sábado, 12 de enero de 2013

A POR TUS RUMBOS

Destrabo las fuentes del insomnio y del vértigo, la medula anular de la madrugada que no llega, el cilicio del insomnio de ti con sus arenas y sus ortigas, me cimbro atracado a tu puerto como esos viejos barcos cansados y llenos de herrumbres que han recorrido tantos mares que ya los olvidaron y solo buscan un fondeadero para volver a ser hierro disuelto en la salazón de las aguas de ese mismo sueño, de ese mismo océano, de ese mismo horizonte, de ti misma (mía) esperando el poderoso amanecer soleado con tus palabras y las gaviotas del encuentro para resarcirme por este extenso desierto que atravieso sin ti. Pero cuando te alcance, cuando te atrape, cuando te secuestre y te siembre en los territorios de mis semillas te voy a hacer morir de besos, de lenguas trabadas, de salivas embebiendo los labios, de bocas anegadas de nosotros, de misteriosos trabalenguas intraducibles susurrados mientras nos morimos de esos besos, de esos besos salados de timonel extraviado ebrio de ti sirena lamiendo la sal de tu piel bajo tu desesperación en desamparo, palmo a palmo como un denso caracol enviciado en la noche que irá a saborear las ultimas sales marinas de tu cuerpo dormido, frágil, expuesto vulnerable e indefenso al morboso frenesí de mis deseos oceánicos. Tuerzo rumbo de velero en borrasca y me aboco a tu persecución marina invocando todas mis artes de mar y el velamen alzado a contraviento, sigo los signos de las estrellas, el vuelo de los cormoranes, descreo de brújulas y astrolabios y sextantes, enrumbo por las aguas zainas de un río ancho y desconocido a contracorriente de misteriosos camalotes. Allá tú, con tus furias desatadas, tus rencores sulfurados, tus salivas ácidas que corroen todo lo que tocan, tus recatos y pudores de mariposa y tu infidelidad, mía, de libélula embaucada, porque insistiré en el oscuro, pervertido y dulce placer de sentir tus garras uñas en mi piel rasguñando hiriendo sajando hasta sentir mi propia sangre escurriendo vertida por tus celos incontrolables. Destrabo y tuerzo sin sosiego para alcanzarte en las islas de tus furias, atravieso atardeceres incrustados de las rosas furtivas que sustentan la plenitud ostentosa de tu piel, cruzo desembocaduras equivocadas donde te pierdo entre cañaverales y ciénagas, destrabo, tuerzo, atravieso y cruzo vértigos e insomnios, recojo vestigios de tu continente para convencerme que estás poco más allá esperando al naufrago que aparecerá por el levante para venir a morir de besos en tu boca. Vale.

sábado, 29 de diciembre de 2012

CASUISTICA PERSONAL


“El individuo efímero, perdido en la jungla inextricable de los reflejos y los responsos, recibe durante un instante la impresión (o la ilusión) de entrever la topología del laberinto”
Approches de l’imaginaire. Roger Caillois, 1975.

El contracrepúsculo de los destierros inmóviles, las libélulas extraviadas en las umbrías copas de los árboles, el canto de las aguas en las bajantes perentorias, la delicada e indescriptible sensación que antecede a la lluvia o a las frescas noches del verano, la reverberación del pasto bajo una brisa continúa y leve, persistente en su desarmada oquedad eólica, los ojos brujos de una mujer inmortal o aquel rictus como un dejo de hastío que le besaba la boca cuando no me miraba, el violeta difuso de los jacarandaes agonizando de estío, lo que imaginamos que soñamos, la pequeña soledad de una calle en la madrugada con su garúa y sus palomas desquiciadas, el esplendor de las rosas mustias cuando se van convirtiendo en papel reseco, en palimpsestos indescifrables, aferradas con esmero a sus hermosas brevedades primaverales, las huellas evanescentes de la vagancia entre el asombro y el éxtasis por los tejados de los pueblos abandonados, por las acequias de los barquitos de la niñez, por la esquina donde la maga se incrustó en los huesos con su metal de silencio, y por la miel incorruptible de cierta noche en que se me fue convirtiendo en esfinge, la zarza ardiendo en el otro desierto (y no fui digno de la revelación), el despliegue del humo de la hoguera que me consume, el vino agrio del castigo, y el vino dulce de la consumación, la muerte quieta, sosegada, acechando con su guadaña y su ábaco, el libro de las constelaciones y de los espejismos, los laberintos que construyen las hormigas y los que arrastran los caracoles, el tan lejano perfume de las azucenas y el irrecuperable verde furioso de la calas, la luminiscencia de las luciérnagas y las noctilucas separadas por el tiempo y la distancia pero que convergieron en la misma fascinación ante su prodigio irreal, el aroma reverente del incienso y los cánticos de un diciembre que sigue sucediendo, la voluptuosidad decantada en una piel que se dejó acariciar solo para marcar a hierro su recuerdo, el rasgado de las vestiduras en la certeza de la imposibilidad del amor, las amapolas y los gladiolos y las dalias que fosforecen en sus colores cada vez que sueño un jardín, la gran morera de la casona cuando niño con mi padre, la tierra magra de arenas y caliches, de las retorcidas ágatas desesperadas, de los sílices de improbables puñales, del destierro donde iban a morir todos los crepúsculos.

Imagen: “Insectario”. De la serie Herrumbres, 2011. Instalación y fotografía del autor.

martes, 18 de diciembre de 2012

ATEOLOGIA PRACTICA

«Yo creo que la teología es una rama de la literatura fantástica.»
J.L.Borges

Nada, solo una planicie hasta donde llega la vista derrotada por los metálicos soles de los estíos, pulida por las ventoleras inclementes de los primeros días de los otoños ensimismados aun la vendimia y los rastrojos. En algún lugar entre cualquier aquí y sus horizontes se sabe que existe un acantilado a cuyos pies nacen las begonias verdiazules y donde los pájaros extraviados encuentran sus rumbos según donde apunten las hojas de iridiscente azul oscuro. Lo demás son pedruscos negros del tamaño de un puño desperdigados según los números de la sucesión de Fibonacci y que poseen forma de alacranes o de gekos persiguiéndose uno tras otro en la espiral prefijada como los bichos cachivache (Pedalternorotandomovens centroculatus articulosus) en la Casa de las Escaleras de Maurits Cornelius Escher. Algunos son meteoritos modelados por el polvo de las estrellas y fraguados en el áspero vacío absoluto, otros fragmentos de basalto esculpidos por las arenas y el tiempo. El alba oscurecida por las tormentas de arcillas rojas detenta un lento e inmenso disco solar enrojecido que alarga las chatas sombras difusas de los cantos azabaches semienterrados en el limo rojo amarillento de la llanura desierta y adormecida. En el cielo de un azul tosco y paulatino siempre hay siniestras gaviotas en vuelos circulares esperando con santísima paciencia las corrientes ascendentes de los atardeceres para iniciar sus espirales de fuga. Sin la cercanía de un mar que las justifique ni sombras en el llano que las materialicen, han de ser fantasmas de antiguas garumas que anidaron en estos territorios antes de su degradación final. Una bruma húmeda va entrando hacia las tardes con esa desolación de los náufragos en las islas o la soledad del exilio en las urbes iluminadas, avanza derramándose como un tul algo azulado que va cubriendo un cadáver aun tibio. El silencio, sólido y coherente durante el día, comienza a crujir apenas la noche procede el inicio de su instauración, rechina como un viejo velero amarrado en un carcomido muelle desvencijado. El aire adquiere la consistencia insoportable de lo que se sabe perdido, de ese abandono en que se quedan las casas de adobes cuando sus muros agrietados ya no soportan las lluvias. Las noches son frescas y estrelladas, con una luna que abunda en iluminados plenilunios. Solo en medio de ese ilimitado yermo calcinado es posible entender que Dios está hecho de materia oscura, que Él es la materia oscura, pero nadie nunca hasta ahora ha visitado ese inconcebible lugar. Eso.

domingo, 16 de diciembre de 2012

ALLÁ POR LOS SUEÑOS

Nos encontramos como siempre sucede en nuestros sueños, tu caminabas por un parque, por el rumor de hojas secas creo que era otoño, yo estaba sentado en el escaño más alejado del tráfico de las calles tumultuosas leyendo "Sucesivas y Coordenadas" de Lezama Lima, esperando a que vinieras. Nos besamos tiernamente, como adolescentes, y te sentaste a mi lado, nuestros ojos siguieron besándose un largo rato mientras nuestras manos conjugaban un tímido trabalenguas de cariños y ternuras, entonces te pregunté que te había parecido mi voz en el sueño de la noche anterior leyendo un fragmento de mi última prosa barroca, extrañada me dijiste que no, que era el poema que yo te habia escrito días atrás, insistí con dulzura en que era uno de mis precarios textos neobarrocos, lo negaste con ímpetu de soberana, como vi que ya te ibas a fastidiar por mi insistencia, te propuse que despertaras y escucharas bien mi voz cavando hasta tus instintos en tu oído, así fue que te fuiste a la vigilia y yo me quedé como suspendido esperando tu vuelta, que no llegó porque parece que entraste en otro sueño, sin mí, te esperé casi hasta la madrugada, entumecido, porque comenzó a caer una garúa de esas que solo se ven en los tangos, y antes que asomara el sol allá por lo de tu barrio me vine pensándote con la esperanza de volver a encontrarte, quizá extraviada buscando el parque del otoño, en mi sueño, y no fue así, hasta ahora en la mañana que me dices implícitamente que estabas equivocada. Mirá que en los sueños somos los mismos, solo que más etéreos, como ángeles de cristal o de ópalo,  pero con las mismas virtudes, los mismos defectos, la misma ansiedad del uno por el otro, las mismas pasiones que nos desbordan, celos, furias, desconsideraciones, errores, torpezas, burdos acechos, míseros orgullos, solo que en los sueños sabemos que son todas esas virtudes y defectos los que nos unen tan fuertemente, que nos hacen indisolubles en esta relación de continua e intensa interdependencia, esta relación esquizoide, bipolar, ambivalente, sicótica, pero maravillosa en su esencia de amor/deseo. Ahora aquí presagian lluvias para el atardecer, está nublado y gris, corre un viento como invernal, el día está como oscuro, espero que a la noche nos encontremos en el sueño aunque llueva, como de costumbre, quizás me veas con un paraguas y por eso te aviso. Yo casi siempre te encuentro con una blusa o un vestido de pequeños arabescos blanco y negro, fumando, con varias pulseras y anillos, muy seria hasta que tu mirada me encuentra, solo entonces sonríes. Eso.

viernes, 14 de diciembre de 2012

NADIE SE VA

Nadie se va del agua de su sed, de las caricias de sus mañanas, de las piedras ni de ese río, nadie abandona los pájaros ni los geranios, nadie se borra ni se evapora de la memoria que lo poseyó un día para siempre, nadie deja el susurro suspendido ni la mano en las cenizas, nadie se esfuma en su propia oscuridad. Vendrán las sombras del arrepentimiento invadiendo las penumbras del pecado inicial, de la espina incesante, del puñal que sajó los días dividiéndolos, bifurcándolos en un con ella sin ella sin solución de continuidad, de la incrustación en el cuarzo con sus resonancias en la carne viva. No habrá resignaciones porque no habrá olvido posible de esa voz, ese verbo, con sus furias y sus celos y con las latencias de un imposible nocturno que siempre amanecía posible. Que importa si los silencios cavarán tumbas donde antes hubo ceibos y ciruelos, porque estarán vacías, que importa si la noche se derrumbará con las lluvias venideras si su rezongo tanguero entrará en un eco que perdurará hasta el estío. Se perderán silaba a silaba los nombres que fueron sagrados, se perderá un lunfardo secreto inventado para decir lo que el idioma materno no sabía decir, se desvanecerán de tanto mirarlas ciertas precisas fotografías, los rasgos de los rostros se irán confundiendo con otros que fueron o serán, pero todo lo que parecerá perdido seguirá urgiendo el retorno porque nunca hubo fuga, solo la continuación de un viaje inevitable hacia un pequeño infierno. Alguien volverá a ser el linyera palabrero que llegó entre los camalotes y las islas, alguien volverá a ser la que lo llevó de la mano por el Paraíso en un milagro que prevalecerá en una serena eternidad momentánea. En una tanguería vacía deambulará un tango canyengue esperando que lo bailen hasta el final de los tiempos, y en un cuartito clandestino, quizá en que lado de las nieves, dos fantasmas insistentes volverán en la tardes de otoño a rendirse a aquel sueño inconcluso. En los amaneceres de garúas dos siluetas extraviadas recorrerán los parques, allá y acá, buscando con la desesperación de los náufragos esa convergencia que soñaron cada noche pero que nunca se dio. Dirán que los derrotó el hastío, los celos, la mísera soberbia o el mero orgullo, pero son embelecos fraguados en los venideros insomnios, la verdá es que fue el tumultuoso oleaje de piantaos que ellos mismos creaban en sus ansias por alcanzar siquiera a tomarse en algún atardecer de la mano. Nadie se va porque nadie abandona así como así la ternura, el amor, el deseo. Vale.

Imagen: Dante and Beatrice, 1883, by Henry Holiday (1839 - 1927)

sábado, 8 de diciembre de 2012

COMPOSICION DE LUGAR

En su soledad, el tiempo transcurre lentamente y de manera extraña.
Emilio de Gorgot

…el portero, frenético amante de los secretos inútiles.
José Lezama Lima

Todo surgía como de una sucesión compungida que se trasladaba con la lentitud de sombra al mediodía, que se alargaba sin alcanzar nunca su punto critico, su punto de quiebre o rompimiento, o volvía a contraerse como chirriando, desaceitada, herrumbrada, se encogía con una elasticidad quántica, a la manera de un barco que se va alejando escapando en el mismo punto de fuga del horizonte. Entonces, por un instante de secreta revelación los objetos se hacían transparentes, lo que debía suceder no sucedía, la memoria dejaba de registrar detalles y se condensaba en un todo holístico de tacto-visión-sonido-olor-sabor, por un nanosegundo el todo cabía por demás en un dedal de juguete. Tenía esa quietud mesiánica (o carencia) que llegan a poseer los cubos de piedra canteados a cincel y martillo pero que no alcanzaron a formar parte del empedrado de la calle y se quedan eternamente varados en un jardín, enterrados en un bosque de mentira o al pie de un jacarandá en alguna plazoleta cercana. El rincón más alejado guardaba hasta bien entrada la noche las últimas hilachas desgarradas de los arreboles del atardecer, era como ver el fulgor sordo de las brasas que han permanecido aun encendidas en medio de las cenizas de una fogata no acabada de apagarse en la oscuridad del nocturno sin luna. El conjunto de espacio tiempo sucedía, acontecía, ocurría a la manera de la aciaga perpetuación de las eñes iniciales, disperso como bandada de palomas atravesada por el ampuloso vuelo del tiuque, deformado, raro, sin la consistencia esperada en la volumetría visible de la realidad concreta, como si estuviera atrapado en un bucle de insospechadas consecuencia, de impredecibles bifurcaciones que se abren alejándose entre si como el ramaje del acacio cincuentenario que no brotó esta primavera o las toscas raíces del ombú, sin ese tranquilizador atractor extraño que premoniza la teoría del caos. Y era un inerte monolito de piedra negra en medio de los temerosos homínidos. Y era un monolito negro desenterrado en la superficie lunar ante la vista asombrada de los astronautas lunares. Y era un monolito negro flotando silencioso en la órbita de Júpiter despertando un horror ancestral en los astronautas planetarios. Y era un monolito negro, alzado a los pies de la cama, majestuoso e inerte, que el viajero temporal contempló extasiado en medio de su agonía. Mucho más abajo, siguiendo un sendero de lozas pegmatíticas dormía el estanque invadido por las ostentaciones verde esmeralda de las finísimas guedejas de las algas clorófitas, y en el, un breve y tardo cardumen de kois soñolientos deslizaban sinuosos sus negros, blancos, rojos y anaranjados, tan lentamente que a primera vista parecía que el tiempo no estuviera sucediendo.


viernes, 30 de noviembre de 2012

DULCES NOSTALGIAS DE JARDIN


A mi madre.

Había un alba de nardos y un embeleso de crisantemos donde ahora se vuela alto un magnolio avisando las auroras, y allá bajo el limonero perfumaban los pensamientos y jugaban las pequeñas mariposas en la estrellitas que se mecían a lo largo del sendero. Sobre y bajo la tierra amasada por la inolvidable jardinera iban y venían los caracoles dejando sus regueros lunares resplandeciendo desde los pálidos amaneres hasta el intenso atardecer que se iba tardeando para atajar la luna, postergar la noche y dejarse querer en sus rojos desatados y su frescura vegetal. En el rincón noroeste dormía la rosa trepadora con sus oscuros rojos escondidos como no habrá de verse nunca más en otras rosas venideras. Abajo las calas también demoraban el nocturno siempre sedientas y verdes. El poniente era con olor a cedrón en el después de la madreselva y el aroma cítrico del geranio extraño que llamábamos malva. Hubo un conejo vestido de negro terciopelo por los escondrijos de rosales y gladiolos. Los pájaros se enternecían de puro gusto allá arriba en las ramas de los duraznos y del ciruelo. Al sureste las dalias eran un verdor exuberante coronado por sus flores moradas, rojas, y anaranjadas como vistosas auras solares. Las frutillas con sus besos rastreros siempre estaban embancadas en arenas y evitando los senderos de las hormigas. Bandas de clorofílicas mantis acechaban orando entre hojas serosas de las rosas, las arañas furtivas habitaban las oquedades del muro de ladrillo, las abejas en cambio zumbaban con alegre desparpajo en sus inquietas libaciones. Allí el tiempo jugaba a detenerse o a hacerse tan lento que las azucenas no sabían cuando florecer y los alelíes se extraviaban en las estaciones porque les llovía en mitad del estío o el sol sonriendo los sorprendía escondidos del invierno. El otoño en cambio era de punta a cabo de la jardinera en sus quehaceres de guarda o de cosecha para dejar quietamente durmiendo a la tierra cansada. Toda su geografía cabía en un solo recuerdo perfumado en el crepúsculo y coloreado con las dulces acuarelas de la zinnias en los brillantes mediodías. Con los años la memoria lo fue haciendo pequeñito, infiltrándolo en todas las nostalgias donde hubiera flores o insectos o fragancias, y el olor a tierra húmeda invadió para siempre todos los atardeceres de todas las primaveras, donde estuviera, aun sin jardín, o ahora, con mi madre ya en el cielo. Vale. 

La Cisterna, hoy, aquí.

EXTREMA UNCIÓN

Verás, ya cerca del fin, casi sin luz, estragado el cuerpo, el alma desgastada, (con solo tiempo para hacer la suma), que días perdiste buscando nadas, afanando torpezas y viviendo errores, construyendo templos que no duraron tus siglos, y siempre hilando sueños, imposibles o inútiles. Los días fueron caudal, así por años y calmos vados hubieron cuando perdiste la fuerza, allí, a pesar de ti, te cercarán estancados pantanos. Dolorosa esa tarde en que verás, si la razón te asiste, que el aquí y el ahora nunca fueron tuyos, los rumbos los fijaba tu carne ansiosa, los vientos tus instintos, tus anhelos, las corrientes tus miedos y derrotas, apenas el hambre. Tormentas y estiajes, no tú, negaban caudal o decretaban torrentes. Que el azar construyó tus reinos y el mismo azar los volvió ruinas, verás, cercano el fin y ya vencido. Entonces te irás. Te buscará la muerte entre los rostros de ese día, su mano fría te salvará de la infamia del dolor. Amanecerá con colores de crepúsculo, las horas de ese día serán lentas, tardas, tristes. Tus pecados, las traiciones, las mentiras, tus pequeñas miserias y tus patéticas vanidades se irán de ti como palomas asustadas. Tus desesperaciones perderán el poder sobre tu sangre y los sagrados vínculos del odio se romperán como un cristal. La intranquila conciencia se abandonará a la impunidad del olvido. Se rendirá al fin la esperanza al sosiego del fin. Laxa tu mano buscará hacia la tarde otra mano, alguien humedecerá tus labios, solo entonces se justificará el amor. Desde esa noche, limpia ya tu sombra en la agonía, altas, muy altas esfinges cuidaran para siempre tu alma, toda ausencia finalmente dejará de doler. Ahora bien, habría en cierto lugar inaccesible Alguien en tu espera con una herrumbrosa balanza y un ajado catalogo de pecados, dicen que en el Cielo, pero son embelecos fraguados en las antiguas catedrales. Lo cierto es que en ese lugar gris y entristecido hay un anciano habitante entumecido por una bruma azul y ciertos carcomidos resplandores. Es un dios antiguo en un cielo abandonado, de altas ceremonias inútiles y de inocuas consecuencias, un continuo revoloteo de invisibles ángeles marchitos le murmuran hastiados su vana gloria entre las miserias de la desidia del desamparo y la ancha soledad. Ese dios, ajeno y cansado, soportando achaques de mala vejez, espera también como tú el fin de los tiempos. Alabado sea ese Dios en la inmensidad de su gloria, que no nos dejó ver su luz, pero tampoco sus sombras. Cuídate entonces de esa hora precisa, para ti la última, cuando terminada esta fanfarria y sus desdichas solo importe tu suma. Vale.

viernes, 23 de noviembre de 2012

VARIACIONES CHOMBAS (I)

“El saber de la imagen, verdadero perspectivismo neobarroco, nos involucra en sucesivos descubrimientos y en nuevas fundaciones, al tiempo que impugna logocentrismos excluyentes.” De los resurgimientos del barroco a las fijaciones del neobarroco literario hispanoamericano. Cartografías narrativas de la segunda mitad del siglo XX. Cristo Rafael Figueroa Sánchez, 2006.

Un abad de negro pernicioso va misionando entre las cholas para defensa del embate de los morenos bajo la premisa de indagar toda fogalera en esa casta sin abolengos ni sosiegos, con acumulaciones insensatas de trastos y escorias, desde el feminismo violento y fundamentalista de Paquita la del Barrio hasta el grabado L’Arc Obscur des Heures de Matta donde juegan azules pálidos, celestes y verdiazules y blanco agrisados, en un horizonte demasiado lineal de un mar detenido, columnas y lapidas, nubes, hay un verde esmeralda abajo y la silueta deformada de un asno en un marrón oscuro. Y a lo lejos los cerros en la orilla de un océano que posee todos los azules posibles de cielo y mar entre los altos vuelos de gaviotas y pelícanos y piqueros, los breves verdes vegetales de la Pampilla, por acá canta un muecín invisible desde el minarete de la mezquita y en nocturna la luz faro desde la cruz del milenio, y un oleaje prehistórico y transoceánico en ese puerto de piratas y de grandes barcos cargando negro hierro. Una dulzaina canta derrama su hilillo dorado en el atracadero de las góndolas, un bajel sale de la bahía iluminada por el atardecer de rojos y anaranjados, perfilada sombra que navega en una mar plateada sobre peces escondidos. En el antiguo escritorio de caoba un atlas de geografías secretas desde donde escurren las ardientes arenas de todo un desierto alzado, hordas de esclavos persiguiendo a sus amos, alfanjes y túnicas y babuchas. Atrás, en el muro sin tiempo, una tapicería antigua con una escena de alta cetrería, allá un jarrón Showtime de un azul brillante, dos cajas de lapislázuli con los bordes en bronce, una sobre la mesa oscura y otra sobre dos libros, un pavo de plata y un carnero de níquel, una mesita con cubierta de ónix y sobre ella un bonsái piedra dura, una pareja cisnes de marfil y tres cubos cristal de roca ahumado, lo demás; el ave fénix en cobre y con incrustaciones de lapislázuli, la garza en lapislázuli macizo y cuarzo, y peces de pirita, rodean fantasmagóricos la escultura en mármol negro de un ángel muerto a los pies de un busto de  Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo en mármol blanco con la inscripción “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. En la habitación muy iluminada, con altos ventanales que dan al mediodía, el mismo abad de negro dañoso lee entre asustado e incrédulo una traducción clandestina del Bhagavad Gita.

Fotografía: Lycy_Lee-ITC_234_062 (detalle), de la serie Lucy in the Crack 04/04 by Huebman, 2008.

INTENCIONES PARA NADA

Delicadamente, rozaría con cada una de las diez sensibles yemas de mis dedos la pálida piel entera de tus muslos para aprehenderlos en toda su intensa sensualidad, para conocer al fin antes de morir la suave textura del paraíso, para saber el sabor misterioso e inalcanzable de esa tierna tibieza antes de que se evapore por los poros como un vaho de carnal dulzura. Con delicadeza de antiguo orfebre dejaría que mis manos se posaran sobre el alabastro incandescente de tus muslos desnudos como las hojas otoñales caen sobre las quietas aguas del estanque de los tímidos peces evasivos, para absorber en ese leve y placido contacto la sexualidad concentrada en su virginal pureza, para hundirme en los turbios sueños de una noche imposible. Con paciente sutileza iría deslizando como un fino pincel mis labios embebidos en la sed de ti por la seda perlada de tus muslos para dibujar sobre su exquisita tersura los signos y símbolos de las ansias contenidas, para vivir los delirios del lobo que huele y ve la presa de su hambre instintiva, pero que no alcanza a atrapar esa carne trémula tan cerca y tan lejos a la vez. Sigilosamente, lamería el mármol incitante de tus muslos para fijar en la memoria el sabor del fruto prohibido y luego sumergirme feliz en la eternidad de los fuegos del infierno, para saborear el dulce pecado de los que no persiguen el cielo y se contentan con la breve felicidad de simplemente haber vivido, para comprobar la certeza poética de que sabes a sal y azafrán en la vigilia, y a canela y vainilla cuando duermes. Trazaría con la punta de mi nariz la ruta de los besos que te iría dando poro a poro en la voluptuosa lisura de tus muslos de mi tormento para conjugar el éxtasis y la codicia, la pulsión y el encanto de tantos los insomnios acumulados, para oler el intimo perfume que se vierte en el vórtice anhelado y se propaga en sus cercanías como condenación o desvarío. Con perversas intenciones ascendería tierno y erótico siguiendo ese aroma atrapante por las tibias columnas de tus muslos para encontrar al fin la sellada puerta del templo donde los sueños se cumplen y las fantasías florecen en húmeda primavera, para socavar tu timidez de virtuosa vestal silenciosa y rendirte a la evidencia de un goce que permanecía inconsumado y que ahora por mis artes de soñador incontenible encontrará su impía vertiente. Y con esos juegos entre de acoso, seducción y consumación, quizá alcanzaría a echar a volar de tu rostro como mariposas que juegan alborozadas en la brisa esa antigua tristeza de tus ojos siempre tristes. Vale.