He vuelto de un desierto de vetas
de negro hierro y piedras imán, entre eclipses y lunaciones, ásperos arbustos y
cactus irascibles, piedras y arenas quietas en medio de un silencio milenario,
un mar largo como un alfanje incrustado de lentos planeos de pelícanos y los
feroces dardos verticales de alcatraces suicidas, y no vi tus ojos. No vi tus
ojos pero visité los infiernos sin tus voces enceguecido por los reflejos de
las crisocolas y las atacamitas que surgían de pronto en medio de los ocres
terrosos, los rojos hematíticos y los infinitos matices del marrón de los
cerros y las llanuras resecas imitando o plagiando con maldad de engaño tus
verdes esmeraldinos. Busqué en mis vuelos y sueños los verdes de tus ojos, para
sentir que existía también entre las magnetitas y hematíes y cuarzos minerales,
para confirmar tu presencia como un eco por los montes y socavones, para sentir
en piel viva ese sonido desgarrado del deseo inconcluso. Observé embobado tus
espejismos de océanos y telares, astrologías y mándalas, esa otra naturaleza de
sapos y silfos, y fui redescubriendo mundos y me convertí en un pequeño
espectador al que una sacra hilandera lleva de la mano como a un niño
desconcertado. Hasta que un escorpión amarillo rasgó la tierra dura abriéndola
en su profundidad telúrica para que afloraran las vetas del metal de la sangre
y ahí estabas. Entonces soñé que recalabas en el puerto amanecido donde te
esperaba ansioso de maravillas de otros territorios, de pájaros de colores, de
metales desconocidos, de aguas sagradas sobre las que pululan libélulas de alas
azules, de cuencos de cuarzos transparentes y de espejos de obsidiana donde
solo se refleja el verde más verde de tus ojos con su hechizo y su vicio y su
hondura de océano insondable. Y soñé que nos sumergíamos en el calmo mar donde éramos
nada más que sirena y tritón jugando con fuego entre corales y medusas, y te
acechaba, te encandilaba, arremetía contra tus altos muros infranqueables en
vanos intentos de seducción, pero te me escurrías por entre las arremolinadas
algas de tu perfume o te me ocultabas en esa flor blanca y concisa instalada en
tu pelo. Pero iban quedando las huellas de mis susurros, iban quedando los
oleaje de tus estremecimientos, nos iban quedando los vestigios del juego del
fuego mientras la marea de las palabras nos arrastraba hasta la playa y nos quedábamos
asesando entre las tibiezas del sol del día que se venía y la persistencia conjetural
de las arenas amarillas. Confirmé así tu hechizo o embrujamiento, sintiendo
estremecido tu barroco natural y ahora, después del viaje, solo voy dejando que
me escurra por la piel y penetre mis poros para beber de ti ese néctar sacro
que me inunda y embriaga asombrado aun de haberte encontrado.
Imagen: Mina San Pablo, Incahuasi, Chile. Fotografía del autor.
Encuentros en el espacio...en este nuestro planeta....casualidades? Destino? Hace cuarenta años...desde entonces y ya desde antes.....quien sabe
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