domingo, 20 de julio de 2014

ALLÁ LEJOS, EL INTENTO


A Edmea Tetua

Donde el púrpura se desvencija en sus horizontes de torreones derruidos y altos peñascos roídos por los vientos de los últimos atardeceres, en esas fúnebres oquedades de los acantilados que dan a los mares del destierro, a las oceánicas corrientes que trasiegan los peces a sus clandestinos desoves nocturnos entre las algas de los sargazos. Las albas de transparentes medusas y lentos celacantos, el equinoccio socavado por los bosques incendiados y los aullidos de los perros hambrientos, la soledad color malva, el salobre sabor del agua de los charcos donde los rinocerontes extinguidos beben las lunas temblorosas, el espejismo y el sosiego, la turbulencia que detenta los zafiros de la madrugada que se esparcen entre brumas y pájaros extraviados. Los molinos que trituran las horas más lúcidas, el pergamino que va escribiendo en tinta roja sangrienta los avatares de los vagabundos, los insanos y los poetas, la música vertida en acrobacias de libélulas sobre los espejos del agua estancada de los paramecios y las amebas. Allá donde los tigres se empantanan de tristeza en las marismas anochecidas y los buitres duermen sus insomnios en sus vuelos carroñeros, donde vaga una sombra escondida del plenilunio y del naufragio en los cañaverales de las orillas. Sobre los desiertos pedregosos del solemne embaucador, lejos de los tumultos y las cumbiambas, en los turbiales, en el fango de las negras arcillas, del ocre de los óxidos de hierro y del rojo venenoso del cinabrio, enredado en el tupido velo de soberbia de un dios hastiado de serlo. La marca de la mano ausente, el hueco, el vacío que deja sin su tibieza maternal como las grietas en los muros de adobes, su presagio de pérdida irrecuperable, de decadencia, de ocaso, de definitiva conclusión. La máscara de porcelana, su lividez de nardo o magnolia impoluta, ese rostro pálido de labios apretados en una línea de silencio o desprecio, su altivez desesperante de lacónica emperatriz, las manos largas y frías, el tornasolado cambiante de sus ojos inmortales, su hostil desapego a la burda y fragmentada realidad, sin aceptación resignada, sin pena ni gloria. Donde los cuarzos entibian sus cristales en las drusas incrustadas, en la brevedad de las cenizas, y en los vestigios reverberantes del solsticio por donde las singladuras no siguen los rumbos del imán sino el murmullo perpetuo del místico oleaje de su voz que se sumerge escorándose lentamente hacia los abismos del olvido sin retorno mientras la nave va. 

viernes, 11 de julio de 2014

INNEVAZIONES


Para Nieves María del Carmen Merino Guerra, amiga en los neobarrocos ultramarinos. 

No cae la nieve, se eleva pájaro esfera pluma, humo o nube, no cae alba en su albura, vuela alto busca azul cielo, burbuja iridiscente, inicia alturas desatando las palabras de las cornisas, aprendiendo el idioma de las gárgolas, los códigos misteriosos de las gaviotas isleñas, el lenguaje pedregoso de los oleajes en las grises arenas volcánicas, para enviar sus mensajes de náufraga tierna y solitaria encerrados en los cristales de sus versos por las furiosas corrientes oceánicas, asombrando a los peces sagrados y a las algas de los roqueríos continentales, al oscuro celacanto escondido en las negruras de sus abismos y a las medusas que danzan transparentes en todas las espumas. No cae la nieve, se alza ingrávida sobre horizontes y cúpulas, sobre templos y tumultos, invocando las soledades telúricas cercadas por los mares del silencio, no cae blanca en su pureza de aguas congeladas, sube vaho quebrando las brumas marinas y los arreboles de lejanos atardeceres, conspira con palabras en susurros delicados, en su sonrisa esparcida, en sus tentaciones barrocas. Se derrama, se estarce, se delinea en su silueta de esfinge imposible, navega rumbos sin nortes explorando las otras islas de los antiguos mapas de los delirios y de las inspiraciones, cava en lavas incandescentes, socava los acantilados y atrapa las lluvias escasas en sus orígenes climáticos, entre el reseco anticiclón y la humedad constante de los alisios que se vierte en las vertientes de su barlovento. No cae la nieve, se incrusta en los índigos y los azules de los atardeceres entre cirros, cúmulos y estratos, blancos albos confundida, mimetizada acechando las desperdigadas estrellas del crepúsculo, se hace noche nívea sobre los techos silenciosa, algodón o plumas, seda inmaculada, se viste de novia y sueña desenmascarada, inmersa en la arena de los cuarzos, envuelta en el albor de los mármoles y los ópalos, estatuaria en su blancura atlántica, en su archipiélago volcánico entre altas fumarolas y lavas vertidas en las sales marinas, se iza sobre magmas y extrusiones de basaltos y traquitas, se deshace en copos de palomas o petreles, se inunda, se anega, se enarbola banderola al viento más alta que los cantos erodados, que las cenizas conminuidas por el tiempo, más alta que los imaginarios de las perlas deformadas, más alta que los vuelos migratorios, que los velámenes de las naves que siempre se van perdiendo en los profundos límites de la mar, más alta.     

martes, 8 de julio de 2014

E LA NAVE VA


«Una fantasía, si es auténtica, lo contiene todo y no necesita explicaciones.». Federico Fellini.

Ya nadie sabe donde se van a esconder los delirios cuando vos Maestro no los desarmes ni los tritures en sus topacios y sus rubíes coronados en sus espantos de medianoche sobre el filo mustio de la luna menguante, cuando no sepamos si enmudeciste porque se te abarrotaron las venas de los sacrificios sangrientos o te abandonaron los pájaros del éxtasis de la contemplación en medio de alguna calle de tu Sevilla cerca de la Plaza del Pumarejo, o simplemente dejaste el espacio donde te inclinabas a contar las huellas de los saurios y ahora andas por ahí especulando sobre las nervaduras de las alas de las mariposas con la vista en alto tan alto que ya no ves las miserias que ibas borrando con tus verbos embarrocados hasta los mismísimos delirios que desarmabas y triturabas para que nadie dijera que mentías cuando relatabas en la voz de tus demonios los viajes a los profundos territorios de la locura. Quizá en esas travesías se te fueron escarchando lo recuerdos y el mañana temprano se te volvió cenizas y cuando despertaste del otro sueño, del verdadero, no encontraste la madrugada y seguiste durmiendo para que no se te volaran los ojos con los que mirabas los objetos en sus reales tornasoles y observabas los microscópicos imaginarios de las geografías extraviadas en los antiguos portulanos, las zoologías de las salamandras inverosímiles y las misteriosas botánicas de los musgos y los helechos sangrientos. O se te entumieron las manos con el frío de las cumbres en las alturas marfileñas de tus desvaríos por rastrear los senderos de la belleza sin saber que: 
Los siglos que en sus hojas cuenta un roble,
árbol los cuenta sordo, tronco ciego;
quien más ve, quien más oye, menos dura (i).
Y ahí se están quedando para los siglos los vestiglos y los endriagos que habitaron tus mundos divididos, escindidos, hendidos o rotos, ahí las sublimes mutaciones de la conciencia de realidad de las que apenas escapabas riendo a carcajadas por la mísera fisura de los antipsicóticos y su mágica bioquímica de circo pobre, sin trapecistas ni payasos porque resulta que los dioses sólo se escuchan a si mismos (ii). Y la nave se fue sin tus huesos derrotados, sin que alcanzaras a ver los escorpiones de amatista ni las larvas de los escarabajos de obsidiana que perforaban sus túneles pestíferos en las pequeñas limaduras de tu mente alborotada por los arduos adjetivos con que describías los mínimos detalles de los asombros y las maravillas, y las innumerables versiones a las que te obligaba el soborno de la inalcanzable perfección. Vale.

(i) Luis de Góngora y Argote. 1620.   
(ii) Francisco Antonio Ruiz Caballero, Noviembre 30 de 2012.

domingo, 6 de julio de 2014

VAGUEDADES DEL DESTERRADO


Dejó el aire suspendido como una corola de flor ausente, los pájaros escaparon de sus jaulas e invadieron los museos y las bibliotecas, anidaron en los ojos de las estatuas y de las gárgolas, un vaho multicolor derramó sus aromas de mar y pinos por las oquedades de las últimas esfinges. Descreía que la noche es ciega y encastillada o que los arreboles del atardecer son un soborno de las tardes para que el nocturno no deshiciera las sombras de los magnolios y los ginkos contra los muros antes que florecieran las dalias y los nardos. En cambio, su ingenuidad de poeta inédito acostumbrado a los detalles mínimos y a los asombros cotidianos le hacía creer que los pájaros desaparecen en los plenilunios o que las piedras son las almas de los picaflores que encontraron al fin el descanso. Sabía separar el orujo del concho, la letra como signo del canto del viento en los follajes, supuso siempre que las gaviotas eran las almas de las medusas que no encontraron el fondo de las arenas abismales. Buscaba los esqueletos de los celacantos en las playas pedregosas y las conchas vacías de los caracoles en los jardines del estío, coleccionaba clavos viejos y pedazos de alambres por los matices del ocre de sus herrumbres. Dedicaba días enteros a dibujar las alas de los insectos intentando conocer sus nombres de pila o los rancios apellidos de sus estirpes, leía los presagios y las premoniciones escritas en las huellas de las orugas en las hojas de los suspiros. Poseyó el mapa de los túneles de las drusas de cuarzos dormidos en sus geodas, de los topacios y los cobres sulfurados, y lo perdió a propósito para invalidar cualquier intento de retorno a las periferias subterráneas de su historia. Era coloquial y austero, sagaz en las trampas del olvido y frugal cuando se trataba de inicios intempestivos, los finales prefería enterrarlos sin ceremonia después que las aves migratorias abandonaran las cenagosas marismas del desencanto. Conocía las magias tutelares de los bosques, el entramado que el azar construía con los musgos y los charcos, la manera de aniquilar la persistencia elemental de ciertos rostros y la sabiduría para entender los prodigios del caos. Marcaba las horas con lanas de colores para no extraviarse en la desidia de lo inútil o lo intrascendente, y entraba en las rutinas del destiempo altivo y parco como un guerrero derrotado.


viernes, 27 de junio de 2014

OSAMENTAS


“Todo apunta al desvarío, todo empuja al abismo y a la zanja.”
Testamento de tus ojos. En ‘Huesos de mi último árbol’, Mireya Zúñiga Noemí, 2012.

Se abren las hiedras en su vigilancia de muro nocturno, en su violencia de diluvio prehistórico sobre las piedras canteadas por la luna. Un rezongo de cañas allá por el bajo cabalga la negrura perfumada de las rosas mustias y los lejanos cardúmenes que cruzan fugaces espadas de plata la bajamar del horizonte insomne. Las siluetas llevan antorchas iluminadas y perros vagos siguiéndolas en su hilera de fuegos por la noche, en su fervor funerario, en su desolación embancada en la eternidad de las arenas. Las siemprevivas estallan sus colores de rojos oscuros y amarillos soleados, sus blancos genuinos y sus rosados imperceptibles, hilando la lana verdiazul de los sahumerios que socavan las honduras de sombra de los altos pastizales. Lo demás va decantando bien avanza el nocturno, la serena consistencia de los árboles, el espejo de agua que ya no refleja las iridiscencias de las libélulas, los crujidos de la sal de roca en sus empegos, el último naufrago asediado por las sirenas. Ilimitadas variantes del espanto intentan fragmentar la opacidad sigilosa de los acantilados, el misterioso deambular de los celacantos, las cárcavas que dejo la lluvia, descifrar los mapas trazados en el rojizo ocre nostálgico de las hojas del otoño vencido, consignar la profundidad esencial de los charcos que no reflejan las lunas. Es inútil, el idioma de los musgos y las dalias se ha perdido para siempre, como la tierra aquella prometida y el florido paraíso de gladiolos y el magnolio. Retumban los tambores del destierro en los púrpuras y los mármoles desvastados por las veleidades de un ayer que no ocurre y la tortuosa vigencia de un mañana inesperado, en esa caótica sucesión un vaho de premoniciones inunda la madrugada que viene en su garúa impenitente. Las quietas anclas corroídas que duermen abandonadas en los muelles abandonados declaran en sus herrumbres los precisos testimonios de lo irrecuperable, la siniestra intangibilidad del todo, la errada devoción por lo perpetuo, la impermanencia que degrada toda palabra, todo pensamiento, toda obra, hasta su disolución en la nada, también la ilusoria existencia de los pájaros y los estambres. Alguien sucede en los congelados abalorios de las consteladas estrellas, abre los brazos abarcando el universo desatado, la mínima incerteza de la tierra humilde en sus pastos y la majestuosa certidumbre de volver a ser polvo hasta el final de los tiempos, cuando su arcilla encuentre las concavidades de la muerte. Amanece.


sábado, 21 de junio de 2014

DETENTO UN NOMBRE


Ya ves que va la luna en su menguante amenazado, y las calles están llenas de escombros, y el atardecer no derrama sus perennes arreboles. Que crece el mugo devorando las ruinas de los templos, que la bruma de los insomnios acontece en las esquinas de los faroles apagados, que un salto de agua violeta perfora los asfaltos percolados en sus arenas iniciales. La noche se dramatiza en esta boca de invierno, discurre o difumina, se encasta derrotada aun solemne y arcaica en sus vetustas estribaciones, crea dípticos o trilogías, reinventa sagas y secuelas, describe con minuciosa inutilidad universos cerrados y caóticos, mistifica las pasiones y desarraiga los mitos de amor enternecido. Algunos objetos, un alambique y una clepsidra, la bitácora del exilio y la tenue luminosidad a barlovento, el púrpura de unas serranías o las comarcas de los aguaceros, buscan sin lograrlo incrustarse en la memoria demasiado cansada. Se distrae el nocturno ensimismado, se perciben ajenas lontananzas, un indigno fervor se declara nacarado como una medusa de terciopelo en sus arcanas luminiscencias, un sabor a antiguas aguardientes desata la memoria de un brasero allá en la infancia de las dalias y el ciruelo. La conciencia de un tiempo perpetuo, de incansable repetición y libre de las devastaciones del olvido concurre entre escarchas y crisálidas en el rasgado crepúsculo que se enceguece en su propia pesadumbre. Ya ves que va la luna atrasada en su creciente enturbiada por las aves y los pordioseros, que en sórdidas evocaciones de vierte luz pálida mortuoria sobre las troqueladas silueta de los árboles dormidos. Un preludio de nostalgias amenaza con quedarse en su murmullo melancólico como un canto triste de amor pagano o como un conjuro o una blasfemia que se desgrana arrastrada por el oleaje de una playa pedregosa. Los afectos decantan en los reflejos invisibles escondidos en los azogues, en las semillas de desquicios y unívocas contumacias, soterrados quebrantos que habitan en los estremecimientos que nos agreden cuando nos miramos temerosos en las lunas de los  espejos. Yo bosquejo un nombre con las minucias de su desaparición inminente, y por lo mismo provocadora e invocante en su vertiginosidad desafiante, pero su brevedad innombrable se me oculta detrás de las estatuas, bajo los escaños anochecidos, en el reflejo lunar del estanque de los peces silenciosos, en el zureo nocturno de las palomas, en los jardines de rosales y magnolias. La nombro y es como una liberación absoluta, de una poesía profunda, extrema y hermosa, como si alcanzara una revelación sublime, más allá de las metáforas y de las imágenes.

jueves, 12 de junio de 2014

BREVERIAS DE TANGO Y AUSENCIAS


La noche que se envicia en sus propios brocatos, las caobas relucientes, los bronces pulidos, el tango que se desgaja en los cristales, en las copas de champaña y en el vaso de whisky a medio beber, en las lámparas y en los ventanales que dan a la lluvia, hasta en el tabaco dulce que viene con la muerte trasteando por el Buenos Aires costanera por el río ancho, el mar de fondo y viceversa, ciudad que no veré sino en sus palabras visitantes y en el recuerdo tanguero de mi padre que tampoco la vió nunca en sus esplendores de firuletes y guapos en las esquinas de la noche. Las callecitas empedradas de nostalgias se van difuminando en una tristona sinuosidad de bandoneón, mientras llueve sobre los hinojos y los techos de las curtiembres, también sobre últimas rosas del jardín, llueve en los reflejos de los pozas recién llovidas con la cadencia de un otoño desgatado que se rinde a las ventoleras del invierno bienvenido porque vendrá a recrear el tiempo de los húmedos caracoles y de la lluvia repiqueteando en el techo de zinc. Y la melancolía va confundiendo los aromas de tanguería con el de la tierra mojada, y el olvido recupera la imagen de un amor aciago que no alcanzó a cristalizar en la penumbra infiel de los que se encontraron a destiempo. Yo dejé que sus ojos me abrumaran de insistencias, dejé que su boca me mordiera de silencios la brevedad de su paso canyenguero, dejé que me disolviera en el hastío feroz de esperarla en otra piel que no fue la suya. Pero volveré a pensarla ahora que llueve hasta romperla otra vez con mis ternuras en esa locura confusa que florece entre la mustia vanidad de ser el otro en su perfil pensativo y en el delicado rosado nacarado de sus uñas bien pintadas. Ella se dejó arrastrar por mi oleaje a las tórridas arenas de una playa prohibida, dejó incitadas las semillas para que brotaran lluviosos en altas floraciones y dejó esas brasas ciegas bajo la delgada capa de cenizas del tiempo que me queman cada vez que las remuevo, me ocultó en su perfecta memoria, alejado del tumulto pero cautivo en la fiera nostalgia de nuestro ayer para que quizá un día o una noche, de tanto en tanto, nos encontremos en el mismo sueño, y eso no sea pecado sino una feliz coincidencia. Llueve como tangueando sobre los malvones podados sin una queja y también sobre la magnolia que ya mojó la luna, con la misteriosa certidumbre de que un día iremos a escribir nuestra propia leyenda en los charcos del barrio donde nunca vivimos y dejar esas mismas callecitas anegadas de nosotros allá por las oscuras honduras de los espejos de la lluvia.

Nota.- Estos textos fueron surgiendo como antiguos pergaminos censurados de nombres y huellas, no de sus intensos fervores, bajo el irreverente bandoneón del “Adiós Nonino” de Astor Pantaleón Piazzolla, que nunca convenció a mi padre.


lunes, 2 de junio de 2014

LA DONCELLA EXTRAVIADA


Dio cariño, amor y fervor en un juego enfermizo que no le hacia falta pues poseía el amor, el sexo, la vida misma. Entre las magias sin pecados concebidas faltaron miradas, sobraron silencios, no bastó el solo respirar y las manos apretadas. Prendada de una voz y de imaginada tibieza. Desarmada, envenenadas y vencida. Un encuentro fresco de dulces desatinos, a cuerpos vivos en dicha y aventura, caracoles, lagartijas y colibríes dorados, y un despertar sin nada. Propios verbos de la celda rosa y verde sublimada, de jardines en los sueños, de girasoles maduros y de duendes mirones. Conoció sus límites, la inutilidad del verbo, la complejidad de sus íntimas estructuras, lo ex profeso, y de pronto vislumbró el vicio. Inspiró cantos de encantos y desencantos antes, durante y después del paso arrasador de una siempre efímera sombra. Se detuvo ante el asombro del aterrorizante celacanto, grandioso, majestuosamente egocéntrico, cruel e impiadoso que la petrificó como sirena atrapada. Aceptó en silencio la lapidaria carta escrita al galope desde el sendero de la huida. Detrás de los velos de humo no alcanzó a dar otras señales. Fue entonces una polizonte silenciosa en un barco extraviado, compartiendo el naufragio, la pérdida, la soledad cristalizada contra un alto muro sin ventanas. En muy pocos días generó una conexión muy intensa, innegable, de almas antiguas que vuelven a encontrarse, pero era una obviedad también que ya no tenían posibilidad de sobrevivir al naufragio, habían insoslayables diferencias agazapadas en los fangos originales. No podía quebrar sus límites ni la bestia dejar de ser bestia. Eran imposibilidades. Fue el demonio de sus últimos e inesperados insomnios. Hubo viajes y regresos de un maldito perro apestoso que supo desde el primer mordisco baboso que en su sangre estaba el don de un barroco intangible y quiso enviciarla en ese afán corrupto y secreto, y también en otros vicios terrenales porque conjeturó en su alma primitiva la intensidad de otras pasiones más oscuras. Y no fue así. Pero siguió buscándola en los sueños, ahora con más timidez, más recato, menos pasión y sin esas pequeñas perversiones colaterales, sin tocarla ni hablarle para no hacer volar la delicada libélula que la habita, solo para seguir sus huellas, para oler clandestino en su cercanía sus perfumes, de sándalo y benjuí, para no naufragar, otra vez, y hundirse en las desesperaciones de sus sutiles juegos de evanescentes coqueteos y para no volver a ser el demonio de sus últimos e inesperados insomnios. Para no ser, una y otra vez, en ella.

miércoles, 21 de mayo de 2014

ATASCAMIENTOS


Alguien describe un arco algo desolado sobre el pasto seco que dejó el estío, escribe encantamientos en el vaho del vidrio, poemas breves sobre nombres que nada le significan, dibuja el otro lado del otoño con las hojas secas y las piedras húmedas en las que perdura aun la madrugada. Espera la lluvia para mañana hacia el anochecer. Cierra una puerta, para siempre, del lado oscuro del aguacero le viene el canto de un gallo y recuerda. Camina y recuerda. La quietud de una calle a contracrepúsculo, una esquina desconocida cargada de misteriosas nostalgias, el color gastado de un muro, le traen la memoria casi pérdida de algo que soñó pero que no recuerda bien, solo posee fragmentos y leves sensaciones, quizá un rostro femenino difuminado o borroso, el roce escondido de una mano, la complicidad del silencio y las miradas de reojo, una tarde o un parque, o ambas imágenes, el vaivén entre una delicada certeza y la vaga incertidumbre. El gris del poniente atardecido, los nubarrones y el pequeño resplandor último y rojizo allá lejos semejan el lento rasgueo de una guitarra ensimismada, la funeraria constatación de una flor marchita, la promesa no cumplida de una rosa, aquella noche prometida que se quedó traspapelada en los fervorosos trajines del desespero o en la fría hondura del desengaño. Ese mismo alguien cruza la noche hasta el recodo donde la lluvia se confirma repetida sobre el techo de zinc de la infancia, desde el ciruelo, por las antiguas calles ripiadas del barrio, en el nocturno de los trenes y los perros lejanos. Camina, sueña y recuerda. Conversa con los que ya están muertos en los mismos lugares cotidianos donde le siguen viviendo. Hubo una luna estarcida sobre el jardín, un ancho mundo ajeno, ciudades, estatuas, rincones, pequeñas voces que irrumpieron en todos los cariños. El arco se abre abarcando el pasado antes de él, la playa de arenas negras y el ulte, el matadero y el obrero en bicicleta por la noche lluviosa, el legendario abuelo infiel que inició la casta de los solitarios, la bisabuela que repitió premonitoria los patronímicos de la raza. Llueve con viento en la instancia primordial de antiguas ceremonias hogareñas, otras mariposas, las dalias, siempre las dalias convergiendo en la fugacidad del tiempo, otros pájaros, y el ciruelo, siempre el ciruelo, y las rosas de antaño repetidas con la insistencia del color y el perfume por las magias ancestrales de la Maga. Vale.

Imagen: Fotografía del autor, ahora, aquí.

TENTATIVAS DE FUGAS

Le es preciso abandonar la realidad en ciertos instantes, siempre efímeros, y dejarse llevar por la imaginación o la pequeña locura del momento, entonces se aplica a los contornos y le desaparecen los colores y los volúmenes, solo se enfoca en las formas, los bordes, las siluetas, va así detectando los fractales escondidos en los objetos del día, las repeticiones o las similitudes que de otra manera se pierden en la consistencia tridimensional del entorno habitual. Una hoja de papel puede ser una cuadro, una mesa o una caja de fósforos, un árbol una rama, una raíz o las cristalizaciones de óxidos de manganeso sobre una caliza, son un rectángulo o un figura dendrítica de innumerables posibilidades. Los espejos le esconden las minucias del día en el reflejo mustio del azogue y dejan sin que se de cuanta de reflejar la realidad contingente, no es raro que el rostro que ve sea el mismo de ayer o el que será mañana. Un libro debe leerlo muchas veces porque intuye (sabe) que algunas palabras cambian cada vez que lo cierra, o un verso perfecciona una metáfora o se borra para eliminar un énfasis. En ciertas horas lo que sucede se retrasa persistentemente y escucha el canto entre el follaje cuando el ave ya ha volado, las palomas duermen en los campanarios mientras las sigue viendo picotear las migajas en la calle. Todo es crepuscular o anochecido, inserto en la luz apacible y silenciosa de un atardecer o un anochecer que nunca termina de consumarse. Lo sucedido y los objetos, lo pensado y lo imaginado entran en un eterno retorno, pero no como consecuencia de sucesivas reencarnaciones sino como un bucle atrapante en el que las sensaciones son reproducidas enlazadas en secuencia una vez tras otra generando una fingida y rústica continuidad. Inmerso en una realidad diferente gira insomne atrapado en el vórtice de un misterioso atractor efímero, virtual o imaginario, pleno de visiones y asombros, llevado por las minucias de una poética insaciable que surge del proceso iterativo en el juego barroco de las palabras. En ciertas ocasiones permanece inmóvil inserto en la realidad ilusoria que proclama certero y verosímil el budismo, sabe (intuye) en sus adentros que es verdad todo es falso. Así, con íntima felicidad puede visitar a los que ya están muertos en sus mismos lugares cotidianos donde siguen viviendo. En fin, todo esto ha de ser parte de la primera de sus últimas demencias.