viernes, 1 de septiembre de 2017

SOOOLITARIO


Para F.A.R.C., aquel cuyo dios lo enmudeció para negar la insoportable belleza de su verbo.

Esta lila se deshoja,
Desde sí misma cae
y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así. (i)

Negada es tu voz amigo desde los luminosos laberintos de tu sublime locura con sus iridiscencias y sus monstruos medievales, negada a tientas, porque los ecos de tu barroco sevillano perdurarán en las memorias de los que se atrevieron a perforar tu mágica demencia y miraron desde acá abajo el abismo insoportable donde te zarandeabas sobre la cuerda de tus delirios como un equilibrista que cree que puede volar, y posee el imaginario, el verbo y los asombros necesarios para negar la imposibilidad de los verdes saurios del infierno, las mariposas sangrientas y los gatos escaldados, así, sin más, como si tu palabra fuera creando a tu alrededor lo que tu desaforada imaginación iba extrayendo con intensidad de demiurgo de tus oscuros desvaríos, andarás combatiendo contra tus demonios persistentes en algún tugurio de mala muerte allá por los arrabales de un cielo desvencijado donde un dios te mira con los ojos tristes de mal padre, seguirás (d)escribiendo los mundos de tus sueños fantasmagóricos, las visiones inverosímiles de tus alucinaciones enfermizas, los textos de fábula del desterrado voluntario en los que cada objeto, vestiglo, color, insecto o flor que describías volvía a esta mísera realidad más brillante, pulida por tus geniales arreboles y a la vez carcomida por la dolorosa extracción de la piedra de la locura.

(i) “Vértigos o contemplación de algo que termina”, poema incluido en 'Extracción de la piedra de locura', Alejandra Pizarnik, 1968.

Nota del autor.- Escrito en mismas doscientas dieciséis palabras.

Imagen: “La Extracción de la piedra de la locura”.  Óleo sobre tabla, de 48 x 35 cm, del pintor holandés El Bosco (Hieronymus Bosch) o de un seguidor del maestro,​ realizado entre el 1475 y 1480.


jueves, 16 de marzo de 2017

HUYO DE TU VOZ ENTRE LAS DALIAS


Para A. (ella sabe quien…)

Huyo de tu voz que me enceguece los caminos por donde me extraviaba para desaparecerme, que me santifica los rumbos y me enternece las estaciones, me fugo hacia un silencio de piedras heridas y altos cañaverales y vuelvo a encontrarla en las vertientes escondidas, en los acantilados donde los musgos crecen escribiendo tu nombre, en los gaviotales atardecidos y en las pajareras del mediodía, y es tu voz en su cadencia pagana la persiste en su salvaje recurrencia de obsesión clandestina como una ventolera sobre los cuarzos de las arenas que dormían esperando el polvo o la ceniza, y se repite eco entre el ramaje del bosque, acude, desborda, exhala un perfume oscuro de yerbas sagradas, de dalias eternas y de misteriosas amapolas, de una noche de evanescentes madreselvas y del aquel ciruelo enarbolando su albo velamen en el negro terciopelo de un nocturno adolescente que buscaba [sic] tu voz en los equivocados territorios de los amores niños o de las pasiones que nunca alcanzaron el otoño. Huyo de tu voz que me inunda y me recorre, que me acaricia la piel más profunda, y que me deja estremecido por la nostalgia crepuscular de esas las dalias perdidas en el tiempo, y me deja ser niño otra vez y recuperar la sensación de la cercanía de mi madre haciendo florecer las primaveras de mi infancia, y tu estabas ahí con tu voz entre el silencio de las dalias, vestida de ese blanco de perfecta musa imposible cantando con tu dulce sensualidad de mariposa intocable. Huyo de tu voz por los laberintos desquiciados de mis memorias que ya la poseían como escondida semilla subterránea entre los herrumbres de otras voces que iban hilando la telaraña de tu voz que me atraparía en este destiempo de invencible distancia, de océano de por medio, de horas desplazadas por una astronomía que semeja el azar furioso del destino que no quiso que fueran las mismas mañana o los mismas noches, porque tus madrugadas aún son noches en mis comarcas adormecidas y los sueños no se reflejan en los mismos espejos. Huyo de tu voz para seguir buscándola en los cristales de las lluvias de la noche y en los colores de los peces sumergidos, pero ahora sabiendo que te escondes en tus mariposas y tus flores, en las piedras foliadas y en las gárgolas, en los vitrales de antiguas catedrales y también en algunas tardes en los asombrosos dibujos de las nubes. Sé que sentirás que alguien te piensa a lo largo del día, de los días, de los años venideros, y sé que sabrás que soy yo embrujado (sin huida posible) aún por tu voz.


jueves, 2 de marzo de 2017

VIAJE AL OTRO INVIERNO


Desde la ribera poniente del Estero Yerbas Buenas, 18 al 20 de febrero de 2017.

El color de los ojos de Marianela en cierta tarde mirando el atardecer, un violeta y un verde fosforescente en la esquina que daba al mar hacia el poniente y donde  todo era allí, la angustia de extraviarte y la ansiedad por volver a encontrarte, la ventolera y la lluvia que arrecia desde la altura de los bosques oscuros con los ulmos de blanco florecidos, los dados que jugaban cada uno a su aire su pequeño azar instantáneo, la noche de las cinco lunas estrelladas que la memoria guarda como fugaz destello del ahora imposible, la suma y sus cansancios, el río ancho lento con sus aguas casi quietas bajo la lluvia que es todas las lluvias, el silencio que es todos los silencios, los del verbo encarcelado y los que se escondieron en las cenizas de los rescoldos de la dulzura de [tu voz] las voces ya sin rostros, el preciso matiz de unos labios despintados por la turbulencia de una noche de besos y susurros, este invierno que posee el encanto de lo probable y la certeza del vacío, la lluvia, siempre la lluvia como si lloviera en otro invierno, el vino que busca en la contingencia la derrota o la victoria, ambas inútiles en la hora tardía, la cata de los whiskies de los aromas perdidos, con esos sabores que se quedan doliendo para remarcar la nostalgia, un sol que nunca amanece y una luna ciega, y el vaho de los montes sobre la fría mañana, ese breve invierno donde la voz se curva desesperada y desaparece.

Post data.- Ese nombre es un simulacro o un espejo que no refleja sus ojos en su vértice esencial. Ese violeta y ese verde fosforescente son solo antiguas y veneradas reliquias de un desértico territorio, quizá la antípoda climática de este otro invierno.


martes, 7 de febrero de 2017

REFUNDACION DEL OTRO INVIERNO


En memoria (siempre viva) de S. del C.

“Sólo quiero el grito que destroce la garganta, deje en el paladar sabor de entraña y calcine los labios proficientes”. El Sueño de las Escalinatas. Jorge Zalamea Borda, 1964.

Todo vuelve y permanece pero ya nada será igual. Ella fue ave sobre el techo de zinc ahí por el lado del ciruelo, o abeja ajetreando en su jardín florecido y la pequeña chacra que rememoraba perdidas comarcas de su infancia, fue el pan diario que salía de sus manos como crujientes bendiciones, y el sonido rítmico de la maquina de coser, o el misterioso silencio con que habitaba los días de lluvia esperando que escampara. Que de pájaros dejó por los duraznos y la madreselva, o los humos enrojecidos de atardecer que se vienen como adentrándose en la noche desde su rumbo dormido allá por el sur del tranque y el velero niño cuyo velamen aprendió el viento en la ternura madre de sus manos como una blanca mariposa mágica. Se fue yendo de a poco, a pasos lentos, como no queriendo, primero el jardín se fue borrando de dalias y nardos, luego el ciruelo se perdió en las memorias del estío, después fue el pan y el brasero, hasta que se cansó esa noche y se voló calladita con su queltehue. Quien vio la palabra destrozada, los altos muros antiguos, la puerta blanca apoyada en un poste, supo de ríos aciagos, de negaciones, de calles / paisajes / rompientes. Quien vio el azul agonizando esparció cenizas de aviario, gránulos de pesebrera / holladuras. Quien vio a la madre preñada de él mismo esperando las luces de sus ojos, las manos pequeñas apretando, el llanto niño por las tardes del jardín, hundió en carne viva la espina y la sal. Quien vio el secreto en podredumbre en el charco enlarvado e hirviendo es que abrió una puerta blanca, negó la palabra destrozada y se ha ganado su rincón en el Infierno (i). Volverán en auge los soles indolentes, el canto del miedo, lo nebuloso y lo turbio, lo oscuro o tenebroso, la surgencia de las aguas malas en las orillas de destierro, en la negras arenas donde las huellas de pisadas relumbran por los reflejos dorados de un lejano sol inmenso que se hunde vencido en su poniente, en las arcillas donde las algas mustias yacen como la escritura secreta de los arcanos vencidos. Por todo esto y más, (quizás todo un territorio inconmensurable y un infinito tiempo irrecuperable que existen en su nombre), que no es posible describir en un idioma que no posee las palabras necesarias a tanta pena, es que dejó de herencia su ausencia insoportable. No volverá nunca más para que la sigamos buscando para siempre.

(i) “Aquel que vio”. Del poemario Raíces en Arenas Negras, F. S. R. Banda, 2006.