jueves, 23 de diciembre de 2010

HEREJIAS

En el principio era el verbo, con sus perjurios de oropeles renacentistas, el oficio órfico de alfarero equivocado y el estigma de viejo cansado pero sublime que fue capaz de crear la rosa justificada en su mera belleza y también la penuria extraviada en los campos de refugiados del Sájara. Fue el principio y el fin de la larga travesía por las hogueras de la Santa Inquisición, por los holocaustos con el humo oliendo a carne quemada, por los pasillos de mármoles reinantes donde vagaban clavecines y laúdes, por la Ruta de la Seda y por los retorcidos senderos selváticos que nunca llegaron a El Dorado. El verbo así se fue desgranando en orbitas heliocéntricas, en ecuaciones cuadráticas, en argumentos logarítmicos o refracciones cuánticas, se fue disolviendo en flujos turbulentos, en matrices o asíntotas, en plasmas fluctuantes y en eternidades impalpables como cenizas de sándalo. Mas las penumbras socavaron los amaneceres de pájaros y alelíes, resecaron los pétalos mortuorios y los brotes nonatos en sus verdes primordiales, escanciaron el vino amargo del lagar del espanto hasta que el eco turbio de los llantos del valle de sombra de muerte lo convirtió en burbujeante sentina. Las penumbras, las sombras, lo más oscuro de las peores tinieblas inundaron las rías, los estuarios y los humedales con sus aguas de ciénagas perpetuas, con sus negras arcillas de pantano, tallaron los fiordos y los acantilados con sus nocturnos y estrellados glaciares, detentaron morrenas, esculpieron monolitos a los dioses sin rostro, y despabilaron los muertos felices de vida plena y sin vuelta, y desenterraron los dolorosos de ojos mustios que murieron para siempre en la fe de la vida eterna, amen. Entonces y solo entonces el verbo no se hizo carne sino palabra, confundiendo premoniciones de profetas, ordenes de santos sepulcros, prelaturas territoriales de obispos no santificados, porque el movimiento no fue más que una oruga cambiando de piel, colgando de un sucio hilo de su propia seda en el muro de adobes y lamentos. Derramóse la palabra sin cuajar aun por las cavernas ateridas, por los lúgubres túneles antes del fuego y su luz, por las catacumbas donde la palabra ya existía como incienso, y por los cauces secos escondidos entre los arbustos, lejos del feroz merodeo de las fieras. Floreció así la palabra, imperecedera, en los medanos y las marismas, en las grietas de barro solemne y no en el amor, que es silencio, sino en la última mirada displicente de los verdaderos suicidas, mientras arriba, altos arreboles ramoneaban en la profundidad del azul zafiro y ardía la tarde presagiando el minotauro. Vale.

1 comentario: