Te beso adormecido en el borde canto de tu
boca. Llueve. Permaneceré contigo esta noche de fría primavera, te acariciaré
dulcemente, derramaré en ti mis ternuras guachas, mis cariños huérfanos, mis
sueños de amor inconsumados, y después
de la medianoche me haré el niño dormido entre tus brazos para que experimentes
en mi boca tuya esas otras maneras de besarme que me prometiste quizá en medio
de una floración insensata. Pero así será. Y haciéndome el dormido me dormí
envuelto en tus tibiezas esperando la mañana que llega con el mismo frío del
sin ti, ha dejado de llover, hay jirones de cielo azul entre las nubes muy
blancas. Amanece un soleado día brillante aunque frío en sus vidrios
recienvenidos, el esplendor de la primavera abarca la mañana, atiza el alma con
su renacer impostergable, perenne, con la evidencia de un ciclo continuo de
vida y muerte, con la esperanza, otra vez, del verde pasto y los ramajes
enverdecidos, del florecimiento de las magnolias, del estío caluroso y sensual,
de los frutos jugosos como besos tuyos, de la vendimia y sus dulces vinos, del
que vendrán otras lluvias para volver a pensarte más allá de esta primavera. Ya
cabalgamos por los pastos renacidos que ya preparan sus mullidos rincones donde
nos amaremos como dos bestias salvajes. Y se me vienen los perfumes florales
que te sitúan tan cerca que puedo cerrar los ojos y seguir sintiéndote aun sin
tocarte, o volver a sentirte (recordarte) una y otra vez cuando huela ese mismo
aroma en cualquier lugar o año, siempre entre estío e invierno. La tarde está
quieta, cristalizada, como si contuviera su respiración para no asustar la
primavera que ya viene entrando, yo me acomodo entre tus pechos, amodorrado y
tierno como un bebé que no quiere crecer y perderte. Acecho tus labios crípticos
como un enardecido fauno primaveral, y te beso sin tocar tu boca, inmortalizando
ese deseo tantálico, urgir las imposibilidades de la carne y contener las
vehemencias de la piel, ir mas allá del
deseo y del acto, morderme los labios en un beso sangriento sin tocar tus
labios deseados. Cuando ya te pensaba perdida de mí para siempre te veo venir con
ese aire rebelde de tu pelo (mío) y tus lentes de intelectual parisina, así de
negro (luto por mi ausencia, me imagino), y recupero esas sincronías primaverales
que me permiten besarte calladito cuatro veces en las fotografía. Escucho un
eco lejano y juvenil parafraseando un verso eterno: Es tan corto el amor, y es
tan largo el deseo. Entonces comienzo a esperarte en la primera esquina de esta
primavera, a la salida sur de tus sueños.
jueves, 3 de octubre de 2013
martes, 1 de octubre de 2013
BUSCANDOLA
“la memoria de una
mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos
años
que hoy puede
recordarla sin amargura,”
Alguien.
J.L.Borges
Salí a buscarla sin conocer por donde ni por
cuando, desplegué el velamen bajo los vientos de su rostro fijando rumbo a su
boca y fui así dibujando el mapa de aquellos derroteros que me fijaron las misteriosas
corrientes oceánicas del azar y del instinto. Visité la isla del anillo de una
perla y del reloj en su muñeca del último roce del amor vencido. Deambulé desde
el acacio de los besos adolescentes hasta el lugar donde estuvo el salón de la
niña de los tules. Divisé la playa del carbón donde un lanchón recostado en grises
arenas detentaba un nombre escrito de mi puño y letra borrándose. La esperé sin
esperanza a la salida de un teatro de neones y espejos y en la orilla de un
parque en invierno con los vidrios empañados. Miré las olas de las noctilucas,
las penumbras bajo los añosos árboles de la espera y miré el mar de las luces
lejos y barcos quietos en la rada frente a los ocres y púrpuras distantes que
sobrevolaban las gaviotas adormecidas y las hileras de pelícanos. Aceché con
nostalgia en un muelle de pescadores donde la ternura era soleada en un diurno
que se pareció a una breve felicidad. Me detuve por horas en la esquina donde
se disolvió un atardecer sin pena ni gloria. Caminé por las calles ilusorias que
rodean una infinita catedral inconclusa, y también la grama y los manglares de
un trópico censurado. Recorrí las sabanas y los llanos inundados de las anacondas,
el salto de agua y los lirios de agua. Anduve por las callecitas esas y por las
estaciones atestadas de gentes que no miraban un río de aguas zainas y lentos camalotes.
Esperé por ella en un escaño rodeado de jacarandaes, de verde pasto, del tumulto
de estudiantes y oficinistas. Peregriné por todas las plazas de todas las
ciudades donde viví buscando en el entorno de sus fuentes de agua, sus estatuas
y sus otoños. Vagué como un explorador extraviado por las cercanas campiñas de
la nada y por los lejanos territorios sin nombre y sin recuerdos, por mares
siempre nocturnos y por calles vacías siempre en crepúsculo, esperé iluso o
equivocado en muchas esquinas, cuartos ajenos y lechos olvidados, en muchos
rostros difusos, ojos tristes o manos de uñas pintadas, y nunca fue o estuvo, en
ningún lugar, en ningún día, atardecer o noche. Quizá era imaginaria, virtual,
esencialmente imposible, como si la hubiera creado a mi modo en la hondura de
mi soledad vagabunda con las arcillas perpetuas de la tierra madre.
domingo, 29 de septiembre de 2013
EL JUEGO DEL FUEGO
Pour Madame la Comtesse
Era el juego de tu mano una y
otra vez ocultando recatada la breve hendidura de tu escote a mis ojos curiosos
de tu piel inexplorada, el juego inofensivo de mis ojos intentando infructuosos
mirar sin que me atraparas el tibio canalillo entre tus pechos asomado con
tierna impudicia inconsciente o instintiva. Ese juego de secreta coquetería de
niña hermosa y de tímida seducción de adolescente extasiado. El juego que
sostenía la primavera inicial en sus ardores de novios en los parques, de
imaginados amantes detrás de los cómplices cortinajes en las noches perfumadas
de jazmines y lavandas, esos antiguos nocturnos de alta luna donde los
ammonites engarzados sueñan con yacer en tu escote, rozar tu piel y disolverse
en besos pequeñitos. Y yo hacía como que no miraba y sí miraba, o miraba sin
desparpajo asustado y ansioso, escondido en el reojo, en la mirada cautelosa y
furtiva, veloz y huidiza, y tú hacías como que no veías que yo veía pero igual
tu mano inmisericorde una y otra vez movía el borde de la blusa colorida o el
casto tejido para negarme el surco tentador que apenas se insinuaba entre tus
senos. El tiempo sucedía vertiginoso, mis miradas convergían una y otra vez en
esa convergencia de cauce, de bifurcación, de lúbrica visión tantálica, de tentación
imposible, tus manos insistían en su escrupuloso recato incitante, yo soñaba
con una tarde infinita. Los beatos ojos del ángel subían ensoñados al cielo
verde musgo de tus ojos mientras los lascivos ojos del demonio bajaban felices
al infierno del mullido escote. No sabía si tú sabías de mi inocente
insistencia soterrada, sospechaba que sabías porque tu mano una y otra vez
ocultaba el origen del cándido vicio, pero quiero creer que nunca tus ojos
sorprendieron mis ojos en su pecado contemplativo siguiendo el rítmico oleaje
de inspiración y espiración que llegaba hasta las suaves arenas de tu piel. Mi
mano tocó el fósil, estudié la maravilla de su estructura, su tersura
inquietante, su consistencia irrepetible de espejo vedado, sentí la tibieza de
tu cuerpo que permanecía latiendo en la roca y el metal, sentí el peso
voluptuoso de ese objeto que podía alcanzar, sin saberlo, mi paraíso perdido.
Surgían en ese juego íntimos deseos geológicos, fosilizados en antiguas eras
volcánicas, en sus fuegos telúricos, en sus lavas ardientes derramándose en
ávidos océanos primigenios. Y ahí estaban frente a frente intocables,
inalcanzables, las cámaras y los septos del ammonite dormido entre tus pechos
en su quieta paleontología desconocida abriendo una párvula fisura en la
delicada sensualidad de esa primera y no (espero) última tarde.
jueves, 26 de septiembre de 2013
EN HABITAR TU OLVIDO
Sé que ya me disolviste en tu olvido, me
negaste la sal y el agua, me dejaste abandonado en tu orilla, entre los
juncales de la ciénaga grande de tu vida, en medio de las arenas aun tibias del
desierto desesperado de tu imagen, de tu nombre, de tu presencia inconstante
que se derramaba por los días donde habitaba un amar de minúsculas, ahora lo
sé, que se parecía al paraíso en sus esencias establecidas, en sus dulces
frutos prohibidos, en la serpiente de la tentación que nos acechaba voluptuosa
entre la orquídeas y las flores de mayo. Sé que ahora mismo soy apenas el
húmedo relente de tus noches en calma, que me pensarás como un difunto o una
estatua, que ya no poseo rostro en tu memoria, que mi nombre se te confunde con
otros de tu pasado antiguo, reciente y futuro, en ese espacio vacío, sin
tiempo, del antes y el después de mí. Siento mi omisión lapidaría de tus
atardeceres despiadados, de tus noches sin luna, de tus mañanas por los humedales
de los flamencos, las aningas y los ibis, de los manatíes y los aligátores, de
los mediodías aletargados por ese trópico ardiente que arde incombustible en tu
piel deseada. Vivo en dolorosa carne viva este pleno abandono sin evocación ni reminiscencia,
sin ecos, visiones o epifanías, con desamparo de naufrago de horizontes vacíos,
vivo el destierro de tus ojos y el exilio de tu verbo con la mirada perdida en
esos mismos horizontes vacíos. Busco en tu silencio de tumba abandonada el
origen del derrumbe de lo sueños construidos en la vigencia de ese ahora
marchito amar con mayúsculas, excavo tus mitologías, tus ritos, tus ceremonias
buscando los hilos que me lleven a entender o explicar la hondura del
destiempo. Y nada. Hay ansiedades socavadas por la espera, vestigios tibios,
deseos latentes y huellas frescas, pero no la presencia ni la cercanía que
cruzaban las estaciones y los años, nuestros. Examino acucioso el mapa de tus
rumbos, de tus territorios, de tus sombras, para saber donde te extraviaste, en
que bifurcación equivocaste el camino sin vuelta y desapareciste para siempre
de los campos de verde grama y aguas frescas donde los potros salvajes te
miraban asustado desde el lejos de tu infancia. Y nada. Sé donde no
encontrarte, en qué lugares no habitas, por qué parque no caminas o en qué
horas no existes o desapareces, las inminencias no suceden, los presagios no se
cumplen, es simplemente el olvido.
lunes, 23 de septiembre de 2013
EL VALS DE LAS NOCHES SOLITARIAS
Baila bella y perfumada en su castillo de
altos vidrios empañados, danza envuelta en las sedas doradas y los tules violeta
de sus insomnios con una tenue música barroca de chelos y clavicordios, baila y
sueña en un imaginario salón de caobas y cristales, de bronces antiguos y oleos
de damas soberanas. Baila y sueña con un príncipe desencantado como sota de espadas,
hombre de tierra y palabras, labrador o jardinero, hombre de muchas primaveras
viviendo su otoño en espera del venidero invierno. Guitarrero de burdeles,
señor de yermas comarcas, lejano e intocable para que solo ella presienta el
guerrero vencido que la busca en sus solitarias madrugadas. No es su boca lo
que la excita y provoca sino sus ojos que la miran con dulzuras y nostalgias
que ella estremecida no admite escondida como una rosa confundida en el nácar
de su concha. Baila invisible reflejada en los espejos como una condesa oculta
entre jarrones de alabastro y celofanes de colores. Revolotea incesante en su
delicado ballet de transparente libélula, ronda mariposa en su baile de etérea
soledad la llama del encanto, cada vez mas cerca pero sin llegar nunca a
quemarse, aunque arden en su alma crepitantes fuegos que su piel no reconoce. Danza
iluminada por la luz de altos ventanales que dan a un pasado feliz y consumado
en la vigencia eterna del amor. Se sueña bella y perfumada entre los brazos de
su amado, pero la sombra que la sigue baila sola en el silencio de la primera
noche de primavera. Mientras danza esa íntima coreografía sin querer se va
dejando fluir por la naturaleza pura de los sentidos que le induce el roce
sutil del otro cuerpo imaginado. Las anilinas de sus ojos exploran en las
penumbras de los rincones otros ojos que la observan en su ritual de arcaica
monarquía, de aquel reino perdido donde lentos galeones traían el sándalo y las
perlas que un secreto y victorioso navegante obtenía para ella en las lejanas
islas de los endriagos y vestiglos. El vals la trae adormecida por las
sinuosidades del tiempo, se sueña danzando mientras baila soñando, se desliza
como una hoja otoñal llevada por la brisa de las horas, gira sola en medio de
un remolino de doradas sedas y tules violeta, sueña sola que su príncipe de
copas toma su mano y su cintura y ambos giran transportados por un vals que
solo ellos escuchan por un infinito salón de altos vidrios empañados.
jueves, 19 de septiembre de 2013
DIPTICO DE JARDIN Y MUJER
Era la época de los malvones, después de las
pocas lluvias de agosto, los geranios florecidos hacían que el tiempo se
ralentizara en una ternura soleada, como de niños jugando a los volantines en
un cielo muy azul. El entramado de su voz se fue haciendo agua, sus ojos se
volaron por sobre los suburbios de la mañana, sus manos, cuencos de ternuras
acuciantes, se hundieron en la arena como raíces desaparecidas. Los cardenales
desbordados de rojos y blancos, de rosados y anaranjados, fijaban en sus
umbelas los coloridos destellos de un día lindo con la primavera a boca de
jarro casi empujando la puerta para adentrarse en el canto de los pájaros que
ya construían sus nidos encaramados en el ramaje del acacio. El murmullo del
viento jugando con las ramas de los eucaliptos la traía dispersa pero aun
vigente en ese amor que excedía la esquina donde aquel ayer se declaró ausente para
siempre. Sus hojas aterciopeladas miraban el sol envidiosas de las malvas de
hojas brillantes o el aroma cítrico de los pelargonios olorosos. Su presencia
perduró por años en las escondidas violetas, en sus perfumes a ras de tierra,
en su pequeña timidez, en su terrestre humildad de flor secreta. Las flechillas
(Hordeum murinum) ostentaban sus
espigas como si fueran trigos feraces, soberbias en su salvaje y cariñosa
ignorancia. Su imagen de niña retraída y silenciosa se dejaba dibujar en el
planeo zumbón de las libélulas y en los revoloteos adormecedores de los
abejorros. Las horas eran un baile de la brisa fresca entre los rosales, el
pasto recién cortado invadía el mediodía con su perfume concentrado de
atardecer de campo allá por los lares de los ancestros en las tierras del sur
materno. Las diminutas letras de su nombre estaban escritas indelebles en el
muro de adobes con la verde trama del musgo. Las mariposas se mimetizaban
atónitas con los tres colores de los pensamientos y con las dulces acuarelas de
las zinnias, contenían sus vuelos en los entresijos de la espera y en los
claroscuros de las enredaderas; la madreselva y el jazmín. Ella seguía ahí en
la memoria de un anillo con una perla y un reloj que justificó el tibio roce de
su mano. Las piedras tutelares derramaban sus sombras de caracol por la tierra
pura y simple, en los rincones yermos del jardín, en las penumbras frescas de
la sombra del naranjo. La soledad que habitaba en sus gestos, en el rictus de
sus labios, en su mirada buscando un horizonte cada vez más lejano, en la
manera con la que perdía las llaves o cogía una copa, iba sembrando las
semillas imperceptibles de su eterno recuerdo en toda venidera primavera.
sábado, 14 de septiembre de 2013
CADENCIAS DE MAR Y BOSQUE
Se venía un aire de bosque de pinos o de mar
cercano de roqueríos con algas meciéndose lentas en los oleajes cansado de
navegaciones y vientos de albatros. Del alto se veía el mismo mar entre los
mismos pinos como un horizonte que rompía los dos azules y las nubes de lejanas
tormentas jugando con veleros pintados de rojos o verdes o de azules distintos.
Abajo las arenas entre amarillas y grises se repartían en espumas blancas y se
traslapaban con el vidrio transparente del agua mar que la marea traía
vertiginosa con celo de caricia. Las gaviotas arreciaban allá por el lejano
sobre un cardumen invisible. Ciertos caracoles vagaban con su lentitud demente
en las rocas verdosas y humedecidas por la salmuera marina. La tarde se venía
calurosa y azul, algo dorada por los reflejos desde el canto oceánico, por el
borde de las arenas, por el vuelo de las gaviotas ensimismadas, por los grandes
barcos que cruzaban cargados de banano y minerales, por el vaho tibio que subía
y por el relente de la noche en presagio. No había más cielo por donde se
mirara ni menos mar que los albatros rayaran cegados por la reverberación y el
fulgor. El atardecer relumbraba acaecido sin encontrar la puerta que daba al
crepúsculo y se iba tornando más púrpura desde el anaranjado que viajaba en las
nubes sobre los veleros y las gaviotas. Todo fingía una quietud de marisma, de
ciénaga, de acantilado dormido, de albufera cercada por cangrejos. Las brújulas
perdían sus nortes y las bandadas de alcatraces y cormoranes rozaban las olas
extraviadas en sus rumbos a las guaneras. Un galeón de maderas carcomidas encallado
para siempre en la playa de los cascajos parecía que navegaba cortando las
espumas a favor del viento. La espuma se hacía mar y el mar gaviota, y el
viento se volvía pinos en sus susurros y el pinar era una regata de verdes velámenes
saliendo del embarcadero. Y los granitos erosionados, lisos como lomos de
ballenas varadas, observan con sus catalejos de cuarzo y micas los navíos de
los piratas que cercan los escondrijos del náufrago en su destierro. Un vuelo
de pelícanos traza una línea de lentas y pesadas ondulaciones sobre el azul cercano
de cielo y mar serenos. La casa del poeta que hablaba del mar, los mascarones y
las campanas vigila en lo alto más alto esperando sus pasos y su voz nasal y
monótona para que reinicie como si nada su poética marina quebrada por la
muerte.
domingo, 8 de septiembre de 2013
PARFOIS JE TE RÊVE
A veces te sueño desdibujada y sin rostro
para no importunar a alguien o deshacer tus remilgos de esfinge lapidaria, te
veo en matices de verdes tenues y azules muy pálidos, siempre estás sentada
fumando o leyendo, escondida en un rincón donde no te vean los ojos
inquisidores de tu alguien celoso de lo que piensas o sueñas. Allá él, yo acá te
sueño a propósito para besarte furtivo detrás de las orejas, acariciar tus
piernas disfrazado de gatito ronroneador, mirar con desparpajo de macho invisible
tu impúdico escote o tocar tu pelo desde un lejos cauteloso. Otras veces, para
que no te asustes, no te sueño directamente sino reflejada en un espejo o en
una copa de vino que hay sobre una mesa de mantel del mismo color burdeos,
nunca en porcelanas o bronces porque sé que ahí no te dejas reflejar para que
no se te aquieten los deseos. Te sueño semioculta entre velos o burbujas, yo
detrás de un cristal o una ventana que da a la calle, vislumbro la palidez de
tus muslos porque la falda la dejas al descuido sabiéndome sintiéndome que
desde algún lugar imposible yo te observo como soñándote emboscado. Rara vez te
hablo porque sé que no me oyes, ensimismada como estás en tus pequeñas rutinas
de escarmiento, ordenando la casa o pintando tus labios con ese mismo burdeos
del mantel y la copa. A veces te sueño disgregada, sin nombre ni fecha de
nacimiento, anónima pero no misteriosa, para que no te me disuelvas en las
soberbias de la bienamada. Suceden ciertos insomnios en que hay algo que me
hace verte translucida y dividida en claros fragmentos de ti, quizá como
castigo o suplicio, entonces solo me queda ir uniendo esas fracciones para
contemplarte como quiero, entera y mía, y se me va la noche en ese juego de
rearmar tu cuerpo de acuerdo con la poca memoria que poseo de ti. Alguna vez me
equivoqué de puerta, era un sueño con poca luz, y entré en el sueño de una dama
muerta que andaba buscando sus joyas para presentarse elegante y sofisticada en
la puerta del infierno, conversé largo rato con ella sin saber que no eras tú,
hasta que me miró con sus ojos tenues, sin vida, y le miré las manos. A veces
te sueño de una densidad intangible, etérea o desvaída, entre azulina y
verdosa, apenas delineada por trazos grises u ocres, y temo palparte porque, en
el sueño, sé que te romperás en pedazos como papel quemado y te perderé para
siempre de mis tenebrosas vigilias.
viernes, 6 de septiembre de 2013
ESENCIAS GENETICAS
Rojo el sol se
hundía, la tarde arriba era violeta y púrpura.
Rojo. Francisco
Antonio Ruiz Caballero. 2006.
Se escuchó un estrépito de ángeles cuesta
abajo, un tintineo de alas de cristal y túnicas de concheperla, los lobos se
perdieron huyendo por la nieve hacía el bosque de pinos con los ojos enrojecidos
y los colmillos de un blanco reluciente. En el cielo brillaba Sirio en un azul
plateado brillante pero frío, la noche sin luna, gélida y vasta, se iluminaba
apenas con ese albedo multiplicado por la blancura nival que a veces se
desmoronaba desde las ramas de los pinos con el mismo estrépito de los ángeles
relamidos. Los ángeles silbaban entre azafrán y canela una conga mondonga
haciendo sonar la bisutería de artificio y los címbalos de la feria del agosto
recién sucedido. Bulliciosos papagayos trepaban por las iridiscencias que iban
dejando las luciérnagas en los tremedales de lianas y jungleras podridas mucho
más abajo de la desesperación de la nieve que cristalizaba en agujas de hielo
de un color agrio y arrastrado que recordaba el matiz de las esmeraldas de
egipcias. Los lobos aullaban perdidos en la hondonada de los colibríes,
asustados de sus vuelos zumbones y de la unción de la miel. Las maderas se
incendiaban con fuegos espontáneos, azules e inquietos, iluminando como un
candelabro desperdigado la nieve, los lobos entumecidos y los pinos nevados.
Sin un tupido velo los naranjos ostentaban sus breves soles atardecidos. Los
limoneros sus amarillos silencios. La singladura de una embarcación de velamen
roto dibuja un rostro que nadie ve en un mar que se evapora entre espumas
rosadas. Por los parajes del páramo siempre está sucediendo algo, una lluvia
que moja los cantos rodados y lisos pero no las arenas donde hacen sus nidos
los alacranes, el tétrico ulular de un búho que el eco devuelve una y otra vez
como un péndulo, un crujido inexplicable que surge desde el interior de una
macizo rocoso granítico, el día que se oscurece sin crepúsculo y entra en la
noche en un solo instante, la flor de un diente de león que lagrimea invadida
de una tristeza amarilla de amarga mala hierba. Y todo se va repitiendo en un
ciclo de infinitas reencarnaciones de ángeles estrellados y lobos asustados, de
pinos nevados, de azafrán y canela en el baile de la conga mondonga, de papagayos
escondidos, maderas quemadas, naranjos y limoneros, aquella lluvia que llueve
solo sobre los pulidos guijarros, los alacranes y un búho, la sonajera de la
roca granítica y la flor desconsolada, hasta que la Pili, dueña del tiempo,
sopla el pompón de vilanos del diente de león esparciéndolo por el atardecer y
todo deja de suceder. Vale.
jueves, 5 de septiembre de 2013
RUMORES CALLEJEROS
“—la luna era
ahora un borrón de tiza—“. Colibrí. Severo Sarduy.
Cantan la guaracha honda y acontecida con sus
modulaciones de barro hueco, caña madre de manos pomairinas. Las esfinges
morenas, regordetas y sonrosadas aplauden desde la última fila a contracanto de
las rechiflas de los pomposos vagos de la primera. La pochito cosa silba desde
su invisibilidad de nieta consentida asombrando con sus hechicerías barrocas al
viejo que escribe estas notas para matar la tarde fría y algo brumosa que se
reparte detrás de la ventana vidriada y los barrotes de claustro medieval. Una
bandada de tordos urbanos picotea las migas frente al alto muro penitenciario. Por
la calle larga vienen y pasan luces amarillas a pesar del día, o siluetas
marchitas caminando con el rostro entristecido, una espiral de palomas
aterrorizadas se eleva huyendo del chimango que planea depredador y soberbio. Los
ombúes van despertando del invierno, anchos y desproporcionados, con sus ramas
lerdas como arbolitos de cuento para niños relatado por un aviador extraviado
para siempre en un mar mediterráneo. El denso lejos de un olivo sin pájaros
posibles se recorta hacia el oriente cordillerano con su silencio verde
quieto contra le brumosidad de la
atardecida. Allá por el frente arde un fuego de largas llamas verticales, de
leña inadvertida o quizá carbón de espino, en presagio de una noche de carne
asada y secreta cumbiamba. Los estragos del azogue condensan la humedad que
entra por las rendijas, el vaho de las respiraciones, y el perfume agonizante
de las mustias flores atrapadas en un florero de cristal. El espacio se va
enturbiando como la anochecida ciega de afuera que recorre las calles a ras de
suelo entre las patas de los perros. Alguien se asoma furtivamente por la
ventana, alguien susurra una lastimosa plegaria, alguien abre una puerta e
irrumpe desapareciendo en la grietas del piso, su presencia momentánea solo la
percibe la llama de una vela que parpadea en medio del aire quieto del cuarto. Sobre
la mesa sin mantel hay un cenicero y una carta sin abrir, dos monedas de cobre
y un pequeño puñal de plata labrada. Como si se viniera acercando se escucha el
son atravesado de la guaracha y las voces chillonas de los bailantes, la música
es alegrona pero la letra desengaña, un sabor de aguardiente de caña y tabaco
despierta las flores marchitas como avisadas de primavera. No alcanza a irse aquel
bullicio jaranero por debajo del silencio cuando ya retumba en la esquina
opuesta la sonajera de las tamboras y del güiro de la cumbiamba, una alegría
tintineante entra por las rendijas con sus destellos de coloridas polleras y
sombreros de paja. Pero también el contento pasa disolviéndose en una calma sin
ecos y alguien se queda silbando los últimos compases cumbianceros. Arriba ya
es la noche, y la luna era ahora un
borrón de tiza.
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