miércoles, 6 de octubre de 2010

BITACORA DEL NAVEGANTE IMAGINARIO

“…y bebíamos agua amarilla, podrida desde hacía ya muchos días, y comíamos ciertas pieles de buey (puestas sobre el mástil mayor con el fin de proteger las jarcias) durísimas a causa del sol, de la lluvia y del viento. Las dejábamos por cuatro o cinco días en el mar y luego poníamos un trozo sobre las brasas y así las comíamos, e incluso muchas veces probamos también aserrín de tabla.” Relazione del primo viaggio intorno al mondo. Antonio Pigafetta. Venecia, 1536.


Brújulas y sextantes. La horda de tártaros extraviados entre grifos e iguanas. Viajes, éxodos, periplos, hégiras, odiseas, traslaciones, travesías, son solo desoladas exploraciones en busca de nuevos soles, de otros orientes o de lejanos horizontes. Sobre las altas cúpulas doradas planean negros cuervos mientras una tortuga soporta el entero Universo. Mapas y portulanos dibujados con la precisión de un iluminado en las cenizas aun tibias de un cenicero en un oscuro y fétido tugurio en Mumbai. Plateados alevines voladores y el enigma de los imanes. Una cosmogonía de enanos invisibles que posee la misma simplicidad del péndulo de Foucault que demuestra la rotación de la tierra. Un brasero donde se quema el incienso en cínica adoración de falsos dioses. El equilibrio de las aguas de los océanos con sus alabardas de hierro-níquel de estrellas fugaces, sus iteraciones en el fermento mas profundo del légamo acumulado por centurias, milenios y eones con el resabio de continentes desaparecidos, naufragados, territorios tragados por sus mares en bíblicas hecatombes volcánicas. Cartografías erradas, las Terrae incognitae, inexistentes o mitológicas, Hiperbórea, más allá del viento del Norte, la Ultima Thule, más allá del mundo conocido, la Atlántida, más allá de los Pilares de Hércules y el gran continente Mu, más allá del gran mar oriental, el océano Pacífico, con su pirámide y sus ruinas sumergidas. Los oleajes y tormentas, ciclones, huracanes o tifones según sea donde. Las madreperlas y los nautilos, los corales y grandes cetáceos. Trasgos, duendes, druidas, traucos, miriápodos predadores en sus guaridas subterráneas ocultos y acechando a los tránsfugas de la urnas sagradas, y el cisquero que se usó para copiar en pergaminos de Pérgamo las raíces de todas las bromeliáceas del Nuevo Mundo. El moreno tegumento de las divinas princesas del Inga. El aljibe a cuya sombra se agazapaba Asterión. Los siringueros casi extintos de la Amazonia. Los abalorios, las ánforas, los demonios del alabastro, las esfinges aladas de Persia con cuerpo de león y cabeza humana, con sus tocados y sus cuernos triples que fungían como espíritus protectores del disco solar alado de Ahura Mazda, emblema de la dinastía Aqueménida. La circunnavegación Fernão de Magalhães, del levante al poniente en tres años y veintisiete días, con sus cinco naves, sus doscientos treinta y cuatro tripulantes, las catorce mil cuatrocientas leguas navegadas, y los dieciocho sobrevivientes que fueron en camisa y descalzos, con antorcha en mano a agradecer la gracia de vivir para contarlo a Santa María de la Victoria y a Santa María de la Antigua. Naos, carracas, galeones y carabelas navegando furtivos itinerarios. Vale.

martes, 5 de octubre de 2010

JOYAS SEGUN FIBONACCI

Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Eclesiastés Cap.I, Vers. 2-3.

Tiaras. Sortijas. Azules zafiros. Zircones y citrinos. Brillos dorados y amarillo limón. El topacio imperial con su amarillo anaranjado rojizo. Los diamantes perturbados en las coronas de las Reinas envilecidas por casamientos incestuosos. Meras piedras y fríos metales que anónimos orfebres encerrados en sigilosos talleres convierten en seductores insectos, bellos, delicados y misteriosamente perfectos. Hematíticas arañas dormidas. Nacaradas sierpes entre níveos pechos. Aretes de verdes esmeraldas como siniestras mantis verdes. Libélulas cristalizadas en plata y oro, alas de diamantes y cuerpo de perlas. Libélulas en vuelo detenido aferradas a sedas, encajes, algodón, lanas y linos, prendidas y encendidas en sus destellos de luz refractada. Dragones volantes, vitrales tornasolados, vivaces hélices de charcos, persistencia alada, zumbidos coloreados de tigres, de rubíes, de ópalos y turquesa, libélulas a ras de agua o estáticas a contraluz del ocaso, veloces joyas instantáneas. Amatista, jaspe, aguamarina, coral, azabache. Escarabajos, escorpiones, mariposas, petrificaciones atrapadas en metálico engarce. Negros escarabajos de lignito, negros escorpiones de obsidiana, mariposas de cuarzo amatista violeta. Brazaletes, esclavas, collares, cadenas, cordones, colgantes, medallones, escarabajos, escorpiones, mariposas, libélulas, arañas, sierpes, mantis, hematitas, esmeraldas, diamantes, perlas, rubíes, ópalos, turquesas. Bichos adamantinos como el diamante, resinosos como el zircón, nacarados como las perlas, sedosos como el cuarzo rutilado, crasos como la turquesa, resinosos como el ámbar, céreos como el jade, grasos tal el azabache. Bellos insectos vitrificados en silicatos, en berilos, en corindones, hermosas serpientes fundidas en oro, plata o platino, estilizados arácnidos tallados en negros metales o carbones, preciosas alimañas duplicadas por encorvados orfebres para mayor gloria de su arte y para esplendezcan rutilantes sobre elegidas damas enjoyadas, orgullosas Reinas bienamadas, tímidas princesas seducidas y sensuales meretrices bienpagadas. Un diamante azul y miríadas de brillantes para las incestuosas Reinas coronadas, verdeantes esmeraldas en esplendidos medallones de princesas y amantes, secretos rubíes en los perfumados y tibios cuerpos de las meretrices del Reino. Ámbar amarillo, rojo, azul, dulce féretro de hormigas, mosquitos, abejas, mariposas, libélulas y escorpiones, calido herbario de orquídeas, musgos y líquenes. La diadema de esmeraldas y diamantes de la Duquesa de Angulema, Reina efímera. La varonil, sensitiva e fálica corona de Venus. El anillo de los Nibelungos. El zafiro Rúspoli. Los diamantes perturbados en las coronas de las Reinas envilecidas por casamientos incestuosos. Los diamantes de Reinas envilecidas por casamientos incestuosos. Los diamantes de Reinas envilecidas. Diamantes en Reinas. Diamantes envilecidos. Cuarzo con denominación de topacio. Imposibles granates azules. Calcedonia flor. Joyas. Pedrerías.

EL MEMORIAL DEL CONDE

Si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas. Carolus Linnaeus

Su mundo era denso, ceñido, multitudinario, saturado, lleno de siluetas en los muros, de árboles y pájaros, de macetas y botellas de color, de campanas, de fósiles de amonites, de estatuillas del Buddha, de seres desconocidos que se reflejaban una y otra vez en los espejos, en las esferas de bronce, en la humilde concavidad de las cucharas de alpaca que dormían ordenadas sobre el terciopelo verde del fondo de un caja de ébano, en los pomos de las puertas pulidos por los siglos de roces de manos enguantadas, en las lagrimas de cristal de la gran lámpara colgante que ocupaba casi toda la cúpula central del alto techo. Abajo, a ras de piso se percibía una concentración anormal de pastos, hierbas, tocones, musgos, brotes de caña brava y de bambú que irrumpían por todos lados entre las junturas del piso de parquet de menuiserie tan perfectamente pulido, barnizado y encerado que reflejaba en todos sus mínimos detalles la barroca lámpara de techo. Los altos ventanales del fondo eran una trabada masa vegetal compacta de hiedras, pasionarias y parras vírgenes que intentaban con un tropismo anómalo penetrar en el amplio salón con la clara intención de ocupar los últimos vacíos que quedaban entre los maniquíes, los múltiples objetos coleccionados por un viajero y explorador de islas, archipiélagos y continentes, la lámpara colgante, los muebles y la voluptuosa flora interior que crecía desaforada en el tranquilo estudio del Conde. Casi se podía ver la combadura de los vidrios que soportaban estoicos la presión de aquella masa vegetal pugnando por romperlos e invadir al aposento. Del alfeizar de las ventanas que daban al poniente surgía una cascada de bolitas verdes nilo de los senesios rosario que se propagaban después arrinconados por el piso siguiendo y echando sus raíces en la madera de los junquillos de los guardapolvos. Los hongos levantaban los cuadros y los espejos de las paredes creciendo escondidos en esas penumbras verticales, sus esporas fluían lentamente como un humo gris pardo y se depositaban en todos los intersticios posibles, y también en los imposibles pues ya asomaban bordes de sus píleos de las cajas de música, de los joyeros de plata, de los cofrecitos de caoba donde el Conde guardaba el rapé, el tabaco de pipa y los caramelos de licor, del antiquísimo reloj de pared con la esfera cóncava por el empuje del cultivo de setas que crecía entre los numerosos engranajes de su vientre mecanizado. De las dos armaduras ubicadas detrás del rústico escritorio brotaban delgados tallos y zarcillos de secretas enredaderas que buscando la luz asomaban de los yelmos como hirsutas barbas o cómicos peinados. Los muebles de preciadas maderas, nogal, ébano, caoba, olivo y sándalo habían resucitado de sus muertes de aserradero estimulados por la pulsión soterrada de la orgía clorofílica que los rodeaba y de ellos salían ramas verdeantes a punto de florecer y raíces aéreas buscando la tierra y la humedad incrustándose con la vehemencia de sus árboles originarios. En las versallescas vitrinas la fina cristalería de Bohemia permanecía quieta pero expectante a la espera que los quintrales, los cabellos del diablo y las malamadres en sus prodigiosos crecimientos desatados terminaran por quebrar los vidrios biselados que la protegía y penetraran en esos espacios de delicadas transparencias y destellos de brillantes enclaustrados de la luz refractada en las copas, los vasos, los pocillos, los jarrones, los azucareros de cristal tallado que resplandecían aun incólumes a la crispación de carnaval de gentes, objetos y vegetaciones que todavía no invadía los paralelepípedos de vidrio y madera que los contenía. El aire estaba perfumado de esencia de lavanda que provenía del florecido matorral de espliego que asomaba en esplendoroso azul-violáceo por debajo del piano. En medio del tumulto de anónimos seres inmóviles, de la verde conflagración selvática, del vistoso desorden de mercado persa, el Conde, sentado frente a su tosco escritorio hecho con la madera de naufragios rescatada en la playa cercana cuyo oleaje apenas se escuchaba atenuado por la caterva de vegetales que bloqueaba hasta los mas mínimos resquicios en los bordes de las ventanas y de la única puerta, escribía ensimismado sus pudorosas memorias de gentilhombre con la cínica parsimonia del que todo lo ha visto. Vale.


CONFUSO IMAGINARIO PERSONAL II

Una oquedad de jacintos, de dalias, de calas bajo una tarde perdida entre esa infinitud de tardes y domingos de una infancia desplegada como la membrana iridiscente de una inmensa burbuja de jabón. Las calles entrampadas en la curiosa percepción de un tumulto de incubos, de gárgolas, de estatuas moldeadas en un coloide que tiene la consistencia y la coloración de la carne / piel de los seres que deambulan por el filo del día en otras calles desaparecidas en la rutina de un olvido necesario y consecuente. El pasaje abierto en medio del laberinto, la esquina falsa con el espejo que bifurca la realidad donde existe otro que mira asombrado desde el otro lado del azogue. El pequeño cuenco de bronce con la trama de arabescos intraducibles. El clavel del aire, las azucenas repetidas en el perfumado rosado de las añañucas del último jardín. Los saltamontes marrones y los extrañamente verdes, las mantis y las arañas, el escualo de pulida piedra negra que surcaba los mares imposibles entre los quejosos balandros que traficaban con botones florales de zinias y semillas negras de sandia. Las mariposas blancas, anaranjadas y gris perlescentes, siempre las mismas verano a verano en esa oquedad de siemprevivas, de gladiolos, de estrellitas, de clavelinas y violetas. El río, el gran río de aguas pardas, traicionero, que ocultaba su torrente impetuoso en la lenta densidad superficial que arrastraba troncos semisumergidos y desviaba el cruce de los caballos asustando a los jinetes emborrachados de aguas y bosques, arriba, abajo, en las orillas, hacia donde fuera que se miraba porque la tierra era aun virgen de holladura y solo existía el mate amargo y los cigarros de romero. El río, el ancho río que drenaba los imponentes glaciares y soportaba las bastas lluvias sobre las amplias hojas de nalca, el río que después llegaba manso y desbordado al lago de dos nombres con sus islas atravesadas de cavernas de mármol. Y todo se entremezcla en el otro río vertiginoso, el del tiempo, que en su correntada de aguas pardas y aguas saladas de los mares de los balandros fluyen en caótica turbulencia los jacintos, las dalias, las gárgolas, la esquina y el espejo, las azucenas, los saltamontes verdes, el escualo niño y las semillas de sandia, las mariposas, los gladiolos, el gran río con sus troncos, los caballos y sus jinetes, el mate, los cigarros, las lluvias sobre las nalcas, y la imponente catedral de mármol a mitad del lago que se confunde con aquel bruñido cuenco de bronce donde cada elemento de la memoria estaba ya burilado en sus herméticos arabescos y en sus cóncavos reflejos. Vale.


miércoles, 29 de septiembre de 2010

CONFUSO IMAGINARIO PERSONAL I

Los incensarios, los pebeteros, las clepsidras, la estilográfica con tinta verde, los puertos iluminados en las noches sin luna. Los muebles antiguos con sus maderas color caoba y sus tapices floreados en la grata quietud de la sala del amplio ventanal que daba a un patio con un ceibo y sus inflorescencias arracimadas de grandes flores rojas y jacarandás con sus inflorescencias racimosas de delicado color azul violáceo, donde la lluvia de los domingos poseía la consistencia de pequeño duelo y se iba incrustando en la memoria como una pena chiquita de cajita de música. Las mascaras, las lámparas, los armarios, las terrazas terciarias o cuaternarias, quien lo sabe, donde florecían las breves ágatas botroidales y las calcedonias lechosas con las que los changos, los hombres de los conchales, otrora tallaban sus puntas de flechas y sus arpones. Sílices desperdigadas sobre arenas amarillentas sujetas al reverbero feroz de los soles del Capricornio y al vaho garuoso los húmedos mantos de camanchaca que venían de un mar lejano e invisible. Las luces lejos de los barcos anclados a la gira en medio de la bahía, los guajaches, los piqueros, los yecos, el cañaveral costero en la vertiente salobre donde Juan López fundó de hecho y sin saberlo la dormida ciudad de Antofagasta. El canto del oleaje en la orilla nocturna con el mar oscuro y el aroma de algas. Las botellas antiguas, las monedas, el reloj de sol, el salar de aguas arsenicales con sus colas de zorro y los patos con sus espéculos de resplandeciente verde metálico. Las casas del desierto con sus intactos muros de adobe sin puertas, sin ventanas ni techos, abandonadas para siempre a los fantasmas de sus cementerios tristes y resecos desde cuando los ingleses cerraron las oprobiosas oficinas salitreras dejando el caliche manchado con las sangres de los rebeldes y las babas de los gobernantes prostituidos. La salmuera de las pozas con los alevines condenados a evaporación hasta la muerte marina entre los roqueríos de la bajamar del mediodía. El frontispicio, las arcadas, los arbotantes, la maroma de alacrán en el empedrado del segundo patio de la iglesia construida como una callampa toxica y maloliente sobre los restos a medio demoler del templo del dios vencido. Vale.


Notas aclaratorias.-

Guajache: Pelicano, Pelecanus thagus (Molina)

Piquero: Alcatraz, Sula variegata (Tschudi)

Yeco: Cormoran, Phalacrocorax brasilianus brasilianus (Gmelin)

lunes, 27 de septiembre de 2010

EL ARBOL DE BORNHEIM-MERTEN

Entre sus raíces me deslizo como serpiente buscando refugio.

¡Nada!. Hilda Breer.


Hunde sus manos radiculares en la tierra húmeda, profunda y fresca buscando las vértebras escondidas de la Pachamama, o surge como una vertiente vegetal, incólume, eterno, erguido como un tótem o un símbolo fálico que se ahonda en la púber virginidad de un cielo inalcanzable. Lleva la potencia de su vuelo en la tenacidad de esa sabia dulce que fluye densa y lenta a contracorriente de la gravitación solo sostenida por la levedad insustancial de la capilaridad ancestral que aprendieron los primitivos lycophytas y helechos paleozoicos y los gingkos verde azulosos que aun se reflejan en la aguas de los quietos estanques de anaranjados caraccius y blanquinegros nishikigois rodeados de cerezos en flor. En su altura orgullosa es el compinche prusiano de la higuera de Bodhgaya, donde el Buda alcanzó la iluminación, del fresno del Universo de la mitología nórdica, de los robles Irminsul de los antiguos sajones y Seahenge de las tribus celtas, de la desolada acacia del Ténere, del tilo Garoé de los bimbaches, del abeto rojo de la montaña Fulu que ha visto los soles y las lunas de nueve mil quinientos cincuenta años, del baniano Thimmamma Marrimanu de Kadiri, con sus mil cien raíces aéreas que se extienden por veintiún mil metros cuadrados y del legendario Chachacomayoc del Cuzco, ya muerto, bajo cuya sombra descansó un día el Libertador. Es un secreto segmento de una geometría ancestral, milenaria, que semilla a semilla, verde a verde se fue creando y creciendo, floreciendo y cruzando estíos y otoños, durmiendo su recóndita latencia en gélidos inviernos y despertando como un fénix arborescente en cada esplendorosa primavera. O es un eje leñoso sobre el que rotan amplias e infinitas galaxias elípticas, espirales e irregulares, con sus sistemas masivos de brillantes estrellas, sus nubes de gas, planetas y polvo desperdigado, con su hipotética materia oscura de composición desconocida, y quizá con sus misteriosas energías negras de negro. O una alta columna gris verdosa de frondoso capitel que se abre a los cuatro vientos como un majestuoso fractal vivo que es la imagen especular del fractal sumergido en la diosa madre Gea. O el mástil de todas las barcas del Nilo y de las derrotadas naos de la Grande y Felicísima Armada, la Invencible, el tronco original de las canoas o piraguas de los tainos, o el sagrado madero del tormento del Gólgota, el acunador territorio vertical de los pájaros, el aterrador arquitecto de los leños de la horca, o el ego umbrío del dios Silvano bajo el cual gira y gira a la gira la lenta nave del tiempo, ese enemigo formidable. Es leña, astilla, carbón, antracita, pero siempre con final de ceniza. Y será también la madera del féretro que baja lentamente hacia la nada. Vale.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

MARES Y TERRITORIOS

“A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación.”

El reino de este mundo. Alejo Carpentier


Las aguas eran tan antiguas que sus sales se habían convertido en vidrio molido y en las noches de plenilunio imitaban las noctilucas de la Virgen del Carmen cabalgando las rompientes, y resplandecían a lo largo de la ola como un horizonte fosforescente o un relámpago tumbado de un celeste eléctrico que dejaba melancólicos a los timoneles y nostálgicos a los capitanes de mar haciéndolos encallar sus grandes naos en las arenas negras de las playas maternas en la inútil persecución de esa luz insoportable provocada por los infinitos reflejos de la luz de luna en los cristales de las sales cuajadas que arrastraba incesante el oleaje tumultuoso de ese ancho mar vetusto y desgastado. Los marineros mas viejos, hartos de navegaciones sin derrota, naufragios sin sentido y sirenas sin corazón, anclaron los navíos a contraluz de la declarada lunación dejándolos a la gira en medios de esas aguas mustias, lentas, que poseían la densidad de la sangre de los mártires y el aroma inconfundible de los secaderos de algas de sus terruños sureños donde fríos mares violentos y oscuros bosques hirsutos tocan sin cruzar las playas titanoferriferas con sus jeroglíficos de ultes y cochayuyos que contiene o poseen en sus arenas negras los detritos deslavados de las cordilleras volcánicas donde nacen los ríos vertiginosos, casi verticales, que urgen una continua disolución en el vientre del continente en erosión. De día la mar era tibia y monótona, con olitas de tímidos encajes y espumas verdosas en los bordes de su oleaje de acuario que urden un rosario profano con trozos de maderas rojas, azules blancas o amarillas, restos de lanchones naufragados contra los roqueríos basálticos, mondadas ramas de árboles ahogados en el ultimo aluvión, y cañas repartidas en un I Ching indescifrable que alguna pequeña furia marina descuajó desde los tristes cañaverales de las aguadas costeras donde los changos saciaban su sed pegajosa que le sangraba en los labios resecos después de sus arduas travesías tierra adentro tras la sílice y la obsidiana que florecían a varias lunas con sus soles en los ilimitados desiertos de ese norte atacameño.


Nota.- Cochayuyo / Ulte. Durvillea antarctica (Chamissso) Hariot.

Alga de hasta 15 m de largo, de color pardo verdoso o pardo amarillento, de superficie lisa y consistencia carnosa, que crece adherida por un ancho disco a las rocas sumergidas en el mar. Las frondas se originan de un estipe redondo, corto; son laminares, gruesas y coriáceas, de 3 a 12 cm de ancho, se dividen en segmentos delgados, que forman látigos de distinta longitud. Su parte más apreciada es el “ulte”, el segmento de la planta que media entre el disco con que ella se adhiere a la roca y la ramificación del vegetal.


sábado, 18 de septiembre de 2010

COROLARIO


“Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria”

El reino de este mundo. Alejo Carpentier, 1949.


En el tétrico trasiego de húsares sangrientos y sufíes impuros que persiguen con avaricia de iluminados el tiempo ya transcurrido en el monótono baratillo de relojes amelcochados, alguien escucha, o cree escuchar desde las umbrías habitaciones del duelo, el eco del bufido de espanto de las medusas babélicas destrozadas por los cardúmenes pétreos de los celacantos nocturnos, reflejado en una aguamarina azul verdosa engarzada en la tiara de la amante ciega del Dux de Venexia, rodeada de diamantes azules en una filigrana de oro incaico que repetía la trama ondulante ocre amarillenta de los sargazos haciendo naufragar la carraca que buscaba entre la honda bruma marina la derrota extraviada que lo hiciera salir del mar de los muertos, y que llevaba en sus nauseabundas bodegas junto con los toneles de arenque salado y la bisutería para el trueque de Indias, el arcón de cuero con guarniciones de bronce patinado donde el Minotauro guardaba los bucles de cabellos color miel y los dientes nacarados de sus vírgenes lunares, y que ahora solo contenía en medio de un mullido embalaje de paja de arroz, un pote de porcelana china de Yixing con un breve instante escarchado del silencio púrpura que fue esparcido por los siete arcángeles mayores sobre los essercizi de violonchelo del arconte de la orquesta de la corte imperial de Viena el día después de la noche en que murió Mozart.

HORIZONTES PERPLEJOS

Se derretían los arpegios afanados por la estridencia de bocamina del corrillo de gitanos en torno a la gran hoguera donde quemaban sus ropajes de carnaval, sus mascaras de cartón piedra pintadas de negro y blanco y con los labios bermellón, sus capisayos floreados con la heráldica de los barones del Ponto Euxino bordada en hilos de seda dorados, sus guantes de seis dedos, albos, sin macula, a pesar de los siete días de alboroto, serpentinas y challas con que celebraban el miércoles de ceniza. Ardía el fuego lanzando fluctuantes llamaradas azules, crepitando en sus desesperaciones crematorias mientras la brisa noctámbula formaba remolinos incandescentes retorciendo las constelaciones de chispas que huían como mínimos destellos fugaces de la fogata que iluminaba los rostros impasibles de los zíngaros y de sus dragones domesticados. La noche se derrumbó sobre hombres, bestias y lumbre en una lluvia monzónica, una inmensa voluta botroidal de humo denso y amargo se elevó cruzando el aguacero entre el vórtice de estrellitas truculentas y el agua condensada en millares de pequeñas gotitas casi esféricas. Escurrió la sopa de cenizas arrastrando vertiginosos fragmentos a medio quemar de telas de colores charros, pedazos de cartón piedras con las muecas carbonizadas en blanco, negro y bermellón, pedacitos de escudos chamuscados de hilos color oro viejo, y dedos de guantes albos con el ribete negro carbón donde habían sido cercenados. Al amanecer solo quedaba un gran círculo gris donde estuvo la fogata, rodeado de huellas de pasos de pies descalzos y de pisadas de garras de dragón que la arena vitrificada ya había convertido en icnitas paleozoicas. Tangente al circulo ceniciento el ultimo avance del oleaje de la sicigia dejó una línea con los restos de la quemazón cementados con la espuma seca como un horizonte premonitorio y especular de aquel que se dibujó ese mismo día hacia el atardecer, con su disco solar y su raya de mar/cielo que se quedó petrificado de soledad y silencio cuando partió el ultimo carromato y emprendió vuelo tierra adentro el ultimo dragón agitando lentamente sus alas de murciélago prehistórico. Vale.


jueves, 16 de septiembre de 2010

EL PARASITO DEL PEYOTE (*)

Mientras que los aztecas lo llamaban "Carne de los dioses", los frailes españoles lo bautizaron como "Carne diabólica".

La bestia se fue acercando sutil, reptiliana, sigilosa, escabullendo las trampas de luz y las afiladas aristas de los grandes cubos amarillo metálico de los cristales de pirita que sobresalían de las paredes. En ciertos tramos se movía agazapada, aplastada contra el piso convirtiéndose en una mancha ocre rojiza vitrificada sobre las ondulaciones de las vetas sedosas del adoquinado de ágata jaspeada. Sus vistosas antenas helicoidales iban tanteando su avance en los muros, el piso y el techo tornasolado de donde parecían provenir las fulgurantes trampas de luz. Solo se escuchaba el típico sonido de las ventosas que se desprendían una a una con un chasquido limpio y seco de la superficie de calcedonia. Un penetrante olor a vitriolo invadía el lugar ajando las flores nacaradas de los gladiolos que crecían en las acequias del borde del piso por donde escurría un líquido lechoso y espumante del que se levantaba un tenue vaho azulino cada vez que era iluminado por las trampas de luz. El brujo, escondido entre las altas cañas de bambú sostenía tenso e inquieto el puñal ceremonial de filoso sílice transparente, listo para hundirlo en los belfos queratinosos de la bestia. La intensa luminiscencia carmesí de la ultima trampa de luz le mostró claramente que estaban separados apenas por seis o siete varas, alcanzó a ver las tenazas de cangrejo, la coraza calcárea con las hojosas protuberancias de dolomita que cubrían el cuerpo de lagarto acorazado del mismo color de la patina de oxido de hierro de los restos de los barcos naufragados en las playas de su infancia marina. Escuchó los chasquidos de las ventosas cada vez mas cerca, el roce apagado del soma dolomítico sobre la pulida superficie de ágata. Un parpadeo instantáneo de una trampa de luz iluminó la escena hacia el fondo de la gruta, pero demasiado lejos de donde se encontraban y solo pudo distinguir la silueta silúrica de la bestia recortada contra el fulgor rosado de la luz sobre las rodocrositas de la columna ritual. Ni siquiera pudo alcanzar a levantar el cuchillo litúrgico. Incluso se demoró en gritar porque la intensidad del dolor lo hizo estremecerse curvándose sobre si mismo y agarrotando sus músculos lo despeñó en un abismo de tormento inimaginable. Las tenazas tijeretearon la carne de su antebrazo izquierdo y de una de sus mejillas, después su vientre y el muslo derecho. Intentó enrollarse como un isópodo sobre el frío piso silíceo, escabullirse vencido y rastrero hacia los nostálgicos gladiolos perfumados, pero las tenazas lo cortaban aquí y allá sin detenerse, una de sus manos se aferró a una de las cañas de bambú pero fue cercenada de un solo corte atenazador. Se dio cuenta que la bestia tenia la capacidad de ver en la oscuridad total, se dio cuenta que las trampas de luz eran una de sus facultades innatas de depredador especializado, como las luciérnagas, las noctilucas o los peces abismales de las profundidades oceánicas, se dio cuenta que sus sentidos eran sinestésicos, que la bestia podía oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas con solo tocar un objeto o un cuerpo vivo, se dio cuenta que la bestia lo hería, lo sajaba, lo descarnaba solo por el placer de experimentar la intensidad de su dolor quizás en que colores, o sonidos o sabores, se dio cuenta que iba a morir destrozado por un perverso insecto subterráneo, por un alacrán desaforado de tamaño descomunal pero solo bestia, animal, instinto mecánico o bioquímico pero absolutamente irracional, él, el sacerdote brujo que había tenido la nítida visión onírica en los desvarío de la mezcalina de ese túnel, caverna o gruta, de esos bambúes sagrados que se elevaban hasta la altura de la bóveda formando una cárcel de tallos/barrotes verdes y flexibles, la visión de esa bestia extravagante atrapada en un confuso y lóbrego laberinto lineal, se dio cuenta que iba a morir ahí, incrustado en el mismo sueño premonitorio que lo había llevado a ese aquí y a ese ahora. Vio una última trampa de luz que estalló en destellos bermejos que se reflejaron en los belfos salpicados de su sangre, sintió el último dolor insoportable cuando una de las pinzas de la bestia entró entre sus costillas y atenazó su corazón haciéndolo estallar como una blanda fruta podrida. No alcanzó a ver lo que ya había pre-visto en su alucinación de peyote; sus intestinos colgados de los bambúes y de la columna del rito como si fueran guirnaldas de celofán violáceo que las trampas de luz iban convirtiendo sucesivamente en relámpagos verdes, amarillos, azules y rojos.


* Lophophora williamsii (Lem. Coulter)


Imagen: http://s41.photobucket.com/albums/e297/Mch921849/?action=view&current=brian_peyote_palms_b_o.jpg