Destrabo las fuentes del insomnio
y del vértigo, la medula anular de la madrugada que no llega, el cilicio del
insomnio de ti con sus arenas y sus ortigas, me cimbro atracado a tu puerto
como esos viejos barcos cansados y llenos de herrumbres que han recorrido
tantos mares que ya los olvidaron y solo buscan un fondeadero para volver a ser
hierro disuelto en la salazón de las aguas de ese mismo sueño, de ese mismo océano,
de ese mismo horizonte, de ti misma (mía) esperando el poderoso amanecer
soleado con tus palabras y las gaviotas del encuentro para resarcirme por este
extenso desierto que atravieso sin ti. Pero cuando te alcance, cuando te
atrape, cuando te secuestre y te siembre en los territorios de mis semillas te
voy a hacer morir de besos, de lenguas trabadas, de salivas embebiendo los
labios, de bocas anegadas de nosotros, de misteriosos trabalenguas
intraducibles susurrados mientras nos morimos de esos besos, de esos besos
salados de timonel extraviado ebrio de ti sirena lamiendo la sal de tu piel bajo
tu desesperación en desamparo, palmo a palmo como un denso caracol enviciado en
la noche que irá a saborear las ultimas sales marinas de tu cuerpo dormido,
frágil, expuesto vulnerable e indefenso al morboso frenesí de mis deseos oceánicos.
Tuerzo rumbo de velero en borrasca y me aboco a tu persecución marina invocando
todas mis artes de mar y el velamen alzado a contraviento, sigo los signos de
las estrellas, el vuelo de los cormoranes, descreo de brújulas y astrolabios y
sextantes, enrumbo por las aguas zainas de un río ancho y desconocido a
contracorriente de misteriosos camalotes. Allá tú, con tus furias desatadas, tus
rencores sulfurados, tus salivas ácidas que corroen todo lo que tocan, tus
recatos y pudores de mariposa y tu infidelidad, mía, de libélula embaucada,
porque insistiré en el oscuro, pervertido y dulce placer de sentir tus garras
uñas en mi piel rasguñando hiriendo sajando hasta sentir mi propia sangre
escurriendo vertida por tus celos incontrolables. Destrabo y tuerzo sin sosiego
para alcanzarte en las islas de tus furias, atravieso atardeceres incrustados
de las rosas furtivas que sustentan la plenitud ostentosa de tu piel, cruzo desembocaduras
equivocadas donde te pierdo entre cañaverales y ciénagas, destrabo, tuerzo,
atravieso y cruzo vértigos e insomnios, recojo vestigios de tu continente para
convencerme que estás poco más allá esperando al naufrago que aparecerá por el
levante para venir a morir de besos en tu boca. Vale.
sábado, 12 de enero de 2013
sábado, 29 de diciembre de 2012
CASUISTICA PERSONAL
“El individuo efímero, perdido en la jungla
inextricable de los reflejos y los responsos, recibe durante un instante la
impresión (o la ilusión) de entrever la topología del laberinto”
Approches de l’imaginaire. Roger Caillois, 1975.
El
contracrepúsculo de los destierros inmóviles, las libélulas extraviadas en las
umbrías copas de los árboles, el canto de las aguas en las bajantes
perentorias, la delicada e indescriptible sensación que antecede a la lluvia o
a las frescas noches del verano, la reverberación del pasto bajo una brisa
continúa y leve, persistente en su desarmada oquedad eólica, los ojos brujos de
una mujer inmortal o aquel rictus como un dejo de hastío que le besaba la boca
cuando no me miraba, el violeta difuso de los jacarandaes agonizando de estío,
lo que imaginamos que soñamos, la pequeña soledad de una calle en la madrugada
con su garúa y sus palomas desquiciadas, el esplendor de las rosas mustias cuando
se van convirtiendo en papel reseco, en palimpsestos indescifrables, aferradas
con esmero a sus hermosas brevedades primaverales, las huellas evanescentes de
la vagancia entre el asombro y el éxtasis por los tejados de los pueblos
abandonados, por las acequias de los barquitos de la niñez, por la esquina
donde la maga se incrustó en los huesos con su metal de silencio, y por la miel
incorruptible de cierta noche en que se me fue convirtiendo en esfinge, la zarza
ardiendo en el otro desierto (y no fui digno de la revelación), el despliegue
del humo de la hoguera que me consume, el vino agrio del castigo, y el vino
dulce de la consumación, la muerte quieta, sosegada, acechando con su guadaña y
su ábaco, el libro de las constelaciones y de los espejismos, los laberintos
que construyen las hormigas y los que arrastran los caracoles, el tan lejano
perfume de las azucenas y el irrecuperable verde furioso de la calas, la
luminiscencia de las luciérnagas y las noctilucas separadas por el tiempo y la
distancia pero que convergieron en la misma fascinación ante su prodigio
irreal, el aroma reverente del incienso y los cánticos de un diciembre que
sigue sucediendo, la voluptuosidad decantada en una piel que se dejó acariciar
solo para marcar a hierro su recuerdo, el rasgado de las vestiduras en la
certeza de la imposibilidad del amor, las amapolas y los gladiolos y las dalias
que fosforecen en sus colores cada vez que sueño un jardín, la gran morera de
la casona cuando niño con mi padre, la tierra magra de arenas y caliches, de
las retorcidas ágatas desesperadas, de los sílices de improbables puñales, del
destierro donde iban a morir todos los crepúsculos.
Imagen: “Insectario”. De la serie Herrumbres, 2011.
Instalación y fotografía del autor.
martes, 18 de diciembre de 2012
ATEOLOGIA PRACTICA
«Yo creo que la teología es una rama de la literatura
fantástica.»
J.L.Borges
Nada, solo una
planicie hasta donde llega la vista derrotada por los metálicos soles de los
estíos, pulida por las ventoleras inclementes de los primeros días de los
otoños ensimismados aun la vendimia y los rastrojos. En algún lugar entre
cualquier aquí y sus horizontes se sabe que existe un acantilado a cuyos pies
nacen las begonias verdiazules y donde los pájaros extraviados encuentran sus
rumbos según donde apunten las hojas de iridiscente azul oscuro. Lo demás son
pedruscos negros del tamaño de un puño desperdigados según los números de la
sucesión de Fibonacci y que poseen forma de alacranes o de gekos persiguiéndose
uno tras otro en la espiral prefijada como los bichos cachivache (Pedalternorotandomovens centroculatus
articulosus) en la Casa de las Escaleras de Maurits Cornelius Escher.
Algunos son meteoritos modelados por el polvo de las estrellas y fraguados en
el áspero vacío absoluto, otros fragmentos de basalto esculpidos por las arenas
y el tiempo. El alba oscurecida por las tormentas de arcillas rojas detenta un
lento e inmenso disco solar enrojecido que alarga las chatas sombras difusas de
los cantos azabaches semienterrados en el limo rojo amarillento de la llanura
desierta y adormecida. En el cielo de un azul tosco y paulatino siempre hay
siniestras gaviotas en vuelos circulares esperando con santísima paciencia las
corrientes ascendentes de los atardeceres para iniciar sus espirales de fuga.
Sin la cercanía de un mar que las justifique ni sombras en el llano que las
materialicen, han de ser fantasmas de antiguas garumas que anidaron en estos territorios
antes de su degradación final. Una bruma húmeda va entrando hacia las tardes
con esa desolación de los náufragos en las islas o la soledad del exilio en las
urbes iluminadas, avanza derramándose como un tul algo azulado que va cubriendo
un cadáver aun tibio. El silencio, sólido y coherente durante el día, comienza
a crujir apenas la noche procede el inicio de su instauración, rechina como un
viejo velero amarrado en un carcomido muelle desvencijado. El aire adquiere la
consistencia insoportable de lo que se sabe perdido, de ese abandono en que se
quedan las casas de adobes cuando sus muros agrietados ya no soportan las
lluvias. Las noches son frescas y estrelladas, con una luna que abunda en
iluminados plenilunios. Solo en medio de ese ilimitado yermo calcinado es
posible entender que Dios está hecho de materia oscura, que Él es la materia
oscura, pero nadie nunca hasta ahora ha visitado ese inconcebible lugar. Eso.
domingo, 16 de diciembre de 2012
ALLÁ POR LOS SUEÑOS
Nos encontramos
como siempre sucede en nuestros sueños, tu caminabas por un parque, por el rumor de hojas secas creo que era otoño,
yo estaba sentado en el escaño más alejado del tráfico de las calles tumultuosas
leyendo "Sucesivas y Coordenadas" de Lezama Lima, esperando a que
vinieras. Nos besamos tiernamente, como adolescentes, y te sentaste a mi lado,
nuestros ojos siguieron besándose un largo rato mientras nuestras manos conjugaban
un tímido trabalenguas de cariños y ternuras, entonces te pregunté que te había
parecido mi voz en el sueño de la noche anterior leyendo un fragmento de mi
última prosa barroca, extrañada me dijiste que no, que era el poema que yo te
habia escrito días atrás, insistí con dulzura en que era uno de mis precarios
textos neobarrocos, lo negaste con ímpetu de soberana, como vi que ya te ibas a
fastidiar por mi insistencia, te propuse que despertaras y escucharas bien mi
voz cavando hasta tus instintos en tu oído, así fue que te fuiste a la vigilia
y yo me quedé como suspendido esperando tu vuelta, que no llegó porque parece
que entraste en otro sueño, sin mí, te esperé casi hasta la madrugada, entumecido,
porque comenzó a caer una garúa de esas que solo se ven en los tangos, y antes
que asomara el sol allá por lo de tu barrio me vine pensándote con la esperanza
de volver a encontrarte, quizá extraviada buscando el parque del otoño, en mi
sueño, y no fue así, hasta ahora en la mañana que me dices implícitamente que
estabas equivocada. Mirá que en los sueños somos los mismos, solo que más
etéreos, como ángeles de cristal o de ópalo,
pero con las mismas virtudes, los mismos defectos, la misma ansiedad del
uno por el otro, las mismas pasiones que nos desbordan, celos, furias, desconsideraciones,
errores, torpezas, burdos acechos, míseros orgullos, solo que en los sueños
sabemos que son todas esas virtudes y defectos los que nos unen tan
fuertemente, que nos hacen indisolubles en esta relación de continua e intensa
interdependencia, esta relación esquizoide, bipolar, ambivalente, sicótica,
pero maravillosa en su esencia de amor/deseo. Ahora aquí presagian lluvias para
el atardecer, está nublado y gris, corre un viento como invernal, el día está
como oscuro, espero que a la noche nos encontremos en el sueño aunque llueva, como
de costumbre, quizás me veas con un paraguas y por eso te aviso. Yo casi
siempre te encuentro con una blusa o un vestido de pequeños arabescos blanco y
negro, fumando, con varias pulseras y anillos, muy seria hasta que tu mirada me
encuentra, solo entonces sonríes. Eso.
viernes, 14 de diciembre de 2012
NADIE SE VA
Nadie se va del
agua de su sed, de las caricias de sus mañanas, de las piedras ni de ese río,
nadie abandona los pájaros ni los geranios, nadie se borra ni se evapora de la
memoria que lo poseyó un día para siempre, nadie deja el susurro suspendido ni
la mano en las cenizas, nadie se esfuma en su propia oscuridad. Vendrán las
sombras del arrepentimiento invadiendo las penumbras del pecado inicial, de la
espina incesante, del puñal que sajó los días dividiéndolos, bifurcándolos en
un con ella sin ella sin solución de continuidad, de la incrustación en el
cuarzo con sus resonancias en la carne viva. No habrá resignaciones porque no
habrá olvido posible de esa voz, ese verbo, con sus furias y sus celos y con
las latencias de un imposible nocturno que siempre amanecía posible. Que
importa si los silencios cavarán tumbas donde antes hubo ceibos y ciruelos,
porque estarán vacías, que importa si la noche se derrumbará con las lluvias
venideras si su rezongo tanguero entrará en un eco que perdurará hasta el
estío. Se perderán silaba a silaba los nombres que fueron sagrados, se perderá
un lunfardo secreto inventado para decir lo que el idioma materno no sabía
decir, se desvanecerán de tanto mirarlas ciertas precisas fotografías, los
rasgos de los rostros se irán confundiendo con otros que fueron o serán, pero
todo lo que parecerá perdido seguirá urgiendo el retorno porque nunca hubo
fuga, solo la continuación de un viaje inevitable hacia un pequeño infierno.
Alguien volverá a ser el linyera palabrero que llegó entre los camalotes y las
islas, alguien volverá a ser la que lo llevó de la mano por el Paraíso en un
milagro que prevalecerá en una serena eternidad momentánea. En una tanguería
vacía deambulará un tango canyengue esperando que lo bailen hasta el final de
los tiempos, y en un cuartito clandestino, quizá en que lado de las nieves, dos
fantasmas insistentes volverán en la tardes de otoño a rendirse a aquel sueño
inconcluso. En los amaneceres de garúas dos siluetas extraviadas recorrerán los
parques, allá y acá, buscando con la desesperación de los náufragos esa
convergencia que soñaron cada noche pero que nunca se dio. Dirán que los
derrotó el hastío, los celos, la mísera soberbia o el mero orgullo, pero son embelecos fraguados en los
venideros insomnios, la verdá es que fue el tumultuoso oleaje de piantaos que
ellos mismos creaban en sus ansias por alcanzar siquiera a tomarse en algún
atardecer de la mano. Nadie se va porque nadie abandona así como así la
ternura, el amor, el deseo. Vale.
Imagen: Dante and Beatrice, 1883, by Henry Holiday
(1839 - 1927)
sábado, 8 de diciembre de 2012
COMPOSICION DE LUGAR
En su soledad, el tiempo transcurre lentamente y de
manera extraña.
Emilio de Gorgot
…el portero, frenético amante de los secretos
inútiles.
José Lezama Lima
Todo surgía como
de una sucesión compungida que se trasladaba con la lentitud de sombra al
mediodía, que se alargaba sin alcanzar nunca su punto critico, su punto de
quiebre o rompimiento, o volvía a contraerse como chirriando, desaceitada,
herrumbrada, se encogía con una elasticidad quántica, a la manera de un barco
que se va alejando escapando en el mismo punto de fuga del horizonte. Entonces,
por un instante de secreta revelación los objetos se hacían transparentes, lo
que debía suceder no sucedía, la memoria dejaba de registrar detalles y se
condensaba en un todo holístico de tacto-visión-sonido-olor-sabor, por un
nanosegundo el todo cabía por demás en un dedal de juguete. Tenía esa quietud mesiánica
(o carencia) que llegan a poseer los cubos de piedra canteados a cincel y
martillo pero que no alcanzaron a formar parte del empedrado de la calle y se
quedan eternamente varados en un jardín, enterrados en un bosque de mentira o
al pie de un jacarandá en alguna plazoleta cercana. El rincón más alejado
guardaba hasta bien entrada la noche las últimas hilachas desgarradas de los
arreboles del atardecer, era como ver el fulgor sordo de las brasas que han
permanecido aun encendidas en medio de las cenizas de una fogata no acabada de
apagarse en la oscuridad del nocturno sin luna. El conjunto de espacio tiempo sucedía,
acontecía, ocurría a la manera de la aciaga perpetuación de las eñes iniciales,
disperso como bandada de palomas atravesada por el ampuloso vuelo del tiuque,
deformado, raro, sin la consistencia esperada en la volumetría visible de la
realidad concreta, como si estuviera atrapado en un bucle de insospechadas
consecuencia, de impredecibles bifurcaciones que se abren alejándose entre si
como el ramaje del acacio cincuentenario que no brotó esta primavera o las
toscas raíces del ombú, sin ese tranquilizador atractor extraño que premoniza la
teoría del caos. Y era un inerte monolito de piedra negra en medio de los
temerosos homínidos. Y era un monolito negro desenterrado en la superficie
lunar ante la vista asombrada de los astronautas lunares. Y era un monolito
negro flotando silencioso en la órbita de Júpiter despertando un horror
ancestral en los astronautas planetarios. Y era un monolito negro, alzado a los
pies de la cama, majestuoso e inerte, que el viajero temporal contempló extasiado
en medio de su agonía. Mucho más abajo, siguiendo un sendero de lozas
pegmatíticas dormía el estanque invadido por las ostentaciones verde esmeralda
de las finísimas guedejas de las algas clorófitas, y en el, un breve y tardo cardumen
de kois soñolientos deslizaban sinuosos sus negros, blancos, rojos y
anaranjados, tan lentamente que a primera vista parecía que el tiempo no
estuviera sucediendo.
viernes, 30 de noviembre de 2012
DULCES NOSTALGIAS DE JARDIN
A mi madre.
Había un alba de
nardos y un embeleso de crisantemos donde ahora se vuela alto un magnolio
avisando las auroras, y allá bajo el limonero perfumaban los pensamientos y
jugaban las pequeñas mariposas en la estrellitas que se mecían a lo largo del
sendero. Sobre y bajo la tierra amasada por la inolvidable jardinera iban y
venían los caracoles dejando sus regueros lunares resplandeciendo desde los
pálidos amaneres hasta el intenso atardecer que se iba tardeando para atajar la
luna, postergar la noche y dejarse querer en sus rojos desatados y su frescura
vegetal. En el rincón noroeste dormía la rosa trepadora con sus oscuros rojos
escondidos como no habrá de verse nunca más en otras rosas venideras. Abajo las
calas también demoraban el nocturno siempre sedientas y verdes. El poniente era
con olor a cedrón en el después de la madreselva y el aroma cítrico del geranio
extraño que llamábamos malva. Hubo un conejo vestido de negro terciopelo por
los escondrijos de rosales y gladiolos. Los pájaros se enternecían de puro
gusto allá arriba en las ramas de los duraznos y del ciruelo. Al sureste las
dalias eran un verdor exuberante coronado por sus flores moradas, rojas, y
anaranjadas como vistosas auras solares. Las frutillas con sus besos rastreros
siempre estaban embancadas en arenas y evitando los senderos de las hormigas. Bandas
de clorofílicas mantis acechaban orando entre hojas serosas de las rosas, las
arañas furtivas habitaban las oquedades del muro de ladrillo, las abejas en
cambio zumbaban con alegre desparpajo en sus inquietas libaciones. Allí el
tiempo jugaba a detenerse o a hacerse tan lento que las azucenas no sabían
cuando florecer y los alelíes se extraviaban en las estaciones porque les
llovía en mitad del estío o el sol sonriendo los sorprendía escondidos del
invierno. El otoño en cambio era de punta a cabo de la jardinera en sus
quehaceres de guarda o de cosecha para dejar quietamente durmiendo a la tierra
cansada. Toda su geografía cabía en un solo recuerdo perfumado en el crepúsculo
y coloreado con las dulces acuarelas de la zinnias en los brillantes mediodías.
Con los años la memoria lo fue haciendo pequeñito, infiltrándolo en todas las
nostalgias donde hubiera flores o insectos o fragancias, y el olor a tierra húmeda
invadió para siempre todos los atardeceres de todas las primaveras, donde
estuviera, aun sin jardín, o ahora, con mi madre ya en el cielo. Vale.
La Cisterna, hoy, aquí.
EXTREMA UNCIÓN
Verás, ya cerca
del fin, casi sin luz, estragado el cuerpo, el alma desgastada, (con solo
tiempo para hacer la suma), que días perdiste buscando nadas, afanando torpezas
y viviendo errores, construyendo templos que no duraron tus siglos, y siempre
hilando sueños, imposibles o inútiles. Los días fueron caudal, así por años y
calmos vados hubieron cuando perdiste la fuerza, allí, a pesar de ti, te
cercarán estancados pantanos. Dolorosa esa tarde en que verás, si la razón te
asiste, que el aquí y el ahora nunca fueron tuyos, los rumbos los fijaba tu
carne ansiosa, los vientos tus instintos, tus anhelos, las corrientes tus
miedos y derrotas, apenas el hambre. Tormentas y estiajes, no tú, negaban
caudal o decretaban torrentes. Que el azar construyó tus reinos y el mismo azar
los volvió ruinas, verás, cercano el fin y ya vencido. Entonces te irás. Te
buscará la muerte entre los rostros de ese día, su mano fría te salvará de la
infamia del dolor. Amanecerá con colores de crepúsculo, las horas de ese día
serán lentas, tardas, tristes. Tus pecados, las traiciones, las mentiras, tus
pequeñas miserias y tus patéticas vanidades se irán de ti como palomas
asustadas. Tus desesperaciones perderán el poder sobre tu sangre y los sagrados
vínculos del odio se romperán como un cristal. La intranquila conciencia se
abandonará a la impunidad del olvido. Se rendirá al fin la esperanza al sosiego
del fin. Laxa tu mano buscará hacia la tarde otra mano, alguien humedecerá tus
labios, solo entonces se justificará el amor. Desde esa noche, limpia ya tu
sombra en la agonía, altas, muy altas esfinges cuidaran para siempre tu alma, toda
ausencia finalmente dejará de doler. Ahora bien, habría en cierto lugar
inaccesible Alguien en tu espera con una herrumbrosa balanza y un ajado
catalogo de pecados, dicen que en el Cielo, pero
son embelecos fraguados en las antiguas catedrales. Lo cierto es que en ese
lugar gris y entristecido hay un anciano habitante entumecido por una bruma
azul y ciertos carcomidos resplandores. Es un dios antiguo en un cielo
abandonado, de altas ceremonias inútiles y de inocuas consecuencias, un continuo
revoloteo de invisibles ángeles marchitos le murmuran hastiados su vana gloria entre
las miserias de la desidia del desamparo y la ancha soledad. Ese dios, ajeno y
cansado, soportando achaques de mala vejez, espera también como tú el fin de
los tiempos. Alabado sea ese Dios en la inmensidad de su gloria, que no nos dejó
ver su luz, pero tampoco sus sombras. Cuídate entonces de esa hora precisa,
para ti la última, cuando terminada esta fanfarria y sus desdichas solo importe
tu suma. Vale.
viernes, 23 de noviembre de 2012
VARIACIONES CHOMBAS (I)
“El saber de la imagen, verdadero perspectivismo
neobarroco, nos involucra en sucesivos descubrimientos y en nuevas fundaciones,
al tiempo que impugna logocentrismos excluyentes.” De los resurgimientos del
barroco a las fijaciones del neobarroco literario hispanoamericano.
Cartografías narrativas de la segunda mitad del siglo XX. Cristo Rafael
Figueroa Sánchez, 2006.
Un abad de negro
pernicioso va misionando entre las cholas para defensa del embate de los
morenos bajo la premisa de indagar toda fogalera en esa casta sin abolengos ni
sosiegos, con acumulaciones insensatas de trastos y escorias, desde el
feminismo violento y fundamentalista de Paquita la del Barrio hasta el grabado L’Arc Obscur des Heures de Matta donde
juegan azules pálidos, celestes y verdiazules y blanco agrisados, en un
horizonte demasiado lineal de un mar detenido, columnas y lapidas, nubes, hay
un verde esmeralda abajo y la silueta deformada de un asno en un marrón oscuro.
Y a lo lejos los cerros en la orilla de un océano que posee todos los azules
posibles de cielo y mar entre los altos vuelos de gaviotas y pelícanos y
piqueros, los breves verdes vegetales de la Pampilla, por acá canta un muecín
invisible desde el minarete de la mezquita y en nocturna la luz faro desde la
cruz del milenio, y un oleaje prehistórico y transoceánico en ese puerto de
piratas y de grandes barcos cargando negro hierro. Una dulzaina canta derrama su
hilillo dorado en el atracadero de las góndolas, un bajel sale de la bahía
iluminada por el atardecer de rojos y anaranjados, perfilada sombra que navega
en una mar plateada sobre peces escondidos. En el antiguo escritorio de caoba
un atlas de geografías secretas desde donde escurren las ardientes arenas de todo
un desierto alzado, hordas de esclavos persiguiendo a sus amos, alfanjes y
túnicas y babuchas. Atrás, en el muro sin tiempo, una tapicería antigua con una
escena de alta cetrería, allá un jarrón Showtime de un azul brillante, dos
cajas de lapislázuli con los bordes en bronce, una sobre la mesa oscura y otra
sobre dos libros, un pavo de plata y un carnero de níquel, una mesita con
cubierta de ónix y sobre ella un bonsái piedra dura, una pareja cisnes de
marfil y tres cubos cristal de roca ahumado, lo demás; el ave fénix en cobre y
con incrustaciones de lapislázuli, la garza en lapislázuli macizo y cuarzo, y
peces de pirita, rodean fantasmagóricos la escultura en mármol negro de un
ángel muerto a los pies de un busto de
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo en mármol blanco con la inscripción
“Me duele una mujer en todo el cuerpo”.
En la habitación muy iluminada, con altos ventanales que dan al mediodía, el
mismo abad de negro dañoso lee entre asustado e incrédulo una traducción
clandestina del Bhagavad Gita.
Fotografía: Lycy_Lee-ITC_234_062 (detalle), de la
serie Lucy in the Crack 04/04 by Huebman, 2008.
INTENCIONES PARA NADA
Delicadamente,
rozaría con cada una de las diez sensibles yemas de mis dedos la pálida piel
entera de tus muslos para aprehenderlos en toda su intensa sensualidad, para
conocer al fin antes de morir la suave textura del paraíso, para saber el sabor
misterioso e inalcanzable de esa tierna tibieza antes de que se evapore por los
poros como un vaho de carnal dulzura. Con delicadeza de antiguo orfebre dejaría
que mis manos se posaran sobre el alabastro incandescente de tus muslos
desnudos como las hojas otoñales caen sobre las quietas aguas del estanque de
los tímidos peces evasivos, para absorber en ese leve y placido contacto la
sexualidad concentrada en su virginal pureza, para hundirme en los turbios
sueños de una noche imposible. Con paciente sutileza iría deslizando como un
fino pincel mis labios embebidos en la sed de ti por la seda perlada de tus
muslos para dibujar sobre su exquisita tersura los signos y símbolos de las
ansias contenidas, para vivir los delirios del lobo que huele y ve la presa de
su hambre instintiva, pero que no alcanza a atrapar esa carne trémula tan cerca
y tan lejos a la vez. Sigilosamente, lamería el mármol incitante de tus muslos
para fijar en la memoria el sabor del fruto prohibido y luego sumergirme feliz
en la eternidad de los fuegos del infierno, para saborear el dulce pecado de
los que no persiguen el cielo y se contentan con la breve felicidad de simplemente
haber vivido, para comprobar la certeza poética de que sabes a sal y azafrán en
la vigilia, y a canela y vainilla cuando duermes. Trazaría con la punta de mi
nariz la ruta de los besos que te iría dando poro a poro en la voluptuosa
lisura de tus muslos de mi tormento para conjugar el éxtasis y la codicia, la
pulsión y el encanto de tantos los insomnios acumulados, para oler el intimo
perfume que se vierte en el vórtice anhelado y se propaga en sus cercanías como
condenación o desvarío. Con perversas intenciones ascendería tierno y erótico
siguiendo ese aroma atrapante por las tibias columnas de tus muslos para
encontrar al fin la sellada puerta del templo donde los sueños se cumplen y las
fantasías florecen en húmeda primavera, para socavar tu timidez de virtuosa
vestal silenciosa y rendirte a la evidencia de un goce que permanecía
inconsumado y que ahora por mis artes de soñador incontenible encontrará su impía
vertiente. Y con esos juegos entre de acoso, seducción y consumación, quizá
alcanzaría a echar a volar de tu rostro como mariposas que juegan alborozadas en
la brisa esa antigua tristeza de tus ojos siempre tristes. Vale.
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