que permite ahuyentar espíritus funestos. Un esqueleto de impalpables cenizas heráldicas sostenidas solo por la memoria fugaz del lirio incendiado, permanece incólume, soberbio en medio de la noche roída y derribada. Pudo haber sido lirio del monte, azucena, alhelí, azafrán silvestre o espiguilla. Pudo vivir entre el violeta y el blanco, entre el amarillo y el rojo, o con elegantes y alegres jaspeados. Talvez fue amancay o alguna vez nenúfar, lampazo, gualdón o reseda, ridícula espadilla. En la noche derrumbada naufragan las arcillas fúnebres del enigmático lirio incinerado. Aciagos abalorios detentan carbonizadas espadas vegetales.

CANGREJOS AZULES (Cardisoma guanhumi)


Ayer llovieron cangrejos azules, iridiscentes y feroces. Estuvo lloviendo agua toda la mañana, ya casi a mediodía escampo un rato corto y antes que los árboles y las techumbres terminaran de destilar se vino el aguacero de cangrejos. Por el ruido creímos que era una granizada, pero cuando escuchamos los gritos del jardinero en el prado de las gardenias y nos asomamos al ventanal vimos como caían sobre el pasto las manchas azules que después caminaban desparramándose para todos lados como buscando el mar y los roqueríos donde esconderse. El cielo se veía cubierto como con una gasa azulina y el horizonte no llegaba más allá de un cuarto de toesa. Mientras observábamos absortos el increíble cuadro, Anselmo comenzó a recitar una letanía sobre otras lluvias aberrantes, como la lluvia de peces que duró tres días en la región de Queronea, en el Peloponeso, la de grandes ratones amarillos que cayeron sobre la ciudad noruega de Bergen, una lluvia de sapos en la aldea inglesa de Acle, en Norfolk, un chubasco de serpientes en Memphis, en Estados Unidos, la de codornices que se abatió sobre la Valencia de España, los millares de ranas llovidas sobre Leicester, en Massachusetts, los canarios muertos que cayeron del cielo en la ciudad de St. Mary’s City, en Maryland, la arañas pequeñas que llovieron en Salta, Argentina, y así siguió hasta que citó la vez que en el Choco de Colombia llovió sangre, y ahí le hicimos callar porque vimos que el jardinero corría como loco por el prado con el cuerpo lleno de cangrejos que lo pellizcaban, lo herían en la piel de las manos y la cara, cuando llegó cerca del portal ya estaba sangrando, y su sangre manchaba los caparazones azules. No le abrimos la puerta, así que él se devolvió corriendo desesperado hacia el prado. El espectáculo era impresionante, la grama verde, los cangrejos azules moviéndose como flores vivas de pensamientos, la Viola tricolor hortensis, el jardinero como un árbol de bugúla con flores variegadas en azul y rojo. Todo brillante y de nítidos colores por el agua de la lluvia de cangrejos. De pronto él rodó por el pasto hecho un bolo de ensangrentados cangrejos azules y termino junto al ceibo imponente que el Duque de Arquerías, mecenas de artistas circenses y secretos envenenadores, había traído hace mas de un siglo de su viaje a la Patagonia en busca del ultimo milodón, y del que trajo un manojo de pelos duros y hediondos, una garra, fecas y medio fémur con algunos otros trocitos de piel y de charqui pegados en el trocánter menor y que podía ser de un caballo si no fuera que era como dos veces mas grande. El olor (o el sabor dispersado por la lluvia) de la sangre congregó una ruma de crustáceos sobre el cuerpo del infortunado que en posición fetal gritaba como un barraco al que lo están desollando a fuego vivo. Cuando sus gritos se acallaron por desmayo o muerte, aun caían por aquí, allá y acullá los últimos cangrejos azules y comenzaba una llovizna lenta y finita que apenas se distinguía iluminada por la luz del ventanal, porque ya era de noche y el prado era una alfombra de suave terciopelo negro. Al otro día no quedaba ningún cangrejo, y en la grama verde esmeralda solo estaban los huesos mondados del jardinero repartidos como aquellos ideogramas chinos de las inscripciones adivinatorias hechas en caparazones de tortugas. Nunca supimos donde se fueron los cangrejos azules porque estuvimos los tres días siguientes encerrados, y cuando nos atrevimos a salir a recoger los huesitos limpios del Jardinero, recorrimos el jardín de punta a cabo, y no vimos ninguno, ni siquiera quedaban huellas de su paso. Eso hizo que Anselmo, que en ese tiempo era monje menor y ni se soñaba de Arzobispo de Arquerías, reclamara hasta su muerte que todo había sido una fantasía producto del vino dulce que habíamos robado de la sacristía ese mismo día en que llovieron los cangrejos azules.

EL ÚLTIMO VIAJE DEL BUQUE FANTASMA


Un texto de Gabriel García Márquez

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces v sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer v ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, v encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, v siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, v entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada d e marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.