Era la época de los malvones, después de las
pocas lluvias de agosto, los geranios florecidos hacían que el tiempo se
ralentizara en una ternura soleada, como de niños jugando a los volantines en
un cielo muy azul. El entramado de su voz se fue haciendo agua, sus ojos se
volaron por sobre los suburbios de la mañana, sus manos, cuencos de ternuras
acuciantes, se hundieron en la arena como raíces desaparecidas. Los cardenales
desbordados de rojos y blancos, de rosados y anaranjados, fijaban en sus
umbelas los coloridos destellos de un día lindo con la primavera a boca de
jarro casi empujando la puerta para adentrarse en el canto de los pájaros que
ya construían sus nidos encaramados en el ramaje del acacio. El murmullo del
viento jugando con las ramas de los eucaliptos la traía dispersa pero aun
vigente en ese amor que excedía la esquina donde aquel ayer se declaró ausente para
siempre. Sus hojas aterciopeladas miraban el sol envidiosas de las malvas de
hojas brillantes o el aroma cítrico de los pelargonios olorosos. Su presencia
perduró por años en las escondidas violetas, en sus perfumes a ras de tierra,
en su pequeña timidez, en su terrestre humildad de flor secreta. Las flechillas
(Hordeum murinum) ostentaban sus
espigas como si fueran trigos feraces, soberbias en su salvaje y cariñosa
ignorancia. Su imagen de niña retraída y silenciosa se dejaba dibujar en el
planeo zumbón de las libélulas y en los revoloteos adormecedores de los
abejorros. Las horas eran un baile de la brisa fresca entre los rosales, el
pasto recién cortado invadía el mediodía con su perfume concentrado de
atardecer de campo allá por los lares de los ancestros en las tierras del sur
materno. Las diminutas letras de su nombre estaban escritas indelebles en el
muro de adobes con la verde trama del musgo. Las mariposas se mimetizaban
atónitas con los tres colores de los pensamientos y con las dulces acuarelas de
las zinnias, contenían sus vuelos en los entresijos de la espera y en los
claroscuros de las enredaderas; la madreselva y el jazmín. Ella seguía ahí en
la memoria de un anillo con una perla y un reloj que justificó el tibio roce de
su mano. Las piedras tutelares derramaban sus sombras de caracol por la tierra
pura y simple, en los rincones yermos del jardín, en las penumbras frescas de
la sombra del naranjo. La soledad que habitaba en sus gestos, en el rictus de
sus labios, en su mirada buscando un horizonte cada vez más lejano, en la
manera con la que perdía las llaves o cogía una copa, iba sembrando las
semillas imperceptibles de su eterno recuerdo en toda venidera primavera.
jueves, 19 de septiembre de 2013
sábado, 14 de septiembre de 2013
CADENCIAS DE MAR Y BOSQUE
Se venía un aire de bosque de pinos o de mar
cercano de roqueríos con algas meciéndose lentas en los oleajes cansado de
navegaciones y vientos de albatros. Del alto se veía el mismo mar entre los
mismos pinos como un horizonte que rompía los dos azules y las nubes de lejanas
tormentas jugando con veleros pintados de rojos o verdes o de azules distintos.
Abajo las arenas entre amarillas y grises se repartían en espumas blancas y se
traslapaban con el vidrio transparente del agua mar que la marea traía
vertiginosa con celo de caricia. Las gaviotas arreciaban allá por el lejano
sobre un cardumen invisible. Ciertos caracoles vagaban con su lentitud demente
en las rocas verdosas y humedecidas por la salmuera marina. La tarde se venía
calurosa y azul, algo dorada por los reflejos desde el canto oceánico, por el
borde de las arenas, por el vuelo de las gaviotas ensimismadas, por los grandes
barcos que cruzaban cargados de banano y minerales, por el vaho tibio que subía
y por el relente de la noche en presagio. No había más cielo por donde se
mirara ni menos mar que los albatros rayaran cegados por la reverberación y el
fulgor. El atardecer relumbraba acaecido sin encontrar la puerta que daba al
crepúsculo y se iba tornando más púrpura desde el anaranjado que viajaba en las
nubes sobre los veleros y las gaviotas. Todo fingía una quietud de marisma, de
ciénaga, de acantilado dormido, de albufera cercada por cangrejos. Las brújulas
perdían sus nortes y las bandadas de alcatraces y cormoranes rozaban las olas
extraviadas en sus rumbos a las guaneras. Un galeón de maderas carcomidas encallado
para siempre en la playa de los cascajos parecía que navegaba cortando las
espumas a favor del viento. La espuma se hacía mar y el mar gaviota, y el
viento se volvía pinos en sus susurros y el pinar era una regata de verdes velámenes
saliendo del embarcadero. Y los granitos erosionados, lisos como lomos de
ballenas varadas, observan con sus catalejos de cuarzo y micas los navíos de
los piratas que cercan los escondrijos del náufrago en su destierro. Un vuelo
de pelícanos traza una línea de lentas y pesadas ondulaciones sobre el azul cercano
de cielo y mar serenos. La casa del poeta que hablaba del mar, los mascarones y
las campanas vigila en lo alto más alto esperando sus pasos y su voz nasal y
monótona para que reinicie como si nada su poética marina quebrada por la
muerte.
domingo, 8 de septiembre de 2013
PARFOIS JE TE RÊVE
A veces te sueño desdibujada y sin rostro
para no importunar a alguien o deshacer tus remilgos de esfinge lapidaria, te
veo en matices de verdes tenues y azules muy pálidos, siempre estás sentada
fumando o leyendo, escondida en un rincón donde no te vean los ojos
inquisidores de tu alguien celoso de lo que piensas o sueñas. Allá él, yo acá te
sueño a propósito para besarte furtivo detrás de las orejas, acariciar tus
piernas disfrazado de gatito ronroneador, mirar con desparpajo de macho invisible
tu impúdico escote o tocar tu pelo desde un lejos cauteloso. Otras veces, para
que no te asustes, no te sueño directamente sino reflejada en un espejo o en
una copa de vino que hay sobre una mesa de mantel del mismo color burdeos,
nunca en porcelanas o bronces porque sé que ahí no te dejas reflejar para que
no se te aquieten los deseos. Te sueño semioculta entre velos o burbujas, yo
detrás de un cristal o una ventana que da a la calle, vislumbro la palidez de
tus muslos porque la falda la dejas al descuido sabiéndome sintiéndome que
desde algún lugar imposible yo te observo como soñándote emboscado. Rara vez te
hablo porque sé que no me oyes, ensimismada como estás en tus pequeñas rutinas
de escarmiento, ordenando la casa o pintando tus labios con ese mismo burdeos
del mantel y la copa. A veces te sueño disgregada, sin nombre ni fecha de
nacimiento, anónima pero no misteriosa, para que no te me disuelvas en las
soberbias de la bienamada. Suceden ciertos insomnios en que hay algo que me
hace verte translucida y dividida en claros fragmentos de ti, quizá como
castigo o suplicio, entonces solo me queda ir uniendo esas fracciones para
contemplarte como quiero, entera y mía, y se me va la noche en ese juego de
rearmar tu cuerpo de acuerdo con la poca memoria que poseo de ti. Alguna vez me
equivoqué de puerta, era un sueño con poca luz, y entré en el sueño de una dama
muerta que andaba buscando sus joyas para presentarse elegante y sofisticada en
la puerta del infierno, conversé largo rato con ella sin saber que no eras tú,
hasta que me miró con sus ojos tenues, sin vida, y le miré las manos. A veces
te sueño de una densidad intangible, etérea o desvaída, entre azulina y
verdosa, apenas delineada por trazos grises u ocres, y temo palparte porque, en
el sueño, sé que te romperás en pedazos como papel quemado y te perderé para
siempre de mis tenebrosas vigilias.
viernes, 6 de septiembre de 2013
ESENCIAS GENETICAS
Rojo el sol se
hundía, la tarde arriba era violeta y púrpura.
Rojo. Francisco
Antonio Ruiz Caballero. 2006.
Se escuchó un estrépito de ángeles cuesta
abajo, un tintineo de alas de cristal y túnicas de concheperla, los lobos se
perdieron huyendo por la nieve hacía el bosque de pinos con los ojos enrojecidos
y los colmillos de un blanco reluciente. En el cielo brillaba Sirio en un azul
plateado brillante pero frío, la noche sin luna, gélida y vasta, se iluminaba
apenas con ese albedo multiplicado por la blancura nival que a veces se
desmoronaba desde las ramas de los pinos con el mismo estrépito de los ángeles
relamidos. Los ángeles silbaban entre azafrán y canela una conga mondonga
haciendo sonar la bisutería de artificio y los címbalos de la feria del agosto
recién sucedido. Bulliciosos papagayos trepaban por las iridiscencias que iban
dejando las luciérnagas en los tremedales de lianas y jungleras podridas mucho
más abajo de la desesperación de la nieve que cristalizaba en agujas de hielo
de un color agrio y arrastrado que recordaba el matiz de las esmeraldas de
egipcias. Los lobos aullaban perdidos en la hondonada de los colibríes,
asustados de sus vuelos zumbones y de la unción de la miel. Las maderas se
incendiaban con fuegos espontáneos, azules e inquietos, iluminando como un
candelabro desperdigado la nieve, los lobos entumecidos y los pinos nevados.
Sin un tupido velo los naranjos ostentaban sus breves soles atardecidos. Los
limoneros sus amarillos silencios. La singladura de una embarcación de velamen
roto dibuja un rostro que nadie ve en un mar que se evapora entre espumas
rosadas. Por los parajes del páramo siempre está sucediendo algo, una lluvia
que moja los cantos rodados y lisos pero no las arenas donde hacen sus nidos
los alacranes, el tétrico ulular de un búho que el eco devuelve una y otra vez
como un péndulo, un crujido inexplicable que surge desde el interior de una
macizo rocoso granítico, el día que se oscurece sin crepúsculo y entra en la
noche en un solo instante, la flor de un diente de león que lagrimea invadida
de una tristeza amarilla de amarga mala hierba. Y todo se va repitiendo en un
ciclo de infinitas reencarnaciones de ángeles estrellados y lobos asustados, de
pinos nevados, de azafrán y canela en el baile de la conga mondonga, de papagayos
escondidos, maderas quemadas, naranjos y limoneros, aquella lluvia que llueve
solo sobre los pulidos guijarros, los alacranes y un búho, la sonajera de la
roca granítica y la flor desconsolada, hasta que la Pili, dueña del tiempo,
sopla el pompón de vilanos del diente de león esparciéndolo por el atardecer y
todo deja de suceder. Vale.
jueves, 5 de septiembre de 2013
RUMORES CALLEJEROS
“—la luna era
ahora un borrón de tiza—“. Colibrí. Severo Sarduy.
Cantan la guaracha honda y acontecida con sus
modulaciones de barro hueco, caña madre de manos pomairinas. Las esfinges
morenas, regordetas y sonrosadas aplauden desde la última fila a contracanto de
las rechiflas de los pomposos vagos de la primera. La pochito cosa silba desde
su invisibilidad de nieta consentida asombrando con sus hechicerías barrocas al
viejo que escribe estas notas para matar la tarde fría y algo brumosa que se
reparte detrás de la ventana vidriada y los barrotes de claustro medieval. Una
bandada de tordos urbanos picotea las migas frente al alto muro penitenciario. Por
la calle larga vienen y pasan luces amarillas a pesar del día, o siluetas
marchitas caminando con el rostro entristecido, una espiral de palomas
aterrorizadas se eleva huyendo del chimango que planea depredador y soberbio. Los
ombúes van despertando del invierno, anchos y desproporcionados, con sus ramas
lerdas como arbolitos de cuento para niños relatado por un aviador extraviado
para siempre en un mar mediterráneo. El denso lejos de un olivo sin pájaros
posibles se recorta hacia el oriente cordillerano con su silencio verde
quieto contra le brumosidad de la
atardecida. Allá por el frente arde un fuego de largas llamas verticales, de
leña inadvertida o quizá carbón de espino, en presagio de una noche de carne
asada y secreta cumbiamba. Los estragos del azogue condensan la humedad que
entra por las rendijas, el vaho de las respiraciones, y el perfume agonizante
de las mustias flores atrapadas en un florero de cristal. El espacio se va
enturbiando como la anochecida ciega de afuera que recorre las calles a ras de
suelo entre las patas de los perros. Alguien se asoma furtivamente por la
ventana, alguien susurra una lastimosa plegaria, alguien abre una puerta e
irrumpe desapareciendo en la grietas del piso, su presencia momentánea solo la
percibe la llama de una vela que parpadea en medio del aire quieto del cuarto. Sobre
la mesa sin mantel hay un cenicero y una carta sin abrir, dos monedas de cobre
y un pequeño puñal de plata labrada. Como si se viniera acercando se escucha el
son atravesado de la guaracha y las voces chillonas de los bailantes, la música
es alegrona pero la letra desengaña, un sabor de aguardiente de caña y tabaco
despierta las flores marchitas como avisadas de primavera. No alcanza a irse aquel
bullicio jaranero por debajo del silencio cuando ya retumba en la esquina
opuesta la sonajera de las tamboras y del güiro de la cumbiamba, una alegría
tintineante entra por las rendijas con sus destellos de coloridas polleras y
sombreros de paja. Pero también el contento pasa disolviéndose en una calma sin
ecos y alguien se queda silbando los últimos compases cumbianceros. Arriba ya
es la noche, y la luna era ahora un
borrón de tiza.
viernes, 30 de agosto de 2013
SICOIDAL
“En general se asume que un poema sigue una línea de pensamiento, habla de algo (un referente). Pero es una hipótesis demostrable que un poema desarrolla, o puede desarrollar, varias isotopías semánticas paralelas, varias historias a un tiempo”. Roberto Echavarren.
La soledad como una jauría de perros feroces,
incendiados por los fuegos escondidos en las cenizas, aterrados ante la
inminencia del voraz desasosiego, surgiendo furiosos desde la fétida oquedad
del escarmiento. Las magnolias dormidas en sus macetas de greda, abriendo sus
tenues flores de alabastros rosados incipientes. La soledad como una manada de
lobos aullando en las sombras de la noche lunar, hechizados y dolientes bajo el
escarbado plenilunio, agobiados por la gravitación de tumultuosos desconsuelos.
Las azucenas de la Virgen muy blancas acechando la misma luna de los lobos, la
del ciruelo y su albo velamen que navegaba inmóvil en el oscuro azul de la
noche. La soledad como un cardumen de plateados y fríos peces filosos en vertiginosa
huida hacía los hondos abismos de los misteriosos celacantos. Los nardos
perdidos en las noches perfumadas de diciembre cruzadas por el vuelo de la
lechuza silenciosa y fantasmal allá en la puerta inolvidable de la casa. La
soledad como negros jinetes al galope, irrumpiendo en la tarde sosegada y
melancólica que se adormece en su almacigo de nostalgias. Las dalias
estrelladas a lo alto en sus púrpuras o azules violeta, hundidas abajo en sus
raíces tuberosas, detentando todas las ternuras maternas desde un jardín ya
imposible. La soledad como el abandono del extraviado en los laberintos insoportables
de su propio desierto de feroces arenas impávidas. Los agapantos consumiéndose
de pena en sus estambres, en su azul intenso, en su follaje carcomido por los
secretos caracoles del diluvio. La soledad como un triste revuelo de campanas
antiguas y lejanas, de bronces cansados, lentos y monótonos que yacen allá en abandonados
monasterios. La rosa de las rosas, roja, retraída en ese rincón de la verja,
trepadora y nocturna en sus ácidas fragancias, acumulando las frescuras
iniciales de la primavera aconteciendo. La soledad como ese río estancado de
aguas bajas que refleja los árboles de sus orillas fragmentados, quebrados por
una aciaga ventolera invisible. Las acuarelas de las zinnias desatando sus
colores por el estío, enamorando altivas mariposas, sujetas a la libación de
iridiscentes avispas y afanadas abejas. La soledad cristalizada en los códigos que
poseen las transcripciones de todos los diálogos, todas las urgencias, de todas
las palabras que perdieron sus ecos anochecidos en las escarchas madrugadoras. La
rústica trama de la madreselva, su aroma dulce que atraviesa los años y los
mitos, los olvidos y la última soledad donde me moría de ti enredado en todas
las raíces. Vale.
domingo, 25 de agosto de 2013
VIGILIAS DE MENDIGO
Había escarcha en el verde pasto verde, el
frío calaba los huesos, el mundo era una congelación invisible, las calles eran
anchas y ajenas, sucias, florecidas de pequeños papeles de envoltorios y
colillas pisadas, los perros husmean la noche buscando los vestigios
comestibles que dejó el tumultuoso enjambre del día. De mañana mira las gentes
como si los reconociera, con sus trajes recién planchados, sus camisas blancas
y sus corbatas de colores exagerados, ellas van muy serias en su trajes de dos
piezas, pañuelito colorinche al cuello y recién peinadas, burócratas,
empleados, ladrones o meretrices, señoras de bien ver, caballeros formales,
todos caminan apurados a ganarse un lugar en la fila de los condenados, con el
nudo de la soga ya puesto a la espera de la horca. Por la tarde los ve de
regreso cabizbajos tascando la rabia, la humillación o el nuevo fracaso,
sacando de memoria las cuentas, soñando multiplicar los peces y los panes. Va indolente,
aterido o sudoroso pero inofensivo, lejano y ausente, como una fantasma urbano,
transparente, tratando de pasar inadvertido entre oficinistas serviles y
secretarias seductoras, evitando los fastuosos funcionarios de tercera
categoría, los gerentes impotentes, a las dueñas de casa que van por las calles
asombradas de las vitrinas y a los jubiletas que caminan como extraviados sin
encontrar nunca la esquina que buscan. Soslaya a como de lugar los encuentros
cara a cara con las manadas de jóvenes en plena soberbia y los ramilletes de
las jóvenes orgullosas de sus bellezas iniciales. Esa juventud desatada,
exultante, le recuerda otros años suyos que prefiere mantener enterrados para
siempre. Vaga buscando un alero para la maldita lluvia o el maldito sol según
sea la estación, solo el otoño y la primavera le son propicios a la hora de
vivir. Vuelve la noche congelada y el día sin recuerdos es un paréntesis inútil,
una boga contracorriente por un río de aguas bajas. Se acurruca en un rincón,
sobre una escala o un fétido pasaje, duerme un rato hasta que el gélido le toca
el hombro y lo despierta. Se levanta a pesar de sus huesos cansados,
desperdigados, y parte a recorrer sus territorios de cosecha a la espera de los
primeros receptáculos de desperdicios. Perros vagos merodean en la ciudad que
duerme. La madrugada es un vaho frío que humedece el asfalto y difumina las
luces. Una silueta camina titubeante entre los perros y las bolsas enlutadas de
la basura. Ha de ser un ebrio, un suicida o un poeta, porque los perros no
ladran.
sábado, 24 de agosto de 2013
SOBRE VUELOS
Yo viví en altos vuelos postergado como un
albatros extraviado en un océano sin islotes, y vi los buques atracados a los
muelles nocturnos meciéndose con las olas que traía la noche con su luna
reflejada en un cardumen de sardinas que relampagueaban arrastradas por la
marea mientras cruzaba el horizonte marino un velero de tres palos con el
velamen henchido y un timonel fantasma. Y yo volaba alto por sobre las espumas
sin dejar sombra ni estela, sobre los oleajes que sajaban las quillas para
robarles las cicatrices fosforescentes de las noctilucas, sobre las medusas que
subían desde los tenebrosos territorios abisales como hermosos espantos
transparentes, sobre los cangrejos de negra porcelana que observaban desde el
fondo de arenas sumergidas allá abajo en la profundidad azul oscuro que no
alcanzaba a invadir la luz de luna. Y yo volaba con la inercia del asombro
sobre espumas y fosforescencias, sobre los espantos translucidos de las aguas
malas que se mecían a medianoche en el abierto oleaje lunar. Planeaba rozando
las islas falsas de los sargazos con sus pequeños monstruos sigilosos en
continuo naufragio y el extenso tejido ocre de algas atrapadas en los remolinos
de las contracorrientes oceánicas. Desde mi alto vuelo alcanzaba a vislumbrar
los jardines de las anémonas de mar teñidos de los colores inverosímiles de sus
afilados pétalos ponzoñosos. Vi los crustáceos y los celacantos traslapados en
las oscuridades verdiazules de las volcánicas dorsales marinas, vi una y otra
vez los mismos grises cachalotes y mismas blancas belugas en medio de un
paisaje de barcos hundidos, y en sus ojos de buey vi refractadas las calaveras
tristes de los tripulantes todavía esperando que amainara la última tormenta. Sobrevolé
las islas perdidas que nunca descubrieron los navegantes y donde estaba todo el
oro, todas las esmeraldas y todas las especias resguardadas por dragones de ojos
de cuarzo y feroces uñas de amatista. Volé por horas en espirales interminables
sobre un denso mar de salmueras, con sus aguas mansas y cuajadas como babas de
esturión o espumarajos de mantarrayas plagado de trilobites silúricos, donde
los buzos se morían de pesadumbre adormecidos por el ruido de la sal
cristalizando en el bochorno del mediodía, yo los vi flotando boca arriba en
los atardeceres iluminados por un sol moribundo con la cuencas de los ojos
asomados en las escafandras de bronces más antiguos que la sal de las
salmueras. Yo surqué los cielos de todos los océanos buscando las secretas
grutas del tiempo perdido en los roqueríos de las rompientes y en los profundos
acantilados pelágicos pero solo encontré el viento salobre y los hielos
prohibidos arrastrando o congelando la continuidad de las horas. Solo ahora,
aquí, en el islote del ocaso sé que fueron altos vuelos inútiles. Vale.
viernes, 23 de agosto de 2013
DE SOMBRA Y FANTASMA
(Milongueando)
Sabés que a vos me gusta canyenguearte, lo
sabes pebeta linda, atajarte en los cortes macho tuyo/hembra mía, hundirme en
tu perfume de lejanía hasta el morirme, rozar entre tus piernas con las mías,
indiferentes y sexuales, tocar como no queriendo tu piel nítida por el tajo de
la falda para palpar el paraíso, beberte los besos sin azúcar paladeando la
hiel de tu saliva, dolerme de esa pimienta tuya que me hace lagrimear cuando me
corroes los ojos mirándome con tus ojitos de novia mirando el río nostálgica buscándome
en los camalotes que pasan derivando, abrevar en tu sudor la salinidad
escondida de tu cuerpo, lo sabés, lo sentís ahorita mismo que me leés apuradita
pa'que no te pillen vagando por la luna, que escuchás esas milongas con los
ojitos cerrados para sentir que me sentís en beso vivo, en el calorcito que te
sube por tus piernotas hasta donde no debiera, en mi pecho que se aprieta
contra tus senos con la misma intensidad que has imaginado en tus insomnios tangueros,
en mi mano insistente e impúdica que tiende a bajar con sensual desparpajo de la
concavidad de tu cintura hacía la tibia convexidad de tus nalgas. Sabés que a
vos me gusta orillarte entre caña y tabaco, emborracharte por lo bajo, en
susurros y arqueadita, quemarme la oreja en tu aliento de menta y coñac, arder
de puro enconchado con tu mejilla en la mía y morfarte de a poquitos el lóbulo
hasta el aro, oír tu respiración agitada cuando te atravesás vencida en la finura
de un corte. Sabés que a vos me gusta tanguearte como un lirio tanguero en un vaivén
o un boleo, aferrarte con caricia furtiva en la quebrada y llevarte casi
abusada en los firuletes, adormecerte en un remolino de ochos y despertarte en
un largo lento gancho con respuesta, lo sabés papusa coqueta, por eso alardeás
espantándome el minaje para que solo me queden tus ojos con su miel sin
dulzura, su pimienta quemante y su fría sal cristalizada. Delicias del fervor
de tu mano en mi mano, de tus dedos jugando a contar en mi espalda, de tus
piernas vanidosas horquillando mi rodilla en voluptuosos entreveros, delicias
de tu cuerpo entero cuando el tango se nos viene lento. Vení a bailarnos pebeta
linda que la vida se acaba en un dos por cuatro. Vení a confirmar que seguís
siendo dueña de mis lances de chanta tanguería. Eso.
miércoles, 21 de agosto de 2013
NOCTURNO VAGANTE
Voy a ver brillar
los bichos de noche, azules y rosados, color caramelo clavelina.
“Me estaba
reservado lo que a nadie”. Marosa Di Giorgio.
Para habitar por un instante tus ojos me
derramo en la brevedad de la luz que acude clareando la madrugada al concho de
tu insomnio. Antes ya he dejado empavonados los espejos con el vaho de mi
presencia porque allí las huellas de mis dedos acarician tu rostro detrás del
vidrio antes que se refleje semidormido y después de buscar tu boca en la
oscuridad silenciosa de la casa siguiendo los vestigios de tu aroma carcomidos
por la noche sin orillas. Me desato de sombras entre las arañas huidizas que
asaltan en los rincones y escurro como un reguero de aguas púrpuras por el
canto afilado de la mesa dibujado en los bronces nocturnos y en las flores
mustias que agonizan en los floreros de cristal burilado saciados del rojo rubí
y del místico violeta. Mientras espero el amanecer descifro los nudos de las
maderas y las trizaduras de los enyesados como un monje atormentado. A
medianoche hago el conteo de tus fantasmas para ver si falta alguno en el
clavijero del molino de tu memoria e ir a buscarlo entre las tibiezas solemnes
de tus sábanas. La noche camina a paso lento como si no quisiera despertar los
pájaros dormidos ni el tornasol iridiscente de los incestos. Allá afuera el
rocío está afanado cotejando los colores de las rosas con la luz de la luna
estremecida que baila su danza enamorada del sutil azul de los agapantos.
Adentro hay un rumor de mar lejano que va y viene en un oleaje que se achica
hasta el silencio cuando ladran allá en el campo los perros o cantan los gallos
equivocados. Recorro la sala donde el relente acecha por las ventanas queriendo
entrar a besar las caobas y las copas. Nadie escucha los crujidos de las horas
que conviven con los murciélagos en ese espacio negado que siempre hay entre el
cielo raso y el tejado cuando nadie mira los relojes. Un escarabajo verde se
asoma detrás de los geranios iluminado apenas por las estrellas porque la luna
sigue embobada por el matiz azulino de los vanidosos agapantos. Vuelvo una y
otra vez a la habitación donde duermes para leer en tu respiración pausada y
tranquila los himnos que ha de cantar la mañana entre los girasoles torcidos.
Habitando por un instante el concho de tu insomnio dejo que tus ojos me
observen asombrados bajo la claridad inicial de la somnolienta madrugada. Vale.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










