martes, 16 de octubre de 2012

LA ROSA ALCANZADA


Sin tocarnos las manos, viviendo apenas el roce leve de los labios en las bocas que se besan también sin tocarse, urgidos en la penumbra buscándonos ciegos y sedientos sobre las sabanas de la noche incendiada, así fue el insomnio de los cuerpos enredados en el designio feroz de la distancia. Y fuiste rosa desnudada pétalo a pétalo con la delicadeza de antiguo jardinero, y bebí en ti el dulce néctar nocturno de tu saliva, mientras dormías, y entre pistilo y estambres hice fruto y semilla de tu ansiedad y mi celo, me fui sembrando las dunas de tus senos, sin tocarlos, solo en la caricia del sueño instaurado, me fui arando tierno, sigiloso, hacia el trópico perfumado de ti que habita en el vértice de tus muslos, hacia ese húmedo sur de mi desespero, sin tocar el tibio cuenco de tu vientre, sin anegar de besos tu ombligo, hasta el borde del abismo donde crecen las oscuras orquídeas del deseo. Duermes, yace tu cuerpo entre mis brazos ilusorios, las sabanas no cubren lo que imaginan mis ojos de fauno voyerista, duermes indefensa y expuesta a este sol que acá amanece, me envuelvo en el vaho de tu piel dormida mientras espero ser el agua tibia que escurrirá por los valles y las colinas de tus íntimos territorios, duermes sutilmente provocadora, duermes incitando a los pecados de palabra, obra y pensamiento, yo pecador, duermes como te sueño, soñándome ahí atrapado entre tus piernas, enredado en tu pelo ensortijado, aferrado a la mullida suavidad de tus pechos. Duermes en el sopor de mi calida cercanía, en la impúdica desnudez de mis deseos, en la misma perturbadora posición en que hipnotizado te espío. Ah maldita! sientes mis babas calientes derramadas en tu piel, yo caracol deslizándome por tu pubis entre la tierna selva de tus vellos, reptando denso y adherido en tu carne trémula, bebiendo de ti. Sí, única, ahí mi lengua enjugará el néctar recorriendo el breve campo de olorosas y pequeñas hierbas como un sediento caracol. Jardinero voy a tu rosa oliendo el jazmín de tu deseo florecido, la acecho y la alcanzo con mi turgente capullo en desatada consumación, y ahí soy el macho niño incestuoso que busca tu cuerpo materno para polinizarlo con la hirviente rabia de mi soledad y ser otra vez en ti embrión que nace y renace de entre tus muslos sin querer abandonar nunca ese húmedo venusterio floral. Vale.

martes, 9 de octubre de 2012

ENSILENCIOS

El silencio inunda la mañana con sus arpegios en clavicordio esparciendo un color azulado sobre las iridiscencias de los pensamientos y los suspiros, los geranios se tiñen de una anilina de ausencia y los pájaros congelan sus vuelos esperando. Una leve llovizna se desata como una pequeña tormenta sobre los botones de los rosales silenciando los ruiseñores mientras los silfos se refugian en sus subterráneas catedrales y las golondrinas miran el mundo cobijadas en el silencio de los campanarios, el alma absorbe la pena de las goteras que lloran las gárgolas. Así como la higuera con sus brotes ya verdes profetiza el verano (Mateo 24, 32-33) el colibrí insistente, el nogal enverdeciendo y los gatos impacientes declaran el inicio de los juegos de las ardientes primaveras. Reasumen sus vuelos las mariposas sedientas de los néctares sagrados, los caracoles se desentierran buscándose entre las piedras mojadas por la llovizna, se comienzan a conjugar los verbos prohibidos, un fauno impúdico curiosea el paraíso que se esconde detrás del recatado tul de las cortinas. Cesadas las lloviznas imprudentes del octubre la primavera retomas sus trabajos de sol alegres y verdes iniciales, de coloridos florecimientos, de brisa suave y perfumada de azahares y cerezos en flor. Ya despierta el fauno con el trinar de aves y el murmullo del arroyo allá abajo en el bajo entre los cañaverales, despierta envuelto en la persistente fragancia de una silueta que se esconde en el fresco tejido vegetal, despierta estremecido por esa presencia que juega a esconderse en los bordados brillantes del mediodía. La dulce leña de la piel espiada atraviesa, lanza y fuego, la delicada urdimbre del tul del cortinaje, el vidrio inocente en sus congelados cristales de cuarzo transparente, la brisa grata olorosa a jazmín, el cerco trenzado por el recato y el pudor, la distancia que separa pero no evita, la cornea, el iris y la pupila, y se convierte en destello de piel desnuda, en imago vívida del cuerpo del deseo, y en un furioso estallido volcánico enciende al furtivo fauno voyeur convirtiéndolo en un incensario voluptuoso cuyos humos perfumados de sándalo atraviesan la pupila, el iris y la cornea, la distancia, el pudor y el recato, la brisa, el vidrio y el tul, y alcanza la piel pulsante por la sangre galopante y se absorbe como un vaho ardiente hasta destellar en el brillo de los reflejos esmeraldas de los ojos del deseo.

sábado, 6 de octubre de 2012

ACECHOS REINICIALES

Sí, estas, eres, en ese ‘yo’ entre cautivante y tortuoso, donde habitan misteriosas pasiones que no necesitan explicaciones ni excusas, donde un sucedido pasado y pisado, clausurado hasta la última hendija fisura grieta va anocheciendo y cristalizando en anécdota o vestigio. Pero es sabido que también son tortuosos los senderos que rodeados de florecillas recorren los bordes de los acantilados de las gaviotas y también los taludes que bordean los abismos marinos de las aguamalas. Locuras extravagantes con las que mis celos encelan la tarde buscando la salida o la entrada para volver a hundirme en ese ‘yo’ pequeñito de tu nombre. Sin perdonarme no haber sido yo, o haber llegado antes, o ser el otro mismo pero distinto y llenarte otra vez, pero ahora yo, los destellos esmeralda de tus ojos de cucardas y volantines. Rojo –yo– como amapola herida o rosa fulgurando en el imperio de la prima noche que acontece incrustada por los sarmientos del retorno e inserta en el registro del templo de la esfinge. Que furias, que demonios, que terroríficos endriagos habitarán tus cabellos de medusa, tu epidermis de dulces escamas perfumadas para que mi voz enterrada de caracol subterráneo no haya alcanzado a ser germen semilla simiente y raíz para brotar en ti y hacerte sucumbir florecida en mi delirio. Que celos sedientos de los picaflores que bebieron los néctares de las magnolias abierta a las noches antiguas cuando cayeron los muros con su polen y sus pétalos desperdigados entre los cuarzos, los feldespatos y las micas en medio de aquella honda nocturnidad granítica. Que amaneceres, como el apagado gris nublado de hoy, con Ra oculto espiando como vuelven a arder las zarzas de las voces en su recobrado rito solar, sigiloso y voluptuoso voyeur de ese fuego que se expande, avanza, crepita en las palabras escondido acechando la caricia de la mano pecadora y la boca que besa las cuencas de los ojos para despertar a la ninfa dormida en su sueño de un fauno que la busca. Caprichos de fauno soliviantado por la estela de los verdes esmeraldas que juegan con sus brillos entre los tibios dorados de tus sueños, entre la luz entera de tu mediodía, entre los poros de tu piel que busco para iniciar las iridiscentes ceremonias de recuperación y acoso. Y el ‘Yo’ se agranda crece florece y de su rojo inicio se vuelve agua en su delicado y temeroso azul verdoso, fluye escurre humedece el verbo otra vez desatado en su oleaje primitivo y vital, sin huellas ni escarmientos de un sucedido que va perdiendo su nitidez de pena o locura en el contrapunto, torbellino y mimo, engarzado en la jungla de orquídeas y mariposas, mientras los silfos esparcen en el aire de los bosques sus risitas de niños y las ondinas vierten sus coquetas miradas en los cantarinos aguajes de los arroyos primaverales. Vale.

lunes, 1 de octubre de 2012

NADA DE LOS DULCES OJOS TRISTES

Qué de mitologías perdidas en los palimpsestos del tiempo, de mi tiempo, de mis años, cuantas arqueologías enterradas en las arenas ardientes de la memoria como fragmentos irreconocibles pero aun latentes de las voces que se me venían de bruces en los atardeceres de ese pasado casi mítico y que en su momento fue urgido laberinto y ahora es una mera estepa donde aúllan a lo lejos, muy lejanos, lo lobos sangrientos de los recuerdos. Y todo porque amaneció con una llovizna suave, esas garúas que me llevan a mi infancia, a esos años felices, y también como siempre toda lluvia me trae tu presencia, esa tristeza que vaga por tus ojos de niña ausente y solitaria. Y te veo también como siempre hermosa y sensual, te miro y remiro tantas veces como vicio, con detención, con detalle, con hambre de macho viejo, y por Dios niña mía que te ves deseable, no puedo evitar decírtelo así como en silencio, como para que no me escuches y no te asustes, con cariño, con respeto sospechoso, con los deseos vivos de acariciar tu cuerpo siguiendo con mi tacto cada una de esas dunas turgentes y cada uno de esos valles tibios, cuencas y colinas cuyas íntimas geografías recorrería con mis labios para trazar el mapa de mis propios deseos y de mis más perversas fantasías, solo iría así besando y lamiendo y tocando y acariciando esa sensualidad penetrante que es el sueño de un habitante extraviado en La Casa de las Bellas Durmientes. Pero debo cuidarme de ti niña reina solitaria, de tu tristeza continua y resistente a la risa, a las flores, a la desatada primavera, de tu cuerpo incesante que me atrapa, me cautiva, me incita y me instiga con su ingenuidad sensual explicita como la luna llena y su sexualidad implícita como el pecado original en el contraste majestuoso entre el negro que cubre y se adhiere a tu cuerpo revelando sus misterios de hembra deseada, y la delicada palidez de tu piel incorruptible. Porque eres linda niña, más aun cuando te iluminan los deseos de los machos de tu entorno, y vuelves a ser virginal y voluptuosa, única entre todas, la Dama de los Dulces Ojos Tristes, sueño de lobos en celo y de viejos poetas solitarios. En ti podría volver a vivir, a fluir, volver a ser parte del todo mientras te halago con mis tiernos cariños y mis turbulentos deseos, no obstante mis arcaicas mitologías enterradas en las arenas del tiempo, de mi tiempo.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

LA DAMA


Recatada hasta el martirio, donosa en su elegancia de condesa de altos e iluminados salones o silenciosa en sus hábitos de enclaustrada en el convento de su silencio a la hora de las algarabía i los carnavales. Instauradora de límites inalienables, de rígidas fronteras i de abismos de perdición i suicidio. De intransables principios sin finales, algarabías ni consumaciones posibles. Doña, dueña del ancho solar de las soledades i de los campos de amapolas sembrados con paciente mano y regados por el lento río del que también posee sus aguas zainas, sus verdeantes camalotes, sus orillas, sus playas i sus ínsulas extraviadas. Mezcla tenue de penúltima dama del ochocientos i de primera pasajera en el viaje al reseco desierto de las pirámides i la esfinge. Perfumada de jazmines i magnolias, delicada en su floración de siempreprimavera, álgida i turgente pero ambigua. Insobornable a los halagos i al soborno de los papelitos con poemas de amor que le hacían llegar escondidos los poetas más delirantes, a la penita a la que juegan los linyeras i a las lúbricas miradas de los matreros, al frío oro i al duro diamante, al champagne de la copa derramado que apenas tocó la adormidera glacial de su boca que no besa. Patrona de la todas furias i matrona de la penas del infierno, coqueta a escondidas si la están mirando i con dulces desparpajos si solo es para los ojos que ella busca. En los húmedos i oscuros túneles subterráneos que se extienden como un laberinto absurdo bajo su tornasolado castillo cultiva en hermosas macetas de alabastro los tristes desengaños i los negros pensamientos. Pero corta de raíz las sensibles perversiones aunque florecidas sean también parte del secreto jardín que la perfuma. Su dignidad de reina coronada le hace reconocer uno a uno sus vasallos, pero ese mismo soberbio decoro le impide mirarlos a los ojos, i es su pudor inverosímil el que va dejando un reguero de corazones cristalizados entre los muy gentiles caballeros. Le atraen los atardeceres por la quietud i los arreboles, la lluvia porque le recuerda un amor lejano, i la continuidad de los parques en otoño que es cuando mejor se siente la lluvia i son más sangrientos los ocasos. Cuentan que por las noches vaga vestida de roja seda i con su mejor armiño por las habitaciones vacías mirándose en los espejos nocturnos de los altos ventanales perseguida por sus fantasmas insistentes i acosada por sus incansables demonios. Pero esos son embelecos de los arrabales que a ella ni la tocan.

lunes, 24 de septiembre de 2012

LLUEVE ALLA EN TU CALLE


(A manera de tango)

Mirarás la lluvia en tu ventana y me pensarás ahí afuera bajo el frío de tus ojos en medio de la lluvia que repica en el asfalto, como un linyera doliente esperando en tu puerta los mendrugos de tu cariño. Y será en ese lento tango que te llevaré dormida sobre las baldosas del zaguán con sus madreselvas y su farolito allá en la calle donde vives y reinas pebeta imposible. Allá esperarás quietecita con tu pelo ensortijado y tus labios recién pintados mirando que me aparezca en el reflejo del vidrio donde llueve repicando el candombe de la tristeza de no verme. Y en ese cristal empañado dibujaras la boca que te bese sonriendo porque el rumor del río allá abajo trae al fin el aroma de los camalotes del entresueño, del ensueño y del sueño que tanto y tanto soñamos mientras navegábamos en un botecito de color azul tomados de la mano entre las islas. Mientras desde afuera, frío y lluvia y sudestada, te me iras borrando sin auxilios ni sobornos de mi cantata impropia, de mi trova callejera, te me iras huyendo por entre mis palabras, mensajera y dulce, oculta en el reboso de las sombras. Sabrás que llueve porque no me ves a tu lado de reojo cuando sebás el mate para acortar la tarde y yo no te beso, o encendés un cigarrillo solo para ver llover y yo no aspiro el humo de tu boca y no te beso, sabrás así que aun estoy afuera en el frío de tus ojos esperando, siempre esperando las migajas que tirás a los pájaros en las mañanas. Quizá te agravie que un malandra matrero te ronde desde acá afuera donde llueve, empapado y silencioso en este acecho de payaso de circo pobre, quizá te avergüence que un mendigo de tu cariño vague por tu barrio donde vives y reinas pebeta inalcanzable, quizá nuestros sueños se parecen pero no son el mismo y el río tiene nombres distintos y tu ves camalotes donde yo veo sirenas y las islas desde lejos, pa’que negarlo, son todas iguales. Pero igual seguís ahí empecinada con tu nariz pegada al vidrio empañado, sin llorar, aunque sea por curiosidá de ingrata mirando como te invento de a pedacitos para cobijarme entre tus brazos de la lluvia que sigue aquí afuera con su castigo y cerrazón, mientras yo, amante envilecido, sigo esperando sin esperanza esos mendrugos que tirarás, tanguera infiel, en el ya cercano amanecer.

OTRA LUNA

Para Lía, mi nieta.

La luna llena se fue desencalando en su frágil frialdad, la blanca y brillante arena de cuarzo devino en un azufre fantasmagórico, asumiendo ese amarillo de lámpara antigua, convirtiéndose en harina de maíz, en pálida naranja de salida de invierno, ahondando las siluetas y sus sortilegios lunares, dejando un regusto de desencanto, un resabio de maldolor que borraba cualquier decantación precipitada, hasta naufragar sangrienta en los horizontes amanecidos. Antes siempre había sido en su pálida luz virginal aguas de mar donde navegaba a medianoche el alto y albo ciruelo florecido, la silenciosa frescura primaveral donde se reflejaban los besos de la Maga en el oscuro azul estrellado. Inundaba con su frialdad lejana los senderos y los árboles y los cobijos solitarios, y las calles vacías que se estremecían cuando alguien las atravesaba arrastrando el misterio del amor o la incertidumbre de un desengaño. Vagaba rodaba surcaba lenta y parsimoniosa en su peregrinaje menstrual de esfera iluminada a filoso alfanje argentífero arando esparciendo un delicado polvo de diminutos zafiros por los nocturnos para que florecieran los soles sin la acrimonia de los amaneceres disolutos. Como un péndulo ancestral definía las mareas, nueva creciente llena menguante o ausente anegaba noctámbula la negrura del cielo de lunación en lunación buscando los amantes y los suicidas atrapados en los parques para salvarlos de sus fúnebres pensamientos, en los océanos o en los sueños hilaba las telarañas que con sus reverberos confundían a los vigías de mar adentro para que nunca encontraran las costas de las islas encantadas. Se entretenía en los eclipses asustando a las fieras en las junglas, adormeciendo a las palomas en los campanarios y haciendo cantar equivocados a los gallos con su amanecer de fantasía. Iluminaba tierna y maternal las migraciones de las aves y los conciertos melancólicos de los grillos escondidos entre los arbustos. Pero ahora es la alegre luna lunera cascabelera que juega a la ronda con la Pili, redonda como un circulo o una pelota, ¿te acuerdas?, y se justifica así sin necesidad de arenas de cuarzo, azufres mortecinos, lámparas o harinas de maíz, ni ciruelos florecidos ni los besos de la Ita, sin caminantes lunares, sin vigías extraviados, no esfera ni alfanje, sin zafiros, amaneceres, mareas, amantes o suicidas, y sin menester de la magia lúdica de sus eclipses, aunque nadie sabe que sigue calladita alumbrando las migraciones de las aves y los cantos de los grillos cuando la pequeña Lía está durmiendo.

martes, 18 de septiembre de 2012

EXTRACTOS DE SILENCIO


Allá converso con mis fantasmas, con cada una resumida en unos pocos instantes mientras escucho alguna canción que me recuerda un gesto, una manera de mirar o un pedazo de la noche que bastaba, a medio camino entre lo que es recuerdo vivo y lo que la memoria ha tallado para mi pequeña eternidad a partir de esas piedras originales, las voy evocando en desorden, quizá mezclando esos ojos inolvidables con aquella boca que me besaba bordeando el paraíso, o esa mano que se disolvía en buscadas ternuras con la textura más profunda del cabello fragante enredado en mis dedos desesperados. Voy, eso sí, encapsulando los finales fugas distanciamientos en un halo difuso y romántico para no mirarme en el espejo de la infamia. No hay voces sino palabras al vuelo que ya han extraviado sus significaciones al cruzar los extensos arenales de los años. Los rostros, los cuerpos y sobretodo las manos de uñas muy pintadas permanecen sin envejecer como si hubieran estado preservados en una quieta salmuera a trasmano del tiempo en un sentido homenaje póstumo a esos amores desvanecidos. He notado que los perfumes se me confunden y es porque siempre me embriagaban con su sentencia de muerte escrita en la piel suave de sus detentadoras, eran simplemente dulces o ácidos en la percepción equívoca de la fragancia incrustada en la ansiedad a la que me sometían entre el atardecer de la espera y el nocturno de consumación. A veces debo alejar sus últimas tristezas hablándoles de las palomas de una plaza que sé que ellas no recuerdan porque nunca existió o susurrándoles amoroso y nostálgico algunos de los versos con que en su momento de gloria las fui seduciendo. Sonríen inventándonos un pasado ilusorio más perfecto y delicado que el que fue. Yo sonrío agregando algún detalle inventado sabiendo que les gustaría que hubiera sido. Las observo de lejos, sin tocarlas, solo presintiendo sus presencias abrumadoras, no las miro a los ojos para evitar el vislumbre de algún residuo de odio o los remanentes de muy posibles desengaños. No les cuento de mi soledad de huraño ermitaño para que me sigan pensando como era allá atrás cuando me simulaba feliz entre sus brazos y ellas hacían como que me creían. Pero esos son trucos de trampero viejo y ahora no vienen a cuento. También conversamos de otras cosas, del futuro improbable que poseíamos en secreto, del rompeolas y de la fosforescencia de las noctilucas en la cresta de la ola o de la mesita del café donde confirmábamos la intensidad de la cercanía o de la luna llena sobre un mar que abarcaba todo el ventanal, en fin, esas cosas simples que solo recuerdan los amantes. Sí, allá converso con mis fantasmas soportando para mis adentros la certeza triste de que ninguna de ellas fue lo que buscaba. Vale.

sábado, 15 de septiembre de 2012

CONSONANCIA

Guitarrero viejo, astroso y borracho,
musiquero alterno de almacén y bar,
dónde tu instrumento, cantador y macho,
ha ido a parar.
Guitarrero Viejo - Alfredo Zitarrosa

Y es que hay una fibra muy intima de tu ser que yo tenso y afino y que punteo como una cuerda de tu cuerpo guitarra sacando de ella delicados arpegios para mi zozobra, temor y ansiedad. Entonces atravieso tu densidad lunar deslizando mi caricia con la sutil impudicia de un agua secreta que irrumpe, vertiente y fuga, arrastrando tu voz melancólica por los pedregales inhóspitos de un cauce que te cruza como una herida sin cicatrizar, y mi verbo imagen símbolo código y sello va formando una costra dura e impermeable en ese tajo abierto de tu alma. Y te evaporas surgida del fermento de un lagar escondido que cerca el infierno, nuestro, ebulles, te condensas en un licor misterioso, en un brebaje untuoso, embriagador, en un liquido espirituoso que se va desvaneciendo en ti y penetrando en tu carne viva, mía, que intenta sobrevivir al sopor incitante de mi barroco deshilachado desvaído sin solución de continuidad hasta que cierras los ojos para seguir leyéndome en la claridad del sueño mientras yo perturbo tu piel y tus entrañas buscando la nota edípica en la cuerda tensada y afinada de tu cuerpo guitarra. Y voy tañendo ese monocordio carnal que late azorado una cadencia musical que proviene de los nodos de tus articulaciones, de tus tendones tensados, de tus intimas oquedades resonantes, en un eco sordo, sagrado, gutural, pero a la vez sinfónico, detentando una armonía sigilosa que trasciende cualquier monotonía  o asonancia. Pulso esa cuerda confabulada, la escucho en su tonalidad más sublime y ardiente, rasgueo en las afinidades de tu resonancia hundido en ti más allá de tu voluntad heroica, pírrica, y de tus recatos inútiles, ciño en la densidad voluptuosa esa fibra única y te pulso para ir templando en acordes de posesión y rendición biunívocas, explorando tu incertidumbre, la fijeza y la furia, el deseo y la perdición, el estremecimiento escondido en la reverberancia de mis palabras que lees abrumada de músicas que se tuercen y destuercen ante tus ojos asombrados, cautivos, horadados bajo el hechizo que no evitas pero que en el fondo de ti temes. Acústica de copula de arco y violín, disonante que se abrevia enternecido, sutil pizzicato que profana en su tenue ternura y es queja, trasteo, tensión que no cuaja, que no se consuma, que no se vuelca en sonido audible y solo habita entre los escombros de un ayer silencioso como vibración o rezongo. Entonces hay un quiebre espontáneo que simula un estertor, un éxtasis no cotidiano y te deja exhausta vagando en las tibias marismas de un destierro subterráneo, telúrico o volcánico, sanguíneo y turgente, nunca final, testimonio sacro de urgencias acontecidas, lubricas y vesperales, un quiebre genital e insoportable, pervertido. Vale.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

BESARTE


Te besaría hasta morirte, hasta socavar las tumbas de todos los otros besos incinerados en tu adolescencia de niña secreta incorporada en tu palidez indescifrable, en la turbiedad de raíz o semilla que posees sin abrir los ojos, en esa vaguedad olorosa de tu piel que se vuelve acantilado o concavidad tersa y persistente donde se deslizan las yemas de los dedos como si siempre supieran donde ir y repitieran en su vértigo angustiado una travesía ya descrita en la bitácora de tu sueño. Te besaría hasta morirte para navegar tu boca, dolerme de naufragios atrapados en las algas oscuras de tu pelo, sumergirme en la soledad abisal que te abruma de sucesivas intemperies revocando con su salinidad de lágrima o de mar abierto los sacramentos y entresijos de tus arteras artes desconocidas. Te besaría hasta morirte solo por saber el significado oculto de tu nombre en ausencia de silabas, entender el sino que te atravesó ayer en el verdor austero de esta primavera casi constituida, asimilar porque el bruñido de tus espejos te busca sin encontrarte en tu propio reflejo equivocado. Para comprender la magnitud majestuosa del error que cometí al no verte, no seguirte, no alcanzarte para ir a morir entre tus brazos contra toda premonición y cansancio. Te besaría hasta morirte sabiendo que hay en ti mariposas que se expanden sin alcanzar nunca la plenitud mortal de los sentidos, mariposas viscerales que te aguardan por las esquinas en un sosiego de atardeceres paulatinos y sesgados, vencidos por tu palidez indescifrable. Te besaría hasta morirte de besos en algún escaño de un parque con cerezos florecidos y un gran magnolio en medio del silencio atardecido, abarcaría en tu voz los escarmientos del primer amor, iría dejando en tus mejillas el rubor de las madreselvas y en tus labios el rojo de la roja rosa enredadera que guardo para ti desde mi juventud tan avara de besos. Y para besarte hasta morirte he seguido tus vestigios, lobo ensimismado, entre las reliquias de un pasado entrampado en una especie de temporalidad circular donde te me apareces una y otra vez pero distinta, a veces sola en la filosa orilla de un calle que da al poniente, otras habitada de fantasmas o carcomida por un viento sur atravesado de trigales o tiritando de frío en mitad de una lluvia, pero siempre lejana, amanecida e inalcanzable, y así he seguido hacia atrás uno a uno todos y cada uno de tus pasos pero es demasiado tarde y ya no eres habida. Vale.