lunes, 27 de agosto de 2012

SORROW

Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón.
Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Gabriel García Márquez, 1955.

Acaso el amor perdido te dejó la marca de la herida, del desangre detrás de el cristal enmarañado por una lluvia inverosímil o por el relente decantado de tu ansiedad de amortajada. O es que el desengaño te viste en tristeza de espera envuelta en ese vaho de pena donde tu rostro se esconde difuso en tus ojos cerrados y en los labios del mismo rojo de los besos inútiles que no alcanzaron para retener al viajero, pasajero y tránsfuga que te habían traído los demonios del desencanto para que la primavera poseyera en ti otro sentido allá afuera en el jardín de tus sueños de tierna crisálida. Acaso tu mano roza la piel extraviada en la lisura del vidrio buscando sin hallar las tibiezas de esa otra mano que te llevo insepulta por los días felices, por las tardes en los parques, por los plenilunios que los esperaban a la vuelta de las esquinas para arrastrarte como dormida a los patios con madreselvas, a los zaguanes de penumbras y a las sombras de las calles de ventanales iluminados que los espiaban antes de llegar tu casa. Quizás tu desconsuelo se va trizando con las horas en ausencia hasta romperse hecho añicos contra los muros que has levantado dolorosa para no seguirlo por sus parajes de trampero impenitente escuchando su voz como un eco inalcanzable entre los misteriosos tejidos del pasado. Y te escondes, te ocultas a media imagen, te disuelves en ese enrejado cristalino fragmentada e inconexa para no huir de ti misma sin saber si será fuga o intento, si irás por él desesperada rastreando sus huellas, los vestigios que imaginas ha ido dejando para que no te me pierdas reina que también te estoy buscando, o recorrerás ahora sola los mismos senderos por donde el amor se escondía entre los arbusto y las magnolias recién florecidas. Es el gesto sufriente de virgen de los dolores, es tu boca sin besos, la mano congelada sin lograr la caricia, tus parpados ensueñados o en llantito secreto lo que te ilumina de silencio en tu escondrijo de claustro. Es la quietud de esa desolación que te invade con una densidad de aguacero sin escampe la que te robó la sonrisa que se encendía en tu boca cuando cerrabas la puerta y lo imaginabas caminando por el empedrado en un circulo que se cerraba cuando al atardecer del día siguiente él golpeaba la puerta y tu sonreías porque sabías que era él. O quizá es el reverbero entristecido de esa pasión carcomida por la rutina que se fue estancado en la piel de cada día hasta esa noche sin luna en que al irse ya no te besó. Vale.

miércoles, 22 de agosto de 2012

APUNTES SOBRE LA LLUVIA DE HOY

“y sigue lloviendo, hay flores caídas, ramas rotas por la tormenta, el ronroneo del gato  me adormece y la lluvia en la ventana  suena a tu voz”
Lluvia y gato que te mira. Hilda Breer

Llueve, con esa tristeza desordenada de las ciudades invadidas por los finales del invierno, de las ciudades atrapadas en una soledad sin tiempo que viene de sus territorios ancestrales, ciudades vacías, antes de su fundación y sus torpes refundaciones, cuando aun los ríos corrían por sus cauces y las hierbas eran más verdes que las de ahora que llueve sobre los pastos falsos y las ortigas entumidas. Las calles asumen esa tristeza de vértice fúnebre y se vacían de siluetas, de sombras y de pájaros, se van como disolviendo en las aguas que escurren por sus aceras, en los reflejos difusos de los árboles deshojados, de las marañas de líneas de los cables eléctricos y de los postes del alumbrado en su verticalidad heroica en medio de la lluvia. Llueve y es un poco un fin de algo que nadie  sabe que es pero que todos los escurridizos caminantes intuyen en los charcos que los asaltan en los bordes de las veredas y en los nubarrones grises que van ensuciando un cielo de oscura porcelana. Confundido en un oriente que se aleja hasta tocar y subir por la cordillera un vaho húmedo va guiando los chubascos hacia su trampa de nieves eternas mientras el poniente declarado en rebeldía se resiste a morir sin la gloria esplendorosa del crepúsculo y se rompe en una iluminación de claraboya, de ventana de hospital, de ventanal de casa abandonada. Más acá, donde los pasos ya perdieron su eco por la persistencia de la lluvia, el habitante se ensimisma en su desolación de naufrago extraviado y se pierde en la esquina siguiente sin encontrar nunca la salida al llueve, a la indiferencia de lo clandestino, de lo secreto, de las congojas por los pecados cometidos y en deuda por pagar. Llueve, con el abandono en carne viva, con el mutismo de lo que sucede sin esperanza, con la agobiante sensación de un castigo bíblico que traspasa las generaciones y se aferra como hiedra muerta en los muros del único habitante, del viajero detenido en la lluvia cabizbajo a la espera que escampe para continuar el viaje por la ciudad que le parece vacía en su desborde pero de la que alcanza a oír su linfa cloacal fluyendo por las alcantarillas allá abajo en la tierra misma humedecida por el agua quizás final de este invierno en sequía. El asfalto espejea en un plateado agrisado como un largo mar triste esparcido entre la quietud de un archipiélago prehistórico buscando un imposible punto de fuga. Llueve, mientras la ciudad, tan callando, se va borrando, inundando de sombrías nostalgias y sumergiendo en infelices presagios. Vale.

Imagen: Fotografía de Hilda Breer, junio 2012

jueves, 16 de agosto de 2012

MUTACIONES MUTANTES

El jolgorio de los mutantes aviva la noche con sus variaciones para orquesta op. 31 de Schönberg, tocadas en el modo politonal original del maestro Arnoldo. La música atonal y dodecafónica gorgotea con sus saltitos de grillos amarillos haciendo florecer la misteriosa Rosa Nítida en cuyas lágrimas madrugadoras los vestiglos perciben esas visiones inquietantes que van convirtiendo el día en la arena que se va deshaciendo en agua, sal y ceniza. Las trompetillas del tabaco se cimbran inquietas ante el horror de los címbalos y las cucardas se abren y cierran al ritmo neurótico de la musiquilla enervante de la melodía insensata. Allá lejos en el lineal resplandor de la playa un buque escorado en las arenas de la pleamar se desgrana desarma desguaza en sus óxidos primitivos. Los mutantes danzan embriagados de alcanfor bajo la espesura sagrada de la pasionaria florecida, cada una con su corona de espinas, los tres martillos y los tres clavos, bailan con sus siete patas quitinosas y sus cinco élitros transparentes. La mañana cristaliza en los arpegios de otra música invisible sospechosa de precisas profanaciones, secretas idolatrías y ambiguos libertinajes. Los sumideros sagrados se anegan de secreciones sexuales y hemolinfas incoloras, verdes y rojos. Mezcla de libélula, luciérnaga y saltamontes, cada mutante despliega su larga y recta antena iridiscente azul verdosa formando en su tumulto un hermoso alfiletero tornasolado sobre el tronco del pitosporo, el Azahar de la China. Hay un silencio de caladero cuando el sol toca el mediodía. Los engendros vuelven cabizbajos a sus labores sigilosas en las extrañas maquinas capaces de sajar el tiempo, cizallarlo en tajadas casi transparentes, desgranarlo en sus mínimos granos minuciosos, no el tiempo blando, amorfo, maleable dentro del que ocurre la burda realidad, sino el otro, el cristalizado, frágil y tintineante donde están inmersos los instantes que destellan distintos e inolvidables. El lloradero de las pesquerías vierte negras y fangosas aguas en el desaguadero del espanto con la calma deshojada de las antiguas teterías. Un polvoriento chancador va crujiendo en cada paradoxa, en cada trampa temporal. El resto del día se desliza en su discontinuo traqueteo. Comienza el berrinche del crepúsculo. Hay un gris de humo de ponientes extinguidos, un aroma a aceites quemados, a petróleo en combustión, a cloacas en cuyas grietas ya comienzan a brotar los sangrientos amarantos lunares. La noche oscura y brumosa se enciende con el jolgorio de los mutantes y las sorprendentes variaciones dodecafónicas de Schönberg. Vale.

INTENTO

El amor se nos había vuelto clandestino, escabroso e intenso, temía equivocarme y perderte, así que llevaba al macho que me habita sofrenado, tascando el freno para no romper el hechizo con pequeñas perversiones y me dejaba vivir en tu tenso ámbito holístico donde convivían las flores y los dragones, las aguas cristalinas y los fangos profundos, temiendo siempre que me convirtieras en estatua de sal o en gárgola del templo de tu nombre. Te amé y nos amamos hasta esa madrugada final cuando entre las sabanas tibias fuimos nudo, trenza, remolino multicolor y aguas confluyendo, y te seguí besando en la anchura de la mañana y a lo largo del día que se venía. Y en ese ayer estabas ahí, silenciosa, hierática y coqueta, yo sentía tus ojos buscando mi mirada para hechizarme, seducirme y atraerme a tu jardín de amapolas, de colibríes y astylus, y yo olvidaba las piritas y las calcopiritas, los cuarzos amatista y las obsidianas, olvidaba quien era y donde estaba, olvidaba mi nombre y los oscuros días antes de tus magias esenciales. Y vino el derrumbe, el naufragio, la ventolera, y no hubo más de ti. Aun así, si hoy pudiera tocarte te tomaría en mis brazos y te besaría hasta sofocarte, te apretaría contra mí y rodaríamos juntos por el pasto como un alegre arácnido pervertido y buscaría en tu cuerpo los lugares donde nacen o se enconan tus pasiones y hurgaría en ellos hasta el quejido o el susurro, te seguiría besando, acariciando, tentando hasta que desfallezcas rendida o vencida, desnudos entre la grama y las flores amarillas como dos animales feroces que se entregan en una lucha de sobrevivencia en la que ambos se odian y se buscan en el tumulto del éxtasis al borde mismo del abismo del goce bestial, violento, intransigente y a la vez deliciosamente inevitable, te borraría los miedos y tus certezas equivocadas, te mordería los labios y los lóbulos de las orejas, mi lengua iniciaría con la tuya un húmedo combate de serpientes marinas, ávidas, feroces y entrelazadas sin rendición posible, te lamería entera siguiendo el rastro de tu aroma hasta dejarte desperfumada, mas desnuda que nunca, me emborracharía con tu saliva, me dejaría morir entre tus pechos para resurrectar el tercer día ahí mismo adormecido como un niño tierno y necesitado de edípicos afectos. Pero no, este es solo otro fallido intento de seducción, y aquí me bajo, desde aquí desaparezco de tus soles y lunas sabiendo que para nuestra arcilla final ni siquiera importa la suma.

jueves, 9 de agosto de 2012

LA VISITANTE

Venía atravesando el patio recién llovido en medio de las ruinas y los árboles añosos, levantándose el ruedo del vestido con sus dos manos finas y pálidas de huesos largos para no mojarlo en los charcos que no reflejaban su imagen sino solo los altos ramajes deshojados contra el cielo grisáceo simulando en su fúnebre quietud abandonados espejos trizados. Su rostro adusto poseía la belleza mortecina de los seres que no son de este mundo, la mirada como perdida atravesaba los cristales empolvados del ventanal provocando el tenue escalofrió de lo insoportable, sus labios congelados en una mueca mezcla de sonrisa y desprecio queriendo parecer amables a pesar de la tristeza inequívoca que uno sentía como una daga encendida sajando las vísceras. Su piel muy pálida resplandecía en su tibieza dándole un aura angélica, distante, intocable. La contemplé sin asombro, sin un atisbo de inquietud o angustia, la veía acercarse y era como si la esperara hace tiempo, casi podía oler su perfume cítrico con un tenue aire de magnolia u oír el frufrú de su vestido entre el ruido de sus pasos delicados en el sendero pedregoso por el que se accedía a la vieja casona. De pronto me di cuenta que todo era gris, allá afuera los muros carcomidos por los inviernos, la corteza de los árboles, el cielo nublado, la grava y los charcos, acá adentro los muebles, las paredes, la alfombra raída y los antiguos oleos con sus escenas de batallas y de caza. Después todo fue de noche. Me arrebujé más en el lecho y cerré los ojos abrumado de tiempo y de memorias, de rostros olvidados que ahora acudían como buscando una instauración que en su momento no tuvieron, mientras intentaba inútilmente identificarlos con un nombre o un detalle que los fijara en el recuerdo, escuché como abría la puerta cancel, no oí ruido del cerrojo y asumí que la había dejado entornada, lo que me confirmó su visita en este aquí y este ahora. Escuché sus pasos leves y cautelosos sobre la madera desgastada del piso y el chirrido sordo de la puerta que se abría allá a los pies de mi cama. Mi entorno se lleno de su sutil e invisible omnipresencia. No necesité abrir los ojos para saber que era ella. Sentí su mano recorrer con suavidad el perfil de mi rostro. Levantó mi cabeza acercándola a su pecho como con ternura, y por unos instantes la acarició. Entendí agradecido que era el fin, y que iba a ser como siempre quise, de noche, durante el sueño y sin dolor.

domingo, 29 de julio de 2012

HOY (AYER) ALLI

Y ahí en medio del bosque en medio de la tarde soleada en medio del invierno en sequía vino tu voz a buscar el lobo solitario que vagaba husmeando el perfume perdido de los frutos del árbol prohibido que crecía en medio del alcanzado paraíso. Y en medio de los ramajes del naranjo y la garras hirientes de la zarzamora encontré la puerta a los susurros de las delicias del pecado original, la puerta, fisura o grieta por donde alcancé a tocar la piel enternecida y trémula que también vagaba buscando el silencio repartido entre las palomas y los cauces de los grandes ríos cercados de verdes gramas y altas selvas de orquídeas y de algarabías de pájaros. La tarde fue culminando antes de los arreboles en un rito sagrado, en la ceremonia secreta que la distancia no aplacó con sus muros ya resquebrajados, y en la quietud silenciosa dos enamorados se supieron enredados en sus desesperos hasta la culminación del destello compartido. Y en sus propias manos estuvo el fulgor y la caricia, el beso atrapado en los labios sedientos, en el roce delicado y su íntima consistencia, y en el último instante esplendoroso de esa comunión que vence la muerte. Y hubo después en la mañana siguiente la revelación de dos breves diamantes en el borde húmedo y oloroso de la voluptuosa vertiente sobre el oscuro musgo cautivo, y una paloma asomada con su erguida tibieza inhiesta y dos palomas en el orgullo suave y carnal de su vuelo. Mientras allá en medio del bosque el sol iluminaba el sitio exacto donde la férvida vertiente, el musgo oscuro y las tibias palomas fueron imaginados con la ferviente adoración de un vasallo rendido a su soberbia y hermosa soberana. Y en el hoy de la mañana y en el allí de la tarde de la víspera entre el revoloteo de palomas un lobo ermitaño sigue rastreando las huellas del dulce galope de la fina potranca en la mullida grama, con el hambre viva, otra vez, en su delirio de acechador inconsumado, de cazador vencido, de bestia domada por el arrullo encendido de evanescentes palomas. Y en el ahora aun persisten la voces instaurando un romántico dominio sobre el perfume del florecido árbol prohibido del alcanzado paraíso, sobre el bosque de la tarde soleada del invierno sin lluvias, sobre el naranjo y la zarzamora, en los goznes de la puerta a los susurros del pecado original, y también en la piel enternecida por el álgido ceremonial consumado. Vale.


jueves, 19 de julio de 2012

ANTIGUO TRIPTICO DE INSTAURACION

Panel derecho. Enfrentado a los terrores del amor, esa casi continua percepción de una ausencia, de rostro definido y de voz reconocible, creo percibir otra vez la fisura (i) en la sensible envolvente del Universo Interior (ii), por la que fluyen tenues y mágicas esencias desde la otra mitad del Universo, que con asombro intuyo, no es la Exterior (iii). Panel central. Obstinada, así te sé desde el principio de nuestro tiempo, ¿recuerdas cuando te conocí?, te acuerdas que fuiste tú la que me encontraste en los laberintos plagados de poetas anónimos, de poemitas de tercera, de versitos primorosos, y tú descubriste esa fuerza mas profunda, mas ansiosa, que gravitaba perdida entre páginas y páginas de arena estéril, tú me llamaste entonces e iniciaste esa lenta e incontenible seducción de la letra y después de la palabra, me embrujaste con asombrosas coincidencias, y como si el destino existiera me llevaste de la mano por tus propios senderos, me quitaste la mascara y me despojaste de los hábitos de monje doloroso y me llevaste al prometido infierno a plena lluvia y me dejaste muerto de frío en medio de una calle, y habían luces y reflejos de luces y tumultos y gentes ajenas, y me dejaste esperando en una maravillosa soledad y seguía lloviendo, y entonces volviste por primera vez a mi, y fui dichoso en la medida que te acercabas, de nuevo tu risa y tus manos cerca y todo esto sucedió aquel cuarto día de cierto agosto de ese año, ¿recuerdas?, por eso te sé obstinada, hasta ahora, hasta el final de nuestro tiempo. Panel izquierdo. Porque para castigo y sombra de las almas que algo dijeron (iv)  toda palabra prevalecerá como signo o sonido, porque en ellas está la dicha y el dolor, sus pequeñas felicidades temporales y la infinita miseria de lo que fue su carne, las furias, el miedo, el asombro. Y es que perdurarán por los tiempos como ecos atroces de fantasmas equivocados, repetirán los susurros de ternuras perdidas, o en desdibujadas líneas contendrán todos los sueños, y también, tristemente, la mera equivocación que cerró bruscamente esa puerta. Y aun en el último Universo, aquel ya vacío e indolente, un mínimo roce, un insignificante estruendo, apenas un zumbido, en fin, un destello imperceptible de sus innumerables partículas girando sin sentido, convocarán en efímeros intervalos esa voz precisa o trazaran con sus frías trayectorias la terrible caligrafía de aquellas palabras. Rastros serán, vestigios de cenizas desperdigadas, huellas de ya nadas que un día de ellas se dolieron, más seguirán latiendo para siempre, como castigo y sombra de la mano que escribió o la boca que dijo. Vale.

Santiago de Chile, 2002.

Notas.
 (i) Nota de Traductor.- El original usa el termino ‘hiatus’ termino latino que corresponde a; grieta, abertura, hendidura. Se ha preferido traducir como ‘fisura’ porque parece concordar más con el contexto.
(ii) Nota del Autor.- Según el ornitólogo heresiarca Ben al Rami (Mitología y Persecución de Helena. Libro XXVI, 1590), el Universo solo seria divisible en dos volúmenes concéntricos, uno limitado y vulnerable que se extiende desde la piel hacia adentro, y el otro más vasto, acaso ilimitado, que comprende desde la piel hacia fuera.
(iii) Nota del Editor.- El físico ruso V.I.Rodogorov denomina a esta elemental cosmogonía “Modelo de Universo Autoreferente”, y en su texto ya clásico “Orígenes del Duelo” (Ediciones IVOROSKAYA, Moscú, 1963), la rebaja a una mera falacia verbal.
(iv) Nota del Autor.- Bienaventurados los que no dijeron, porque poseerán no solo el olvido sino también un majestuoso silencio. 

Imagen: Blanca Portillo en la obra de teatro “BARROCO” Octubre, 2008.

jueves, 12 de julio de 2012

EL VIAJE DE LA VIRGEN MAYOR

Para K.

Visitarás la quieta orilla del cielo y el borde del abismo del infierno, y volverás. Veras una ameba con apariencia de cincel o de esdrújula, soñaras un cilindro portentoso y en la escafandra de un portal de piedra canteada el rostro de un extraño visitante, y volverás al alcor donde crece la absenta misteriosa que florece al fenecer el día entre arreboles y nubarrones en un incordio de rojos anaranjados y matices del gris. Conocerás la duna de los anhelos y las desesperanzas, navegando tranquila en el chinchorro de un Caronte caribe que rema extasiado en el Aqueronte de tu pasado mientras tú, niña aun, corres por el fresco verdor de la gramilla de tu infancia. Decodificaras el jeroglífico que oculta la verdad última a los ojos de los pecadores y santones de mentira, disfrutarás del sabor del arándano y del aroma de la esencia de la bergamota, reconocerás un atril y un bordado, una escultura de mármol rosado y cierta balaustrada que da a un jardín de rosas azules, sin saber que aquellas cosas no están allí sino en tus perdidos recuerdos. En la distancia adivinaras las acrobacias de los gorriones de tu primera patria y la caterva de palomas de todas las plazas que visitaste en tus viajes de errancias y cantos de privilegio. Y volverás. En los recovecos fascinantes de tu bitácora escribirás de céfiros y de iridiscencias, de arquetipos y de esa medianoche desoladora cuando creaste tu propia cosmogonía entre esplendores y naipes comprados en un chinchal del que ya no recuerdas sino el lápiz de grafito que te prestaron para marcar las cartas para ganar todas las manos. Abrumada por la jaula o el cardumen, sin la coherencia de tu pensar, anhelarás el acrílico opalescente de una pintura que no existe pero que imaginaste tan vivamente que es como si existiera. En el alabastro de una lámpara tenaz se reflejará la bifurcación de tu travesía, el escrutinio, el pasatiempo y el pasar del tiempo, en un inverosímil apasionamiento deslizaras tu mano por la caoba y por el ámbar. Y volverás. La catarata que humedeció tus labios asombrados en medio de la sabana como un embeleso de espigas y pedregales, será el itinerario que seguirás hasta llegar a un castaño imponente y un cielo índigo increíble, sin acordarte si son memorias o las poderosas visiones que crea la anestesia. Y volverás. Habrán abrojos y zarzas, glaucos estremecimiento ante un diluviar de pétalos de jacarandá, y los corpúsculo de la suprema armonía, beberás un aguardiente de pura vida y volverás. Volverás como siempre, con tus alegrías como collar tintineante y tu voz como siempre encantando al lobo huraño que todavía estará rastreando tus huellas buscándote. Y ya estarás de vuelta, pero ahora sin escapatoria. Vale.

miércoles, 11 de julio de 2012

FANTASIA Nº 97 Simulacro.

Dúctil y efímero, con un aura de arconte esperando el colapso premonitorio de la bóveda fúnebre donde duermen los huesos corroídos del último hoplita. Abstruso y a la vez arrabalero, trashumante de atrios y patios, indagador con alevosía de patíbulo en el bestiario nocturno, entre el granate de los labios pintados y la mórbida piel de los escotes. Andariego siempre a barlovento, borroso y extraviado en el boato y esplendor del aleteo de la palomas sobre una plaza ensangrentada, gárgola silente en los albores del día, hiedra trepando el muro de un castillo encantado entre la angustia del miedo a morir y la ansiedad del bohemio que no encuentra la mañana. Atrapado en la ecuación del nacer, crecer, reproducirse y morir, y en la reverberación de la tinta con que se escribió en el cristalino ámbar del atardecer el desesperar de los años. Asustado del irrisorio aullido del lobo desde la colina umbría donde surge el caudal del quebranto  y el gorgojeo despiadado de la luna mansa y menguante. Fue reflejado en los ojos del basilisco de escamas tornasoladas, enredado en la dramaturgia andrógina del embrujo de la carne, en su bestialismo y su espuma, en la erótica carencia de una piel o en crepitar de la leña de una fogata acontecida en los rumbos del pago. Poseyó el desparpajo del crisantemo en su amarillo incesante y su irreverencia de pecatriz voluptuosa en el carcamal abrupto de la barranquera. Y en la larga calle de añosa arboleda y pulidos adoquines vio el alelí de su infancia como un apóstol en la alborada infinitesimal de esa su única epifanía en el borde de la blasfemia. Y tentó la ambigüedad de la albahaca en su perfume y el retumbo inerte del canto perdido en la oquedad de la piedra. En el apacible aciano de la azurita pudo intuir el terciopelo de la misericordia, el duro pliegue de la amargura y la dulzura de la incertidumbre en su esencia de torbellino o espejismo. Solía amainar las tormentas de biblioteca con su antifaz de beduino, con su thawb desgarrado por las arenas y su ábaco carcomido por los dedos avaros del prestamista, pero siempre invisible como el verde metálico del escarabajo del romero o el rojizo marrón moteado del gorgojo del garbanzo y del chícharo. Supo descifrar la impronta de los chubascos en la tierra sedienta aun en sus atavíos otoñales, y en la añoranza de la crisálida el descalabro de su estirpe de titiriteros y magos de ferias. En su fin solo quedó el devaneo de sus párpados ante la iluminada catedral en ruinas, esa querencia dilapidada por el delirio de un noctámbulo que avanza ebrio por las callejuelas del pecado.

sábado, 7 de julio de 2012

LAS MASCARAS DE LA MASCARA

“Detrás de la máscara, la máscara.” Lic. Juan Pablo Sabino.

La máscara más peligrosa es la que nos muestra el espejo, es por eso que me he cambiado el rostro, los rostros, de ahí que ya perdí los rasgos del verdadero, ya no sé cual es el real, solo la voz me delata, pero ya nadie me escucha. Ya no podrán arrebatarme el misterio de mi existencia, pues me he puesto a salvo mediante muchas vueltas y revueltas, mediante muchas máscaras y caretas. Contemplo mi máscara como si contemplase un espejo. Entre la máscara y el rostro se esboza un paralelo, tan sólo que en la máscara hay un momento de revelación que se abre para penetrar en un destino ajeno. La máscara es la permanencia del orden sobrenatural en los efímeros. Hay una dimensión en mí que exige el misterio, el engaño y la permanencia conjural del tiempo transfigurativo. Aparezco como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. No expresan mi espontaneidad, ni resuelven mis conflictos; son formas que no he creado ni sufrido, máscaras. Y he aquí que salto de una máscara a otra máscara: de una máscara veneciana al color de las rosas en la oscuridad, para advertir que, cuando la luz se apaga, se me caen todas las máscaras del día. Frente a la superficie del espejo sé que esa máscara me engaña, ya que si hay una máscara, no hay nada detrás: superficie que no esconde más que así misma; superficie, que, porque me hace suponer que hay algo detrás impide que la considere como superficie. La máscara me hace creer que hay una profundidad, pero lo que ésta enmascara es ella misma: la máscara simula la disimulación para disimular que no es más que simulación. Y cada vez que amé la hermosa máscara había cambiado, pero como siempre era la única, no pude asir sino un racimo de rostros o de máscaras precipitadas. Anoche, cuando me quise quitar la máscara la tenía pegada a la cara. Cuando me la quité y me vi al espejo ya había envejecido. Usted, querido amigo Pessoa, misántropo de las máscaras humanas, persona despersonalizada, heterónimo genético, yoes de los yo, ser de la multiplicación y la coartada, cómplice de los desconocidos; usted, digo, tuvo razón: el poeta es un fingidor. La máscara y el espejo, rostros falsos, caras ocultas, una detrás del cartón pintado, la otra invertida detrás el cristal azogado, pero que importa, siempre habrá una máscara detrás de toda máscara.

Compinches involuntarios: Ana de la Robla, Fernando Pessoa, Jorge Luis Borges, José Lezama Lima, Juan Pablo Sabino, Luis Eduardo García, Octavio Paz, Pablo Neruda y Severo Sarduy.