domingo, 27 de mayo de 2012

NADA EN MITAD DE LA LLUVIA

“mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles.”
Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Gabriel García Márquez, 1955.

Llueve, andarás mirando la lluvia con tus ojos de penita buscando perdidas primaveras, y así te voy pensando porque sé que la lluvia te traerá con tus tristezas arrinconadas bajo los árboles casi sin hojas de una plaza vacía o bajo los aleros de una calle larga como tu silencio donde el agua va goteando y goteando un cielo vertical de fríos cristales incesantes. Y veré otra vez agradecido la dulce melancolía de tus ojos que hace estremecer el alma dormida de este viejo macho solitario. Ahora la lluvia, por ti, posee otra circunstancia, una tenacidad más hiriente, un desamparo más intenso y una nostalgia como de infancia en un patio grande con sus charcos reflejando los pájaros entumidos cruzando oscuros nubarrones. Y las gotas atrapadas en los vidrios de las ventanas escurren con la misma lentitud de la tarde lluviosa que se va embancando en el jardín de los rosales con sus pétalos de todos colores derramados sobre la grama verde que exhala ese olor de tierra mojada que acumula en su cuenco las reminiscencias de todas las lluvias vividas y por vivir. Los chasquidos de las goteras en el patio van configurando las detalladas memorias de tu rostro, el mismo rostro triste que me trajo la lluvia, que se dibuja y desdibuja en desolación según los monótonos ciclos del aguacero. Llueve, caminarás de vuelta a tu casa mirando los pedazos de cielo otoñal encarcelados en las pozas de la calle buscando las negadas estrellas, los hilos enredados de tus sueños, el borde del año que se te paso sin meses ni semanas, y fue no más que unos pocos días asustados por los ruidos de la lluvia. Arriba, en las salientes de los tejados las guirnaldas de gotitas de cuarzos transparentes te van adornando como a una virgen ensimismada, sagrada e intocable, dueña y señora de sus propios desconsuelos. Irás esquivando somnolienta los meandros de los ríos de juguete en medio del escándalo de las palomas anegadas, con la lluvia repicando en el asfalto como si todos los otoños lluviosos confluyeran en ese único lugar, en esa isla sin marejadas ni oleajes donde todos los matices del verde se abocan por estos días a ser amarillos, ocres, rojos y marrones en los follajes orilleros del río de las aguas del deshielo. Solo en el descampado de tu corazón en lluvia ya es llegado el incierto invierno deshojado donde nunca escampa. Vale.


sábado, 12 de mayo de 2012

DEMENCIA SENIL


Todos los nocturnos se me van muriendo de frío, los otoños se extienden sin encontrar sus inviernos como sí el estío allá detrás se hubiera volado y la primavera subsiguiente fuera una llana incertidumbre. Se van, se vuelan, se diluyen los tiempos aciagos con sus pesadillas recurrentes y sus dolores instaurados, y también el canto de ola de esa noche de noctilucas, las luces lejos, la luna inmensa y amarrilla allá hacia el horizonte marino dejando el rastro de sus babas iluminadas sobre un mar quieto y desgarrado. Yo que vi el esplendor de la Rosa Celestial, que tuve en mi mano el cetro, la corona y la espada de amo y señor de mis territorios, rey instaurado y pequeño dios sobre mi entero Universo, vil y vicioso, debo ahora regirme por las azarosas pleamares de los inundados plenilunios. Yo busqué en ceparios y teterías los tóxicos licores que hacían los días distintos, los sumos y brebajes que no daban la inmortalidad pero sí convertían la vida en continuos oleajes de goces imprescindibles. Y encontré en esos rústicos encierros de vergüenzas las calles empedradas que daban al todo infierno con sus algarabías y cánticos de engaños, y en la última cloaca del espanto poseí la serena beatitud de la saciedad y el cansancio. Pero se van yendo los treinta y dos matices del amarillo otoñal, entre rojos, marrones y ocres, y caen las hojas y se vienen los nublados con sus vientos y sus pájaros entumidos. Se van, se vuelan, se esparcen las mañanas cargadas de las intensidades de la noche, huyen los perfumes con sus vahos perturbadores, los ojos en los espejos, la piel que fue silencio y las manos desveladas. Nadie más que yo, pescador y barquero, navegué costeando con el rumbo perdido sabiendo usar la brújula y el astrolabio, orzando en aguas bajas buscando encallar para saberme náufrago en los entornos de un determinado paraíso. Desafié con desdén la causalidad voluntaria y la casualidad indescifrable, las epifanías en las que los profetas, chamanes, brujos u oráculos interpretan ciertas visiones de un más allá inexistente, me rebelé ante las revelaciones insostenibles de la fe y la falacia circense de una justicia final. Por el entramado de los bosques, en las orillas vegetales de los ríos, a través de los caliches desamparados, se van resquebrajando los nocturnos encantados, se me van, se me vuelan, se me deshacen en arenas insómnicas las imágenes de un extraño sitio eriazo donde crecían grandes matas de zapallo con sus grandes hojas verdes y sus grandes flores amarillas, y eso era en mi infancia. Vale.


Imagen: “Perfecciones del otoño”, fotografía del autor.


viernes, 11 de mayo de 2012

Un Patio Vacío.

Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.

No hay ningún minotauro de cuernos colosales. Ni fuente preciosa de agua fresquísima. Ni limonero florecido. Ni estatua. Tampoco se asoma al patio ventana alguna ni celosía discreta permite una mirada. Es tan solo un patio vacío. No hay cadáver, ni fantasma, ni hormiga. No tiemblan diapasones cristalinos bajo un sol iridiscente. Ni mariposa se posa en su zócalo de mármol sin mancha. Quisiera tal vez tener un ladrido de perro rabioso, pero tampoco hay eso, ni se columpia el aire en la rama de ningún almendro florecido. No repta la sierpe de cascabel, ni crecen los cactus furiosos asesinando el aire entre sus pinchos. Tampoco hay un oculto farol rojo para alumbrarlo en las noches sin lunas. Ni bajo el suelo se esconde el esqueleto de una niña muerta. Ni siquiera lo han andado los pasos meditabundos de un loco. Ni ha temblado la hojarasca inexistente bajo las pisadas del curioso. No se abren arcos góticos para visitarlo. Es un patio cerrado. Sin vida. Quizás está exigiendo la percusión de un violín de plata para ocultar su desvergonzada y quejumbrosa desnudez. No hay maceta con aspidistra verde. Quizás está requiriendo el toque de una trompeta de rubíes. Pero el músico no llega. No llega tampoco el gato nocturno a atravesar la pared que lo separa del tejado vecino. Ni han anidado las golondrinas o vencejos. Pasan las nubes sobre su cuadratura inmaculada, y lo dejan mojado las lluvias que no fructifican. Pero no lo visita ningún niño de ojos verdes. Atruena el granizo, y al fundirse, la solitaria alcantarilla se traga el esfuerzo realizado. Podríamos llenarlo de dragones de fuego verde, podríamos llenarlo de panteras amarillas, o de caballitos rosas, que caracolearan fantásticos en sus poses de curvatura maravillosa, pero está vacío. Podríamos pintar sus paredes con una escena de fantasía celeste, o con el guarismo y algoritmo de una firma cúbica, pero sigue impoluto. He decidido que tengo que reformar este patio. Sembrar rosas o claveles o potos o jazmines. Intacto me parece lamentable. Quizás pudiera poner la maquinaria de un tren eléctrico, pero me parece muy infantil. Debiera de tener una sencilla fuente de agua transparentísima, que con el sol se desdoblara en espejismo y oasis. Lo visitarían las peligrosas avispas rayadas, negras y amarillas, macabras, que me dan bastante miedo, y las libélulas rojas y verdes. Debiera de noche sostener el solitario canto diamantino del grillo, toda la madrugada desnudo bajo las estrellas. Podría poner varias macetas con geranios rojos. Debiera de instalar un banco de mármol o de hierro junto a la fuente. Habría que hacer obras. La taladradora mecánica tendría que abrir un canal, para instalar las cañerías del agua. Sería complicado. Y plantar un níspero, o una morera. Un reloj de sol en una de sus paredes sería estupendo. Pero pasear yo solo sería triste. Bah, ahora no está mal, es como un grito en medio del desierto. En vez de sembrar flores podríamos sembrar cactus, son una imagen más íntima y verdadera de mi alma. Y la fuente podría ser renacentista o moderna. ¿Qué sería lo mejor?, una fuente con estatua, quizás la de un cerdo de bronce, como en Florencia, o un Minotauro echando agua por su boca, un Alien de acero y cristal sería demasiado caro. Una simple fuente de antigua iglesia, una simple pila bautismal bastaría, para que bebiesen los gorriones. Y luego instalar la música, una música suave, caleidoscópica, electrónica, zigzagueante. Bastaría para eso el grillo. Impertinente y maravilloso. Azul. Lástima de patio. Podría haber sido una maravillosa composición de adelfas negras, y es solo una mediocridad de músico fracasado. Lo anduve como un loco sonámbulo dormido y al despertar habían grabado a fuego en sus paredes la palabra “YERMA”.

miércoles, 2 de mayo de 2012

ARCAICAS PREMONICIONES


Esas cosas pudieron no haber sido.
Casi no fueron. Las imaginamos
En un fatal ayer inevitable.
"El pasado", Jorge Luis Borges

Como un beduino de ojos rasgados por el brillo de todos los soles de todos sus días en un desierto de desolación con el aire quieto de los cementerios abandonados en las pampas de las costras de caliche y los dominios de piedras negras. En la boca esa añoranza sórdida por el mecer de las ramas de los sauces arrastradas con insistencia de Tántalo por las acequias y los canales de su infancia tan lejana que su recuerdo es solo el recuerdo de recuerdos cada vez más antiguos que se convierten en meros esbozos de un paisaje, una imagen o un olor indescriptible. Gorgojeos de pájaros distintos en la fascinación de los verdes congregados en las zarzas moras antes de su firmamento estrellado de verdes iniciales, ácidos rojos y negros finales. El té con canela, el mate y el colapso de los juegos en el jardín o el patio, la extinción sucinta de la alba lechuza que sobrevolaba la casa en silencio absoluto cierta noches de primavera. El crepitar del brasero allá afuera en su incendio quántico de miríadas de chispas incandescentes y extrañas flamas azules. El péndulo de las estaciones con su anarquía protocolar que hacia llover sin aviso a mitad del verano y la luna nueva con sus cachos avisando como vendría el clima en un código atávico que solo la abuela sabía descifrar. Aprendiz de pirómano tristón ante la última sepultura, enfrentado al juego aleatorio de la muerte que se adhiere a los años como dentritas de hierro y manganeso o empegos de crisocola, irrisoria, pomposa, como el catafalco destruido de un rey sin castillo, reino ni territorios. El brocal del pozo de las aguas salobres allá en la isla del poeta y las sedosas ágatas resplandecientes, simientes de la roca pura acariciadas hasta el cansancio por las arenas y desperdigadas como joyas de naufragio por los oleajes sin misericordia. Barbitúrico o artimaña del tiempo en decadencia, impronta de un pasado posible y verosímil pero sin certezas, vuelos de pelícanos en ultramar, algarabía de gaviotas, gélido invierno marino que expande las carencias en su polifonía de rompientes y su euforia de espumas. Caracolas, botellas, mascarones, campanas sospechosas como el ancla oxidada que mira la mar con metálica nostalgia, y el verso habitual en su esplendor y dramaturgia, allí en la patria ingrata de los asesinos quemando libros que no entienden en su burda naturaleza de miserables traidores. La azucena colindante, acidulada, en su vertiente de voces inmortales en esas calles con geranios y altos pinos y cercos de maderas recién taladas. Vale.

viernes, 27 de abril de 2012

FANTASIA Nº 96 Simulacro.

El varadero de los recuerdos con su arsénico y su alabastro, con agosto en la encrucijada entre el invierno que ya es llegado y la primavera arremolinada en la brisa que trae los primeros aromas de las floraciones venideras. El trance boreal haciendo gorgoritos frívolos y enhebrando con cautela el arcano del armiño, la amargura del algoritmo que establece la frontera de la imposibilidad y va dejando una ínsula con la falacia abrumadora de un remanso de crisantemos. Jolgorio icónico allá arriba en la buhardilla donde han de habitar los duendes que esconden las penas que llegan con las lluvias en sus cofrecitos de cristales de colores. Ninguneando con vehemencias de enanitos bochincheros las premisas equivocadas sobre las certezas de la pena, del exilio, de la turbiedad de las aguas bajo los sauzales. Fritangas de feria, bocetos en las maderas amarillas veteadas de verde del guayacán, chingar o chinchar, México lindo o Buenos Aires querido, encandilamientos por las auras ancestrales de la higuera la noche del solsticio de invierno, tropelías vernáculas de la lumbre y la espina. La madreperla navegando la ventisca tachonada de hojas ocres y amarillas y rojas cuesta abajo por el escarpado de otoño. Pergaminos que se van escribiendo en los portales de las madrigueras, en los brillantes adoquines después de los aguaceros intermitentes, bestiarios de escarabajos enterrados y ciegos incrustados como piedras vivas en sus húmedos territorios subterráneos, bajo la cisterna de líquidos amarantos donde habita el fauno intempestivo y espléndido que rige los escarmientos con la maraña del perjurio, la concupiscencia de los atardeceres, el desquicio de los vidrios de la lluvia sobre las rosas y la demagogia de los reflejos del día en los delicados charcos que dejaron los últimos chubascos. Incordio de los pájaros ateridos, de las hélices de tungsteno de los nubarrones que se vinieron con la aurora, cáñamo o cálamo, brioso atavío de los árboles otoñales que soportan el escrutinio magenta de la tristeza antes de fenecer en la sonoridad menguante de una finísima llovizna. Síntomas minúsculos de un barlovento atravesado por la fugacidad de un vagabundeo imperioso, descalabro impío de los párpados de un apóstol extraviado, mistagogo ultramarino predicando sus perpetuas simbologías semióticas entre evanescentes medusas y vertiginosos calamares. Cantos de argonauta encandilados por sirenas invisibles en las brumas del mar aciago, preludios de las errancias donde el almácigo de la estirpe es embeleso de pedregales en soslayo marmolado. Evocación del almíbar, del óleo de una cacería en un salón en grata penumbra con olor a ron y a vainilla.

Imago: “Rosas y naranjas bajo la lluvia”, fotografía del autor.

sábado, 21 de abril de 2012

NADA SUMERGIDA

“muchas veces me gustaría ser Ofelia y navegar entre aguas profundas solo para respirar la soledad de la flora y ya.”

Como una Ofelia navegando sumergida entre las aguas profundas solo para respirar la soledad de las algas y las raíces también sumergidas de los nenúfares y los jacintos de agua y los lotos con sus flores estalladas en sus colores de acuarelas encendidas en la superficie de espejeante estaño, repitiendo en sus reflejos el otoño vencido ahí en el entreaguas con tu rostro dulce y tu halo de romántica lejanía, de esa belleza tierna que despierta los carassius y asusta a los caracoles. Instaurada solemne bajo esa flora acuática que cuidan las larvas de las libélulas para que la luna pálida como tu piel anegada no la convierta en piedras por su alta envidia lunar. Yaces inundada y dormida porque la vida se te hace difícil, sin saber que la vida no es buena ni mala, simplemente va sucediendo en un azar sin sentido, sin pauta ni plan de ceremonias, y eso te da ira y tus ojos se encharcan hacia las aguas profundas arrastrando tu cuerpo de ninfa para que la refracción de su cristal te haga sentir linda, atractiva, sensual, provocativa, sexual e inquietante para que cuando los hombres narcisos se asomen a mirarse en la extensión quieta de la superficie del agua estancada queden hechizados por la Ofelia que navega sumergida entre las aguas profundas respirando la soledad de las algas y las raíces también sumergidas de los nenúfares y los jacintos de agua y los lotos con sus flores estalladas en sus colores de acuarelas encendidas. Y se quedarán ahí atrapados en tus reverberaciones evocando sus primeros amores de florcitas o poemas, o las mujeres que desearon y no poseyeron o las que los abandonaron por ir a sumergirse como dormidas en las aguas más profundas para respirar la soledad de las algas y las raíces empantanadas de los nenúfares amarillos y de los jacintos de agua lilas y azules, y de los lotos de rosa intenso que flotan soberbios como los galeones que llegaban de la Indias con sus cargamentos de oros robados a los dioses derretidos, cargados crujiendo carcomidos pero felices de la cosmofilia de un imperio de espanto. Y te vas hundiendo en el sueño de esas aguas contaminadas para siempre con el veneno de tus perfumes dulces como tu apariencia mágica de Náyade incipiente esparcida desde los manantiales de tu boca imbesada por los arroyos y riachuelos de tus tristezas atávicas hasta las insondables fuentes, estanques y lagunas de tu evanescente desamparo. Y ya.

lunes, 16 de abril de 2012

JUEGOS

Juegos de soledad, juegos de lluvias allá donde ti, juegos de píensame y suéñame, lúdicos intentos de tocar, de rozar tu cuerpo estremecido por la lluvia, por el sueño donde te habito, por la soledad que nos habita, juegos de piel desnuda, de intensidades carnales, de fantasías que van a romper contra los espejos, de imaginaciones calladitas que vamos urdiendo en los rincones, en los silencios en medio de la casa, juegos de búsquedas e irreverencias, del amor que se mete debajo de los muebles y duerme como oculta crisálida y emerge en los días de lluvia y de soledad convertido en mariposa que roza la piel y la incendia, juegos de ti y de mi como niños desnudos antes del pecado, juegos de caracoles subterraneos copulando por los cuartos vacíos, bajo la misma noche con lluvia, con soledad, juegos de ojos escarbando impudores, ludicidades de la hora del tú allá y yo acá desnudo buscándote mientras tú me buscas en las manchas de los muros que dibuja la lluvia, en las lámparas apagadas, en el cristal que te refleja, juegos de adultos niños, de amantes perversos e infieles, de hombre solo y mujer sola en medio de las gentes y las voces que no escuchamos pues jugamos estos juegos de pensar y soñar con besos y sin besos, con la caricia suspendida, con la piel ardiendo en el fuego de estos juegos, juegos lúdicos e impúdicos, de pura piel, de deseos, de ansias de palpar, tantear, hurgar hasta donde los juegos se inflaman en furiosas llamas recurrentes, juegos de desahogos y vicios con los ojos cerrados pensando y soñando una lluvia tibia escurriendo sobre ese inmaterial volumen provocativo, con el sabor secreto y el tacto imposible de esa piel que se incrustó en la obsesión de los juegos, mientras juego solo a buscarte por la casa para ver si te encuentro escondida en los cojines, detrás de las puertas o de los cristales de las ventanas que no poseen la lluvia pero si la soledad de estos juegos, y deambulo jugando solo como huérfano edípico pensando y soñando que juego contigo y que tú allá con tu lluvia piensas y sueñas que juegas conmigo estos juegos que nos unen en una epifanía insensata pero maravillosa donde estamos en el mismo sueño, en el mismo juego, en el mismo instante y en el mismo lugar jugando estos juegos de soledad y de lluvias. Vale.

sábado, 14 de abril de 2012

NADA INCONCLUSA

Amiga niña, te ves hermosa y triste, de ojos naufragados en tu misteriosa melancolía, te ves ausente, de sonrisa escondida, como si el sopor de la tarde de este otoño se te viniera en descampado con esa fina llovizna que solo tú presientes y te quedaras suspendida a un geme del suelo, elevada e incipiente. Te ves linda y ciertamente dormida, flor en negro y encajes, en el breve color de tus labios sin besos y en el delirante granate de tus uñas, cautiva en la filigrana de tu pulsera, entre las rosadas flores que casi te coronan. Te ves delicada, tenue, al borde de la evanescencia o la desaparición, de rostro entristecido por los días y los meses y los años esperando, esperando. Tus manos juegan atrapando secretas mariposas invisibles, explorando el aire sutil, la luz inclinada, el encanto sombrío de la hora intermitente en la palidez incesante de tu piel que reverbera instaurando tu vigencia de lánguida princesa doliente. Alabastro, mármol, pétalo extendido de blanca rosa perfumada, tu piel reverbera decretando tenebrosas instauraciones. Y yo me asombro, me estremezco abrumado de tu boca imaginada por mis besos, y me voy canteando los granitos del desespero, lajando las calizas de la angustia y la espera, puliendo el sueño donde te beso, ese recuerdo inalcanzable de hacerte desaparecer entre mis brazos, de ir a ti a contravientos y rompeolas rastreando la evocación de un ayer que aun no es ni siquiera un mañana. Y me voy adentrando en tu piel de rosa inmaculada con mi armadura rota y mi pena de naufrago, me voy costeando enredado en el encaje de tu escote, asolando el sangriento granate de tus uñas, rebuscando la caricia efímera de tus manos entre mariposas y libélulas, conteniendo tus instauraciones, tus reverberos, tus intermitencias. Y me desgasto en palabras, me diluyo en verbos y maravillas indagando entre guerreros y vagabundos como hacer para seducirte sin que te des cuenta, examinando las mustias posibilidades de hacer caer los altos muros de tu castillo, meditando sobre las desolaciones que deberé atravesar para llegar a tu lado y rendir mis banderas al emblema de tu imperio taciturno. Te ves lejana de horizontes, contigua a los quebrantos de las lunas menguantes, te veo en la oquedad de un corazón de crisálida y en los párpados llorosos de los castaños cruzando el invierno. Invoco tu nombre en la perdición del oscuro de tu pelo con la siniestra certidumbre de jamás tocar tu mano ni verme en la obsidiana de tus ojos. Vale.

domingo, 8 de abril de 2012

LO QUE NO VIERON TUS OJOS

Lo que no vieron tus ojos. Algo que vence al agua en sus matrices minerales, que desarma sus partículas y las convierte en perfumes de salamandras, en un aroma denso de algas arrepentidas, que irrumpe con la fatalidad del hastío, socava fluyendo entre piedras y en las arenas sumergidas, que fosforece en los infusorios cuando la luzdelunallena se atreve a despeñarse entre las nalcas y los hinojos. Una vetustez de fragmentos de cantaros de greda, de nidos abandonados, de antiguos frascos de colores antiguos, de hierros ennoblecidos por el orín de notorios inviernos, de un ajedrez de piedras subterráneas, de un agua que no encuentra su origen bajo el venerable miosporo. El agua desarmada, el confín de las lupas y los espejos, el triptico de las enredaderas y los geranios en fila de colores incesantes. El palto muerto descortezándose en la lentitud de su muerte inapelable, estallando en lonjas de corteza, floreciendo en sus leñas rajadas, dejando ver su madera escondida, suave anaranjado tirando a ocre bajo el cuarteado ajedrezado de la cáscara escamosa gris marrón como la piel de un reptil reseco. El eucaliptus torcido sigue susurrando los arrullos de viento. Es otoño, otra vez. Hay tantos muertos pequeñitos en los rastrojos del delirio, tantos pájaros hurgando los sonidos del otoño alcanzado. Todo viene a ser un catastro de deslumbres, un listado de ausencias y piedras enterradas. El agua dulce de los picaflores espera, el remolino de vistosos colores gira con su alegría tristona de carnaval en fuga. El antiguo muro de adobes va dejando que se escriban en el las escrituras de grietas y musgos, de barro sobrepuesto, de desconchados, de pequeñas cárcavas, de erosiones y desgastes, la historia de las sucesivas estaciones en los idiomas o dialectos del barro, las marcas arguméntales del pasado. Duerme vetusto en sus arcillas, hierático como una semiderruida muralla babilónica. Hay un hábito de extinción, de último navegante, de fósil sobreviviente, de timonel extraviado en la veleidad de su propio naufragio. En su entorno se erige una ciudad de laberintos y arcángeles y falsas santerías con borrosas iconografías equivocadas, de pagodas y mezquitas, de sinagogas y basílicas, de iglesias y catedrales, de santuarios, de grutas, de templos invocantes, pero todo vacío, sin deidades ni santos, ni yesos sagrados, ni ídolos ni efigies reverenciadas. El agua se derrama perseguida, se vierte con sus algas en verdor de raras crisocolas, escarbando las piedras de su origen. Vale.

Fotografía: F.S.R.Banda, abril 2012.

LO QUE VIERON TUS OJOS

Para K, siempre viajera.

Lo que vieron tus ojos, lo visto y caminado, los caminos que jamás imaginaste recorrer allí en los territorios de los bárbaros balbuceantes, en el otro lado de tus mundos del gran río y de las sabanas. La casona como muerta de ausencias, de risas de niños, de gentes que vuelven del campo o que se van al poblado a contrapelo de sus bucólicos atardeceres. Se puede percibir la humedad, el silencio, el abandono, la presencia más allá de toda sospecha de una lluvia recién llovida, el pasto y los cascajos humedecidos, la bruma que se va yendo con el invierno que no se resigna, como yo a veces, al ciclo de desaparición y renacimiento, el frío como un velo intangible en el rostro que mira por tus ojos en la profundidad del paisaje. Aquí los árboles retorcidos en sus trabados ramajes, allá en el cercano horizonte de las colinas, detrás de una breve selva vaga, altos orgullos vegetales se cimbran en las ventoleras de la cercana primavera. La grieta en la pared, el musgo en su ocre mortal, el charco o nieve, indescifrable, la tierra madre soportando los milenios en tu beatitud generadora. Atrás el campo verde raso con una perfección imposible, el pasamanos de hierro forjado que abre la casa hacia el campo donde se va el invierno en fuga. Un borde de camino, por donde no vinieron, no vieron y no vencieron las águilas imperiales, por donde siglos después las ordenadas tropas de un perturbado pasearon otras águilas mortales. Ahora no hay huellas de caminantes en sus grises ripios ni en el sendero invadido de pastos que acude a la casa. La techumbre posee la perfecta desolación de lo antiguo porque ya ha visto y sufrido todas la lluvias, todas las nieves, todos los vientos posibles en ese fragmento de campo con el dulce y tierno fervor del cobijo. El cielo es blanco mustio, apagado, borrado de azules y de rojizos arreboles, negado de amaneceres amarillos, de los celestes, del cerúleo, del eterno color del cielo celestial. El gris de la pared es del mismo matiz de la soledad de lo perdido, de las nostalgias del fuego, del desasosiego que quema los parpados en los arenales del insomnio. La ventana ha sellado sus vidrios con el oxido de sus metales como si ya no quisiera dejar entrar las bocanadas del tiempo. Solo aquel insólito cuadrilátero anaranjado permanece nítido incrustado en este húmedo y frío presente.

Fotografía: Hilda Breer, abril 2012.