viernes, 31 de diciembre de 2010

IL BAROCCO, LE BAROQUE, EL BARROCO

“Nuestra apreciación del barroco americano estará destinada a precisar: primero, hay una tensión en el barroco; segundo, un plutonismo, fuego originario que rompe los fragmentos y los unifica; tercero, no es un estilo degenerescente, sino plenario,…” (i).

Proliferaciones insensatas, búsquedas inversas, diversas y perversas, incontinencias verborreicas, adjetivaciones extremas, minuciosas, descaradas. Manierismos decimonónicos, repeticiones machacantes, cursilerías de carnavales paganos y de romerías marianas. Excesos. Detalles y fragmentos fuera o dentro de contexto, desordenes y paradoxas. Inestabilidades verbales. Tautologías infantiles, elipsis, enumeraciones inusitadas o alephicas. Humo, hojarasca. Adjetivos que modifican, disgregan o califican los sustantivos heroicos, las cosas innecesarias, los seres intranquilos, las almas concretas de los meros objetos. Asombros. Imaginarios desbocados, desaforados, desquiciados. Palabras secretas, cifradas, palabrotas de puertos, de lenocinios, de mansiones versallescas, verbos desafiantes, bizarrías. Prisma de infinitos colores, catalogo de texturas, abigarradas colecciones geológicas, entomológicas, gemológicas, microscópicas o museológicas. Artículos necesarios, pronombres codificados, abundancia de preposiciones, adverbios triaxiales, nunca interjecciones y demasiadas conjunciones. Reinas de barajas, palitroques condecorados, príncipes bastardos. Exploraciones diccionaricas, ruidos gramaticales, tumultos retóricos. Desestibaciones. Invenciones, desbordes, torrentes en verbigracias, flujos de pensar florido. Medusarios, galaxias y paradisos, artificios, artesanías, arteros arqueros, arcontes apátridas. Herejías y sacrilegios, obviedades lingüísticas. Miméticas. Deformaciones poéticas y arbitrarias de la realidad, metáforas sobrecargadas, imágenes hermosas, maravillosas, asombrosas e inquietantes, elaboraciones y reelaboraciones. Fantasías, alegorías, imaginaciones irracionales, sueños o pesadillas. Insanías. Mansedumbres de crótalos sangrantes. Utopías ancestrales, botánicas primordiales, zoologías parciales de cobras, colibríes y cocuyos. Lo real maravilloso. Reescrituras, plagios, apropiaciones anónimas. El frío de la noche tenía incrustaciones de violetas (ii). Cubanización del idioma de algunas de las españas, el malecón de La Habana por las ramblas de Barcelona, el mambo por el flamenco, y el Che por el Cid. Lezama Lima por Góngora y Quevedo. Revelaciones y rebeliones. Arte de la contraconquista. Polifonías, carnavalizaciones y parodias. Intertextualidades. Finísimos filigranas, absurdos, voraces, estrafalarios. Palabras amaneradas, exageradas y retorcidas. Devoración consentida del significado por el significante. El travestismo y la metamorfosis. Catedrales sobre templos, mármoles sobre piedra. Incienso sobre sangre. El comienzo de América fue barroco. Y el Barroco en América, un comienzo (iii). Lo kitsch, lo queer, lo camp, lo mágico de esta otra realidad, lo onírico vivido hasta el hartazgo, el horror vacui, lo latinoamericano, lo indoamericano, lo hispanoamericano, lo Not American. Gárgolas y tragaluces. Lo barroco, lo neobarroco, lo transbarroco, lo ultrabarroco. Exageraciones barrocas. Variaciones barrocas. Barroco, barrueco, perla de forma irregular, joya falsa. Barlocco o brillocco. Barro-coco. Baroco. Artificioso y pedante, confuso e impuro, engaño, capricho, extravagancia del pensamiento. Búsqueda de la palabra, de las palabras, para construir desconstruyendo el poema o el texto, indagaciones semióticas, escrituras/lecturas, extradescripciones e intradescripciones. Afanes. Barroco nuestro que estas entre nosotros y el cielo…, etcétera.


Bibliografía.-

(i) La Curiosidad Barroca. José Lezama Lima. 1957.

(ii) Pequeño relato de fantasía. Variación. Francisco Antonio Ruiz Caballero. 2006.

(iii) América barroca: De Lezama a Sarduy. Socorro Jiménez. 2006.

FINAL DE AÑO

Un ámbito patriarcal recorre estos últimos días con sus tardes de macho viejo y vetusto. Todo el entorno crepuscular parece abjurar del ajado y deshojado calendario. Las últimas noches se tuercen bajo la densa gravitación de tantos inútiles insomnios. Se derogan turbias leyes ya en desvaído desacato, se decretan nuevas posesiones, se renuevan los mismos perjurios. El icono del tiempo se va disgregando roído por el vaho de un hastío insoportable mientras otro dios impío comienza a nacer en su capullo de confeti y torpes campanadas. Un osario de días muertos, de rostros pasajeros, de techumbres y cornisas se hunde lentamente. Allá lejos, un fondeadero de barcos naufragados enarbola su tristeza de virgen exiliada. Nomenclaturas dispersas, códigos reencriptados, enumeraciones siniestras, van sellando breves historias cotidianas. El ábaco de las horas desgrana la meticulosa continuidad que encadena este ayer con aquel mañana. Algarabías, tumultos, fanfarrias, libaciones sagradas o profanas, bruscas ebriedades, demarcan la frontera temporal. Menguan los torrentes que buscaron turbulentos las quietas soledades de un estuario donde heréticas aves vuelan enredadas en las postrimerías del crepúsculo sobre un derrumbado campanario. Siluetas destrozadas, limadura de obsesiones, desconcertados navegantes y pontoneros mesiánicos trazan el albur venidero. La mampostería que amparaba altares y venusterios se derrumba a ojos vistas con la lenta parsimonia de inexploradas ruinas arcaicas. Un agua orbicular inunda la austera mañana con la que se abre el desaguadero terminal, allí entre las piedras y los charcos se escurre el ofidio que posee el secreto y el veneno del dulce vino del estío. Engastados en pervertidos elogios los granos de la cosecha se cuentan con sobria desesperanza. Un canto germinal susurra escondido en la humedad subterránea del próximo almanaque. El láudano de lo concluido borra las minucias, las imperfecciones, las trizaduras, dejando en la piel un marasmo de llovizna, una lasitud de eterno perdedor atrapado en la ignominia de lo sucesivo. Las conclusiones tienen la consistencia de pobres bagatelas, de meros ejercicios escolásticos, solo el abolengo que da la certeza de la mortalidad sostiene la persistencia involuntaria de volver a despertar. A horcajadas sobre el cántaro del que fluye el tiempo, con un boato de jinete apocalíptico y un candor de fugitivo tarahumara, el año concluye con la transparencia de la treceava calavera de cristal maya, en hondura sobre el cascajo sumergido, glorificado y numeral. Una emperatriz nigromante busca los augurios en el fermento del maíz, con su bagaje de siglos de repetitivas premoniciones, en la fastuosidad indiferente de un templo vacío. Vale.

lunes, 27 de diciembre de 2010

EL JARDIN DEL PARAISO PERDIDO

A Selmira, con todo el amor posible.

Eran ocho rectángulos delineados con piedras semienterradas como ocho lampalaguas asomando las ondulaciones de sus lomos en un denso río de tierra ancestral, de tierra enternecida por las manos campesinas de una jardinera diligente. Y en cada cuadro vivían sus sucesivas primaveras las flores que recorrieron la infancia con un fondo de polen y pétalos incrustados en prístinas memorias de días anchos y felices. Corso de alelíes y manzanillones, de dalias y zinnias, del orgullo casero de las azucenas de la Virgen de diciembre, de claveles y clavelinas, de rosas vibrantes que refulgían en los atardeceres con olor a tierra mojada, con los intensos aromas de los nardos y la voz ahora ausente de mi madre entre el ruido fresco del agua y un sereno crepúsculo que iba entrando en la noche florecido y eterno. Arriba el ciruelo encendido de flores contra oscuro terciopelo nocturno como un galeón de alto velamen entrando empopado en la bahía del grato silencio, con su proa cortando el mar verde oscuro con sus espumas blancas de las calas y arremolinando las olorosas noctilucas de los jacintos y los juncos. Y el recuerdo de jardín y soles es una acuarela fetichista con sus morados y blancos, sus amarillos, sus rojos atrevidos y las misteriosas variaciones del rosado, o los tonos apastelados que ostentaban ciertas corolas en el ardor desatado de los mediodias del estío bajo el vuelo dicharachero de tres especies de mariposas vestidas de blanquinegro, anaranjado fuerte y delicado gris plata, contra el rezongón zumbido de abejas y moscardones, y el chirrido inubicable de la invisible chicharra. Paraje de trepidantes e iluminados gladiolos, de humildes violetas pequeñitas y perfumadas que son una devoción y una pena, las alquimias silvestres de la menta, del toronjil cuyano, del ají verde y del cilantro, de clarines y estrellitas en miríadas, y las frutillas madurando su sabor a flor de tierra, a pleno verano. El geométrico archipiélago limitaba al oriente con al casa del ruido de la lluvia en el techo de zinc, al poniente con una reja de tejido romboidal donde quedaban atrapados los arreboles de cada atardecer, al norte con el perenne verdor brillante de las calas, y al sur con el acantilado alto y vertical de una pared de ladrillos habitada en sus grietas y oquedades por hurañas arañas. Su cielo era de un azul tan preciso que nunca se ha vuelto a repetir, y abajo, la tierra pura y maternal tenia la textura indescriptible de los sueños. Quizás para confirmar la imposibilidad de un retorno, no habían pájaros ni dragones ni unicornios, la fauna mayor se limitaba a escurridizas lagartijas celeste/verde/amarillas, y sus monstruos fueron apenas las mantis y aquellas arañas ermitañas. Los chanchitos de tierra habían aprendido desde antes a huir de las cacerías infantiles escondiéndose bajo las piedras. Porque aquel jardín poseía la certeza de la felicidad del niño, solitario terrateniente de ocho cuadros de verdes florecidos resguardados por ocho anacondas subterráneas, donde exploró las islas y los continentes, circunnavegó el globo en un balandro mágico y se extravío para siempre cada tarde de cada verano hasta que naufragó en la desolación del primer amor adolescente. Luego, demasiado pronto, se vinieron de bruces todos los años, con el tumulto y la fanfarria del tiempo, ese enemigo formidable, haciendo que detentar estos recuerdos sea poseer la feliz memoria del único paraíso perdido. Vale.

domingo, 26 de diciembre de 2010

SENSACIONES BARROCAS IV

Observó el amplio salón con sus exuberantes pinturas de pálidas madonas y angelitos rosados con alas de cristal de Bohemia, los gobelinos con imágenes sacras embebidos de rojos y oros, las alfombras mullidas que borraban los pasos en sus arabescos y filigranas moriscas. Husmeó un perfume leve, casi imperceptible que permanecía aferrado al tapiz del sillón dorado donde decían los antiguos se había sentado la reina madre cuando era virgen y tocaba el clavecín esperando a su príncipe. Palpó el hierro sangriento de la espada del Cid y en ese roce sintió la vibración de las batallas y el griterío de almorávides, el tremor del galope del Campeador al frente de su mesnada yendo a besar la muerte en alfanjes y cimitarras de oscuros sarracenos, ahí en el degüello. Oyó el eco repetido por los rincones, los vidrios de las vitrinas y de los vitrales, los bronces de las estatuillas y las armaduras melladas, de las trompetas llamando al asalto sangriento, y también de los pífanos del retorno victorioso. Paladeó en el frío vaso de plata del califa Habbus ben Maksan el vino endulzado por los soles del "Vaso de plata lleno de esmeraldas y jacintos" escanciado por las manos alegres de la cortesana favorita, y reconoció su rostro muerto en el concho de sarro púrpura.

SENSACIONES BARROCAS III

Vio las casitas bajas lado a lado de la calle con el volcán el fondo ensimismado en su nieve y sus fumarolas confundiéndose con las nubes chatas enredadas en el cono perfecto y apacible. Olió las esencias florales de los aromos dorados, de las rosas intensas, rojas y abundantes con su aroma cítrico, de las azucenas virginales, y se hundido en la nostalgias desperdigadas por los años. Tocó la persistencia dolorosa de una piel deshabitada, perdida o fragmentada, y no pudo encontrar su nombre ni su voz ni su rostro en la turbiedad del recuerdo. Escuchó cantos de pájaros, aguas en cascadas, lluvias sobre el techo de zinc, oleajes rompiendo en un roquerío cercano a las ágatas y muchas voces acaecidas de noche. Saboreó con delicadeza uno a uno los besos, las salivas, las lagrimas ajenas, el mustio relente de bocas confusas y labios repetidos, hasta que reconoció la vehemencia de una sola boca en una sola noche y lloró.

SENSACIONES BARROCAS II

Vio el alto velamen entristecido, roto y naufragado contra la escollera envuelta en algas, en oleajes, en derivas y derrotas equivocadas. Olió la brisa húmeda e impregnada de las sales de todos los continentes y archipiélagos e islotes olvidados trabados de rompientes, de arenas, de junglas y cocoteros. Tocó los guijarros negros, basaltitos, de la playa pedregosa sintiendo en su suave tacto los milenios erosivos de piedras contra arenas bajo infinitas olas. Escuchó el traqueteo monótono y marino de las piedras arrastradas una y otra vez por el juego astronómico de las poderosas fuerzas gravitacionales de soles y lunas sobre las aguas aventadas por esas mareas en quietas bajamares y violentas pleamares. Saboreó la intensidad misteriosa de la sal en los labios y dibujó el mapa de bajíos y escollos, trazó la carta de marear de delicadas lejanías de tierras a la vista y dedujo del puro sabor salino la alquimia oceánica que justificaba todos los naufragios.

SENSACIONES BARROCAS I

Vio el descalabro de las flores de violetas violentadas en la tierra mustia por los tormentos del otro azul liliáceo de la Vinca major, transitoria y rastrera, desencadenado a mitad de la exigua primavera. Olió el perfume pequeñito del mioporo que se desvanecía entre los tréboles verdes y las semillas brotadas de laurel y ortiga, entre el cañaveral atrapado de inciensos, de leguminosas, de ardientes membrillos. Tocó la corteza oscura y agrietada del palto moribundo que se alzaba como un esqueleto confuso sobre el verde naranjo, la verde ligustrina, y el verde y el amarillo pálido de la misma en su variedad variegada que se escondían ateridos bajo la ya seca madera. Escuchó el bullicio de gorriones y el ronroneo monótono, monocorde, de las tórtolas, los ruidos lejanos en las calles abandonadas a sus destinos y pasos, el rumor ensimismado de la brisa entre el follaje y los altos abanicos de la cincuentenaria palmera. Saboreó el agua que destilaban las hojas como cantaros rotos, el agua serena y nocturna que traía el duelo de estrellas y nieves desde las profundidades de la noche.

jueves, 23 de diciembre de 2010

HEREJIAS

En el principio era el verbo, con sus perjurios de oropeles renacentistas, el oficio órfico de alfarero equivocado y el estigma de viejo cansado pero sublime que fue capaz de crear la rosa justificada en su mera belleza y también la penuria extraviada en los campos de refugiados del Sájara. Fue el principio y el fin de la larga travesía por las hogueras de la Santa Inquisición, por los holocaustos con el humo oliendo a carne quemada, por los pasillos de mármoles reinantes donde vagaban clavecines y laúdes, por la Ruta de la Seda y por los retorcidos senderos selváticos que nunca llegaron a El Dorado. El verbo así se fue desgranando en orbitas heliocéntricas, en ecuaciones cuadráticas, en argumentos logarítmicos o refracciones cuánticas, se fue disolviendo en flujos turbulentos, en matrices o asíntotas, en plasmas fluctuantes y en eternidades impalpables como cenizas de sándalo. Mas las penumbras socavaron los amaneceres de pájaros y alelíes, resecaron los pétalos mortuorios y los brotes nonatos en sus verdes primordiales, escanciaron el vino amargo del lagar del espanto hasta que el eco turbio de los llantos del valle de sombra de muerte lo convirtió en burbujeante sentina. Las penumbras, las sombras, lo más oscuro de las peores tinieblas inundaron las rías, los estuarios y los humedales con sus aguas de ciénagas perpetuas, con sus negras arcillas de pantano, tallaron los fiordos y los acantilados con sus nocturnos y estrellados glaciares, detentaron morrenas, esculpieron monolitos a los dioses sin rostro, y despabilaron los muertos felices de vida plena y sin vuelta, y desenterraron los dolorosos de ojos mustios que murieron para siempre en la fe de la vida eterna, amen. Entonces y solo entonces el verbo no se hizo carne sino palabra, confundiendo premoniciones de profetas, ordenes de santos sepulcros, prelaturas territoriales de obispos no santificados, porque el movimiento no fue más que una oruga cambiando de piel, colgando de un sucio hilo de su propia seda en el muro de adobes y lamentos. Derramóse la palabra sin cuajar aun por las cavernas ateridas, por los lúgubres túneles antes del fuego y su luz, por las catacumbas donde la palabra ya existía como incienso, y por los cauces secos escondidos entre los arbustos, lejos del feroz merodeo de las fieras. Floreció así la palabra, imperecedera, en los medanos y las marismas, en las grietas de barro solemne y no en el amor, que es silencio, sino en la última mirada displicente de los verdaderos suicidas, mientras arriba, altos arreboles ramoneaban en la profundidad del azul zafiro y ardía la tarde presagiando el minotauro. Vale.

viernes, 17 de diciembre de 2010

DESESPERACIONES

Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nueva refutación del tiempo. Jorge Luis Borges, 1952.

Desesperaciones, lúgubres silencios, estatuas mudas en medio de los estropicios de día y los sacrilegios de la noche. La búsqueda de un rostro en las santerías y en los medanos donde los pájaros sangran. Desesperaciones y ansiedades. El catastro de los miedos con sus oscuridades de menguante, sus engendros cavilando en el terror de las ciénagas. Ambigüedades de la construcción y desconstrucción de la noche en sus insomnios y vigilias, en sus sueños barrocos y sus pesadillas góticas. Disectar la nocturnicidad, desagregar las sombras callejeras, las penumbras de la celda y la vacua concavidad del lecho. Cribar las negras arenas nocturnas del tiempo ensimismado para separar constelaciones de osamentas, las cegaduras de amianto del ladrido de los perros furiosos del desencanto. Desesperaciones, oquedades y urgencias. Visiones de salamandras del fragmento recursivo que muele y muele para apartarse del molino del desvelo, somnolencias de los guijarros del miedo, hasta oír el crujido de jarcias, el flameo del velamen, el chirrido del cabestrante cuando levanta el ancla enmohecida para ir a naufragar contra la escollera de la madrugada incipiente. Desesperaciones e impaciencias incrustadas en los objetos disgregados, en los seres desvaídos que cercan los muros o sus escombros. El día haciéndose agua, sal y ceniza bajo un sol perpetuo que reverbera en la pulida superficie de un alfanje lunar. Espejismo, traiciones, honduras inútiles. Pasos, tumultos, antropofagias de lobos hambrientos, sedimentos entristecidos, dunas de cuarzos ocultando los templos destruidos a arqueologías secretas. Desesperaciones pervertidas de serpientes, de huríes y eunucos, amparos y fugas. Cerrazones de poliedros, incertezas y dubitaciones que habitan las perfidias, las lejanías, la falacias. Piedras y humo. Espículas de poríferos, espumas foraminíferas, botroides de malaquita, singladuras de barcos extraviados. El escándalo del enrojecido poniente reflejado en el espejo de agua de la albufera con su brebaje de malaria y de dengue y el zumbido incesante de estilizados zancudos. Desesperaciones tantálicas, angustias, soledades, la eterna melancolía que destilan los almendros de las lluvias o los sauces nocturnos. Escarmientos incrustados en los huesos, en las uñas, en los dientes, en el sopor de una tarde de parsimonias y desolaciones, de argumentos y tentativas. El relente de la noche condensado en los vidrios del ventanal, empavonándolos con su vaho siniestro, mientras se derrumban las certezas atrapadas a lo largo del día. Desesperaciones y negaciones del mismo color amarillo brillante y nacarado de los cristales de arsénico. Desesperaciones ocluidas en negras malaquitas botroidales. Vale.

Cangrejos Verdes.

Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.

Cangrejos verdes. Cangrejos verdes con los ojos rojos, cangrejos verdes con los ojos naranjas, cangrejos verdes con los ojos violetas, cangrejos verdes con las pinzas de diamante, cangrejos verdes con las pinzas de estaño, cangrejos verdes boca abajo, petunias amarillas. Heliogábalo en Tarsis. Estatuas que manan sangre de sus cuellos, estatuas de arcángeles desnudos, de atléticos príncipes musculados, de laberínticos niños de armonía y jade, de gladiolos de ónice y alabastro negro, de hormigas y de hipopótamos, de cisnes y de canguros, boca abajo y boca arriba, boca abajo, sosteniéndose sobre sus orejas, haciendo la colada sobre una lavadora sin ojos, con nutrias naranjas y con carne de membrillo en el paladar seco, con Antofagasta y sin Antofagasta, sobre el Mar Amarillo y dentro del ojo de una libélula, y fuera del ojo de una libélula, y dentro de un piano, y fuera de una trompeta, y dentro de una jeringa, y a tres mil años luz de la tierra, y sobre el precipicio, y a doscientos metros del precipicio, y con flor de argonautas y sin flor de argonautas, y con gengibre, y sin caramelo de potasio, y sin cuchillo, y con elefantes rosas, y sin elefantes rosas, y torciéndole el ala a una mariposa, y torciéndole la antena a una hormiga, y con un colibrï muerto disecado junto a una pieza de coral blanco. Y con nieve. Y sin nieve. Cangrejos verdes, y cangrejos amarilloanaranjados, y cangrejos rosas, muy rosas, y muy pequeñitos, y muy grandes, y cien soldaditos de plomo amarillo. Y Uranio y estricnina. E. Y embolo y guarismo. Y sal gema y lobo, lobo y dendrita, axial y coaxial al eje, dentro de la circunferencia y fuera de la circunferencia, sobre un montículo en la arena de la playa, y fuera de la elipse, y entrando en la espiral logarítmica, y haciendo aguas, y submarino que se hunde, o elevándose por encima de las tumbas, y ardiendo en Sumatra. Y raíz cuadrada de J. Y KLMN. Y trescientas monedas de oro. Y Alfa gamma omega. Y pi al cuadrado. H. Cangrejos verdes, con las pinzas de azul lapizlazuli, verdes de esmeraldas y azules turquesas finísimos, sobre gorgonias naranjísimas, cerca de caballitos de mar embarazados, lejos de los jarrones chinos llenos de hielo picado, cerca de los nudibranquios de color verde y algas zoótrofas, lejos de las orquídeas rosas y las aguas de Valparaíso, cerca de las azucenas amarillas, lejos de aquel frasco de mercromina, cerca del Mar de Aral, lejos del Indostán pakistaní, con nata de Uranio y sin nata de Uranio, y H elevada al cubo. Gato. Barniz. Pimienta. Gato. Barniz. Pimienta. Gato. Barniz. Pimienta. Y tres veces mas Gato Barniz y Terciopelo. Zeta rota por la mitad, alfabeto desconyuntado, y paraíso de orquídeas negras. Cangrejos verdes, muy verdes, verdísimos, esmeraldinos hasta un punto de terror, esmeraldas hasta el fulgor de la absenta, y oro, y rosas, y crisamentos, y lepra. Cangrejos verdes, con las pinzas de plata y de nácar, dorados y de plata, rojos, y azules, y frascos de perfume. Muchos frascos de perfume.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

PECES BLANCOS

(Palimpsesto sobre Gallos Verdes, de Francisco Antonio Ruiz Caballero.) Segunda variación.

Peces de alpaca. Peces de bronce. Uranio blanco. Dalias púrpuras. Hiedras hirsutas y espiralados esquejes de bambú. Peonías de plata, cruces blancas, ciempiés de obsidiana tímida, tijeretas esmeraldas, calas en hilera, curvas de cónica carmesí, rojizas zinnias fétidas, tábanos de platino y greda, reiteración de zarabanda de turmalinas, álcali y claveles.

Trueno que interrumpe el aguacero, atardeceres sudacas perfumados, frío en los glaciares, azucenas para la Virgen morena, urdimbre de trémulas circunferencias, manatíes anaranjados, caimanes amarillos y tortugas de carbón violeta. Miriápodos celestes y esqueletos iridiscentes, chanchitos de tierra verdes bajo helechos fucsias, una pizca de merkén en un tiesto de harina de maíz, doce pizcas de merkén en un tiesto de harina de mandioca. Abutilones cerrados en una madrugada de primavera. Enero pudoroso, azalea, saliva, azor.

Azahares colorados entre violines azules, lánguidas actinias entumecidas, travertinos canosos, fulgentes vahos de anilina burbujeante, camándulas de cuarzo tallado, trozos de concheperla cóncavos, sinuosidades de trombas marinas, tenues mariposas transparentes, sellos de rodocrosita, cucharitas de madera amarilla, dagas de bronce, lirios.

Aguilas imperiales bermellones, con cien garras verdes alertas y filosas, vertiente en flujo turbulento, guacamayo de hielo.

Peces de alpaca brillante. Peces de bronce envejecido. Arequipas de agua. Calamas de sabor amargo, escondidos hoplitas de quietud, cofres en los que hay un pigmento de cobalto, estropicios de puzolana y leña, magnesio hirviendo, día sin soles, relámpago, penumbra, ónice. Peces de los que fluyen regueros de licor endulzado, saliva que mana de bocas esmeraldas, saliva azul, linfa, néctar de caña y guayaba. Maniquíes de los que en su femoral sajada, se desagua un brebaje de topacios. Peonías adiestradas.

Estramonios para un mausoleo de azores, manglares hasta el dolor. Grifos, gárgolas, quimeras. Endriagos de la fantasía enfermiza. Derivadas que rastrean la igualdad en los polinomios, bailes de carnaval y otoño, visiones de lúgubres espejos, cristales y ventanas, pinturas acrílicas para una muchacha semidesnuda, peyote y serpiente.

Peces blancos, muy blancos, blancos, de cal viva, con pigmento índigo en los pómulos, blancos hasta lo transparente, carbón y sal, o peces verdes, de malaquita, de metal denso, con muescas de cincel y gubia. Grises muertos y magentas de ajenjo dulce, gobelinos plateados en los que se exorcizan maleficios, geniales virtudes de anciano, amarguras de linfa edulcorada, extravagancias de pieles de madera.

Magnética centolla. Plutón estigmatizado por la luz, primavera en flor en Plutón, flor gris, flor negrísima, setas del roble, poliedros de cristal ahumado. Medusas púrpuras. Junio en las Galápagos. Bilis de búfalo atrapado. Cloruros en flor.

Peces blancos. Peces escarlatas. Peces de ágata. Amaneceres en Paris. Gardenias de ónice azul. Gardenias de pirita roja, gardenias de cuarzo, alternancias de raíces de nieve, biologías antibióticas, perfectas ecuaciones de la vida. Diamante y sal, dádiva para un mendigo, sol sobre las chinampas del lago Xochimilco, hiedras venenosas. Curvas de liso basalto, ataujías de nácar. Codicia abortada. Mandrágora y puñal.

Gallos Verdes.

Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.

(ligeramente, muy ligeramente ampliado, únicamente para la Revista Paradoxas en Exclusiva).

Gallos de malaquita. Gallos de lapislázuli. Iridio verde. Lirios negros. Potos exuberantes y caóticos palos de Brasil. Orquídeas de oro, svásticas verdes, escorpiones de antracita rabiosa, alacranes blancos, nenúfares en grupo, líneas de polinomio violeta, cárdenas lilas exhalantes, hormigas de plata y yeso, prolongación de minueto de rubíes, ácido y jacintos.

Relámpago que ilumina la noche, auroras boreales dulces, calor en el trópico, gladiolos para una Virgen negra, mixtura de violentísimas espirales, tigres escarlatas, panteras rosas y lobos de azufre rojo. Nudibranquios rosas y caracolas tornasoladas, caballitos de mar negros sobre gorgonias azules, una gota de absenta en un vaso de zumo de pomelo, diez gotas de absenta en un vaso de zumo de granadina. Jazmines abiertos en una noche de verano. Mayo lascivo, rosa, sangre, cisne.

Lilas naranjas sobre saxofones rojos, voluptuosas madréporas agitadas, corales rubios, oscuros resplandores de cemento perfumado, arabescos de oro puro, ramas de arrayán turgentes, curvaturas de centellas ígneas, levísimas libélulas violetas, timbres de berilo, campanitas de metal azul, lanzas de plata, nardos.

Pavos reales fucsias, con mil ojos rosas abiertos y feroces, estructura en equilibrio inestable, garza de fuego.

Gallos de malaquita fulgente. Gallos de lapislázuli tornasolados. Florencias de fuego. Sevillas de rumor agrio, emboscados atlantes de dulzura, cálices en los que hay un vino de topacio, estridencias de platino y osamenta, mercurio ardiendo, noche sin luna, rayo, sombra, jade. Gallos de los que manan chorros de agua perfumada, sangre que brota de gargantas turquesas, sangre verde, agua, licor de coco y anís. Estatuas de las que en su yugular cortada, se desangra un agua de rubíes. Orquídeas salvajes.

Crisantemos para una tumba de cisnes, geranios hasta la rabia. Ángeles, arcángeles, íncubos. Engendros de la mente humana. Integrales que buscan el equilibrio en las inecuaciones, ritmos de corte y luna, resonancias de fúlgidos diapasones, arpas y marimbas, música electrónica para un muchacho desnudo, gardenia y toro.

Gallos verdes, muy verdes, verdes, de malaquita oxidada, con polvo añil en las mejillas, verdes hasta lo rojo, azufre y nieve, o gallos azules, de lapislázuli, de cristal macizo, con toques de violín y piano. Celestes rabiosos e índigos de caramelo amargo, tapices dorados en los que se perpetran blasfemias, esplendorosas maldades de niño, dulzuras de aceite picante, exuberancias de plumas de piedra.

Eléctrica araña. Mercurio aterrorizado por el sol, invierno de hielo en Mercurio, hielo rosa, hielo azulísimo, jacintos de agua, esferas de arcilla perfumada. Equinodermos violetas. Septiembre en la Gomera. Carne de molusco quemado. Sulfuro de hielo.

Gallos verdes. Gallos azules. Gallos de oro. Ponientes en Siria. Rosas de jade negro. Rosas de calamina gris, rosas de ámbar, repeticiones de logaritmos de lluvia, simetrías antisimétricas, falsas aproximaciones a la muerte. Perla y azúcar, limosna para un ciego, luna sobre los estanques de la China, madreselvas terribles. Líneas de duro granito, damasquinados de pedrería. Ambición cercenada. Amapola y cuchillo.

LA VIRGEN DEL INSOMNIO

Hay que despertar la poesía, despertarla con la voz de los geranios adormecidos o con el rumor incesante del oleaje en una playa pedregosa, acosarla en los callejones y los prostíbulos, en los puertos y en los sueños, buscarla con desesperación de naufrago, con ansias de amante secreto, de ultimo sobreviviente, de hambriento perro callejero. Hay que violentarla, asumirla como una cicatriz, disgregarla en verbos susurrados, en palabras distintas o iguales, hay que decretar su resurrección inminente, desangrarla a mordiscos de lobo, herirla, sajarla, desnudarla a contraluz, beberla hasta la ebriedad desaforada del canto y del desencanto. Hay que develar la poesía, desvelarla, indagar por sus dialectos, por sus quejidos de hembra impenitente y sus bramidos de macho malherido, hay que rescatar sus monólogos del laberinto del día a día, de la noche con su vuelo y su ausencia, convertirla en pan y en vino, en sal y en agua y también en cenizas. Hay que hundirse en el cenote nocturno de su útero virginal para renacer de ella a los esplendores de los soles venideros como un niño asustado. Hay que sentirla temblorosa, trémula, vacilante, como una madre dolorosa por nosotros sus hijos, habitantes de las sombras y de los arpegios cristalizados del dolor. Hay que romper la poesía, sacarla al viento, a la lluvia, exponerla al odio, al desengaño, a la pasión más perversa y al amor más sublime, hay que excavarla hasta encontrar sus cimientos, sus ruinas y sus estatuas descabezadas. Hay que destriparla con la furia hosca de los moribundos y la paciencia imperturbable de los inmortales. Hay que buscarla en los rincones y en los arcones, en la tibiezas mustias de los deseos cumplidos, en las miserias del desengaño, en las alegrías de un patio, de un bosque o de un beso en alguna primavera, en las memorias, las nostalgias y los olvidos, buscarla a oscuras, como un ciego palpando los bordes de lo desconocido. Hay que escribir la poesía como un rito, reescribirla como una ceremonia y releerla como una revelación o un éxtasis. Desbaratarla, desarmarla, desperdigarla en vocales, en silabas, en quejidos y gritos, y dejarla caer a mitad del plenilunio, deshojarla en los otoños, crucificarla en los inviernos, demonizarla en el Estío, del que estamos muertos, devorarla como una fruta sagrada, dulce y venenosa, hay que acecharla, seducirla, poseerla hasta el delirio porque hay que saciarse en ella para seguir viviendo. Vale.

domingo, 28 de noviembre de 2010

NOSTALGIAS IMPOSIBLES

Ach, ich fühl's, es ist verschwunden

Die Zauberflöte. W.A.Mozart

Busqué la nostalgia en el afán morboso de dolerme de ti, de tu ausencia para siempre, dolorido y quebrado, desperdigado en tu búsqueda por los recovecos de una memoria insoportable, busqué tu voz entre los cristales del plenilunio, tus ojos de tormento en el desierto pedregoso donde vagaba en aquel tiempo en que tu boca no me negaba los sarmientos de toda primavera, busqué los vestigios de tu piel calcinada en mis insomnios, me deje atrapar en la telaraña de melancolías que detentan tu nombre, tu manera de mirar los crepúsculos, el roce indeleble de tu mano en la mía pidiéndome que no te olvidara nunca para que las lluvias que vendrían no te humedecieran los ojos, busqué intersticios, escondrijos, rincones donde aun permanecieran rastros de tu perfume de hechicera tránsfuga para navegar en el mar derrotado por tu presencia, demolido a contrapelo del tiempo busqué huellas hasta por donde no pasaste camino al olvido, la fuga, la perdida, busqué los espejos donde aun reverberara tu imagen perfeccionada por las ansias, los terrores y los misterios del amor caudaloso y perdido, escarbé tumbas, recorrí laberintos, atravesé túneles, deduje tu rumbo por las madrugadas mas vacías de la tierra, intimé con los demonios de la noche para acostumbrarme al infierno del abandono, urgí las aguas muertas de tu nombre, las pirámides inútiles con sus sarcófagos vacíos sin tu cuerpo yaciendo, las esfinges desoladas con tu rostro esculpido a fuerza de pensarte, los ríos embancados en tus palabras o tu risa, busqué tu mirada de ensoñación entre los escombros de los soles de los años de tu reinado, evoqué los sedimentos, las cenizas, el limo y la arcilla de tus miedos, de tu brevedad de niña inconclusa, indagué por tus rastrojos otoñales conspirando con reminiscencias y desasosiegos, pero todo en ti era primavera y no quedaban señales ni marcas ni reliquias en los inviernos o los veranos donde te busqué asustado, escaldado por esas nostalgias furiosas de tu cercanía imposible, rebusqué como un perdedor agobiado de escarmientos, iluso, soñador, infructuoso alfarero busqué la humilde greda para convertirla en delicada porcelana y reconstruirte a imagen y semejanza del recuerdo que poseo de tu piel y de tu perfil luminoso engastado en los vitrales de la catedral donde guardo la revelación de cierta noche incrustada de susurros y con la luna despojada de luz sobre un mar iluminado allá abajo detrás del ventanal, y aun así no fuiste habida ni vista ni vislumbrada en la nostalgia dolorosa de ti por tu ausencia para siempre, y aun así te sigo buscando a ciegas por los templos derrumbados y las ruinas silenciosas de castillos abandonados, desolado, persistente, y también para siempre. Vale.

JACOBIANO, LA SECUENCIA

Desconchados muros encalados de una catedral insoportable. Altas esferas cintilando en un desorden de cristalinas cigarras ebrias. Hoplitas vencidos en el bronce eterno de un museo lúgubre y sangriento. Resplandecientes piedras pulidas bajo la lluvia inclemente del aguacero bíblico. Artificios de barro greda arcilla hundidos en el cántaro del mar de los vientos. Virulencias de saurios alados sobre el silencioso campanario derrumbado. Desinencias secretas susurrando escondidas tras un lexema ilegible. Destrucciones pretéritas de inhóspitos territorios segados por los fuegos meteoritos. Encendidos magmas basálticos derramados en el valle de sombra de muerte. Trabados silogismos derrotados por oscuras bandadas de azores corruptos. En las vastas desolaciones de un imperio derrotado. En los vertederos licuefaccionados de muy antiguas metrópolis. Giróscopos y clavecímbalos. Clavicordios, diapasones. Escarchas. Soledades de vastos territorios de imperios vencidos. Vertientes vertiendo líquidos vertiginosos. Clavicordios, diapasones. Hielo. Nebulosas burbujeando en una bruma de hipotética materia negra. Tectitas sembradas en las arenas de un desierto ilimitado. Yunque, tas, bigornia. El sátrapa pudriéndose en sus cenizas escondidas de los perros furiosos de la venganza y la justa justicia. La sangre de Pamina hija de la Reina de la Noche en la brasas del pebetero o ardiendo en la flama de la lámpara de fuego al centro de un círculo sagrado. Sahumador o brasero. Incensario. El Botafumeiro del templo de los ácratas. Ruborizados benteveos en las charcas del Chaco. Noctámbulos alacranes de grafito escindidos de las piedras negras, de las aguas petrificadas, de las grietas húmedas. Silencio.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

LAS EXEQUIAS DEL PRINCIPE REINANTE

Eran las exequias fúnebres del príncipe reinante. Afuera, ruido de armas, monotonías de tambores, de timbales, de gaitas. En el interior, innumerables velas de cera amarillenta inundaban el amplio salón con su hollín perfumado. Entorchados uniformes, charreteras, el esplendor de medallas y sables, recios aceros afilados, se reflejaba y repetía en los espejos finamente biselados, en la convexa espejosidad del cristal de las lagrimas de la gran lámpara colgante, en la sedosidad de las perlas que se entibiaban sobre la sensualidad irreverente de los amplios escotes de damas y cortesanas, indistinguibles, en las perfectas facetas iridiscentes de los brillantes y en la suntuosa urna negra laqueada del Señor de Todos los Reinos, varón de dolores y placeres, hijo amadísimo de la Historia y Advocatus Sancti Sepulchri, que resplandecía luctuoso sobre el catafalco imperial cubierto con el terciopelo púrpura, insignia de su poder y de su gloria. Ahí dentro yacía el difunto con su uniforme rojo y negro de Dueño Absoluto del Imperio, con la máscara adusta y solemne de la muerte omnipotente, y en su pecho una única condecoración, la medalla de acero, oro y plata con una omega coronada por una cruz, de Vencedor del Turco en la batalla de Lepanto que le concedió Pío V por la valentía, que no la sangre, derramada defendiendo la fe católica. Damas, condes y vizcondes, baronesas y capitanes, hermosas hetairas y apuestos favoritos, gentilhombres y castas doncellas miraban hacia la puerta esperando. Y de súbito ahí estaba, en el dintel de la puerta, de riguroso luto negro negrísimo, deslumbrante e imponente como en la proa dorada de la barca imperial por el río sagrado. Era alta e imposible. Sus grandes ojos pardos poseían la certeza sin compasión y el ardiente orgullo de todas las reinas de todos los reinos. Su serena arrogancia, que sería insoportable en damas menos bellas, le daba un aire de virginidad imperturbable, de distancia o altura, de levedad onírica, de perfecta indiferencia. Era un fatal privilegio solo observarla desde un rincón, tratando de huir de su encantamiento malsano, de sus embrujos de hembra inaudita y de sus hechizos de inocente embaucadora. Nadie dudaba que aun en los escarmientos del amor jamás una lágrima hubiera escurrido por la porcelana o nácar de sus mejillas de princesa encantada. El cabello negro negrísimo y brillante como el azabache, era terrible inspiración de tímidos poetas e intima divisa de batalla de héroes sangrientos. Su piel de luna, pálida, distante, se quedaba reverberando en la memoria, y los infelices que un día la tocaron, aun en roce o saludo, vivían desde ahí entre derrumbes y frustraciones en los intentos desquiciados por revivir ese instante de epifanía y perdición. Las manos delgadas y de largos dedos femeninos hasta lo inverosímil, la asombrosa perfección de su rostro, el deletéreo oriente de su mirada impersonal como si siempre estuviera sola, los gestos contenidos, la voz grave y profunda, y su suave y delicada presencia que casi no alcanzaban a reflejar los espejos, convertían su cercanía en un tormento, en un desasosiego que laceraba los recuerdos mas íntimos, desaforaba a los amantes, rompía los pactos e invalidaba sacramentos, envilecía gentilhombres y corrompía condesas. Así, precedida de su inquietante hermosura avanzó solemne hacia el ataúd principesco, como si estuviera sola. Un silencio totémico cuajó de pronto en el salón petrificando a las damas, condes y vizcondes, baronesas y capitanes, hetairas y favoritos, gentilhombres y doncellas que la observaban con la burda ansiedad de los miserables que presienten la inminencia de una revelación. Frente al féretro, casi sin inclinar tu testa coronada bajó su mirada y un rictus de infinito desdén se dibujó en sus finos, frígidos y fermosos labios. Luego sacándose uno de los exquisitos guantes de gamuza negra acercó su delicada mano al cristal del ataúd, y entonces sucedió; con sus cuidadas uñas tamborileo los compases iniciales del tercer movimiento (allegretto) de la Sonata para piano numero once en La mayor de Wolfang Amadeus Mozart, la Marcia alla turca que evoca el estruendo de las bandas turcas de Jenízaros. Cuando estuvo segura de que todos, doncellas y gentilhombres, favoritos y hetairas, capitanes y baronesas, vizcondes y condes, y nobles damas de alta alcurnia ya habían reconocido el rondó, miró a su alrededor recorriendo con su mirada de mejor desprecio las caras del deseo y de la envidia y del asombro, y comenzó a caminar, alta y reina, altiva y ausente hacia la puerta. El pianista instintivamente inició equivocado la polonesa numero seis, L'héroïque, de Fryderyk Franciszek Chopin, ella sin detenerse lo miró y le sonrió levemente por un instante fugaz, que para el desdichado músico fue eterno e inolvidable. Después salió del salón, como si estuviera sola, y un obsequioso sirviente cerró silenciosamente las dos hojas de la puerta tras ella. Eso fue todo. Yo estaba en un rincón, soportando mi ridículo uniforme de los Húsares de la Reina, y antes que la puerta terminara de cerrarse ya me dolía su recuerdo y me desesperaba su ausencia, y navegaba ebrio de ella en una sopa de escombros tratando de aferrarme a cualquier resto flotante de ese fúnebre y desolado naufragio. Vale.

viernes, 12 de noviembre de 2010

DEVELACIONES

Habito en el desencanto, en la etérea sensación de una muerte inminente, en las nostalgias de una infancia de insectos y flores, en las melancolías de desiertos inhóspitos, de mares con sus oleajes y sus mareas, en la quietud de los cementerios donde duermen esperándonos los que amamos, en la lluvia, las lluvias en las calles de noche iluminadas y solitarias, en los rincones de días grises, habituado a esconderme viajo sin salvoconducto para atravesar las tristezas. Deambulo, vago, recapitulo atardeceres, noches de plenilunio, primaveras en cierto ciruelo en cierto patio. Despliego incertidumbres, entierro certezas. Navego en un piélago de horizontes imposibles, lejano de vórtices, ausente y desolado, habitado de mujeres, diosas, madres, doncellas, de hembras insobornables, meretrices o vestales, harpías, sacerdotisas y vírgenes penitentes. Deambulo, vago, rescato memorias de puertos, noctilucas, varazones, naufragios, escolleras, de oxidados barcos de cabotaje cuya herrumbre trae a su vez los ocres de otoños desperdigados en los entresijos de perdiciones y serenas cobardías. Habito el desasosiego, la ceniza y el silencio abrumador del desengaño, deambulo, vago, camino por el borde afilado o la esquina ciega de un rito de abandonos. Desgarros, cacerías, artes de alta cetrería, engaños. Los cristales de la duda y los tenebrosos poliedros del deseo. Transito en un laberinto de continuas bifurcaciones, túnel o caverna, adormecido en la modorra, el letargo, el sopor de un observador insensible y lejano. Deambulo en tiempo de siega y cosecha entre sembradíos y potreros, vago segando espigas o hierbas con la hoz o la guadaña, cosecho semillas o bayas, arranco cortezas o raíces, jardinero abandonado. Derivo sumergido en un cenote amniótico, tibio, materno, acogedor. Merodeo somnolencias, frontispicios de basílicas vacías, plintos sin estatuas y estandartes vencidos. Deambulo, vago, presumo de pagano, fariseo, apostata, de ateo o sacrílego. Divago en el duermevela y las alucinaciones del opio de misteriosas amapolas. Atravieso los mármoles y las obsidianas. Deambulo, vago, exorcizo pretextos, acumulo brevarios de tapas nacaradas y rosarios de cristal de roca. Destuerzo cordajes y rompo aparejos de una nao fantasma siempre al pairo o encallada. Deambulo, vago, recorro albas sosegadas, inertes, saciadas, vísperas y ayeres, sagrarios sin rostros ni voces ni sombras. Acecho al azar el embrujo de doncellas maduras, castas y cloróticas, sobretodo imposibles, de manos largas y cabello azabache. Deambulo, vago, recapitulo, despliego, entierro, navego, rescato, transito, derivo, merodeo, presumo, divago, atravieso, exorcizo, acumulo, destuerzo, rompo, recorro, acecho. Habito archipiélagos, filigranas, engarces, antiguas madreperlas.

Fotografía: Llega el invierno Nº 3, Hilda Breer, 2010.

jueves, 28 de octubre de 2010

VERTIGOS

Visión de dioses enclaustrados, vertiginosas alturas babelicas, vuelos y sobrevuelos, agua precipitándose al alto vacío en el Salto del Ángel, cóndores planeando indolentes en altas cordilleras nevadas, águilas y halcones fugaces, filosos y veloces, altos muy altos, envueltos en las nubes, por sobre los aguaceros y los relámpagos. Las luces pequeñitas de la ciudad allá abajo titilando en la negrura de terciopelo de la noche. La Torre Burj Khalifa o la columna de Marco Ulpio Trajano Emperador o la del Vizconde Nelson, primer Duque de Bronté. Vértigo de palomar en altos campanarios de altas catedrales. Vértigos de gárgolas asomadas en temerarias cornisas, altas arriba sobresalientes, grifos desaguando tejados, decorando desagües, ahuyentando brujas y demonios medievales, criaturas de piedra grotescas y espantosas. Barrancos y despeñaderos, farallones habitados de pájaros, de hierbas elevadas, de grietas y nidos. Ojos de gaviota ebria al borde del abismo con el mar, el oleaje y el roquerío allá abajo, bufando, devorando las pesadillas con el estruendo de rompeolas, de rompiente primigenia, bullicio de aves sobre las espumas, albatros y petreles, fardelas, arriba contra el cielo ilimitado. Vértigo de faro, iluminando escollos y crestas de olas, sobre un oscuro leviatán inmóvil. Vértigos de atalaya esperando, vigilando a los tártaros en medio de un desierto reverberante y desolado. Una V de gansos indicus contra el atardecer elevándose por encima de los Himalayas, o aquel solitario buitre griffon a once mil metros sobre costa de Marfil. Las chovas piquirrojas picoteando las cumbres del Everest o el majestuoso vuelo de cisnes negros a los ocho mil sobre las Hébridas. Precipicios hacia el centro de la tierra, derrumbaderos, escarpes, taludes resbalosos y mortales. Cúspides o ápices. Vértigos que hacen girar la pieza, la casa, la calle, el planeta y el universo como una galaxia terrorífica en medio de las náuseas, los vómitos, y el sudor. La caída vertical, el descenso sin fin, el horror de estrellarse y deshacerse en sangrientos fragmentos estallados. Vértigo de cristales de calcio. Y las otras alturas, las intimas y terribles, de las pesadillas, de las alucinaciones, del desvarío y del delirio. El vértigo freudiano con la peor variedad de angustia, la Angustneurose, cuando el suelo se hunde y oscila, y es imposible mantenerse en pie, las piernas de plomo tiemblan y se doblan, y se viene ese profundo desvanecimiento subjetivo, ese vértigo, el de las alturas del inconsciente atrapado en las represiones y en las fobias.

domingo, 24 de octubre de 2010

JARDIN

Amapolas tristes y rosas violentas en un jardín abandonado a las ortigas y a las malezas, territorio de dientes de león y correhuela, de chamicos, alfilerillos y senecios, solar de dalias y azucenas estremecidas. Rompehielos patibularios sobre el alfanje filoso de la luna nueva, vestigios de una albura estridente en el ciruelo florecido en alto velamen perfumado navegando al centro de toda la noche enmudecida. Entre las piedras, lombrices, zánganos imperturbables e inútiles, isópodos rastrojeando en los rincones húmedos y umbríos del desamparo. Ababoles rojos con sus opios dormidos, campos feraces de adormideras, zumos papaveráceos, nirvana de amapolas o de luna reflejada en crisálidas o crisantemos. Testimonios de un verdiazul irrecuperable. Abajadero por donde escurre del tiempo, las estaciones, los desolados plenilunios. Ahora es sólo la probabilidad de presencia en una región delimitada del espacio que propuso Schrödinger con una melancolía de aguacero en una cabaña deshabitada de rústicos tablones más al sur aun del desespero, sin paso por el río y su crecida de aguas turbias y troncos semisumergidos. Dominios de zinnias, imperios de alelíes, paraísos de antirrhinums, costanera fresca de las calas, anchas hojas muy verdes, alba flor y espiga amarilla. Arriba clarines, abajo pensamientos, a media altura siemprevivas. Jardín de amarantas y estramonios invadido de ortigas, cicutas e hinojos insurrectos.

NAUTICA

Bajamares rastrillando el balastro de las playas muertas de arenas, incitación de caracolas y cangrejos, de luna reflejada en carenas y carabelas. Cizalles de aguas de sal sobre pedregosos litorales. Poligamias de cefalópodos entre sargazos o escolleras, algas y jibias copulando en verdiazules venusterios marinos. Preludios de monterías náuticas, paramentos y bizarrías. Dodecaedros horarios. Numismática malacológica, valvas, conchas y caparazones, las ocho placas calcáreas de chitones, cucarachas de mar o piragüeros. Ostiones peregrinos, argonautas pelágicos, pulpos, calamares, jibias y nautilos cavilando entre arrecifes de coral. Percebes y equinodermos. Ornitología de peces voladores y de mantarrayas. Orografía marina, archipiélagos y profundidades abisales, fosas e islas, arrecifes con un cielo de espumas y oleajes en rompientes. Poliandria de lamelibranquios, escandallos y encalladeros. Poliperos, fondeaderos, ostrales, varaderos de sardinas seducidas por las violentas marejadas. Escafandras, batiscafos, la turmalina de los aparejos y el bauprés del bergantín fantasma atrapado en el huracán de las Antillas, en el ciclón del golfo de Bengala, en el tifón de la bahía de Hokkaido, navegando a contraola, a barlovento, a destiempo, a pleno velamen para no alcanzar nunca las calma chichas de las aguas de la muerte. Anclas, boyas, alto bordos y amuradas, tajamares y rosas de los vientos alisios. Islas, las islas de las especias, la isla de los náufragos, la isla del tesoro, la isla Negra con sus ágatas marinas y su poeta que se cansa de ser hombre y entra en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza, matando monjas a golpes de oreja. El viejo galeón empavesado con las banderolas del Imperio y los gallardetes de piratas, filibusteros y corsarios. La brújula, el sextante y el astrolabio buscando latitudes y estrellas, y un Norte extraviado hacia el Sur de una astronomía encantada. Navegaciones, naufragios, tormentas y trombas marinas, intensos vórtices o torbellinos, avatares de narvales y sirenas. Las pancoras encostradas en una pleamar adormecida y sangrienta. El betumen, el fango abisal, la biocenosis de los infinitos y microscópicos esqueletos calcáreos que mañana serán calizas y luego mármoles, y devendrán el Antínoo Capitolino o el David de Michelangelo.

sábado, 23 de octubre de 2010

CONSTRUCTO FUNDACIONAL

Todo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo, y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecen sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido. La ficción de los mitos son nuevos mitos, con nuevos cansancios y terrores.

La expresión americana, José Lezama Lima, 1957.


Extremaunciones de espliego y alcántaras con sus terciopelos furtivos, telares, rueca y husos. Mitos, himnos y lamentaciones. El deletéreo caudillo de las arenas y las fuentes, rey de oros y nardos bermejos o violetas. Argumentos, adivinaciones o intuiciones sobre el crepúsculo, sobre la lluvia venidera, acerca de la mandrágora y sus desolaciones, sobre el código instaurado en las oquedades basálticas en las tripas del carnero degollado. Desvaríos sobre los esplendores de la variedad macrocristalina del cuarzo color violeta, tentativas de aproximación a la resina vegetal fosilizada de coníferas. Exhumaciones de vitriolo, cráteres, praderas y euforbios, sentinas. Mitos que perfilan las siluetas de impasibles dioses mesopotámicos. Mapas de prodigios y fruslerías, desencantos sobre uno de los tapices de La dama y el Unicornio. Los cinco colores heráldicos, el verde sinople, el rojo gules, el azul azur, el negro sable y el violeta púrpura. Sus dos metales, el amarillo oro y blanco plata, y sus dos forros, el armiño y contraarmiño blanquinegro y las campanas del vero con su verado. Y sus otros cinco secundarios; el morado, el aurora anaranjado, el carnación rosa pálido, el gris cenizo y castaño leonado. Signos, símbolos y códigos, denominaciones atroces. Himnos de alabanza a los dioses trizados, a los reyes envenenados, a las ciudades sitiadas y a los templos destruidos. Un violento deshojamiento de trémulas margaritas con la aquiescencia de santos beatos y pecadores. Desconcertantes arqueologías de las arcaicas dinastías de sumerios e hititas, las ensoñaciones y vigencias de Babilonia la Grande con sus dos ríos y sus jardines colgantes y su torre políglota. El león alado nacido de la copula del águila que arrancó el pimpollo cimero de Israel y del Asad Babil, el León de Babilonia, del Hussein muerto en la horca. Misterios de la semiótica; ruidos, sonidos, fonemas, significante y significado, referencia. Lamentaciones describiendo la destrucción de urbes enterradas, catedrales en ruinas y el traidor abandono de dioses borrachos o insanos. Fragmentaciones con las raíces en arenas negras, con las claves del dogma y las sucintas sombras, con el arte menor del duelo y los cantos a las soberanas de ínsulas y sortilegios. Las ruinas de Mohenjo-Daro y sus fantasmas de alfareros, tintoreros, herreros, artesanos de conchas y de cuentas. El montículo de la muerte en el valle del Indo. Monedas, sellos, joyería, esculturas, terracotas y ladrillos. Su sistema de escritura proto-índico, que no ha podido ser descifrado, que representa una lengua también indescifrable. Descreo, retrato, refundo.

REINALDO ARENAS, IN MEMORIAN

Cuba será libre. Yo ya lo soy.

Reinaldo Arenas (i)


Lo mataste Fifo, lo borraste de su nombre, de sus difuntos, de su patria, lo torturaste Fifo hijo de la perra, lo violaste, lo incendiaste, lo dejaron irse por muerto tus perros hambrientos, tus quiltros ignorantes, Fifo de la gran Pe, lo mordieron, lo abusaron, y lo siguieron buscando, a ladridos, a espaldas del Che, con toda tu revolución sucia, revolcada en tus vómitos de traidor, de pobre tonto insuflado, lo capturaste, lo encerraste en tus mazmorras equivocadas, le quitaste la luna, el malecón, el sol estallado de su Habana Vieja, Fifo hijuna, lo emparedaste con voz y todo, lo asustaste, dejaste que lo vilipendiara tu corte de payasos, de mediocres esclavos cucaracha, de analfabetos verde oliva, de barbudos tontos, de héroes de tercera, de burócratas prostituidos, quisiste hacer lo mismo, Fifo matamigos, que con el Comandante del Pueblo, Señor de la Vanguardia y Héroe de Yaguajay; desaparecerlo, borrarlo, eliminarlo en la memoria de tu historia mísera de pequeños contubernios y miserias de patriarca, pero te equivocaste Fijo y la que te parió, porque él era más grande que tú, mucho más grande, más hombre, más persona, menos equivocado, por eso tus esbirros, tus sicarios, tus meros yanaconas de tres al cuarto nunca entendieron la luz que los cegaba cuando lo apaleaban, cuando lo encarcelaban, cuando lo dejaban muerto de silencio. Te equivocaste Fifo mendigo, viejo de mierda, sicótico egocéntrico, asesino por pena, por miedo, por envidia, porque él era celestino antes del alba, él pertenecía al mundo alucinante con el palacio de las blanquísimas mofetas y la vieja Rosa. Era otra vez el mar, y era Arturo, la estrella más brillante desde la loma del ángel. Era el asalto, el portero, el viaje a La Habana con el color del verano o ese nuevo jardín de las delicias. Él miraba con los ojos cerrados porque sabía como termina el desfile, él era el central, sentía la voluntad de vivir manifestándose, la necesidad de libertad, y porque vivió tu persecución de teatro barato supo irse antes que anochezca, porque tenia alas, porque su reino no era de este mundo tuyo; sucio, pervertido, traicionero, él era leve, frágil, él era un arcángel, Fifo sarnoso y mala leche, con él no pudiste, él te venció con su muerte y con su verbo, y te iras a la tumba tragándote tu diarrea, tu verborrea, tu enajenación de pequeño cacique, porque él sabía que era un “mal poeta enamorado de la luna, no tuvo más fortuna que el espanto; y fue suficiente pues como no era un santo sabía que la vida es riesgo o abstinencia, que toda gran ambición es gran demencia y que el más sórdido horror tiene su encanto.” (ii), y ese mal encanto y esa su gloria serán los gusanos que te coman, Fifo malparido, en el lodazal de tus indigencias de tirano malnacido, y su patria (que es también la tuya pero tampoco lo es) sabrá un día, mas temprano que tarde, que la pérdida que le duele es su voz cantarina siempre al borde el agua y no tu triste rabia de perro callejero. Vale.


(i) Reinaldo Arenas Fuentes fue un novelista, dramaturgo y poeta cubano. Nació en Aguas Claras el 16 de julio de 1943 y falleció en Nueva York el 7 de diciembre de 1990. Se destacó por su ataque directo al régimen comunista de Fidel Castro.

Arenas nació en el campo, en Aguas Claras (en la parte norte de la provincia de Oriente, Cuba), y más tarde su familia se mudó a Holguín. Su adolescencia campesina y precoz se vio marcada por el manifiesto enfrentamiento contra la dictadura de Batista. Colaboró con la revolución cubana, hasta que, debido a la exclusión a que fue sometido, optó por la disidencia. Su presencia pública e intelectual le granjeó marcadas antipatías en las más altas instancias del Estado, lo cual, unido a su homosexualidad, provocó una implacable y manifiesta persecución en su contra. En toda su vida, Arenas sólo pudo publicar un libro en Cuba: Celestino antes del alba. Reinaldo Arenas sufrió persecución no solamente por su abierta tendencia homosexual, sino por su resuelta oposición al régimen, que le cerró cualquier posibilidad de desarrollo como escritor e intelectual durante los años de mayor ostracismo cultural en la isla. Contemporáneo y amigo de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, fue encarcelado y torturado, llegando a admitir lo inconfesable y a renegar de sí mismo. Ello provocó, en la sensible personalidad del escritor, un arrepentimiento que fue más allá de los muros de la prisión de El Morro (entre 1974 y 1976), calando tan hondo en su corazón que acabó por odiar todo cuanto le rodeaba. En esta época escribió su autobiografía, titulada Antes que anochezca. Durante los años setenta, intentó en varias ocasiones escapar de la opresión política, pero falló. Finalmente en 1980 salió del país cuando Fidel Castro autorizó un éxodo masivo de disidentes y otras personas consideradas indeseables por el régimen a través de Mariel. Por la prohibición que pesaba sobre su trabajo, Arenas no tenía autorización para salir, pero logró hacerlo cambiando su nombre por Arinas. Desplegó desde este momento, y en el exilio nunca aceptado de Nueva York, una profunda visión intelectual de la existencia enmarcada entre la expresión poética más hermosa y la más amarga derrota del desencanto. Estableció su residencia en Nueva York, donde en 1987 le fue diagnosticado el virus del sida. El 7 de diciembre de 1990, Arenas se suicidó. Envió a la prensa y a sus amigos una sentida carta de despedida, en la que culpaba a Fidel Castro de todos los sufrimientos que padeció en el exilio.

(ii) Fragmento del poema ‘Autoepitafio’, de Reinaldo Arenas.

viernes, 15 de octubre de 2010

BITACORA DEL DESESPERO

y saldrán mis raíces

a buscar otra tierra.

Los Versos del Capitán. P.Neruda.


De ida todos los amarillos centelleando a lo largo del camino que iba siempre al mismo sur del memorial del olvido. Al sur del sur, más allá del consejo de todas las tierras, de los territorios del indio que soportaron el asedio de los adelantados pero sucumbieron a la vil estafa de almaceneros, jueces corruptos o estafetas de tercera categoría. Más allá del amarillo y los bosques ordenados. Después entre colinas verdeantes río abajo con las colmenas de todos los colores y por la orilla las maderas ordenadas, trozadas y rojas, como carnes heridas de hacha o sierra, esperando. Y había un rostro perdido entre el desastre de verdes, verde ulmo, verde coigüe, verde raulí, el verde lenga y sus iracundos fractales, el verde alerce y el verde roble. El fresco arroyo escurriendo entre quilas y matorrales, las secretas vertientes cerro arriba con sus nalcas y sus helechos, canto de pájaros, helicoidales vuelos de jotes de negro plumaje, como sombras de cóndores humillados, hasta hubo un chercán en celo aleteando detrás del cristal, rama en rama cortejando. Y un verde arrayán de palo colorado, con la corteza de color canela o rojo ladrillo, muy lisa, sedosa y fría al tacto como la piel de las vírgenes perdidas. Escribiendo la bitácora de un amor desesperado con el humo, con los senderos madereros, con los botes destrozados, con el vino amargo de un destierro autoinfringido que tiene nombre y voz y los ojos pardos sin olvido de su perdición para siempre, con ese rostro que se escabulle, se diluye, se pierde en ese desastre de verdes detenidos, verde tepa, verde tineo, verde olivillo y verde mañio. Los troncos secos de árboles muertos como columnas de un mármol más antiguo que la luna de la noche embrutecida de estrellas de una astronomía feraz e imposible, la noche río abajo hasta el mar que se presiente, con su barra, su arena y su oleaje. Todo el silencio aconchado en el valle y su afluente, como un violín muerto o una copa rota. El vaho madrugador que se reparte entre el boscaje y el espejo fluvial del agua casi detenida. Los meandros del río de los peces escondidos, del bivalvo petrificado, de los esquistos, más allá de la mapu de esos hombres oscuros, con sus cementerios inundados y sus nostalgias de araucarias y piñones. Aun más allá. Y hay un verde que vuela que se nombra choroy y un ancho río lento de aguas verdes que se nombra Llico, desaguadero de una cordillera verde que se nombra del Sarao. El verde profundo con los estallidos de pequeños rojos encendidos, de otros amarillos en medio de la pendiente verde oscuro. Pero todo se va en la vida, amigos. Se va o perece (i). Y el día se rompe en fragmentos verdes y el rostro, ese rostro, se desliza al fin aguas abajo naufragado. De vuelta la bruma, niebla, gris y húmeda, expandida por las siluetas fractales de las lengas, y los verdes ajenos, el verde eucalipto y el verde pino radiata. Después sólo la llovizna y después la lluvia por negros caminos que tragan y matan (ii) pensando y repensando la reina, perdida para siempre en el enigma del (iii) río sin peces y la madera congregada y los altos verdes y los breves amarillos del retorno. Vale.


(i) Mariposa de Otoño. Pablo Neruda, 1923.

(ii) Caminos Negros. Patricio Manns, 1957.

(iii) El Otoño del Patriarca. Gabriel García Márquez, 1975.

CINEGETICA LACERTIDA

Ululan espantosas mariposas transparentes con sus probóscides venenosas enroscadas dispuestas a inocular su ponzoña primaveral en los inquietos lagartos variegados de rojo escandaloso y cruel amarillo. Con sus seis pequeños tarsos se aferran a las rugosidades de la escamosa piel de los reptiles tanteando con su espiritrompa extendida entre las escamas hasta encontrar una grieta, un intersticio por donde clavar su filoso seudoaguijón. Y ahí permanecen por horas, absolutamente quietas, a la espera de poder regurgitar una gota de néctar mezclado con sus venenosos jugos gástricos. En tanto en el aire amodorrado zumban los monótonos contrabajos alados de un caótico enjambre de abejorros de cristal esmerilado color negro, y bandas amarillas, blancas o anaranjadas, con el imperioso instinto de buscar floripondios y pasionarias en el jardín de amapolas rojas donde yacen las aguas muertas del estanque de nenúfares y jacintos de agua. La música, siempre la música, se escurre entre la transparencia vitriólica de las mariposas, se desliza agazapada a ras de tierra bajo los vientres variegados de los lagartos envenenados, fluye tintineando en los huecos estremecidos de lo abejorros vitrificados desafinando las cuerdas más graves de los bajos, burbujea rozando el espejo intacto del estanque como el surco en el aire que dejan las libélulas ebrias del estiaje. Saltan ágiles y devoradores los lagartos, contorsionándose en el afán insaciable de capturar los matapiojos de grandes alas tornasoladas, se escabullen, reptan, acechan crispados y vistosos en sus rojos y amarillos, variegados, mimetizados entre las flores de los tréboles. La música rasga con filo de violín el contorno de las alas de las mariposas, aserrándolas una y otra vez, haciendo desprender pequeños trozos transparentes que caen sobres las brillantes hojas de nenúfares y jacintos de agua como una lluvia de estrellas microscópicas o el confeti del carnaval de las hormigas sacramentales sobre un terrón de azúcar. Con el atardecer, todo tiende a desvanecerse; lepidópteros, lacértidos, himenópteros, odonatos y ormícidos, o a confundirse en la profusión vegetal de una extravagante jungla jardinal de solanáceas, passifloras, papaveráceas, ninfeáceas, eichhornias, y trifoliums florecidos, sólo la música, siempre la música, permanece titilando hasta que anochece. Vale.