jueves, 23 de julio de 2009

LA ULTIMA DE LA TARDE EN LA BASILICA DE LA MACARENA


Que se viene el grande astado por la calle de Bécquer, jijón algo bragado, astifino, cornigacho, acaramelado y con el pitón derecho astillado. Es un toro cuajado y engatillado que cruza boyante la gran reja de forja de la Basílica de María Santísima de la Esperanza Macarena. Adentro, en la capilla de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia el diestro ha terminado de vestirse de luces. Negra la montera, rizada y abundante en terciopelo. La chaquetilla es verde botella con alamares de oro, de las hombreras cuelgan los machos tambien dorados, la taleguilla del mismo verde, las medias rosa, el corbatín negro, y alba la camisa adornada con chorreras y botones de filigrana. Toma el capote y sale a la nave, y sin paseillo va a esperar a la bestia al pie del altar mayor. Desde arriba la imagen de candelero de la Macarena Virgen lo mira con sus ojazos negros envuelta en la pureza de su saya blanca y la esperanza del manto verde, con la belleza asimétrica de sus sagrados rasgos faciales: diferente curvatura de las cejas, distinta elevación de las alteas nasales, mejillas desiguales con diferente cantidad de lágrimas y distintas direcciones de las comisuras de los labios. Entra el tauro pifiante sin el debido respeto, con sus pezuñas casi resbalando en las pulimentadas baldosas. Mira furioso al toreador que lo espera imperturbable a porta gayola, embiste y se vuelve, una verónica, una gaonera y para terminar una chicuelina le bastan al toro que se queda quieto acezando cerca del cancel. No habrá puyazos en suerte de varas ni escurridizas traiciones de banderilleros bajo la bóveda de cañón, ni griterío de público taurino en las tribunas con arcadas con zócalo de mármol rojo. Sale a los medios el maestro a seguir la lidia toreándolo por los dos pitones. Y con torería, en una perfecta faena de muleta compone un rosario de muletazos bien ligados y rematados de toreo natural y contrario. Es que el encaste del toro regala embiste y reclama toreo. Con arte y maravillas templa y encauza el diestro las embestidas del miura. Los observan con fijeza el Cristo que recibe la sentencia de muerte, Poncio Pilatos sentado lavándose las manos en una palangana sostenida por un sirviente negro, Claudia Prócula implorando clemencia, un judío leyendo la sentencia, dos sanedristas y tres soldados romanos. Viene la suerte suprema, el matador cambia el mero aluminio por el mortal acero, alguien va a morir y ha de ser el toro, pero también puede ser el torero. Ya con los trastos de matar, el diestro se vuelve hacia la Macarena y le brinda la muerte que viene. Arroja la montera por encima del hombro sin saber que cae boca arriba. Sabe bien su oficio, la suerte ha de ser rápida y bien ejecutada. Atrae a breves capotazos a la bestia y la iguala, baja en la mano izquierda el engaño pero el toro apenas humilla, valiente se perfila con el estoque de matar en alto agazapado, brillando la muerte en su extremo, y se va hacia el toro, que le espera con sus dos cuernos encendidos. Pero cuando el espada se lanza al embroque, sus ojos toreros solo ven el estoque buscando que la estocada encuentre el hoyo de las agujas, descuidando en el volapié el resto de su cuerpo, que encuentra la honda herida en el pitón derecho, el astillado, del toro. La cornada inguinal le rompe la vena safena y la arteria iliaca, cae el matador no en soleada arena sino en frías baldosas cristianas. Nadie acude en auxilio, la basílica esta vacía. Se va como adormeciendo el toreador, y al poquito rato ya ha muerto. El toro pezuñea y sale a la calle de Bécquer llevando todavía en lo alto el pinchazo hondo del maestro. En la hora de la verdad solo compartieron la sangrienta fiesta, silenciosas pilastras de premonitorio mármol rojo. Nadie sabe que escondido en el rincón que da hacia el presbiterio, Francisquito mira extasiado la sangre color de oro viejo que corre como un dorado hilo de seda hasta los pies benditos de la Macarena, y ahí se empoza “justo al lado de la Virgen, justo debajo de sus enaguas”, mientras ella llora al diestro con sus cinco lagrimas cristalizadas.

ESPELEOLOGIA LOMBRICARIA

A Don Francisco A. Ruiz Caballero, explorador de asombros.


Bajo grutas, cavernas de agua

Llenas de monos

Underground, Barak Obama, 1981.


Inquietas lombrices excavan enmarañadas galerías en el suelo, mientras avanzan van ingiriendo las partículas de tierra y minúsculos restos orgánicos, hambrientas, fertilizantes, obsesionadas en sus túneles claustrofóbicos. Cavan desmesuradas distancias y profundidades aleatorias hasta caer siguiendo el curso extraños atractores en húmedas grutas kársticas. Insobornables lombrices, finitas como hilos de pálido rojo sangran atravesadas por cristalinas agujas de atacamita. Esos filosos cuchillos escondidos en conchas de crisocola, que en ellas consuman sus verdores evanescentes que duermen congelados en breves ríos concéntricos. Otras armas misteriosas y mortales tatuadas en junglas pétreas, yacen a la espera de vermiculares victimas cavernícolas, lanzas aprisionadas en geodas de cuarzos transparentes, puñales de cristales aciculares de yeso, de estibina, de rutilo, de asbesto, creados en los caldos ardientes de los insondables magmas subterráneos. Lánguidas lombrices se mimetizan con las flautas de travertino intentando evitar ser atrapadas en las sangrientas fauces del cinabrio de arcaicas impregnaciones, o en las monoclínicas garras arsenicales que habitan en el oropimente que enmascara los furiosos perros de oligisto, y mueren convertidas en hebras, hilachas, filamentos de metales entumecidos, fríos, rígidos, como bronces muertos, quietos, petrificados en insólitas posturas funerarias, abrumados de chispas de pirita y de aterciopeladas covelinas virulentas. En las inmensas y vacías catedrales calcáreas una danza de brillos, de reflejos, de destellos hieren las delgadas carnes, los espejos mineralógicos rompen la luz infiltrada en los íntimos prismas de sus cristalografías imposibles iluminando con los siete colores del arcoiris las lombrices, que aun lánguidas, insobornables, inquietas alcanzan a acoplarse en un ovillo hermafrodita de carne desesperada. Pero ya las ronda la muerte, y ese paroxismo sexual las arrastra contra las dagas y las adargas que aguardan letales en las líticas oquedades de la caverna. Después hay sangres rojas y anaranjadas, pestíferos fluidos verdes y azules, densas linfas amarillas o violetas, y un extraño liquido color índigo que fluye exfoliando los indefensos feldespatos. Aguas ácidas que penetran por las laberínticas galerías de las lombrices carcomen la lúgubre caliza, construyendo con milenaria paciencia blancas estalagmitas, como horripilantes estatuas botroidales, sobre los filiformes cadáveres cristalizados.

martes, 21 de julio de 2009

ROJOS

La tarde fue de juegos y libaciones traicioneras. Hacia la noche vino el arrebato de sexo sangriento, de desfloraciones de cuerpos nubiles sobre el tálamo albo y después florecido de íntimos rojos, cuerpos violentados, profanados con sagrada vehemencia. La humilde madrugada fue de miembros mutilados, aun humeantes, esparcidos en las alfombras persas como mustios e hinchados tallos de heridas rosas del preciso carmín de la sangre recién coagulada, ese mismo carmín que se esconde en la carne sajada o que arde después en el amaranto. Torsos ultrajados y vientres abiertos en atroces sajaduras, vísceras que se derraman convirtiendo en esperpentos vaciados lo que ayer era hermosura. Sangres que viven el rojo, fluyen en el carmesí y destilan densas gotas de bermellón. Heridas en abierto escarlata o encostradas en granate, sin solución de continuidad, amoratadas, inflamadas, al borde del agusanamiento. Putrefacción emergida de los ardores de la muerte violenta, premonitoria de los perfumados vahos que ahuman la llanura de los tártaros, del hartazgo de los buitres, de la carroña pobre de los escarabajos y los limpios huesos que la lluvia deja translucidos y los soles bellamente blanqueados. Un breve lodazal, una ínfima cloaca, un charquito fétido o una casi invisible mancha pestilente dibujarán el sitio de cada trozo de cuerpo, antes que aparezca la cal desmoronándose en hojuelas de tiza, buscando ser manchas difuminadas y hundirse en la tierra, perderse, desaparecer escondidos en los matices del ocre o de los ajenos rojos lateriticos. Y en ellos otra vez el rosa apagado y ambiguo, el estridente magenta envidiando el bermellón brutal o el charro escarlata, y el carmesí imperturbable que tiende al carmín, al borgoña, a morir con estilo como oscuro granate. La tarde fue de juegos y libaciones traicioneras, pero el atardecer en sus propios rojos ya preveía el juego de arreboles que incendiaria la noche.

CERBEROS IMPERIALES

Los mastines del Imperio recorrían las calles, atroces bestias negras, demoníacas masas tensas de músculos feroces, mimetizados en la negrura de la noche buscaban afanosos sus presas entre los asustados transeúntes trasnochados, los torpes borrachos que deambulaban a deshora buscando la puerta que muchas veces no alcanzarían a cruzar, la meretrices ingenuas que aun creyendo con una fe imposible que la medallita de la Virgen del Socorro las libraría de los demonios del Imperio, se atrevían a pararse en las esquinas solitarias. Orinaban en los parques bajo los altos magnolios o en los pedestales dorados de las estatuas del Emperador, defecaban aquí, allá y acullá libres de culpa porque eran los Cuidadores, lo guardianes sangrientos de Imperio. Durante el día dormían en las esquinas mas concurridas, en medio del trafago tumultuoso de la ciudad que con la luz olvidaba las sombras. Solían dormir hasta la media tarde, retozaban un rato entre ellos, se olían, copulaban, y mientras atardecía deambulaban rastrojeando los tachos y bolsas de basuras en los húmedos pasajes donde los restaurantes depositaban sus desechos. Su dieta era estricta, carnes magras, pato, salmón, o camarones, aunque no despreciaban un buen trozo de chunchules con salsa picante. No bebían agua, sabían instintivamente que después la cacería nocturna les aplacaría la sed con la sangre fresca de sus victimas. Porque así habían sido entrenados en los secretos caniles del Imperio, solo morder y rasgar la carne para apurar el desangramiento, cortar la yugular, o romper la traquea oprimiéndola para estrangular a la victima. Jamás comerían un pedazo de esa carne vil, solo se les enseñaba a beber la sangre cuando aun borboteaba de las heridas mortales de los odiosos intransigentes. Pero lo mas estricto de su adiestramiento estaba dedicado a permutar su natural habilidad para oler el miedo por una refinada capacidad para reconocer el olor de un anarquista. Los entrenaban haciéndoles olfatear las ropas, a veces sanguinolentas y sudadas provenientes de las mazmorras del Imperio, que habían pertenecido a comunistas, libertarios, palestinos, sindicalistas, voluntarios irlandeses, terroristas, etarras, revolucionarios de todos los países e ideas, hasta de los mismos Tigres de Liberación del Eelam Tamil. Sus fauces se entrenaban en los crueles, pero legales, interrogatorios de marxistas de palabra u obra, intelectuales de izquierda, contrasitemicos, antiglobalicionistas, radicales, intolerantes, solidarios, antirreligiosos, independentistas, en fin, los inconformistas de siempre. Una tal Agencia Internacional de Seudointeligencia, aportaba por contrato una cuota mensual de cebos vivos para esta delicada fase del entrenamiento. Allí mientras destripaban a los ácratas, patriotas e ingenuos bienintencionados, les enseñaban a no comer esa carne ponzoñosa y a lamer la sangre dulce y fluida recién derramada. Y sobretodo a remarcar su ancestral instinto de no hacer prisioneros. Después de tres años de incesante y disciplinada preparación los largaban a hacer calle y husmear a cada uno de los transeúntes con que se cruzaran, en busca de los malditos desagradecidos que no querían reconocer las bondades y la tranquilidad moral que brindaba el Imperio a todos y cada uno de sus amados súbditos.

lunes, 15 de junio de 2009

APUNTES CREPUSCULARES


El sol era una esfera inmensa, perfecta y pura detrás de la intrincada trama de la silueta de un ramaje deshojado. Las calles tenían esa quieta luz mortecina de las joyas antiguas, las pocas personas que vi no tenían rostro o este apenas se desdibujaba en la opacidad del crepúsculo por consumar. Aquella circunferencia roja, imponente, agonizaba quieta mientras su borde fluctuaba en medio del estallido de ese su propio rojizo inquietante. Las lentas naos del ocaso iniciaban cansadas su última navegación en silencio. Con el alto velamen tremolante torcían su rumbo hacia la noche siguiendo un oriente equivocado. Perros color violeta rastreaban los pasos en las largas calles solitarias, aullando contra un azul que se oscurece escurriendo entre una secuencia de matices furiosos; un instante verdiazul que no cuaja se hunde sin dejar huella ni eco porque la verde intensidad de otro oleaje siniestro se despliega socavando el horizonte, luego hay un reverbero dorado verdoso buscando, sin llegar a consumarse, el amarillo final de un estremecimiento oceánico. Anaranjados peces incandescentes surgen de la espuma sobre un ancho mar ensangrentado. Se apagan las llamas crepusculares enrojecidas de muerte, huyen los rojos hacia el púrpura lejano. De vuelta ya el sol había desaparecido en su naufragio cotidiano, pero la llamarada feroz de su ocaso aun permanecía allá lejos contra un horizonte pervertido por las techumbres, los postes y el enmarañado pentagrama de cables negros que seguían con mansedumbre la inevitable catenaria gravitatoria. El poniente era un cielo sucio, de una tonalidad perversa del índigo. Un raro silencio, más bien ruidos acolchados por un aire denso, detenido, abarcaba la amplia cúpula de cielo. Cuando volví a mirar, el poniente era un pequeño y leve resplandor de un amarillo pálido, pringado, ambiguo. Las aceras habían recuperado las basuras y la fealdad irreverente de las gentes. El austero plenilunio, allá atrás, iniciaba lentamente su fría fiesta nocturna.

INSULA BRIOFITICA

Un disco solar, distinto, un tanto oblongo, girando sobre su eje menor se desplaza en el tibio cielo café amarillento, cercano al dorado del oro antiguo, que cada cierto intervalo destella aquí, allá y acullá en relámpagos de intenso violeta. Es un sol frío, azulino, y más pequeño que nuestra Luna. El mar quieto como un espejo de azogue carcomido por minúsculos hongos mercuriales lo reflejan con la extraña perfección de una litografía. La isla asoma iridiscente, esmeralda convexa de infinitas caras, por sobre la superficie muerta. Está cubierta por una espesa jungla de musgos inmensos que a la distancia semejan altos sequoias o gordos baobabs, palmas como lechugas elefantiásicas y abusivas algas telarañicas. Extrañamente todas las plantas, sin importar tamaño o morfología tienen exactamente la misma tonalidad verde esmeralda cercana al Chartreuse. La topografía es monótona, de una convexidad simétrica respecto a un eje central, mismo donde crece el musgo de mayor altura, el Arcangelis nonatus, irrisoria variedad acromegálica del Ceratodon purpureus. Ha enraizado a la salida de una vertiente termal de aguas carbonatadas, lechosas y burbujeantes. Esas aguas malsanas son el único abrevadero de toda la isla. Allí deben ir a saciar su sed los leones y dragones, únicos habitantes de la ínsula Sharión. Como era de esperarse, los dragones son herbívoros, musguívoros sensu strictissimo, y los leones carnívoros, dragonívoros stricto sensu. Estos felinos ominosos son una rama bastarda del león de Abisinia, de cuerpo más robusto y pelaje mas intenso en el típico matiz del ocre abisinio. Los dragones, Drakus sharioniis, es sabido son descendientes terrestres del celacanto de Sulawesi. Sucede que los grandes dragones cuando satisfacen su sed en la borboteante vertiente, sus escamas van tomando una tonalidad ambarina, translucida, que a los dos o tres días ya está convertida en una transparencia perlada tirando a iridiscente. Entonces a través de su escamaje se observaban sus vísceras, su osatura, sus músculos y las finas ramificaciones de su sistema linfático, como un amasijo sanguinolento de amarilla sangre en una alargada botella de vidrio incoloro. Turbador espectáculo es ver estos geles vivos y pifiantes bajo los destellos violeta de los periódicos relámpagos de ese intenso violeta que iluminan la isla. No sucede lo mismo con los leones que se van poniendo de un patético color blancuzco, hasta llegar a verse indigentes, canosos, como sucios albinos. En Sharión no hay silenciosos y poéticos crepúsculos, pues antes ocultarse el sol azulino por el horizonte marino, por ese oriente perfectamente horizontal, sin la curvatura esperada, ya asoman entre las alegres tonalidades amarillo verdoso las bandadas de pájaros blanquinegros. Aparecen vertiginosos desde el punto de fuga por donde ese sol madruga. Su ensordecedora algarabía de incansables y muy desagradables craqueos y chillidos, ya sean machos o hembras, suele durar hasta más allá de la medianoche. Son los carroñeros, que limpian con minuciosidad de relojero la isla día a día, mondando los restos cartilaginosos de los dragones atrapados y los canos cadáveres hinchados de los leones que se van muriendo de viejos. No es raro que sus últimos ecos alcancen la mortecina luminiscencia azulina del alba.

FANFARRIA TAURINA

A Don Francisco Antonio Ruiz Caballero, con respeto.

Chirrea el solazo sobre los tendidos del coso de la Real Maestranza de Sevilla, la arena quieta fermenta en la espera de la sangre fresca de bestias y maestros. Las setenta farolas de hierro soportan impasibles la bullanguería irrespetuosa de la afición mientras en allá abajo los diestros rezan a la Macarena para que no sea su sangre la que adorne con rojos geranios el hambriento arenal. El cartel es vanidoso en nombres y glorias sus tres espadas; el valenciano Juan Serrano Pineda “Finito de Córdova”, y los sevillanos Francisco de Caballero, “Francisquete”, y Antonio Ruiz, “El Jodido” se repartirán en suertes toros de Jandilla y del Excmo. Sr. Conde de la Maza con lleno de "no hay billetes".

De los chiqueros sale asustado un toro verde, el primero de la tarde, con dos puntas descomunales, dibujando con su sombra delicados lirios mortales, es violento, salvaje y fiero, pero verde. Coqueto en su brillo de esmeralda sobre trigales. Y Finito no tuvo toro en su primero que abrió plaza, animal que viajaba ya al paso en el capote, que no admitió nada más que dos picotazos en el caballo y que se fue a la arena con nada que se le obligó algo en banderillas, nada de nada. El torero no pasó de las probaturas, aunque no había para más. Incluso antes de cuadrarlo para entrarle a matar claudicó el jandilla, sin casta ni fuerza. Y de la quieta mata verde como loro, salieron los crespones de sangre roja, mustia miasma sobre la valiente arena.

De toriles sale mugiendo su furia el segundo tauro inclemente. Es rojo el toro, en púrpura teñido, fiero, iracundo, con sus dos amigos tremebundos llenos de antojos. Sus negros ojos contrastaban con su rojo púrpura inmundo, un ascua la plaza y un ascua el mundo, y era de zarza roja, rojo manojo. El torero brillaba de azul rabioso como un ángel precioso, y la apuntó en su primero, animal que no remataba el viaje, al que le faltaba un tranco, de recorrido escaso, pero al que acertó a dejarle la muleta puesta para tirar de él con suavidad. No pasó de correcto el hombre, al que le faltó también cruzarse más, pero la pulcritud con la derecha en series cortas y la gracia en lo accesorio fue bastante para recoger una ovación. Y acertó con la espada muerte segura. Y al traspasar la carne la dura espada surgió sangre violenta, sangre morada, más púrpura que la esencia de su pintura. Y florecieron rojos claveles como violentos volcanes crueles.

El que no tuvo toro alguno fue El Jodido. Se le vino de adentro un toro azul celeste, rabioso salió al ruedo con sus dos cuernos malvados, víboras iracundas, fieras, agrestes, fino marfil sobre ese tonito celeste. Mas que terráqueo el toro era un alíen extraterrestre. Lueguito comenzó a pararse en banderillas y acabó tumbado al llegar a la muleta, tanto que hubo que apuntillarlo antes de su hora, sin que tan siquiera cogiera la espada el burlado matador de turno. Y brota entonces la sangre como la tinta, y púrpura sobre azules, en el ruedo se posa una mariposa morada.

El cuarto, segundo de Finito, fue un raro toro amarillo limón, musculoso canario, que si al inicio causo risas mostró en la faena un tanto de raza y casta yendo con cierta nobleza al engaño. Al menos se movió. No llevaba dentro nada del otro mundo, pero pasaba queriendo apuntar algo bueno. Esta circunstancia y que Finito estuvo delante sin terminar de convencerse terminaron por poner al público de parte del animal. No era para tanto, pero el torero puso lo suyo para que el tendido se decantase por el toro. Despegado al manejar la izquierda, por el derecho estuvo entre desordenado y un punto acelerado, en definitiva, sin centrarse, sin terminar de meterse para ayudarle a desarrollar. Así que desde arriba se vio más toro que torero, que no convenció a nadie. De bueno lo salvaron los pañuelos, o de tan bonito que era, porque los tendidos de sol y a más los de sombra no quisieron carmines manantiales para el toro limonero. Y sin cruel delito se guardaron los filos del acero.

Y vino el aquelarre cuando el torilero abre el portón del quinto de la tarde y sale pintado con pintauñas un fiero toro rosa, cancerbero lascivo de los infiernos que nunca vieron rosa ni torearon. En el saludo, hubo pinceladas con el capote marca de la casa, dos verónicas de sabor francisquista y en el quite, una media con mucha tela arrastrada y de exquisita interpretación. Ya con la muleta, con el toro embistiendo tambaleante aunque con voluntad de seguir el engaño, a pesar también de dar signos de mansedumbre, el torero se cruzó, lo obligó y le aguantó sus parones mostrándose, por momentos, arrogante. Y entre tanto, el animal cada vez más rajado, haciendo juego con el rosa malvado, aprovechó el hombre los viajes con cierto gusto, aunque contando siempre más la actitud que las artes prístinas del toreo. Pero su plaza lo celebró mucho, y como era rosado no daba miedo, el torero se le fue arrimando, y mas aplaude el ruedo, y confiado el héroe de pronto tiene una de las espinas de la rosa clavada en pecho, y un perfume a muerte fucsia de golpe viene de las luces del traje trágico del torpe matador. Bebió entonces la arena esa sangre dulce con la venia de la Macarena.

Y en la ultima de la tarde salió sobre al albero fiero y dorado el sexto toro, en su dura testa dos traicioneros mambas enloquecidos también de oro pintados. Parecía colega fiero del león y del tigre ilimitado, pero fue distraído y soso nada más salir al ruedo, además se rajó pronto. Curioso que lo brindara El Jodido y que planteara faena en los medios. El animal, manso, no quería nada, pero mucho menos allí, así es que buscó las tablas con la prisa prostibularia del cobarde. Era la plaza un ascua de cristal puro, todo brillaba limpio, hasta lo obscuro en que la sombra al toro desmerecía. Y al clavarle la espada púrpura horrible brotó sobre el dorado inmarcesible como una flor granate, caliente y fría. En la arena, dorado sobre dorado, un malum granatum encontró la primavera.

Raya para la suma; siempre es un tópico decir que algún torero le ha tocado el peor lote. Pero que hoy ha sido cierto y descarado. Corrida, mal presentada por desigual, con algunos ejemplares feos de hechuras y tipo, pero todos, eso sí, harto colorinches. Así que en este contexto, la muerte de Francisquete por el quinto fue argumento suficiente para el aplauso final poco alargado, un homenaje de poco peso para el que también contó el calor de sus paisanos. El resto, vacío. La corrida de ayer en Sevilla no dejó poso alguno. Y no lo hizo fundamentalmente por los toros. El encierro de Jandilla y del Conde de la Maza, sencillamente, no funcionó. Toros en el límite, y menos, de la casta y de las fuerzas, y así, unas veces parados y otras cayéndose, incluso rozando el escándalo, y mejor no hablar la charrería brutal de los colores.

Nota.- En toriles se quedó pezuñeando un sobrero de plata. Con la luna en su pelo y brillo de acero. Relucía plateada la res viciosa esperando en vano conocer en la espada la honrosa muerte, para que al darle la estocada la blanca plata se empurpurará lasciva en sus hondas escarlatas.

Fuentes bibliograficas.

i.- Obras de Francisco Antonio Ruiz Caballero:

Tauromaquia para un Toro Verde.

Tauromaquia para un Toro Rojo.

Tauromaquia para un Toro Azul.

Tauromaquia para un Toro Amarillo Limón.

Tauromaquia para un Toro Rosa.

Tauromaquia para un Becerro de Oro.

Tauromaquia para un Toro de Plata.

ii.- http://www.diariocordoba.com/noticias/noticia.asp?pkid=478899

ORGIASTICA PARAMECICA

Todo sucede en la tenebrosa opacidad del extremo mas profundo de un charco de quieto fondo arcilloso, hay algas de largos cabellos que como lamas clorofílicas filtran la luz solar dando un ámbito surrealista a la mínima cuenca. Es un breve mar de los sargazos de aguas de transparencia bohemia enjoyada por acuciosos y diversos matices del verde. Son los primeros días de una tibia primavera y la poza es un vestigio perdido de la ultima lluvia. En sus bordes flotan pequeños restos vegetales digeridos, provenientes de bostas frescas de los bravos miuras que pastan en las cercanías. Siluetas transparentes de contornos ciliados, vivas elipsoides alargadas y un tanto asimétricas se deslizan en caóticas trayectorias, ángeles casi invisibles, móviles transparencias inmersas en la quieta transparencia del agua mansa. Gradualmente comienzan a reunirse bajo el influjo de un misterioso atractor extraño, primero es un cúmulo de diez o quince, después un granulo vivo de decenas de puntos traslúcidos, luego un cardumen de centenas y centenas, quizás miles, como una esfera de limites difusos, variables, que laten sinuosos siguiendo una geometría atrabiliaria. De súbito un estremecimiento contrae la esfera y la vuelve a expandir en un destello fugaz de instintos desatados, y movida por esas contracciones la esfera rueda silenciosa en el espacio acuoso hasta enredarse en las lamas verdeantes. Ahí, en ese rincón del charco musgoso se inicia entonces una bacanal ilimitada, miles de paramecios se entregan a sus instintos reproductores, no hay placer en sus arrebatos licenciosos, solo la lucha primitiva por dejar sus huellas genéticas en las generaciones venideras. Minúsculas masas vivas de unas pocas centésimas de milímetro enloquecidas en un paroxismo de variaciones kamasutricas. En medio de la algarabía multitudinaria solitarios onanistas se autoprovocan las mitosis micronucleares para luego bipartirse en clones de si mismos. Más allá impúdicas parejas nadando apaciblemente mientras se conjugan intercambiando materiales de sus micronúcleos a la vista de todos, se han convertido en groseras masas pegajosas para adherirse uno a otro por sus superficies orales y abotonándose en un erótico beso protoplasmático. Otros en sutil autogamia fusionan sus propios micronúcleos, bisexuales hermafroditas asexuados en un rito parecido a la conjugación pero que ocurre dentro de un solo individuo. Por ultimo, escasos paramecios, los mas anormales, ínclitos masturbadores degenerados se entregan con depravada urgencia a la hemexis, en la que solo el macronúcleo se divide, o a la viciosa citogamia, esa inútil conjugación sodomitica sin intercambio mutuo de pronúcleos. La bola fluctuante como un mondo radiolario sin espinas se mantiene a medias aguas, atrapada por las delicadas algas, entre los verdes fulgores de sus látigos clorofílicos. Pequeñísimos animálculos se desprenden del globo orgiástico, son paramecios hijos, aun vírgenes, que abandonan el cardumen para escapar de las violaciones, estupros y desfloraciones que les promete la excitada miríada de padres, tíos, parientes y desconocidos que ya no respetan edades ni filiaciones. La orgía no mengua su ritmo, por lo que la horda de paramecios ebrios de reproducción no se dan cuenta que la pequeña ciénaga es ya una mancha miserable, una membrana lisa sobre el fondo arcilloso donde el redondo granulo paramécico esta a pronto de asomarse al aire reseco y mortal. Y es que arriba, fuera del charco, el impenitente sol del mediodía rápidamente ha ido evaporando esa poca agua, la poza es ahora casi una impalpable laminilla de humedad soportada apenas por las fuerzas intermoleculares de la interfase agua-aire. La desenfreno lascivo se detiene bruscamente, sienten que han cruzado el umbral que desemboca en la muerte, los miles de paramecios saciados y exhaustos comienzan urgidos del delirio de sobrevivencia a rodearse de una capa protectora contra la horrorosa desecación, no todos lo logran y cristalizan en infinitesimales vidrios inertes, mientras los victoriosos se convierten en quistes, breves momias granulares que le mantendrán así en un estado de letargo durante el tiempo necesario para que vuelvan las alegres charcas, esos talamos de muchedumbres donde abundará otra vez el sexo incontinente, pero como siempre sin una pizca de libidinoso placer. Vale.

MICRONIRIA

Inmensos radiolarios giran lentamente como inverosímiles soles silicios, iridiscentes y translucidos ocupando el espacio con imponente mansedumbre paquidérmica, esferas perforadas vestidas de finas agujas venenosas, o barrocas coronas de los zares de todas las Rusias, de emperatrices silenciosas, de meretrices multicolores e impúdicas de carnavales en el Rivus Altus. Otros son retruécanos topológicos semejantes a cráneos de reptiles neocomianos, blanco ahuesado con incrustaciones amarillas o rojo ladrillo, hay estrellas pentasimétricas, cruces bizantinas, triángulos inflamados, hinchados a punto de reventar, dagas florentinas, campanillas renacentistas, agujereados tambores vaticanos y oníricas lámparas colgantes, mínimas joyas imaginadas por un orfebre desquiciado, toda una cristalería surrealista que rompe la realidad con sus truculencias insensatas. Giran lánguidos y perfectos en la tibia sopa verdosa, en esa densidad orgánica que se abre y cierra flameando a su alrededor, acariciándolos con la amorosa delicadeza de una madre alienígena. Una bandada de blanduzcos paramecios cruza entre ellos moviendo sus miríadas de cilios, abriendo y contrayendo sus vacuolas como microvaginas en celo, elipses, sandalias, gordas serpientes evanescentes que se retuercen escabulléndose entre la joyería de diamantes carcomidos, evitando las afiladas agujas ponzoñosas. Rápidamente desaparecen en la opacidad verdusca de la suave jalea viva. Los radiolarios inmutables giran sin cambiar ni un ápice sus misteriosas orbitas o sus adormecidas rotaciones. Abajo, la lisa superficie es una arenilla de conchas intraectoplásmicas de foraminíferos arbitrarios, complejas flores quitinosas, cornos retorcidos, amonites de bisutería turca, caracoles involucionados como monstruos prodigiosos, que yacen fosilizados durmiendo en su nacarado muerto, como premonición inevitable de lo que un día serán aquellos soberbios radiolarios que rotan allá arriba, a medias aguas, dejando caer insensibles sus excrementos sobre el quieto cementerio calcáreo. Hay un eco de apagados cloqueos y un siseo acuoso que se acerca en la brumosa verdosidad, y de pronto el espacio entrerradiolarico se llena de cristalinas diatomeas, con sus bellos y ornamentados frustulos de dióxido de silicio hidratado titilando en sus transparencias fantasmagóricas. Las valvas asimétricas se abren y cierran expulsando un líquido mefítico que disuelve las puntas de las agujas de los radiolarios. Poseen exactas geometrías radiales o bilaterales, y en ellas la perfección minuciosa de los exquisitos arabescos de los sutiles enrejados de la Alhambra. El enjambre como una nube de langostas avanza rápido e implacable, disolviendo, chocando, rompiendo todo lo que encuentran a su vertiginoso paso. Dejan una estela de fragmentos de radiolarios cayendo hacia las profundidades y desaparecen hacia la glauca penumbra. Un sabor a deliciosos nutrientes se difunde por la verde sopa primigenia, sangran las resplandecientes criaturas, las linfas de esos inverosímiles soles silicios, iridiscentes y translucidos, se esparce como un suculento perfume. Vuelven los paramecios como hienas hambrientas, precipitándose sobre los tristes radiolarios heridos, que con sus espinas romas e inútiles y sus esqueletos de vidrio abiertos a la rapacidad de los depredadores, son ahora solo hermosas victimas indefensas. Los ingerieren por sus surcos y cavidades bucales, los llevan por los babeantes citostomas hasta las citofaringes, allí los envuelven en horrorosas membranas que se invaginan fundiendo sus bordes, formando vacuolas alimenticias donde la nutritiva victima es digerida y absorbida hacia el citoplasma, así hasta llegar al citopigo, donde las membrana se fusiona con la membrana celular y expulsan los tintineantes desechos. Al cabo de un corto tiempo en la tibia sopa verdosa primigenia, en ese denso caldo orgánico solo quedan abotagados paramecios, desplazándose lentamente, como musgosas suelas de zapatillas arrastradas por invisibles corrientes. Vale.

viernes, 8 de mayo de 2009

JUDIT JUDIA


¡Ay de las naciones

que se alzan contra mi raza!

Judit 16:17

La hija de Merarí, el hijo de Ox de la tribu de Israel, camina de vuelta a su Betulia seguida de la criada que lleva sobre su cabeza la cesta que ahora contiene la cabeza degollada del gran Holofernes, jefe supremo del ejército de Nabucodonosor, vencedor de Put y Lud, de Cilicia, de Sidón y Tiro, de Oquina, Yamnia, Asdod y Escalón, y de los madianitas, a los que incendió sus tiendas y saqueó sus aduares. Su rostro, el de ella, va triste e imperturbable en su belleza desesperante, su mano izquierda sostiene una sarcástica rama de olivo pues en la derecha aun sostiene la ensangrentada cimitarra asesina. Su túnica de muchos vuelos es del color del añil como el cielo cirroso que enmarca la santidad de su aristocrática cabeza, pero extrañamente desteñida hasta unos suaves matices del ocre. Es alta, fina, estilizada, y aunque no es virgen porque es viuda de Manasés, el que murió de insolación en la cosecha de la cebada mientras estaba en el campo vigilando a los que ataban las gavillas, tiene la hermosura fría y distante de la Superbia de un encanto veneciano. Hay desdén, sutil arrogancia, e inquietante dulzura en ese semblante de diosa impoluta, aunque no lo es, y una dejadez de saciada hembra áfida en el cuerpo de piel muy pálida que se esconde en el sayal. Ya carga tres años y cuatro meses de desolada viudez recogida en su casa, hizo construir un aposento sobre el terrado de la casa, se ciñó el sayal del dolor, y ayuna desde que enviudó, excepto de los sábados y sus vigilias, los novilunios y sus vigilias, las solemnidades y los días de regocijo de la casa de su tribu. Ha heredado de su difunto oro y plata, siervos y siervas, ganados y campos, de los que ella es dueña absoluta, y nadie puede decir de su austera vida una palabra maliciosa, porque es temerosa de YHWH. Ahora ha degollado a Holofernes, embriagándolo con sus bellas facciones, su exquisita educación y su casta coquetería de doncella piadosa, aunque no era virgen, y luego lo volvió a embriagar con el vino de las dulces vides de tierra de Judá hasta que cayó dormido. Entonces tomó de su propia cimitarra, se acercó al lecho donde el borracho dormía, agarró la cabeza por los cabellos y pidiendo fortaleza al Dios de Israel, descargó dos golpes sobre el cuello con todas sus fuerzas, y le cortó la varonil cabeza. Su criada camina rápido, casi corriendo, hay miedo en su pequeña cara morena de esclava nubia, su mano izquierda sostiene la cesta con la cabeza mutilada semienvuelta en una sabana blanca, y la derecha arremanga su túnica de color anaranjado para mejor correr. Ella no, nada teme porque su mano asesina fue la mano de la justicia y la ira de Yahvé. Porque Jehová, es su único Dios. Mas abajo se ven los campos feraces, y a lo lejos recortadas contra el añil cirroso las suaves colinas verdes que rodean Betulia, y los altos muros de la ciudad sitiada y los ciento veinte mil infantes y doce mil jinetes, y los tantos esclavos encargados del bagaje. Hay también un árbol de delgado tronco café rojizo cuyo follaje verdioscuro intenta besar la mejilla de la judía. La escena tiene la ambigüedad inquietante de ciertas pesadillas, porque si se borraran la cimitarra con su filo sangrante, la cabeza de la cesta, la muchedumbre de infantes y jinetes asirios, con sus esclavos y sus tiendas de campaña, y se dibujaran sendas sonrisas sobre los rictus glaciales de las bocas de Judit y su criada, el paisaje tendría la bucólica quietud que tuvo en los remotos tiempos del reinado de los justos. Solo en su adelantado pie derecho, que calza una delicada sandalia y asoma por el borde de la túnica, se descubre que no es ella, Judit, pues es el pie de la muerte, y sus dedos huesudos sobresalen cadavéricos bajo la cubierta amarilla del empeine de la sandalia. No se condicen con la perfección inmaculada de la judía homicida. Esas falanges luengas, deformes y casi momificadas, esa piel reseca que tiene esa inconfundible textura de la carne muerta hace siglos, no pertenecen al mismo cuerpo angelical, aunque no virgen, coronado por ese rostro de belleza desesperante. Y en un ultimo detalle no menor, por delante de ese pie en la misma laja que pisa, se pueden ver como un raro reflejo imposible, unas hendiduras en la roca que repiten uno a uno esos cinco dedos de la muerte, como si ese mismo pie ya hubiera dado ese paso. Vale.

(Texto escrito a partir de ‘El Retorno de Judith’ de Sandro Botticelli, 1472)