Para K.
Visitarás la
quieta orilla del cielo y el borde del abismo del infierno, y volverás. Veras
una ameba con apariencia de cincel o de esdrújula, soñaras un cilindro portentoso
y en la escafandra de un portal de piedra canteada el rostro de un extraño
visitante, y volverás al alcor donde crece la absenta misteriosa que florece al
fenecer el día entre arreboles y nubarrones en un incordio de rojos anaranjados
y matices del gris. Conocerás la duna de los anhelos y las desesperanzas,
navegando tranquila en el chinchorro de un Caronte caribe que rema extasiado en
el Aqueronte de tu pasado mientras tú, niña aun, corres por el fresco verdor de
la gramilla de tu infancia. Decodificaras el jeroglífico que oculta la verdad
última a los ojos de los pecadores y santones de mentira, disfrutarás del sabor
del arándano y del aroma de la esencia de la bergamota, reconocerás un atril y
un bordado, una escultura de mármol rosado y cierta balaustrada que da a un jardín
de rosas azules, sin saber que aquellas cosas no están allí sino en tus perdidos
recuerdos. En la distancia adivinaras las acrobacias de los gorriones de tu
primera patria y la caterva de palomas de todas las plazas que visitaste en tus
viajes de errancias y cantos de privilegio. Y volverás. En los recovecos
fascinantes de tu bitácora escribirás de céfiros y de iridiscencias, de
arquetipos y de esa medianoche desoladora cuando creaste tu propia cosmogonía
entre esplendores y naipes comprados en un chinchal del que ya no recuerdas sino
el lápiz de grafito que te prestaron para marcar las cartas para ganar todas
las manos. Abrumada por la jaula o el cardumen, sin la coherencia de tu pensar,
anhelarás el acrílico opalescente de una pintura que no existe pero que
imaginaste tan vivamente que es como si existiera. En el alabastro de una
lámpara tenaz se reflejará la bifurcación de tu travesía, el escrutinio, el
pasatiempo y el pasar del tiempo, en un inverosímil apasionamiento deslizaras
tu mano por la caoba y por el ámbar. Y volverás. La catarata que humedeció tus
labios asombrados en medio de la sabana como un embeleso de espigas y
pedregales, será el itinerario que seguirás hasta llegar a un castaño imponente
y un cielo índigo increíble, sin acordarte si son memorias o las poderosas visiones
que crea la anestesia. Y volverás. Habrán abrojos y zarzas, glaucos estremecimiento
ante un diluviar de pétalos de jacarandá, y los corpúsculo de la suprema armonía,
beberás un aguardiente de pura vida y volverás. Volverás como siempre, con tus
alegrías como collar tintineante y tu voz como siempre encantando al lobo
huraño que todavía estará rastreando tus huellas buscándote. Y ya estarás de
vuelta, pero ahora sin escapatoria. Vale.
Así sea
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