En ese tu lecho (nuestro),
acogedor y enternecido con sus mullidos cojines y su hermoso cobertor irá
floreciendo nuestro Amar en esta nueva primavera, ahí tu boca me llenará de
besos y mis manos acariciarán la cascada de tu largo pelo negro, allí nos uniremos
en un abrazo eterno de ternuras, de soledades compartidas, de nuestras
búsquedas de cariños que al fin encontraron lo perdido, de los sueños
construido entre tú y yo en todos estos años en que mis labios te besaron en la
distancia humedeciendo lo tuyos como un roció que venía de lejos a consumar la
cercanía, el encuentro, la pasión y el Amar que me enseñaste con tus mimos de
amada amante, sobre ese lecho te susurraré todos los versos que te debo, las
palabras que se perdieron en el trafago de los días, los meses y los años, y
que te buscaban como mariposas extraviadas para ir a posarse en tus sabanas
mientras dormías soñando que venían mariposas a decirte cuanto te amo, en ese
nido mullido y tibio sentirás mi cuerpo cercano buscando el tuyo para iniciar
los ritos del Amar, las ceremonias nocturnas de unirnos en una comunión tan
intensa de seremos una sola piel, en una consumación tan íntima que nos
perderemos del mundo naufragando en el dulce perfume de la grandes flores de
ese hermoso edredón. Por ese ventanal que da a la luz del día entraré cada
noche sigiloso, alado y sutil, a besarte mientras duermes soñando con la grama
de tu tierra natal, con tus caballos y tus alegría de niña, me deslizaré junto
con la luz de la luna para ir a tocar tu amada piel iluminada de tierna
doncella misteriosa, beberé de la nocturna vertiente de tu pelo las aguas
secretas del paraíso, me hundiré embelesado en el aroma de tu cuerpo dormido
como un niño abandonado, atravesando ese vidrio transparente de tu ventana
vendré en la madrugadas de lluvia a traerte el calor del Amar, el olor a tierra
húmeda, las gotas cristalinas que caen de los árboles de aquel bosque encantado
por tu voz, el viento que recorre los territorios sagrados donde habitas cuando
duermes, cuando te sueño, cuando te pienso, y atrapado en esa luz de la
madrugada me quedare esperando que despiertes, que vuelvas al día y tus rutinas
para mirarte los ojos encandilados y tu cabello revuelto, y así, aun
semidormida robarte los besos que tu boca siempre me debe. Vale.
jueves, 28 de febrero de 2013
lunes, 25 de febrero de 2013
MAGA A CONTRALUZ
A la Maga
Era la penumbra
dulce y narcotizada que precede a la buena muerte, movió lentamente la mano y
tocó esa otra piel que hacía tantos años le era cercana, sintió esa tibieza
acurrucada que poseen los objetos que ya son nuestros por certidumbre, por
nostalgia o por hábito, no necesitó abrir los ojos para saber que era ella,
reconocería esa sombra borrosa bajo la luz de cualquier plenilunio. La silueta
de su cuerpo se había incrustado en el suyo a la manera de un vicio necesario,
irremplazable, no sabía respirar si ella no lo respiraba. A veces permanecía
enterrada por varios días o semanas solo por hacerle sentir que su presencia lo
justificaba, era cosa de pensarlo; no se imaginaba sin ella. Tal vez, pensó, no
era ella la que debió estar ahí en esa reposada agonía, pero la amó más de
cuarenta veces los mismos años, hubo noches en que esa sola sombra le dio el
cobijo que necesitó para no quedarse a dormir para siempre en otro lecho
equivocado. Soportó su innata lejanía de viajero extraviado y le perdonó sus constantes
fugas de niño abandonado, lo dejó ser feliz a contramano, como escondido, para
que nunca se supiera sin ella. Le dio hijos con el hierro de su misma semilla y
cuidó afanando del castillo y de las rosas, le ayudó a habitar los terrores
secretos del dolor físico y sus intolerables penas funerarias, los tormentos de
los días grises o tristes, no los de las lluvias, alguna vez lo miró a los ojos
y él no supo si en ellos vio el amor o el odio, no obstante, el cariño de madre
otra instaurada, la ternura que derramó antes ciertas tristezas y esa cercanía
constante, perenne como su fidelidad inquebrantable le borraron fácil el
recuerdo de aquella mirada. Ya viejo le fue soltando la mano, de a poco, como
no queriendo, quizás porque ella tampoco sabía que iba a hacer sin él. Y ahí
estaba, cerca e intocable como la esfinge lejana que siempre fue. Ahora, en la
hora terminal de la suma confirmó con entera certeza que si no era ella a lo
menos tuvo la grandeza majestuosa de reemplazar perfectamente la perfección de
la imposible. Era casi llegada la noche cuando le sobrevino la esperada
oscuridad de los ojos abiertos y sintió complacido que ya se iba desenhebrando y
escindiendo el delicado cordón de plata, entonces recordó la promesa que le
había hecho tantas veces sin decírselo, y entreabriendo apenas los labios
resecos pronunció, con debida veneración y en un último susurro, su nombre.
Vale.
domingo, 17 de febrero de 2013
A CONTRALUZ DE LAS DALIAS
El color de las dalias sobre tus
pechos asume la reminiscencia edípica del jardín de la infancia, esos largos
veranos capturando mariposas y mantis o leyendo bajo el parrón los libros de la
vasta biblioteca mi padre en la quietud del estío cuando ni siquiera intuía que
vendrías a por mí. Pero ahora ese mismo color de las dalias untado sobre tu
piel posee una intensidad distinta, un tenacidad de recuerdo que no se vuela y
genera un estremecimiento macho surgiendo en un florecimiento decantado, denso,
abrumado por la imposibilidad de dibujar tiernamente con mis labios el limite
entre tu tibieza y ese delicado matiz del color de las dalias. Agradecido te
veo en esa lluvia donde no fuimos de la mano caminándola, veo las gotitas de
aguacielo en tu pelo y en tu rostro, veo tus labios humedecidos por esa lluvia
que perdimos y te beso con toda mi ternura de linyera abandonado, y ebrio de tu
saliva y de tu lluvia revivo unos versos perdidos que te escribí años antes de
que amanecieras en mí. Día vendrá en que atrapado en el perfume de tu rosa
saciaré esa tu sed de besos míos, hasta hacerte sangrar los labios mordidos y
así borrar de tus boca todos los besos que no fueron míos: Sé que lo sabés y lo
presientes porque también yo busco y rebusco tus labios en el denso calor de la
tarde, y te voy imaginado del color de las dalias en medio de la espuma, bajo
esa cascada que te besa cristalina en mi nombre, y te veo leyendo a la sombra
verde de un gran árbol, o mirando las mariposas con los ojos perdidos en mi
horizonte, y me voy cercando tus muros de silencio y te acaricio el pelo con la
brisa y te susurro versos con el rumor del agua que fluye por tu piel y me la
trae dibujada en el agua que bebo. Veo tu silueta amada y deseada, veo adivino
intuyo un escote de mis sueños, pero difuso, oculto en las penumbras, alcanzo a
divisar tu piel enceguecido por la luz que penetra por la mil veces maldita
ventana. Así juegas conmigo, das y quitas, muestras y te exhibes sin mostrar ni
exhibir, ah! maldita, solo logras aumentar mis deseos de ti, pero también
cierro los ojos y me pregunto cual es el apuro si ambos nos sabemos inmortales.
viernes, 8 de febrero de 2013
DESCONCIERTOS DEL ESCRIBIENTE
El desierto
lunar con sus luciérnagas en su negro terciopelo, las luminiscencias de las
constelaciones trazadas en el nimio pergamino con la prolija mano del fauno en
privilegio de perdidas bravuras, la vastedad translucida de un océano de hielo
milenario, las blasfemias escritas en el polvo, en la aun tibia ceniza
funeraria, en el vidrio ciego del ventanal empañado, signos, símbolos, imágenes
que han perdido su significado, intraducibles retruécanos de pordiosero. El
desquicio y la ponzoña allá en lo alto del índigo a la manera de augurios
siniestros, la evocación de las magnolias y las violetas escrita con vicioso
detalle en la bitácora del destierro. La efímera sensación de la decadencia, de
la palpación del alabastro abrumador y frío, la mansedumbre del testigo
despiadado, el sendero de los abrojos y el de los crisantemos, el murmullo del
agua con sus jaculatorias herejes, colapso, amargura o escarmiento. Bajo el vernáculo
aguacero de los quebrantos, andariego y autárquico, bufón de toda las reinas y
de todas las meretrices, devorador de los otoños y de la falacia de la
mandrágora, soberbio escarabajo del crepúsculo. La palabra marmolada y sin
clemencia con su misericordia de libélula o sus perjurios de albatros,
navegaciones en cristerías, en arrabales, en la turbiedad insana de los
albañales, en los preludios. La melancolía del incienso, del sándalo, del tungsteno,
de la intimidad de las medusas menguantes, de su alquimia y su vértigo y su
resonancia, entreverada en el púrpura del ocaso y en el jolgorio de las
madreperlas. La quietud del varadero de ultramar donde la brisa se venía de
ámbar y alelí, mientras el verano devoraba los amarantos dejando una
reverberancia de color carmesí y un aroma de mariposa. Todo va cuajando en un
ronroneo perverso, como un dibujo a carboncillo de siluetas deformadas en los
reflejos de la escarcha. En la luminosidad contenida del último farol, a la
vuelta de la esquina, hay una dulzura, una fugacidad, un rostro de soslayo y
unos ojos dormidos, inviolada comarca donde persiste una pequeñita vehemencia
de insecto o de pájaro. Una mujer dolorosa observa apoyada en el alféizar de un
altísimo ventanal como se ensombrece la tarde decimoquinta, pero su mirada nostálgica
está ya en un abril lejano buscando el día en que amanecerá distinto. Toma un
libro, lo hojea y lo deja, mira el mar, se entristece y eleva la mirada hacia
el vacío añil de su cielo, mira el río, se abruma de soledad y llora. Es todo.
jueves, 7 de febrero de 2013
XIV - XV
(Anega tu silencio ausencia las callecitas de una ciudad que se pierde
en oscuros augurios, en una desolación de perro abandonado, en la rabia que
acomete arrebatada por los catorce días con su noches troqueladas en infinitos
insomnios, trizadas como un espejo que te refleja de a pedazos, en fragmentos
irreconocibles que no logran perfilarte para que des la sombra que se proyecta
curvada en las esquinas donde te esperan los besos esos que se esparcían por
las tanguerías y las islas acometidas por cañaverales y camalotes. Con sus
noche sin tu piel exasperando los entresijos de los parques somnolientos que
visitabas asidua en las madrugadas de los sueños, escondida detrás de las
estatuas, reflejada como luna en los estanques de los peces que te miraban
embobados, refractada en los rocíos que lagrimeaban en las hojas de los ceibos
y los jacarandás, entumida de nostalgias o garúas. De los sueños donde
navegabas entre los escollos de mis anhelos de tu naufragio, por donde los
sargazos de mis deseos confundían el imán de tu brújula y te desviaban hacia la
oquedad oceánica donde debía atraparte en la orilla de los acantilados abisales
en cuyo fondo bullían las pesadillas marinas de amanecer sin ti, escorado y
roto el velamen, impávido esperando el oleaje que rompiera los carcomidos
maderos de la víspera del infierno. En mis deseos que fluyen crecientes como
una pleamar furiosa en las tibias arenas de tu piel imaginada hasta el
cansancio, el sumergimiento, el hundimiento o la encalladura, que se estrella
contra los muros de tu lejanía, que desencuaderna el navío donde huyes mar
adentro de los albatros que te persiguen en ocasos y horizontes sobrevolando tu
boca en sus navegaciones fantasmas. Esa lejanía sutil y siseante como afilada daga
o sigilosa serpiente donde se fraguan los toscos ejercicios de la paciencia
durante las jornadas del adviento, esa liturgia desesperada sobre los ecos
imposibles de una voz resentida, leyendo entrelineas los arcanos de los salmos
escritos por el tiempo en las cortezas muertas de los troncos de los añosos árboles
de un bosque indolente, en las grietas de las paredes de ladrillos donde otrora
vagaban voluptuosos caracoles, en los intersticios de cielo gris entrevistos en
el mecido ramaje del eucalipto. Es el eco de tu voz en silencio de piedra el
que inunda esta anchurosa ciénaga de noventa días con sus densas noches de
alquitrán sin tu amargo perfume de hechicera. Vale.)
domingo, 3 de febrero de 2013
CONSTATACIONES SINONIMICAS
Elí, Elí, ¿lama sabactani?
Mateo 27:46
Sobre los escombros, entre la
espuma y los vientos, o en los aledaños de los bosques encantados, siempre
buscando esa revelación insensata, la epifanía que ha de resolver el misterio
del Universo, explicar el sinsentido del vivir, confirmar la certeza de la
ausencia de un Dios. Lo rasgado en el templo aquella tarde aciaga, la inepta
exploración por justificar el dolor, el sufrimiento, la humillación, sin los
alamares del incienso ni la torpeza de un alguien que rige este caos
incomprensible. Quemar la indumentaria grotesca de los equivocados y los
ilusos, de los ignorantes y los ingenuos, la farsa de los augurios de
alcantarilla, y la decadente promesa de un paraíso inexistente, todo en un solo
destello de verdad última antes de hundirnos en la dicha serena de la
desaparición sin retorno. Sobre los despojos, entre la efervescencia y las
galernas, o en los confines de las arboledas embrujadas siempre demandando esa
manifestación desatinada, el fenómeno que ha de desatar el secreto del Cosmos,
aclarar el absurdo del existir, ratificar la convicción de la inexistencia de
una Deidad. Lo desgarrado en el santuario aquella funesta hora nona, la incapaz
indagación por acreditar el tormento, el desconsuelo, la degradación, sin los
fastos del humo sagrado ni la ineptitud de un ente que gobierna este revoltijo
ininteligible. Calcinar la vestidura bufona de los errados y los cándidos, de
los incultos y los simples, la tramoya de las profecías de cloaca, y la
menguada oferta de un edén ilusorio, todo en un solo resplandor de evidencia
definitiva antes de sumergirnos en la sosegada complacencia de la extinción sin
regreso. Sobre los desechos, entre la baba y las ráfagas, o en las cercanías de
los boscajes hechizados, siempre indagando por esa intuición alocada, el
descubrimiento que ha de solucionar el enigma del Todo, justificar el vacío del
ser, corroborar la veracidad de la imposibilidad de un Creador. Lo rajado en la
sinagoga aquel entre mediodía y atardecer infausto, la desmañada búsqueda por
validar el suplicio, la amargura, la ignominia, sin los adornos del sahumerio
ni la incapacidad de una entelequia que tutela este fárrago inexplicable.
Carbonizar el ropaje ridículo de los desorientados y los insensatos, de los
iletrados y los incautos, la comedia de las predicciones de albañal, y el
menoscabado compromiso de un nirvana inconcebible, todo en un solo centelleo de
certidumbre concluyente antes de sumirnos en el tranquilo contento de la evanescencia
sin reanudación. Vale.
martes, 29 de enero de 2013
RASTROJOS (Variación)
La muerte hace inútil toda belleza.
Summa Atica, CXXXV. Varelio.
Otros poseerán
la felicidad de escuchar tu voz reviviendo la intensidad de un poeta muerto, yo
el recuerdo de tu boca tan cerca que pude besarla. Todo gira en círculo alrededor
de ti. Jugará el verano en las aguas oscuras de tus ojos desatado, pero no en
este otoño que se hunde hacia el poniente en premonición de un invierno
plateado en escarcha y luna hasta la clara primavera que romperá la semilla al
final de tu voz. Todo es una sagrada involución precisa hacia ti. En ti me
sumergí en las profundidades de una ternura que no conocía, apremiado por
breves florcillas de alelí y violetas que detentaban tu orgullosa primavera
mientras los ocres buscaban los matices de tus tristezas. Entre los cantos de
aves y en soleados rincones, la quietud de cualquier mañana era tu presencia,
tu cercanía leve, tus manos en la tierra. Hoy solo quisiera huir de tu sagrada
presencia, nunca mas verte como eterno fuego fatuo, perdido entre los escombros
de tu ausencia, ciego a las huellas de tus ojos en la luz y hundido en las
sombras donde eres azul o gris. Romperás un día esas cadenas y de entre tus
manos surgirá la roja rosa de pasión que pulsa tus entrañas porque eres en
dulce pecado concebida y no habrá entonces metal ni eslabones que aprisionen
tus deseos libres en vuelo gaviota liberada contra azul agua en cielo azul y buscarán
la espuma, la arena, el roquerío donde anidar el celo desatado e incitar al
tiempo cuando aun no era pecado conocer el misterio del tálamo. Hoy busco
intersecciones, la esquina equivocada, el rincón oscuro, desoladas
constelaciones muertas del tiempo girando sin eje ni sentido, girando, solo
girando, máscaras, rostros, voces muertas sin tiempo, trampas y sueños. Prolijo
acecho en pequeñas emboscadas, escondo dagas, banderas, himnos, repto
silencioso, huidizo, sigiloso y hambriento. Me convierto en voz casi susurro,
en aliento adormecedor de amapolas solo por violarte brutal en la noche en el
sueño porque a tu lado pude reconocer en tus recriminaciones el extravío y la
fragmentación, la derrota, como en un espejo donde el rostro que se mira es
todos los rostros que fui y enfrenté mis acosos, desidias, mentiras y engaños,
mis silencios y mis ausencias, agobiado de la venidera inmolación. Aun así,
quisiera verte entre las sombras de mi última noche, poseedora de todos los
reinos y tumultos, atroz dueña de mi tormento o sacrilegio, para que en la última
hora tu voz me encuentre despedazado por esa noche donde ya no existas. Vale.
Imagen: Madame Recamier de David, René Magritte, 1950.
viernes, 25 de enero de 2013
MINUCIAS DE LA VISPERA
Se viene la tarde del ultimo día,
acecha ya la noche feroz con su madrugada de cadalso, pronta espera la primera
mañana de silencio incomprensible, se me va a perder tu voz palabra, tus furias
que ahora asustado ante la inminencia me parecen dulzuras que no alcancé a
entender, desaparecerán las rosas impúdicas entre la venenosa hiedra de tu
ausencia, todo tornará en un oscuro, en un largo túnel de noventa días con sus
noches. Desde el borde mismo de la noche, de su orilla atrapada en su oscuridad
viniente, te voy rumiando carne uñas pelo, te voy sacralizando en mármoles
inseguros, en bronces antiguos, en cristales de cuarzos inauditos, para no
perder tu imagen como se pierden los rubores del atardecer, tu silueta contra
el rió de los camalotes, tu presencia en los sueños del parque donde nos
soñamos o en las callecitas, viste, donde te me perdías dejándome en un breve infierno
quincenal. Ha comenzado la noche, como si supiera del drama que viene está nublada
y allá en la cordillera que da para tu vertiente llueve. Sé perfectamente que
no podré cruzar el tormentoso mar de estos noventa días con sus noches sin vos
como un faro en la oscuridad del sin ti, pensando que no te importa, no te
importo, que te da lo mismo si existo o no existo, saberme o no saberme, que si
nos soñamos o no, que si nos morimos de besos o no, que si seguimos soñando un
día tocarnos o no, porque has de saber que a mí no me da lo mismo si no puedo
respirarte cada día en mi mañana o acariciarte cada noche en tu insomnio. Sé
perfectamente que vendrán otras voces fantasmales con sus trampas de deleites y
sus cantos de embelesos que desviaran mis rumbos caóticos hasta hacerme
naufragar, otra vez, con los mismos roqueríos de este mismo desengaño nada más
que para cumplir tus presagios encelados, así será, aunque en esta hora ultima te
confieso que solo querría seguir como antes esperando tu migajas como un
linyera acurrucado en tu puerta casi muerto de tu frío, hambriento siempre de
vos, con esta sed viva de macho edípico abrumado por la ternura perdida de tus
pechos y la nostalgia sangrando por tu entera piel intocable imposible
insoñable, ahora. Pero ya es tarde, demasiado tarde, solo nos queda irnos a
desaparecer en el silencio del otro por esos noventa días con sus noches que se
nos vienen hasta por ahí por fines del lejano abril de las lluvias. Vos
decidiste, yo no pude. Eso.
miércoles, 23 de enero de 2013
NOCTURNO CELOSO
Anoche te esperé en el sueño,
recorrí de esquina a esquina el parque de siempre, te busqué detrás de las
estatuas, en los escaños anochecidos, en el reflejo lunar del estanque de los
peces silenciosos, en el zureo nocturno de las palomas, te busqué en los
jardines de rosales y de magnolias, en la frescura del pasto dormido, en los
lugares donde nunca nos besamos y en los sitios donde nuestras huellas
contrapuestas nos delatan al amanecer, en fin, te busqué hasta la orilla del
sueño y no, no apareciste maldita mía, entonces fui por la noche indagando por
tu lecho, rastreando el halito de tu cuerpo por los callejones y las avenidas
entre oscuridades y luces hasta dar con tu ventanal, con tu puerta, con tu
lecho, y te miré dormir toda la noche, sin tocarte, solo con mi ojos
acariciando cada fragmento de tu cuerpo que quedaba desnudo fuera de las
sabanas, tus brazos impúdicos, el escote acosado por tu respiración en sueño,
en algún momento el destello de una pierna buscando frescura, tu rostro dormido
atravesando un sueño donde yo no estaba pues te miraba dormir extasiado en tu
quietud de esfinge, pero en la penumbra del amanecer cercano descubrí en tus
labios la misma sonrisa dulce de cuando te beso y supe claramente que existe
otro que se encierra también en tus sueños y te genera sensaciones y te posee,
y que te hace rendirte a sus caricias, que te produce un éxtasis que humedece
tu cuerpo hasta saciarte, sonreí, y yo creyendo que solo era yo, tonto y
crédulo linyera, el que podía penetrar tus sueños, me creía poseedor de la
llave, el código y la clave que abre el portalón del castillo donde te pienso y
habitas bordando nenúfares en mi espera, qué va, pero no importa maldita porque
sé que yo soy el dueño de tu rosa embebida, de sus latidos y de la dulce
densidad de sus brebajes, de sus ardores escondidos en los medanos de tus
insomnios y de cada evocación que la estremece, y vos lo sabés, lo has sentido,
lo has vivido más de una noche mientras te rompo la boca a besos, maldita, yo
soy el sátiro que traspasa y penetra tus remilgos de gata maldita, yo soy el
que te acoso contra tu voluntad pero a favor de tus deseos, así que ese otro
puede jugar todos los juegos que quiera porque el único juego que vale, el
juego del fuego, ese solo lo sueñas conmigo. Y nada.
sábado, 19 de enero de 2013
INTIMIDAD DE PAISAJE
¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la
de sentir!
La escritura de Dios. El Aleph, Jorge Luis Borges,
1949.
La brisa lo
dejaba a contramano como un santo pendiente, lo envolvía en un remolino de
arrebatos y alturas de muchos verdes posibles, de blanca loca mariposa
arrastrada por la turbulencia de un oleaje invisible, desvinculado en un azar
de perro, entre los geranios quietos de un abandono mortecino cristalizado en
esa misma opacidad lánguida de las tumbas abandonadas, congregado por los
entramados y las urdimbres florecidas en la fijeza del estío. Entonces se
inclinaba hacía ella y le bordoneaba en su oído su rezongo de linyera. No, son
intentos búsquedas de nuevas formas de comunicación, de renovaciones
vivificantes como cuando se incendian los bosques buscando el brote de los
renovales, estremecimientos, intenciones, exploraciones, no hay nada de lo que
dices supones intuyes, nada que vislumbrar si no lo lúdico, el juego amorosos
de dos seres que se tocan reconociéndose, solo hay alegres divagaciones para no
caer en aquellos tenues y eternos
intersticios de sinrazón (i) que dijo aquel tu viejo poeta ciego, eso,
juegos para concretizar nuestra realidad, confirmar la certeza del deseo, de
esta cercanía de vos y yo de la que siempre desconfías, que te desespera porque
la sientes tan real que te asusta, y entonces la niegas, la desesxistes, no, no
es escape ni salida ni bostezo, es un pellizco para que te sobresaltes, te rías
coqueta, juegues mi juego y te dejes seducir una y otra vez por todos mis yo,
no, no se me acaban los verbos ni los adjetivos, nunca se me acabaran cuando
estás cerca y te pienso, sé que puedo seguir conmoviéndote y emocionándote
hasta que este maldito destino de mísero mortal me haga pronunciar por ultima
vez la palabra de tu nombre como en ese sueño de Borges (ii), porque no hay día
en que no nos extrañemos (niégalo!) vos a mí y yo a vos, madrugada mañana tarde
y crepúsculo, y ni que decir en las noches de insomnios o las de sueños, o en
las lluvias o en las rosas, no, no sabes, piensas equivocada, no son presiones,
son tímidas invitaciones al juego del fuego, eso. Ella lo escuchaba sin
sonrisa, con un mohín de incredulidad, haciéndose la reina y nada. La brisa lo
dispersaba por el cañaveral, lo disgregaba en una arena húmeda que resistía
aferrada a las piedras, a las cortezas cuarteadas, lo hundía en las oquedades
muertas bajo cierta luna diurna que se emborronaba en un allá arriba de muy triste
azul difuso.
Notas.-
(i) Nosotros
hemos soñado el mundo, lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo
en el espacio y firme en el tiempo pero hemos consentido en su arquitectura
tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.
Otras
inquisiciones. Jorge Luis Borges, 1952.
(ii) "Sueño
Soñado en Edimburgo"
Antes del alba
soñé un sueño que me dejó abrumado y que trataré de ordenar.
Tus mayores te
engendran. En la otra frontera de los desiertos hay unas aulas polvorientas o,
si se quiere, unos depósitos polvorientos y en esas aulas o depósitos hay filas
paralelas de pizarrones cuya longitud se mide por leguas o por leguas de leguas
y en los que alguien ha trazado con tiza letras y números. Se ignora cuántos
pizarrones hay en conjunto pero se entiende que son muchos y que algunos están
abarrotados y otros casi vacíos. Las puertas de los muros son corredizas, a la
manera del Japón, y están hechas de un metal oxidado. El edificio es circular,
pero es tan enorme que desde afuera no se advierte la curvatura y lo que se ve
es una recta. Los apretados pizarrones son más altos que un hombre y alcanzan
hasta el cielo raso de yeso, que es blanquecino o gris. En el costado izquierdo
del pizarrón hay primero palabras y después números. Las palabras se ordenan
verticalmente, como en un diccionario. La primera es Aar, el nombre de un río.
La siguen los guarismos arábigos, cuya cifra es indefinida pero seguramente no
infinita. Indican el número preciso de veces que verás aquel río, el número
preciso de veces que lo descubrirás en el mapa, el número preciso de veces que
soñarás con él. La última palabra es Zwingli y queda muy lejos. En otro
desmedido pizarrón está inscrita neverness
y al lado de esa extraña palabra hay ahora una cifra. Todo el decurso de tu
vida está en esos signos.
No hay un
segundo que no esté royendo una serie.
Agotarás la
cifra que corresponde al sabor del jengibre y seguirás viviendo. Agotarás la
cifra que corresponde a la lisura del cristal y seguirás viviendo unos días.
Agotarás la cifra de los latidos que te han sido fijados y entonces habrás
muerto.
Los Conjurados. Jorge
Luis Borges, 1985.
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