
lunes, 16 de enero de 2012
IDOLATRIA

domingo, 15 de enero de 2012
INCESANCIAS
viernes, 6 de enero de 2012
MATRICIAL

Alguien pontifica desde el borde/orilla/limite, se fantasmiza y surge vertiente, repite eco la voz profana inicial de Lezama Lima, el verbo sagrado real-maravilloso de Carpentier, paradisos y reynos, cumbres orogénicas, mistagogos, cubanos arcangélicos allí en el malecón en la nocturnidad de las siluetas entre la bruma marina esperando la madrugada de cardúmenes y aves migrando hacia ellos. Y es también la voz diciendo sándalo en la penumbra de cristal, un buddha de ámbar a la sombra del jacarandá, el hexámetro, la runa, ese anhelar de volver a ser arena, o las voces de las alturas telúricas que desembocan en el mar de la ágatas, y del castaño del patio y los almendros de la lluvia y el tren bananero de los muertos. Ecos, plagios, reescrituras buscando, explorando, experimentando, desollando las piedras de las patrias contraconquistadas. Alguien fragmentado y disperso vaga por las calles de un París oscuro bajo la lluvia, por las orillas del Buenos Aires de casas bajas allá por el Maldonado, por el Malecón de La Habana con las olas rompiendo a lo largo del espigón contra las piedras inmóviles, por ciertas ruinas calcinadas en la Ciudad del Cabo del Haití de un rey muerto. Busca la voz escrita en los cauces de los retorcidos meandros, en los incendios y los gritos de las revoluciones destrozadas por la misma raza que las inició, en las bahías de aguas tibias plagadas de medusas azules, en la altas nieves de una cordillera inalcanzable y lejana donde están las tumbas vacías de los próceres sin entorchados ni medallas de humillante bisutería, busca en las tupidas selvas ahítas del vuelo chillón de los guacamayos multicolores, en los espejos de las charcas donde las florecen los ojos de las grandes anacondas, en la voz perdida y recuperada, en la estética del exceso, del mal gusto buscado y rebuscado, del artificio y la inútil complicación del verbo, de la sobreadjetivación hasta el rebalse y el derrame. Busca la visión del esplendor perdido de su antiguo Nuevo Mundo, los fermentos de Góngora, las semillas ilusorias, la honda raíz embebida en las sangres arrasadas. Alguien escribe en las arenas acumuladas por los océanos de las carabelas y las canoas, en los muros traslapados de templos/catedrales, en los códices quemados por miserables monjes equivocados, en un oro refundido que fue dios sangriento y luego custodia del cuerpo y sangre del cordero, en los palimpsestos escondidos de las bestias de los dictadores que vinieron, escribe y escribe, escribe con tintas de todos los colores para ser retumbo de todas esas voces fusionadas.
domingo, 1 de enero de 2012
ORBITALES

A ras de tierra, a flor de agua, por el filo hacia abajo en la escombrera, entre el mosquerío y la podredumbre del pantano, frutos tumefactos de mandrágora, semillas con sus embriones muertos de salazón, lagartos inflamados, derrumbes y destrucciones que llevan al molo semihundido donde las espumas de infinitos oleajes repasan una y otra vez las algas de verdes encendidos. Más allá los tetrápodos del rompeolas soportando la mar brava, los gaviones incrustados en borde del río acanalando el torrente de las turbias aguas de los primeros deshielos. El sabor de la azúcar quemada vaga por el cañaveral como un ron primitivo, aborigen, y se queda como un relente en la densidad de las raíces embriagadas. Recovecos donde anidan los albatros, albos relámpagos planeando sobre los azules remansos oceánicos. El humo azul del tabaco dispersándose en el aire fresco de la tarde de ocios desvergonzados. Un jardín florecido de desencantos de rojos muy intensos, de siemprevivas doradas y plateadas madreselvas escondidas, caléndulas y muérdagos, enebros y albahacas, hierbabuenas y pasionarias con su corona, sus clavos y sus martillos infames. La escollera enfrentada a los ecos espumosos de los oleajes de lejanas tormentas, al plancton extravagante extraviado de sus confines por invisibles corrientes submarinas. El corral de minotauros y unicornios, la jaula de los fénix y los alicantos, el acuario de lentos y ampulosos celacantos anaranjados. Un cielo de nubes de altos algodones coronando los límpidos azules andinos, las verdes selvas taínas, los salares, los desiertos y los antiguos dioses sangrientos. Las burbujas iridiscentes, perfectos esféricos tenues batiscafos de mar verde mar, sus misteriosas interferencias y reflexiones confluyendo vertiginosas a la brevísima hecatombe de un silencioso estallido ante los ojitos sonrientes de la Pili. El embeleso de las hélices, el embrujo del giro helicoidal, el encandilamiento de los heliotropos mirando el sol con el mismo afán de los girasoles. Balandros de cabotaje en el sesgo de bahías y caletas en concavidades planares de negros roqueríos y arenas amarillas. Los enigmas de las improntas de las sórdidas cloacas con sus aguas negras, sus fangos borboteando enjugados entre la incertidumbre malsana de los coliformes y el sortilegio de los espejos de obsdiana. La música de un organillo en la molienda del organillero en la esquina equivocada en la víspera del viaje. Todo tiende a un centro final, vórtice y vértice, los últimos ojos en que veremos reflejados nuestros ojos antes del último zarpe.