sábado, 12 de septiembre de 2009

DESTRUCCION DE BABILONIA


Revelación 16:16

Se oyó una voz potente que provenía del Templo y ordenaba a los siete castigadores: "Vayan y derramen sobre la tierra las siete copas de la ira de Él", y se derramó una copa sobre la tierra, provocando una llaga maligna y dolorosa en todos los hombres que llevaban la marca de la Bestia y adoraban su imagen. Y se derramó enseguida otra copa sobre el mar y lo convirtió en sangre pereciendo todos los seres vivientes que había en el mar, y vino luego el derrame de otra copa sobre los ríos y sobre los manantiales, y estos se convirtieron también en sangre, y se oyó al dueño de las aguas que decía: "Tú, el que es y el que era, el Hacedor y Dueño, obras con justicia al castigarlos así: se merecían que les dieras de beber la misma sangre de los santos y de los profetas que ellos han derramado". Y se escuchó otra vez desde el altar, que alguien decía: "Sí, Señor, Detentador todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos". Y se derramó otra copa sobre el sol, y se le permitió quemar a los hombres con fuego y los hombres fueron abrasados por un calor ardiente, pero en lugar de arrepentirse y dar gloria a Él, blasfemaron contra su Nombre, que tiene poder sobre estas plagas, y he aquí que otra copa se derramó sobre el trono de la Bestia, y su reino quedó sumergido en tinieblas mientras los hombres se mordían la lengua de dolor, pero en lugar de arrepentirse de sus obras, siguieron blasfemando contra Él, a causa de sus dolores y de sus llagas, y vino entonces el derrame de la penúltima copa sobre el gran río y sus aguas se secaron, dejando paso libre a los reyes de los enemigos, y finalmente se derramó la ultima copa en el aire, y desde el Templo resonó una voz potente que venía del trono y decía: "Ya está". Y hubo relámpagos, voces, truenos y un violento terremoto como nunca había sucedido desde que los hombres viven sobre la tierra. La gran Ciudad se partió en tres y las ciudades paganas se derrumbaron. Todas las islas desaparecieron y no se vieron más las montañas. Cayeron del cielo sobre los hombres piedras de granizo que pesaban unos cuarenta kilos, y ellos continuaron blasfemaron contra Dios por esa terrible plaga. Entonces cuando sol asomaba sobre el horizonte Él hizo llover azufre y fuego y arrasó aquella ciudad y todo lo habido a la redonda con todos los habitantes de la ciudad y la vegetación del suelo. Al mirar después de aquellos eventos, solo se veía que subía de la tierra una humareda como la de una gran fogata.

VINDICACION DE BABILONIA LA GRANDE


Y fue Dios que se acordó de la gran Babilonia y le dio de beber la copa donde fermenta el vino de su ira, mientras ella estaba sentada a la orilla de los grandes ríos. Y eran muchos los reyes de la tierra que habían fornicado con ella, y los muchos habitantes del mundo se habían embriagado con el vino de su prostitución. Y fui al desierto, y allí vi a una hembra sentada sobre una Bestia escarlata. La hembra estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandeciente de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en su mano una copa de oro colmada de la abominable impureza de su fornicación. Sobre su frente tenía escrito este nombre misterioso: "Babilonia la grande, la madre de las abominables prostitutas de la tierra". Y era la mas hermosa que todas las hembras que yo había visto, tenia el pelo muy negro y muy liso y los ojos rasgados y pintados de cenizas negras como las reinas egipcias, y su cuerpo era delgado y de curvas incitantes, y sus manos largas y suaves para mayor deleite de sus caricias, y sus pechos eran del justo tamaño y sus caderas como en los sueños de los machos en los desiertos, y su rostro era el mas bello jamás visto. Y vi que aquella hembra se emborrachaba con la sangre de los santos y de los testigos de Jesús, y al verla, quedé profundamente asombrado. Los ríos a cuya orilla está sentada la Prostituta, eran los pueblos, las multitudes, las naciones y las diversas lenguas. Yo sabia que los hombres que la adoraban, así como también la Bestia, acabarían por odiar a la Prostituta, le quitarán sus vestidos hasta dejarla desnuda, comerían su carne y la consumirán por medio del fuego. Y cuando ella hubiese caído, ella, Babilonia la grande, se convertiría en refugio de demonios, en guarida de toda clase de espíritus impuros y en nido de aves impuras y repugnantes. Porque todos los pueblos han bebido el vino embriagante de su prostitución, los reyes de la tierra han fornicado con ella y los comerciantes del mundo se han enriquecido con su lujo desenfrenado. Alguien amenazó a los que la amaban y les dijo que huyeran de esa ciudad, para no hacerse cómplices de sus pecados ni ser castigados con sus plagas. Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus iniquidades. Les recomendó que le pagasen con su propia moneda, retribuyéndole el doble de lo que había hecho, que le sirvieran una porción doble en la copa de sus brebajes. Que le provocaran tormentos y dolor en la medida de su fastuosidad y de su lujo. Porque ella se jactaba, diciendo: Estoy sentada como una reina, no soy viuda y jamás conoceré el duelo. Por eso, les predecía que en un solo día, caerían sobre ella las plagas que merece: peste, llanto y hambre. Y seria consumida por el fuego, porque el Señor Dios que la ha condenado es poderoso. Pero yo me quede a su lado porque sabia que fue ese Dios el que se acordó de la gran Babilonia y le dio de beber la copa donde fermenta el vino de su ira, no porque ella buscara esa copa. Y porque a los que fornicaron y se embriagaron con su vino los veía saciados y felices, y porque ella no solo era la madre de las abominables prostitutas de la tierra, sino también la mejor de las meretrices que yo había gozado en el lecho. Vale.

EL ARCANGEL NONATO


Debía ascender a los cielos el tercer día, así estaba escrito en los libros sagrados y en la pared del templo de Sefernaum, pero se enamoró de una sirvienta de su madre y fue postergando la ascensión hasta que supo que ella le había sido siempre infiel con el cobrador del diezmo, pero ya fue demasiado tarde y debió quedarse como cualquier hijo de vecino en el territorio asignado a su estirpe. Ese territorio era un pedregal reseco con escasas hierbas que en épocas de las pocas lluvias asomaban tiesas y espinosas entre las piedras. Su padre y el padre de su padre habían sido pastores de cabras esqueléticas y ovejas de poca lana, pero eso les bastaba para comprar la sal y el aceite, porque todo lo demás necesario para vivir lo obtenían a duras penas de lo que el árido monte, las cabras y las ovejas podían darles. Solo que él desde niño prefirió acompañar a los escasos pescadores que salían de madrugada a pescar al lago casi salado que quedaba a mitad de camino entre el caserío y el templo de Sefernaum. Allí en tres barcas tan antiguas que nadie recordaba quienes eran los dueños salían bogando lago adentro con unas redes tantas veces reparadas que ya no se reconocía el hilo original. Primero los acompañaba hasta la orilla y ahí permanecía toda la mañana observándolos a lo lejos hasta que las barcas volvían con los pocos peces tilapia chapoteando sus ahogos en los fondos anegados. La pesca no era buena, pero una docena de peces podían alimentar a las familias de los pescadores e incluso quedaban algunos para salarlos y dejarlos secar sobre los techos de piel de las chozas, para el invierno cuando la niebla y el frío impedían la pesca. Un día que uno de los pescadores enfermó le dijeron que se embarcara para reemplazarlo, así aprendió a remar, a levantar la vela triangular, a manejar los pocos cordajes, a echar la red y sobretodo a conocer los vientos para alcanzar a orillarse antes que las olas y las corrientes los llevaran a estrellarse contra los acantilados del lado oriental. A los cuatro años de aprendizaje, le enseñaron el secreto, el donde y cuando era que ellos tenían que tirar la red, según la época del año y las fases de la luna. Este secreto, le dijeron, se los había enseñado hacia muchos años un hombre que decía ser el Ungido, pero que los sacerdotes del templo tenían por loco y que termino yéndose con una caravana que paso con destino a Tebas llevando hermosas esclavas de ojos rasgados y pelo negro muy liso. Fue así que se hizo pescador, y fue por eso que a los treinta y tres años cuando lo llevaron al templo y le leyeron las profecías sobre sus años venideros, y lo pasearon por la pared que daba al poniente donde también estaba escrito su destino, los profetas muertos se revolcaron en sus tumbas y los vivos rasgaron vestiduras cuando declaro solemnemente: –Me quedo, porque allá arriba no hay donde pescar-. Y así paso los ciento ochenta y cuatro años que vivió pescando todos los días excepto cuando en los malos inviernos la niebla y el frío impedían la pesca. Tuvo siempre buena salud lo que le permitió llegar a tener catorce esposas solicitas pero que no le dieron ningún hijo, porque todas temían que cuando esos vástagos salieran de la pubertad se irían al cielo a cumplir lo que su padre no había cumplido, porque así estaba escrito, si es que antes no se enamoraban. Su catorceava esposa, la ultima, contó después mientras lo cremaban que al anochecer de la noche en que murió, antes de dormirse, murmuro como entre sueños, pero con voz segura: -Valió la pena no haber ascendido, estoy seguro que allá arriba no se podía pescar.

El Rascacielos rosa.


Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.

Cristal y acero. Múltiple prisma esmerilado. El edificio de los Arcángeles-vampiro, se eleva trescientos metros sobre el suelo como un enorme Leviatán de color fucsia. Un millón de gafas Ray ban de color rosa hay en su estructura. Un millón de azogues rosas, de malaquitas granates, un millón de espejos hay en el prisma, recto como un frenesí de líneas inamovibles, delineado por un arquitecto enloquecido, adicto al crack, y enfermo. Cristal y acero. Prisma fucsia que al sol de la tarde arde como una estratosférica botella de granadina gigante, como un icosaedro de granates furiosos. Bermellones rosas en cada ventana, en cada espejo, en cada azogue reflectante, similitud de cisne mecánico, atlante divino, mausoleo de rubíes, que asciende al cielo, fucsia como un insulto sodomita, totalmente marica, bellísimo y demoníaco, tal una enorme rosa de vidrio. Asalta el cielo el atlante, el enorme Titán, y su belleza es un relámpago en la noche. Asalta el cielo la locomotora de cristal, la enorme uña de prostituta hierática, prisma, cubo, catedral. El rascacielos fucsia, a la luz del sol, dorado y carmín, fulge como un magnífico rubí, son un millón de granates carmesíes, un millón de Verónicas de toreros celestiales, un millón de capotes de seda, brillando al sol, con un frenesí de bermellones sangrantes, un millón de mejillas de doncellas avergonzadas, el prisma psicodélico de un consumidor de mescalina, el vestido rosa de Nerón, multiplicado mil veces. Se refleja el cielo en su iracunda estructura, el sol hace saltar chispas de oro a las aristas esmeriladas, rectas como una espada de rubíes, hiere y rasga como un puñal el horizonte, elevándose trescientos metros sobre el suelo. El edificio de los Arcángeles-vampiro guarda secretos abominables, pero es su belleza una especie de divinidad maléfica, vidriera neogótica, en la que se reúnen los incubos salvajes, para beber vino de sacristía, en cálices de oro puro. Celebran orgías en su interior, orgías en las que se practica el canibalismo y se bebe sangre de niño. Y se hacen sacrificios humanos a Moloch entre fiestas en las que corre como un caballo desbocado la cocaína.
En la planta trece del edificio, en un pequeño conmutador eléctrico, saltó la chispa. Primero acarició un pequeño tubo de plástico, sobre el que la serpiente instantánea depositó sus huevos de escalofrío, que germinaron en culebrillas amarillas sedientas de deseo, febriles, que se abrieron paso como un puñal en el tercer intercostal de un duque, enemistado con un rufián de ojos verdes, fríos como esmeraldas dañinas. Las culebrillas hirieron la goma del tubo y se multiplicaron mil veces, un millón de veces, deslizándose y saltando sobre los cables de fibra de vidrio, que prendieron como una ironía en el rostro de un político, luego se extendieron por el enorme salón oriental, lleno de tapices dorados, y mancillaron una papelera llena de legajos, y, como un cáncer, hicieron metástasis furiosas, devorándolo todo a su paso, y, a las dos horas de cierre del edificio, la planta trece ardía como un sodomita en verano, imagen pura de la calentura y el sexo, poseso de una orgía desesperada. El fuego era duro, como un dragón de coraza de piedra, como un dragón de piel añil y mirada amarilla, de ojos ámbares, de boca ponzoñosa, erizada de dientes. La planta trece ardía como una actor porno gay enamorado, el fuego era un orco lleno de lenguas sedientas, un amante desesperado que se entrega al placer y bebe veneno. Pronto los cristales rosas estallaron, se quebraron de calor, y el prisma se fracturó. La noche era fría y profunda, el edificio brillaba en la noche, como un enorme prisma negro, al que le hubiesen salido mil arañas de fuego. La noche era fría y era densa, glacial, y el mastodonte imperial ardía como una serpiente de cristal y centellas. Ascendían las llamas hacia arriba, estallaban los cristales por el calor, y saltaba el fuego de planta en planta, voraz como una leucemia en un niño, y hacia abajo se deslizaba subrepticio, como un calumniador sigiloso, con lengua de víbora, hacia arriba marchaba con prisa, escandaloso y febril, lleno de deseo, como un amante lascivo, como una ninfómana, hacia abajo iba despacio e incomodo, como tropezando consigo mismo. Los escorpiones se deslizaban sobre el prisma, que en la noche era como una daga adornada de brillantes, los escorpiones se deslizaban sobre el prisma, y clavaban sus aguijones venenosos, y los cristales rosas estallaban y se desprendían de la recta hieratitud inconmovible. Pronto aquello fue el décimo tercer nivel del infierno, un Titán condenado por Zeus a la gehenna al que las víboras arrastraban hacia el suelo, una cabellera que ardía, una inmensa hoguera.
Tuvimos que subir a la planta décima, mil millones de pesetas dependían de unos algoritmos estampados en unos papeles que habíamos olvidado, la firma del embajador de Francia estaba en ellos. Alguien dice que se vio nuestra sombra andar bajo las llamas, como si fuéramos fantasmas medievales que no temieran al fuego. Todo ardía sobre nuestras cabezas. A través de los cables de fibra óptica el fuego, lleno de culebrillas amarillas, se deslizaba como un virus a través de internet, infectándolo todo. Arrebatamos los papeles al infierno y nos llevamos mil millones de pesetas de beneficios.
A las doce de la mañana el cáncer había devastado aquella hermosura, y era la espina de pescado más grande de toda la ciudad, el esqueleto consumido de un enorme pez espada.

GENESIS, OPCION B


Al principio creó los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y solo un extraño espíritu se movía sobre la faz de las aguas. Y entonces dijo “Sea la luz”, y fue la luz. Y vio que la luz era buena; y para mejor orden separó la luz de las tinieblas. Y llamó a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana del primer día.

Luego pensó que hubiera expansión en medio de las aguas, y se separasen las aguas de las aguas. E hizo tal expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así. Y llamó a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.

Dijo después: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco”. Y fue así. Y llamó a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio que era bueno. Después dijo: “Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra”. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día tercero.

Dijo luego: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra”. Y fue así. E hizo las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra, y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.

Dijo: “Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos”. Y creó los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio que era bueno. Y los bendijo, ordenándoles: “Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra”. Y fue la tarde y la mañana el día quinto.

Luego dijo: “Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie”. Y fue así. E hizo animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio que era bueno. Entonces pensó: ¿Y si creo un hombre a mi imagen y semejanza, para que señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra?. Y siguió elucubrando en crear al hombre a su imagen, y mejor aun crearlos varón y hembra. Y bendecirlos y ordenarles que fructifiquen y se multipliquen; que llenen la tierra, y la sojuzguen, y señoreen en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y darles además toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; para que se alimentasen. Y mejor aun, darle toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde serian para que para comieran. Pero no fue así. Porque vio todo lo que ya había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera, y no era necesario mas. Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo lo que hay de ellos, pero sin el hombre. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.

Y acabada la obra que hizo, reposó el día siguiente, y bendijo ese día, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación. Y fue la tarde y la mañana el día séptimo.

Y se inició el día octavo, y miró complacido toda la obra que había hecho en solo seis días; los cielos, la tierra y los mares, las dos grandes lumbreras y las estrellas, y todos los seres vivientes, las aves que volaban sobre la tierra, los grandes monstruos marinos, y las bestias y serpientes y animales de la tierra, y todo según su género y según su especie. Y vio toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese; porque aún no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra, sino que subía de la tierra un vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra. Entonces sus ojos abarcaron de una sola vez todo lo creado en una visión imponente como un Aleph instantáneo, y supo que disfrutaría de esa grata y tranquila soledad hasta el final de los tiempos. Y vio que eso era bueno, y sonrió pensando que quizás lo mejor de todo no era lo había hecho sino lo que no había creado.

LA FUENTE DEL MITO


Estas que me dictó, rimas sonoras,

Culta sí aunque bucólica Talía,

Luis de Góngora y Argote, 1613.

Los protagonistas son los usuales en los oscuros triángulos de celos y muertes, él, un palabrero, hijo de Poseidón y la ninfa Toosa, es un gigante barbudo con un solo ojo en la frente y las orejas puntiagudas de un sátiro. Ella, hembra núbil blanca como la leche y de hermosura cegadora, es una nereida sícura y sus padres fueron Nereo y Doris. El otro, un joven pastor insignificante, también trinacrio, viril y romántico, hijo de Pan y la náyade Simetis. El mito dice que aquella joven nereida habitaba el mar calmo que bordea la isla de la Sicilia. Era feliz y casta, elegida por los dioses que habitan el Etna para ser luz de Messina y Catania. Solía deambular despreocupada por las tibias arenas negras pisando las espumas de las aguas esmeraldas. El enorme monstruo de un solo ojo, enamorado de ella la seguía oculto y en silencio pues su torpe amor no era correspondido. Ella había sido atrapada en la fina red del amor del bello pastor. Un día reposaban ambos jóvenes en un roquerío al borde del Mar Medi Terraneum. La tarde era fresca y la brisa leve, altas gaviotas planeaban desde la misma Siracusa solo para romper el azul monotonía del cielo de la bella. Ella posaba dulcemente su cabeza en el pecho de su amante cuando la idílica escena fue rota repentinamente por el cíclope que desde lejos los descubrió. El pastor intentó huir pero el gigante le arrojó un enorme canto rodado que lo aplastó mortalmente. Desesperada por el dolor, ella acudió a la naturaleza de su madre Toosa y lo convirtió en un río de límpidas aguas que lleva hasta hoy su mismo nombre. Hoy el paisaje es uno de los paseos más agradables que se puede realizar en Paris, y esta en el interior de los Jardines del Palacio de Luxemburgo. Estos jardines son un remanso de paz y verdores en la siempre tumultuosa ville lumière. Es una verdadera belleza, muy elegante y de estilo muy francés, y allí las parejas de enamorados que deambulan entre la multitud de estatuas y esculturas que cubren las veinticinco hectáreas de los jardines del palacio, suelen representar en sus escarceos amorosos la escena inicial del mito. Ahora bien, en ese breve paraíso hay un punto pintoresco y por demás imponente, un estanque pequeño con una gran fuente en uno de los lados, que data del siglo XVI y copia el estilo de las fuentes tipo "gruta italiana". Es fama que el palacio de Luxemburgo fue diseñado imitando el estilo del Palacio Pitti de Florencia. Se construyó como regalo de Henry IV para Maria de Médicis, su mujer que tenía añoranza de los palacios y jardines de su Italia natal. Por desgracia el destino de esta otra bella tampoco quiso que lo disfrutara porque fue desterrada antes de su término. Está totalmente rodeada de árboles de copa alta, por lo que no es fácil distinguirla de lejos, quizás para evitar el ojo enemigo. Se la encuentra a unos cincuenta metros a la derecha de la entrada al parque por la puerta que da al Panteón. La bella fuente cuenta con un nicho central donde un grupo escultórico refleja el instante en que el cíclope descubre a la pareja de jóvenes. Éstos están esculpidos en delicado mármol, en una actitud amorosa que desprende ternura. Por el contrario el gigante está realizado en duro bronce y refleja la fuerza preocupante del que va a pasar a tomar sangrienta venganza. Una versión, nunca confirmada, declara que la nereida pertenecía desde un principio en cuerpo, alma y corazón al imponente engendro de un solo ojo, pero el impulsivo pastorcillo se enamoró de ella. Cuando el gigante cíclope descubrió tal irreverencia, celoso y encolerizado intentó matarlo lanzándole unas rocas, pero antes de que lo pudieran alcanzar, el pastor se transformó a si mismo en río y así evitó la tragedia. Cosa cierta es que cualquiera sea la versión, vivido el luto e impulsada por una ansiosa soledad, ella se entregó al horrible gigantón y de esta unión nacieron Gálata, Celto e Ilirio, epónimos de los pueblos de los gálatas, los celtas, y los ilirios. Pero esta noticia no cambia la poética geometría escultórica de la Fuente de Médicis, de claro estilo barroco italiano, la ópera barroca Acis y Galatea de Georg Friedrich Haendel, el poema barroco Fábula de Polifemo y Galatea que Don Luis de Góngora y Argote, dedicó al Conde de Niebla, el libro Fuente de Médicis, ganador del XVIII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, del valenciano Guillermo Carnero, ese homo melancholicus, ni menos la toponimia del río Acis, il Fiume di Jaci. Vale.

Fuentes de la Fuente:

http://www.artehistoria.jcyl.es/ciudades/monumentos/2822.htm

http://lacomunidad.elpais.com/juanmanuel/2008/7/14/la-fuente-medicis-paris-

http://www.isftic.mepsyd.es/w3/eos/MaterialesEducativos/mem2000/mitologia/Mitologia/9fuente.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Galatea

Y otras menores.

TETRACEPHALUS


…en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían.

Los dos reyes y los dos laberintos.

Jorge Luis Borges

Alfonso Enrique Henry Rodolfo, Tetracephalus, llamado también el Sabio Navegante, fue Rey de Castilla y León, Señor de Avis y Lancaster, Infante de Sagres y Portugal, Primer Duque de Viseu, Rey de Inglaterra y Señor de Irlanda, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Rey de Hungría y Bohemia, y Archiduque de Austria.

Nació en Toledo, Castilla-La Mancha, una de las Españas, a fines del siglo XIII. Vivio muchos años en Oporto, Portugal y en el Castillo de Praha, capital del Reino de Bohemia.

Los que le amaron lo describen como bien parecido, de presencia atlética y muy inteligente; pero a la vez era egoísta, duro y cruel. Para los que le odiaron era de carácter débil, enfermizo y excéntrico, pasando de la apatía a la melancolía sin motivo alguno. Lo cierto es que fue un ávido apostador y jugador de dados. Es ya aceptada a la hipótesis de que sufría de sífilis, ya que sus descendientes mostraron síntomas característicos de la sífilis congénita.

Mediante el patronazgo de la Escuela de traductores de Toledo congregó allí a estudiosos cristianos, judíos y musulmanes para el rescate de textos de la Antigüedad, e hizo traducir escritos árabes y hebreos al castellano. Estos trabajos habilitaron definitivamente el castellano como lengua culta. Realizó la primera reforma o normalización ortográfica del castellano, idioma que el reino adoptó como oficial en detrimento del latín. Su afán por la divulgación de la lengua vernácula le llevó a patrocinar la versión al castellano del Lapidario, que versa sobre las propiedades minerales, y el Libro de los juegos sobre temas lúdicos (ajedrez, dados y tablas), deportes de la nobleza en aquel tiempo. De su extensa obra destacan: el Fuero Real de Castilla, el Espéculo y las Siete Partidas, las Tablas Alfonsíes, astronómicas; y la Grande e General Estoria acerca de la historia universal. La obra de traducción, recopilación y legislación que hizo durante su reinado incluyó la composición de un libro de ajedrez: «Juegos de ajedrez, dados y tablas con sus explicaciones ordenadas por el rey Alfonso el Sabio» y es el libro más antiguo sobre el ajedrez que nos ha llegado.

En cuanto las artes de mar, ordenó la construcción de la Ciudad de Sagres, junto al Cabo de San Vicente, en el extremo suroeste de la península Ibérica, donde reunió a experimentados astrónomos, geógrafos y navegantes, y se dedico a estudiar las experiencias marítimas. La ciudad fue el centro de los avances en la navegación y cartografía de la época, observatorio y escuela para el estudio de geografía y navegación. Ese emprendimiento llevó al descubrimiento de Madeira y las primeras islas Azores. De allí partieron las expediciones que pasaron por primera vez el Cabo Bojador, que en esa época, era para los europeos el punto conocido más meridional de la costa de África. Las siguientes expediciones llegaron al Cabo Blanco, a la Bahía de Arguin, al Río Senegal, doblaron el Cabo Verde y visitaron Guinea, pasando así el límite sur del gran desierto del Sahara. Poco después se descubrirían el archipiélago de Cabo Verde e iniciaron la exploración de la costa africana hasta Sierra Leona. Estos descubrimientos impulsados por él dieron el impulso para una acción humana monumental en lo político y lo científico, y también provocaron una caza del hombre que duró cuatrocientos años y que convirtió Africa en un continente manchado de sangre y de lágrimas. Ese impulso de los viajes y de los descubridores, mezcla de fe y de codicia, de religión y de rapacidad, juntó el espíritu de los cruzados y de los apóstoles con los más viles intereses de lucro y condujeron a la caza de los negros desarmados, que eran apresados por sorpresa y hechos esclavos de la manera más indigna y desconsiderada. Idealistas como el propio príncipe esbozaron utópicos sueños, según los cuales los negros, después de bautizados, tenían que ser devueltos a su país, para hacer proselitismo entre los que se habían quedado allí. El príncipe hizo devolver a Africa a algunos negros bautizados, con la esperanza de ganar así pueblos enteros para la fe cristiana. Pero los cristianos negros desaparecieron rápidamente en la selva y no volvieron a dar señales de vida.

Su lado afectivo fue cambiante y fúnebre, de joven contrajo matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, viuda de su hermano, de quien heredó el trono. Años después como no tenía el deseado heredero varón y enamorado perdidamente de una dama de su corte, la irlandesa Ana Bolena, pretendió obtener el divorcio. Ante la negativa del Papa, rompió las relaciones con Roma, hizo aprobar al parlamento el “Estatuto de restricción de apelaciones” que prohibió las apelaciones de las cortes eclesiásticas al Papa, y previno que la Iglesia decretara cualquier tipo de regulación sin previo consentimiento del Rey, el “Acta de designaciones eclesiásticas” que decretó que los clérigos elegidos para obispos debían ser nominados por el soberano, el “Acta de traiciones”, convirtiendo en alta traición, castigada con la muerte, desconocer la autoridad del Rey, y el “Acta de Supremacía” que declaró que "el Rey es la única cabeza suprema en la tierra de la Iglesia de Inglaterra", luego repudió a Catalina de Aragón y se casó con su amante. A los tres años acabó su relación con Ana de manera tajante, acusándola de adulterio por lo que fue condenada a muerte y decapitada. Tuvo un un nuevo matrimonio con Jane Seymour, que resultó muy breve ya que la nueva esposa falleció al año siguiente con motivo de un parto. Viudo el rey volvió a contraer matrimonio con la luterana Ana de Cleves, enlace claramente de talante político. Tras dos años, Enrique repudiaba públicamente a su esposa y se casaba con Catalina Howard, que tambien fue decapitada. Una última boda de Enrique, la sexta, fue con Catalina Parr, la única de sus esposas que le sobrevivió.

Hacia el final de su tiempo se aficionó a la alquimia, la astrología, la magia y los juguetes mecánicos, especialmente autómatas, relojes y máquinas de "movimiento perpetuo". Durante su reinado hospedó a casi todos los destacados alquimistas de la época y en la “Academia Alquimista Praguense” se mezclaba la vieja sabiduría y conocimientos medievales con las nacientes ciencias naturales. Notable fue su inmensa colección de manuscritos y libros raros de magia, alquimia, misticismo y otras rarezas que tanto gustaban al emperador, aunque sin despreciar los de ciencias: fue uno de los primeros en recibir un ejemplar del Sidereus Nuncius de Galileo, y el primero en recibir la solución al anagrama en el cual Galileo comunicaba a todos su descubrimiento de los anillos de Saturno. En aquella epoca de su larga vida se dedicó por completo a sus entretenimientos y raras excentricidades, como coleccionar monedas, piedras preciosas, incluyendo gigantes y enanos con los cuales formó un regimiento de soldados. Fue un gran mecenas de las artes y las ciencias tanto experimentales: astronomía, botánica o matemáticas, como especulativas: alquimia, astrología o magia. Bajo su reinado acogió en su corte al pintor Arcimboldo, y fueron nombrados Matemáticos Imperiales el danés Tycho Brahe y el alemán Johannes Kepler: este último publicaría las famosas tablas astronómicas 'Tabulae Rudophinae' basadas por completo en el trabajo observacional de Brahe y llamadas así en honor al cuarto nombre del emperador.

Murió en el exilio, en el palacio de Whitehall, Inglaterra, a principios del siglo XVII, habiendo vivido doscientos cuarenta y cinco años, aunque algunos argumentan que sumados los años uno a uno fueron trescientos noventa y uno. Solo en estas meras cifras los historiadores difieren.

DE LA BUSQUEDA DE TI REINA


..., se sintió más triste, más solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti, mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse,... EL OTOÑO DEL PATRIARCA Gabriel García Márquez

....y te busqué Reina, te busqué primero lento y seguro en las cosas cotidianas, y en los sitios cargados con la obviedad de la rutina, y después te fui buscando Reina, ya un poco más inquieto, en cualquiera de esas esquinas posibles y al poco rato también en las improbables, y seguí Reina y te busque en los lugares imposibles soñando que habías amanecido equivocada, y te busqué Reina en los calurosos pasajes de la memoria y entre los instintos premonitorios, y te busqué debajo de las uñas y entre las grietas de la piel, y también Reina en los rezagos del día anterior y en el púrpura destrozado de mañana, y entre aquí y ahora Reina, y en los pequeños registros de nuestra historia y en los capiteles de todo monumento y en las plazas habitadas y en las plazas desiertas, y en la mesita del café y en el escaño del parque donde sabía que no ibas nunca, y te seguí buscando Reina debajo de los adoquines de esa calle larga donde tampoco vives y en el tumulto de gentes del único aguacero que recuerdo, y te busqué más adentro Reina, entre tus huesos de gata, y en la trama sensual de tus cartílagos flexibles, y en tu carne todavía tibia y humeante, y en la sangre vertiginosa que te empuja los deseos, y en los fluidos mágicos que brotan de tu cuerpo cuando estoy cerca Reina, y te crucé Reina de piel a piel, de pelo a pies, de diestra a siniestra, de adentro hacia fuera y viceversa, y no era eso Reina, y me adentré más aun, y encontré tus sombras y tus abismos, tus recuerdos de guarda y los ya resecos de la infancia, y no Reina, que no era eso, y ya muy adentro reconocí las ciénagas de mi presencia, y pude ver las grutas habitadas por los fantasmas de tus miedos a confundirte y los terrores de tus insomnios Reina, y no Reina, no era eso, y rompí la brújula Reina y te seguí buscando a tientas para ver si mis manos veían más que mis ojos, y no era eso Reina, no era, y te seguí buscando en los reflejos de todos los cristales, en la palabras susurradas y los grititos sofocados, y en las voces de la calles y los primeros soles de diciembre Reina, y nada, que no fuiste habida ni vista ni vislumbrada, y aquí me tienes Reina buscándote tarde en la tarde, a la espera que la noche sea clara para buscarte sin esperanza en los intersticios del sueño Reina, y mientras llegan mis sombras Reina, que llegarán, te escribo esta carta para que no te me pierdas nunca Reina, no cuando te busco, y también para que sepas lo que ya adivinas, que te estoy buscando Reina y que no te encuentro...

GEMOLOGIA ONIRICA


El sueño comenzó grato y apacible, caminaba por la umbría frescura de un bosquecillo de altos magnolios florecidos. Grandes flores muy blancas destellaban entre sus hojas de color verde brillante en el haz y ferrugíneo-pubescente en el envés. Su aroma invadía la tarde completando el ámbito de serena quietud. Mas allá entré en un bosque de ginkos, extrañamente ahí era ya otoño, y los amarillos oros de las hojas bilobuladas resplandecían inquietas por la brisa, iluminando el entorno con una luminiscencia algo fantasmal. Después de los ginkos el territorio era rocoso, áspero, con inmensas rocas grises o negras llenas de oquedades oscuras, cuevas, hendiduras, erosiones de formas terroríficas, que se repetían más y más hasta que fue de noche. Sin luna ni estrellas, el cielo era de un negro aterciopelado, como si no existiera. Me detuve temeroso, ciego y extraviado. Busqué en mí alrededor alguna referencia y vi un leve resplandor que provenía como del interior de una cavidad. Era la pequeña boca de un túnel. Entré buscando el origen de la luz y vi que se extendía unas cincuenta varas, aunque estaba muy iluminado no pude ver de donde provenía la luminosidad, pero las paredes eran de granito casi blanco, muy pulidas, lo que quizás explicaba la tonalidad blanquecina del resplandor que había visto desde afuera. La galería tendría unos diez pasos de ancho, y una altura de dos hombres. El piso era de una arena amarilla con innumerables destellos de cristales de mica. Desde el portal alcance a distinguir perfectamente que terminaba en una pared irregular, muy fracturada, de la cual escurría agua que se canalizaba por las grietas formando una pequeña vertiente, cuyo flujo se infiltraban a mitad del túnel en el piso arenoso. En ambas paredes vi unos pequeños nicho socavados en forma muy primitiva, y cada uno de ellos habían pequeñas estatuas que fui reconociendo una a una; un Buda de turquesa sentado en la posición de loto, la perfecta miniatura de un palmo de alto de la estatua del cesar Augusto tallada en cuarzo rosado, un crucifijo con la cruz de jaspe y el Cristo de sugilita, un perro de Fu con su sonrisa deformada por las franjas del ojo de tigre, una tablilla de crisocola con el Tetragrámaton tallado en bajorrelieve, una estatuilla de un león de turmalina luchando ferozmente contra un terrible dragón de ágata azul, un espejo de hematita, las figuras de las tres Górgonas, Estono en cornalina, Euríale en pirita y Medusa en lapislázuli, un camafeo de malaquita con el relieve del rostro de una mujer muerta mas hermoso que haya visto, una figura del can Cerbero con una cabeza de obsidiana, otra de rubí y la otra de ágata, la pequeña estatua de amatista del Anubis con cuerpo de hombre y cabeza de chacal. Y en el último casillero había un estilizado vaso de cuarzo, el que usé para tomar del agua de la vertiente sin darme cuenta de que su borde era filoso como una navaja. Bebí esa agua paladeando su cristalina pureza subterránea y el helado contacto con mi paladar me fue sacando suavemente del túnel y del sueño. No sentí el corte en mi labio sino hasta que desperté y vi sobre la mesa veladora, a lado de la bolsita de terciopelo con mi colección de gemas, el vaso de agua del que había bebido unos sorbos antes de dormirme, el agua tenía un raro tinte rojizo. Noté en el fondo una leve superficie mas densa, coloidal, como de sangre, que se movía tiritando intermitentemente como si estuviera viva. Solo entonces sentí el agudo dolor de la herida y la sangre escurriendo por mi barbilla.

SANTORNO MARTIR


Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras.

Hombre de la esquina rosada. J. L. Borges, 1936.

Y una estrella en la ventana parecía querer caerse del cielo dando coléricos alfilerazos azulinos.

La Muerte del Cardenal Santorno. F. A. Ruiz Caballero, 2009.


Me miro con sus ojos de ángel impune, azules como cielo de estío, difusos y sin brillo, como si se le hubieran muertos hace años, quizás cuando lo nombraron arzobispo y se dijo que fue porque él delató al hermano Cipriano ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. También por eso su palio, con la típica banda de lana blanca adornada con cruces negras, nunca fue paseado por las calles en la procesión de nuestra Madre Santísima, aunque él fuera el prelado de más alcurnia y precediera el cortejo de encapuchados de riguroso luto y antorchas en alto en ambas manos, en cada uno de los trece años que vivió escondido bajo su mitra de arzobispo soplón. Me miro con sorpresa primero y después con pena, y por ultimo cuando ya iba cayendo como un fardo de ese pasto seco con que alimentamos a los miura en invierno, desvió la mirada porque supo que se le veía en ella el miedo pánico a la muerte, lo que no debiera ser en un hombre de fe, y que además por rango tiene ganado el cielo. En eso fue hombre digno, no quería que le viera la mueca de perro agonizante, con la punta de la lengua asomada y apretada contra los dientes blanquísimos como soportando el dolor, y los ojos azzurros desorbitados mirando el Cristo enchapado en oro que colgaba en un extremo de la habitación. Que si hubiera sido de oro macizo lo habría tomado como parte de mi paga, porque las cuatrocientas doblas que me pagó el sefardita eran doblas de cuatro y no de cabeza como yo creí cuando el muy tacaño me ofreció el trabajo, y no pagaron ni el puñal que después tuve que lanzar al Darro de puro miedoso. Lo de arrancarle los ojos fue idea de él, cuando me lo dijo asumí que era cosa de juderías, pero averiguando en el pueblo supe que el purpurado también había llevado a la santa hoguera a Sara, su única hija, acusándola de bruja, y que mientras el desgraciado sefardí la veía arder en la plaza publica gritó, entre los gritos de ella, que un día se comería los ojos del culpable de ese martirio. Pero cuando le hundí el puñal en el pecho cuidando de no tocar la cruz de carey esmeralda, y lo retorcí en tirabuzón para asegurarme su muerte, no pensé en Sara sino en el hermano Cipriano y me encomendé a la Begoña Andra Mari, porque sabía que eso hubiera querido Cipriano. Esperé que muriera, boqueando sobre la alfombra amarilla con arabescos florales y topacios de helechos. Con la punta del puñal le fui cuchareando los ojos con mucho cuidado para no romperlos, tal como me lo pidió el judío, y los puse en mi alforja sin limpiarlos, porque ya había decidido tirarla al río junto con el puñal. Terminada la faena miré alrededor de la habitación por si se me estaba quedando algún rastrito delator, y vi una rosa sin tallo flotando en un vaso de agua, unas cartas selladas con lacre amarillo, una Biblia de tapas de carey verde, y dos libro muy ajados; uno sobre la vida de San Lázaro de Antioquia, y el otro sobre la de San Manuel de Antequera, y también vi como afuera la noche llegaba a crujir de puro linda, pues su cristalería de estrellas se repetía en la escarcha del ventanal que se reflejaba a su vez en el gran espejo de cuerpo entero con marco de bronce decorado con figuras de serpientes entrelazadas, que había en el otro extremo de la habitación. Y luego, antes de irme, se me ocurrió darle un mordisco a unos de los pastelitos de miel de higuera y mojarme los labios en el vino dulce del cáliz áureo que estaban en la mesa con tafetán rojo, porque sentí que todo era como un rito religioso, como una misa para exorcizar un demonio. Porque eso fue su Eminencia Reverendísima Cardenal Santorno, un demonio solapado, solo que tenía los ojos azulinos, como el gran danés negro que suele aparecer en las noches en el criadero y espanta a los toros.

La Muerte del Cardenal Santorno.


Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.


Como una enorme mancha roja sobre la alfombra o el inmenso leño de un flamboyán africano el cadáver del arzobispo Santorno yacía, sin ojos, con la boca abierta en un rictus de amargo dolor. Un gran chorreón de sangre salía de las cuencas vacías de sus ojos y de una gran herida, mortal de necesidad, en el pecho, en el que una cruz de carey esmeralda ponía un contrapunto verde a un fastuoso carmín iracundo. Un cirio rojo movía su candela nerviosa sin atreverse a apagarse del todo chisporroteando y dejando en la habitación un olor a frambuesas podridas. Y por la ventana entraba la calle de madrugada con los ojos enormes de un gato malandrín, lleno de navajas curvas. Y una estrella en la ventana parecía querer caerse del cielo dando coléricos alfilerazos azulinos. El obispo había muerto asesinado. Le habían arrancado los ojos, una gran erección le sobresalía en la toga de purpurado, una erección demoníaca que hizo santiguarse con espanto a Sor Terencia al descubrir el macabro hallazgo, justo antes de derramar un garrafa con aceite que llevaba a la alacena, una gran garrafa de aceite ámbar que se partió en dos trozos al caer de sus brazos de monja servicial. Olor a menta salía de aquel aceite, que se mezclaba con el chorreón de sangre del cuerpo abandonado del sacerdote, con su inmensa erección elefantiásica, antinatural y salvaje. Justo después de entrar en la habitación Sor Terencia exclamó una bandada de vencejos en un punto y dejó caer la garrafa del aceite mentolado, que al caer estalló en dos trozos con una nota de zumo de pomelo. Luego la habitación se llenó de sacerdotes y seminaristas. ¿Quién habría sido el salvaje ejecutor de tamaña catástrofe, de tamaño magnicidio?. Por la ventana entraba la calle, de madrugada, como un inmenso gato ferocísimo, con espuelas de metal irisado, y una estrella quería desprenderse del cielo, negro como la antracita, para caer sobre el chorreón de la sangre, negra ya sobre la alfombra amarilla, con arabescos florales y topacios de helechos. Todos se santiguaban y exclamaban, gritaban todos, qué espanto decían algunos, ¿Y los ojos?, musitaban otros, y el cirio de la habitación movía su candela con lúgubre y nerviosa prisa sin atreverse a apagarse. Salieron de la habitación cuando llegó la policía, no habían tocado nada de aquel sacro lugar, en una mesa las cartas al Vaticano aparecían selladas con lacre amarillo, una biblia de tapas de carey verde se acompañaba de un libro con la vida de San Lázaro de Antioquia. En una estantería flotaba una rosa en un vaso de agua, al lado de la Vida, Obras, y Martirio de San Manuel de Antequera, una cinta verde señalaba la página cuarentaycinco, a San Manuel le saltaban los ojos con una aguja envenenada en arsénico, y el santo tardaba en morir diez días entre espantosos dolores y gloria bellísima, recibiendo los oleos y componiendo una hermosa cancioncilla al pié de la muerte, en una ilustración se veía un ángel de cabello rizado y rubio, con unos ojos tan verdes como un puñal de yerba. Un Cristo como de Dalí en un extremo de la habitación, todo él de oro macizo, o con apariencia de oro, se reflejaba en un espejo de cuerpo entero, en el otro extremo de la habitación, y también en un cáliz áureo, lleno de vino aún, rojísimo como la sangre derramada. El arzobispo Santorno había muerto y las Campanas sonaban a luto, en un cielo negro como la hulla, con una solitaria estrella que quería entrar en la habitación para besar la cabeza del asesinado, y desprenderse de cuajo de los cielos.

A mitad de camino de Granada alguien llevaba en su alforja negra dos ojos saltones y azules y los entregaba a cambio de cuatrocientas doblas de oro. Un judío siniestro se hacía con el botín poniendo mala cara por el precio pagado pero sonriendo con deleitación ante el hallazgo de las sanguinolentas esferas.

En la habitación del asesinado, sobre una mesa con tafetán rojo, dos pastelitos de miel de higuera a medio comer tenían una gota de sangre sobre la crema verde, dulzona como una licorería de granadinas.

LA OTRA MASCARADA


Fue un error, y lo cometimos, yo diría, a sabiendas. Habíamos exterminado meticulosamente todos los holosferos, habíamos extirpado esa gangrena sudorosa, ese sarpullido viviente que corroía el planeta. Lo vimos cuando saco su cuchillito de niño explorador y destripó el cadáver de uno de los nuestros. En ese momento debí dejar que lo masacraran, lo convirtieran como a todos los demás en un bolo sanguinolento para alimentar nuestras larvas. Pero el etólogo que hay en mí quiso seguir observando su extraño comportamiento. Los sabía miserables, traicioneros, patéticos, simples bestias sin ninguna dignidad de especie, meras amebas. Pero todos mis conocimientos sobre ellos provenían de estudios y experimentos en condiciones de laboratorio. La táctica de la Blitzkrieg que el Verbindungsmann Hütte había demostrado exitosa hace unas décadas, no dejó tiempo para conocer su comportamiento en libertad, en estudios de campo, que al final son los únicos valederos en esta ciencia. Por eso, abusando quizás de mi condición de Primer Eunuco de nuestra Reina, solicité al Obergruppenführer que se me dieran tres días, solo tres días, para hacer un seguimiento detallado al último ejemplar de esa especie ya exterminada. Deseaba saber hasta que punto de humillación eran capaces de llegar para sobrevivir. Lo vimos rasgar de arriba abajo el cuerpo de nuestro combatiente, meterse dentro de él, reímos mirando como metía los brazos dentro de los brazos del cadáver, sus piernas dentro de sus piernas. Lo observamos asqueados vaciar el soma de polímero inodoro e incoloro de silicio que usamos como envolvente. Intrigado vi como se deshizo de los restos, como arrojó sus hediondos trapos a la incineradora. Le permitimos vivir entre nosotros esos tres días, soportando su presencia despreciable, su desagradable calor corporal, su sudor grasiento, haciendo como que no nos dábamos cuenta de que era él en el mustio hollejo de nuestro hermano, lo dejamos participar en nuestros festejos, en nuestros banquetes vacunales, en las orgías de adoración a nuestra Reina, en nuestros baños sagrados con sus delicados fermentos acidulados donde renovamos los votos de sumisión. Reconozco mi error, me enceguecí asombrado de su conducta primitiva, intuí su pavor a la muerte, a dejar de ser, de existir, aunque su vida no tuviera ni el más mínimo valor en la sublime maquinaria del Universo. Ahí permanecía aterrorizado, sufriendo la vileza de esconderse en una piel muerta con tal de seguir respirando. Un mero procarionte. Ahora es tarde, ya no hay salvación, ni para él ni para nosotros, nadie se dio cuenta cuando y como, lo cierto es que la Bomba X es imposible de desactivar, ahora es cosa de tiempo…, tiempo, ese enemigo formidable. Moriremos, pero sé que otros nuestros vendrán a reemplazar la asquerosa especie extinta. Me consuela sentirme un digno sucesor de Konrad Lorenz, Karl von Frisch y Niko Tinbergen, nuestros adelantados e insignes conductistas, que también vivieron el horror de esconderse en sudorosas pieles ajenas, solo que en ellos la degradación fue el precio del conocimiento que nos ha permitido esta rápida y honrosa aniquilación.

MASCARADA


Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.


El año que conviví entre los alienes. Fueron tan solo tres días pero a mi pareció un año. Un año de terror infinito. Ellos habían acabado con todos los residentes de la holoesfera y yo era el único superviviente. Por eso cuando vi a aquel Alien muerto no lo dudé, con el cuchillo de defensa lo rasgué de arriba abajo y me metí dentro de él, fue difícil, parecerá imposible, y no creeréis mi explicación, lo más difícil fue meter los brazos dentro de sus brazos, introducir mis piernas dentro de sus piernas. Tuve que vaciarlo con el cuchillo, sacar toda la mierda de la correosa piel de silicona, luego, me tuve que deshacer de los restos, para que no los olieran, y arrojé mis ropas a la incineradora. Me entregué a él en cuerpo y alma, debía parecer uno de ellos, vivir el tiempo suficiente para poder activar la bomba X de autodestrucción de la holoesfera. Estuve en su grotesco nido, apenas aguantaba el hedor que había dentro de mi "Traje", y el hedor que desprendían aquellos engendros, observé sus bacanales y casi participé en ellas, los observé cuando se lanzaron sobre unas vacas para alimentarse, qué apoteosis de sangre, carne, hueso, ubres, leche, boñigas, y tendones sangrientos, qué aquelarre de suciedad y espanto, qué frenesí de malignidad indescriptible, fue pavoroso vivir entre ellos, enloquecí verdaderamente, yo, enteramente metido dentro de la piel de un monstruo, observando sus cópulas, su adoración de la hembra reina, revolcándome entre sus babas y sus ácidos, contemplando su malignidad en apogeo, como un cáncer recubierto de cáncer. Para mi no pasaron tres días, los minutos eran horas de terror absoluto, por alguna razón me creyeron enfermo pero no me atacaron. Logré llegar a la esfera base de la holoesfera y logré activar la Bomba X. Amigos, alejaos de aquí.

UN LABERINTO MARINO

Un laberinto de agudos cuarzos que nunca se resuelve pues se pierde en oscuros túneles, cuevas malolientes, oquedades inmarcesibles y en altas catedrales de amatistas estrelladas en sus violetas de la misma tonalidad de las incrustaciones del frío de la aquella de noche de Ruiz Caballero. O en los azules de las flores de genciana, mientras en las galerías fluye incontenible y misteriosa la desesperación del dimetil sulfuro, el olor del mar, milagros y maravillas de taumaturgos de oropimente cuajado dibujados en la paredes violetas o azules como glifos paleolíticos donde solo se les reconoce el rostro taciturno y el cuerpo de hiena o de tigre antediluviano. En las paredes acechan afilados dientes de perro hialinos, transparentes obeliscos ahumados, drusas floreciendo en cristalizaciones citrinas como espantosas corolas de Bracteantha bractata u ocultas geodas, damas de hierro, latiendo en las entrañas de la roca primitiva. Por el aire confinado a los oscuros túneles, cuevas malolientes, oquedades inmarcesibles y en altas catedrales de amatistas vuelve una y otra vez el olor a mar, a Tuber melanosporum, a Brassica oleracea var. Viridis hervido, el hedónico perfume que atrae a los cerdos y señala las fuentes de alimento a las aves que sobrevuelan los océanos. El laberinto se estrecha y se ensancha siguiendo un lítico azar impredecible, hay franjas húmedas de color verde musgo cerca de la entrada donde el agua subterránea y la luz del brocal permiten la paupérrima sobrevivencia de las briófitas, y de color verdiazul hacia adentro donde el agua subterránea deposita los filosilicatos de cobre que ha disuelto en el interior de los basaltos. Al fondo del último túnel del laberinto, donde ya no existe la esperanza de escapar, hay un gigantesco espejo de obsidiana con el reflejo congelado para siempre de un “arlequín con un traje de rombos amarillos, una máscara de cristal verde y dos leves cuernecillos dorados”. Aun allí, en el fin profundo del dédalo cuarcífero llega el olor a mar del dimetil sulfuro. En el silencio sepulcral solo se escucha el murmullo de agua precipitando crisocolas y su constante goteo creando pacientemente estalagmitas y estalactitas. Afuera llueven cangrejos de la misma especie de los que llovieron a fines de los setenta del siglo pasado en Nueva Gales del Sur, entre la nubosidad hay un cielo del mismo preciso matiz del índigo que tuvo la mas triste de las madrugadas, la del lunes cinco de agosto del año del Señor de mil novecientos sesenta y dos, indicio claro de que hacia la noche la luna sangraría.

DE LIRIOS NOCTURNOS

Había un lirio incendiado en la noche carcomida por los gusanos. Una botánica silvestre seducida por la cosmogonía de un sol que girando trajo las sombras. Se retorcía doloroso en flameantes espirales lanzando sus breves destellos hacía las siniestras oscuridades de profundo azul. Agonizaba como un héroe trágico, convertido en el absurdo habitante de aquel chisperío desatado. Un lirio anónimo y múltiple; yedra de mayo, abumón o búcaro, dulce morado, casto blanco o intenso amarillo. Arde en la noche carcomida por las larvas perlescentes de moscas nocturnas, agobiada por esa masa incesante de vermes hambrientos. Allí el heráldico fuego del lirio, amacayo dormido junto a la sagrada cruz, el águila bicéfala y el león rampante, sangra su gules herido en la batalla final, colorinche, bélico, quizás bermellón, escarlata o rojo. Ignorado. Los lanceolos se retuercen y jironean emulando las garras espumas de Hokusai. Hierve la savia en evanescentes ductos clorofílicos. La noche horadada por cresas u orugas se derrumba, cruje y se desploma sobre las llamas minúsculas de lo que fue divisa de Grandes. Los fragmentos nocturnos se apelmazan, se concentran en una masa negra, densa, despojada de grandezas, incrustada de mínimos cadáveres de gusanos. Una astronomía de novilunio oculta la pirología de pétalos y sépalos incandescentes. Quemadas flores, grandes, perfumadas, purpúreas o violetas se involucionan desesperadas ante la muerte inevitable. Mueren orgullosas de su destino crepuscular. Los rizomas enterrado vivos guardan los secretos de sus pócimas de amor, o ese halo misterioso que permite ahuyentar espíritus funestos. Un esqueleto de impalpables cenizas heráldicas sostenidas solo por la memoria fugaz del lirio incendiado, permanece incólume, soberbio en medio de la noche roída y derribada. Pudo haber sido lirio del monte, azucena, alhelí, azafrán silvestre o espiguilla. Pudo vivir entre el violeta y el blanco, entre el amarillo y el rojo, o con elegantes y alegres jaspeados. Talvez fue amancay o alguna vez nenúfar, lampazo, gualdón o reseda, ridícula espadilla. En la noche derrumbada naufragan las arcillas fúnebres del enigmático lirio incinerado. Aciagos abalorios detentan carbonizadas espadas vegetales.

CANGREJOS AZULES (Cardisoma guanhumi)


Ayer llovieron cangrejos azules, iridiscentes y feroces. Estuvo lloviendo agua toda la mañana, ya casi a mediodía escampo un rato corto y antes que los árboles y las techumbres terminaran de destilar se vino el aguacero de cangrejos. Por el ruido creímos que era una granizada, pero cuando escuchamos los gritos del jardinero en el prado de las gardenias y nos asomamos al ventanal vimos como caían sobre el pasto las manchas azules que después caminaban desparramándose para todos lados como buscando el mar y los roqueríos donde esconderse. El cielo se veía cubierto como con una gasa azulina y el horizonte no llegaba más allá de un cuarto de toesa. Mientras observábamos absortos el increíble cuadro, Anselmo comenzó a recitar una letanía sobre otras lluvias aberrantes, como la lluvia de peces que duró tres días en la región de Queronea, en el Peloponeso, la de grandes ratones amarillos que cayeron sobre la ciudad noruega de Bergen, una lluvia de sapos en la aldea inglesa de Acle, en Norfolk, un chubasco de serpientes en Memphis, en Estados Unidos, la de codornices que se abatió sobre la Valencia de España, los millares de ranas llovidas sobre Leicester, en Massachusetts, los canarios muertos que cayeron del cielo en la ciudad de St. Mary’s City, en Maryland, la arañas pequeñas que llovieron en Salta, Argentina, y así siguió hasta que citó la vez que en el Choco de Colombia llovió sangre, y ahí le hicimos callar porque vimos que el jardinero corría como loco por el prado con el cuerpo lleno de cangrejos que lo pellizcaban, lo herían en la piel de las manos y la cara, cuando llegó cerca del portal ya estaba sangrando, y su sangre manchaba los caparazones azules. No le abrimos la puerta, así que él se devolvió corriendo desesperado hacia el prado. El espectáculo era impresionante, la grama verde, los cangrejos azules moviéndose como flores vivas de pensamientos, la Viola tricolor hortensis, el jardinero como un árbol de bugúla con flores variegadas en azul y rojo. Todo brillante y de nítidos colores por el agua de la lluvia de cangrejos. De pronto él rodó por el pasto hecho un bolo de ensangrentados cangrejos azules y termino junto al ceibo imponente que el Duque de Arquerías, mecenas de artistas circenses y secretos envenenadores, había traído hace mas de un siglo de su viaje a la Patagonia en busca del ultimo milodón, y del que trajo un manojo de pelos duros y hediondos, una garra, fecas y medio fémur con algunos otros trocitos de piel y de charqui pegados en el trocánter menor y que podía ser de un caballo si no fuera que era como dos veces mas grande. El olor (o el sabor dispersado por la lluvia) de la sangre congregó una ruma de crustáceos sobre el cuerpo del infortunado que en posición fetal gritaba como un barraco al que lo están desollando a fuego vivo. Cuando sus gritos se acallaron por desmayo o muerte, aun caían por aquí, allá y acullá los últimos cangrejos azules y comenzaba una llovizna lenta y finita que apenas se distinguía iluminada por la luz del ventanal, porque ya era de noche y el prado era una alfombra de suave terciopelo negro. Al otro día no quedaba ningún cangrejo, y en la grama verde esmeralda solo estaban los huesos mondados del jardinero repartidos como aquellos ideogramas chinos de las inscripciones adivinatorias hechas en caparazones de tortugas. Nunca supimos donde se fueron los cangrejos azules porque estuvimos los tres días siguientes encerrados, y cuando nos atrevimos a salir a recoger los huesitos limpios del Jardinero, recorrimos el jardín de punta a cabo, y no vimos ninguno, ni siquiera quedaban huellas de su paso. Eso hizo que Anselmo, que en ese tiempo era monje menor y ni se soñaba de Arzobispo de Arquerías, reclamara hasta su muerte que todo había sido una fantasía producto del vino dulce que habíamos robado de la sacristía ese mismo día en que llovieron los cangrejos azules.

EL ÚLTIMO VIAJE DEL BUQUE FANTASMA


Un texto de Gabriel García Márquez

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces v sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer v ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, v encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, v siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, v entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada d e marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

viernes, 14 de agosto de 2009

DE LIRIOS


Había un lirio incendiado en la noche carcomida por los gusanos. Se retorcía doloroso en flameantes espirales lanzando sus breves destellos hacía las siniestras oscuridades de profundo azul. Agonizaba como un héroe trágico, convertido en el absurdo habitante de aquel chisperío desatado. Un lirio anónimo y múltiple; yedra de mayo, abumón o búcaro, dulce morado, casto blanco o intenso amarillo. Lirio divino, lirio de las Anunciaciones; lirio, florido príncipe, hermano perfumado de las estrellas castas, joya de los abriles. Arde en la noche carcomida por las larvas perlescentes de moscas nocturnas, agobiada por esa masa incesante de vermes hambrientos. Allí el heráldico fuego del lirio, amacayo dormido junto a la sagrada cruz, el águila bicéfala y el león rampante, sangra su gules herido en la batalla final, colorinche, bélico, quizás bermellón, escarlata o rojo. Ignorado. Los lanceolos se retuercen y jironean emulando las garras espumas de Hokusai. Incendio en el bosque! Arde en cruces azules. Arde, arde, llamea, chispea en árboles de luz. Se derrumba, crepita. Incendio. Incendio. La noche horadada por cresas u orugas se derrumba, cruje y se desploma sobre las llamas minúsculas de lo que fue divisa de los Capetos y de la casa de Lancaster, símbolo de los Valois y emblema de los Farnesio. Insignia elegida por Baden-Powell y también hierro quemante en la carne asesinada por los mafiosos de la Hachel, y para siempre crucificado en las tres puntas de la cruz de La Cruz de San Yago. Los fragmentos nocturnos se apelmazan, se concentran en una masa negra, densa, despojada de grandezas, incrustada de mínimos cadáveres de gusanos. Vuelve (a ser) la noche cóncava que descifró Anaxágoras. Quemadas flores, grandes, perfumadas purpúreas o violetas se involucionan desesperadas ante la muerte inevitable. Mueren orgullosas de su destino crepuscular. Los rizomas enterrado vivos guardan los secretos de sus pócimas de amor, o ese halo misterioso que permite ahuyentar los malos espíritus. Un esqueleto de impalpables cenizas heráldicas sostenidas solo por la memoria fugaz del lirio incendiado, permanece incólume, soberbio en medio de la noche roída y derribada. (Porque esas cenizas son el poema). Pudo haber sido lirio del monte, azucena, alhelí, azafrán silvestre o espiguilla. Pudo vivir entre el violeta y el blanco, el amarillo y el rojo, o con elegantes jaspeados. Talvez fue Amancay o alguna vez nenúfar, lampazo, gualdón o reseda, ridícula espadilla. Pero nunca esa Flor de Lis, la estilizada Iris pseudacorus, el acoro bastardo que la reina Constanza de Borgoña, tercera esposa de un rey de Castilla y de León ordeno añadir a la imagen de la primera Virgen que hubo en el Madrid conquistado; Santa María la Real de la Almudena. En la noche derrumbada naufragan las arcillas fúnebres del enigmático lirio incinerado.

Citas poéticas.- R. Darío, P. Neruda, J. L. Borges, R. Zurita.

miércoles, 5 de agosto de 2009

CARDOS Y EUFORBIOS


del vegetal armado

que se llama alcachofa,

Oda a la alcachofa. Pablo Neruda.

Le gustaban los cardos, pero en la Université Catholique de Louvain à Louvain-La-Neuve solo había cupo para un botánico dedicado a una sola familia de plantas, las Euphorbiaceae. Odiaba las suculentas desde sus estudios en el Departamento de Botánica de la Universidad de Salamanca, le repugnaban esas hojas gordas de colores apagados que almacenaban un agua pegajosa, densa, desagradable al tacto. Siempre le parecieron obscenas, lascivas, suciamente voluptuosas. Temía tocar u oler esa savia acre y lechosa, la lechetrezna, que contiene ésteres di o tri terpenos, y cuya combinación cáustica irrita la piel y las mucosas de los ojos, la nariz y la boca, produciendo dolorosas inflamaciones, a pesar de tener misteriosas propiedades eméticas y catárticas. Mientras catalogaba y describía pálidas e hinchadas Euphorbiáceas imaginaba las brácteas de la inflorescencia de una de las subfamilias de las Asteraceae; Carduoideae, los cardos de los caminos y los pastizales salvajes. Casi podía ver sus espinas, sus finísimas agujas amarillas, delicadas, hirientes, estilizadas, expuestas con sigilo al paso de una piel para hacerse notar, no como los traicioneros puñales cristalizados e invisibles de las ortigas ni las burdas espinas de las rosas que solo hieren a aquellas damas románticas que por ir tras el perfumado color olvidan el agudo dolor. Entre las semillas purgantes del tártago, la belleza ornamental de la flor de Pascua, o el látex del euforbio, Euphorbia resinifera, que se usaba para pintar el casco de los barcos, porque su veneno evitaba el crecimiento de la broma, el Teredo navalis, ese molusco comilón de maderas sumergidas, soñaba con el cardo corredor, la "cardencha", los cardos borriqueros o con el cardo mariano. Nadie sabía que sus molestos Incertae sedis no mostraban su incapacidad para ubicar exactamente un taxón dentro de la clasificación, sino su frío desapego o su desidia irresponsable ante las impúdicas suculentas. Con resignación dibujaba y estudiaba esas flores regulares, unisexuales, contaba los sépalos libres o unidos, los pétalos, los estambres, disectaba fastidiado los frutos, que solían ser un esquizocarpo o rara vez una drupa. Pero en su interior se saboreaba recordando los gustillos del cardo penquero, o de la alcachofa. Se imaginaba dibujando y estudiando hermosas variedades de abrojos, sus hojas compuestas y sus frutos espinosos. La característica presencia de espinas en las hojas, en el tallo, o en las brácteas de la inflorescencia. Su esplendorosa inflorescencia: flores numerosas reunidas en densos capítulos. Despreciaba en especial las formas estrafalarias y lujuriosas de las crasas, que podían ser matas, hierbas, árboles y arbustos; llegando algunas incluso a asemejarse a los míseros cactus. Oponía a esta torpe vaguedad el porte herbáceo de los cardos, que en ningún caso eran de tipo arbustivo, y menos arbóreo. Aun aquellos que llegaban a alcanzar gran tamaño, mantenían una sobria elegancia de hierba alta. Soportó por años esa cruel cárcel taxonómica, y quizás hubiera terminado su vida de botánico especialista en euforbiáceas, fama que se había ganado a fuerza de apretar los dientes, si alguien no hubiera descubierto por azar que toda la extensa colección de plantas crasas de la Facultad de Farmacia, de la que dependía el Departamento de Botánica, solo contenía aquellas especies y variedades cuyas flores eran de mismo color púrpura del Carduus acanthoides. Gravosa maleza, cuyas poblaciones se expanden por todos los continentes y es común en campos de pastoreo viejos, vías férreas, caminos abandonados, en partes altas de banquinas, préstamos y áreas baldías.

EMANUEL

Nació cuando terminaba el siglo diecisiete en una de las catorces islas de la ciudad de los cincuenta y siete puentes, entre un lago de aguas siempre frías, y un mar de hielos y ámbar. De niño se apasionó por el todo Universo y su quizás solitario habitante, el Hombre. Observaba, estudiaba e intentaba entender los mecanismos, las fuerzas y los influjos que regulan la vida y su misterioso comportamiento. Por eso primeros años, buscando respuestas a sus preguntas sobre la fe, la vida eterna, la ubicación precisa del alma, se relacionó con el mundo adulto, pero descontento con las respuestas a sus inquietudes, comenzó a experimentar en si mismo, logrando ya a esa edad temprana, mediante la respiración, el acceso a estados de conciencia modificada o de trance. De joven tuvo una desilusión amorosa y nunca se casó. Fue encuadernador, hidrógrafo, fisiólogo, astrónomo, relojero, lingüista, biógrafo, poeta, editor, psicólogo, filósofo, matemático, geólogo, metalúrgico, botánico, químico, físico, ingeniero en aeronáutica, dibujante, músico, cristalógrafo, maquinista, carpintero, legista, ingeniero de minas, tesorero, cosmólogo, teólogo, y un gran viajero. Fabricó él mismo sus propias lentes ópticas, su telescopio y su microscopio, para explorar lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, como políglota llegó a hablar quince lenguas, además de ser un aventajado músico de órgano y un delicado artesano en marquetería, ese antiguo arte hindú de pintar con pequeñas maderitas de diversos colores y texturas una figura sobre una superficie de madera. Hizo los planos de un avión, de un submarino y de un planeador, y diseñó bombas de aire, varios equipos para uso en minería e instrumentos musicales. Contribuyó a la ingeniería del dique seco más grande del mundo, y alguna vez transportó un barco por encima de una montaña. Descubrió la función de las glándulas endocrinas, el funcionamiento del cerebro y el cerebelo, escribió un notable y avanzado estudio sobre la circulación de la sangre y sobre la relación del corazón y los pulmones. Realizó estudios sobre suelos y barros, estereometría, álgebra, cálculo, hornos metalúrgicos, magnetismo e hidrostática. Fue el primero en lanzar la hipótesis de la formación nebulosa del sistema solar, e incluso llegó inventar un sistema decimal monetario que sirve también para el estudio de la cristalografía. Publicó libros sobre matemáticas, geología, química, física, mineralogía, astronomía, anatomía, biología, y psiquiatría. Hasta los sesenta y un años había escrito ciento cincuenta y cinco obras en diecisiete disciplinas diferentes, varias de las cuales él mismo había fundado. Entonces, entendiendo que ya poseía todo el saber del mundo físico y natural que era posible, comenzó el descubrimiento del mundo espiritual a través de un viaje al interior de sí mismo tratando de alcanzar y entender el alma, y a los cincuenta y seis años, abandonó sus investigaciones científicas para dedicarse enteramente a la investigación teológica, psicológica y filosófica con el fin de descubrir las claves de la espiritualidad racional. Lo que de seguro alcanzó pues en un pasaje de uno de sus numerosos libros escribió: “Me ha sido dado ver el modo en que aparece el Señor como sol ante los ojos de los ángeles”, y describe con muy precisos detalles tal experiencia. Pero de sus revelaciones teológicas o sus delirios místicos, no atenuados por la maravilla o el asombro, argumentó mucho mejor Borges en una conferencia que impartió dos siglos después de su muerte. En esta su segunda vida, la del teólogo y místico, alcanzó a escribir otras doscientas ochenta y dos obras. Murió a los ochenta y cuatro años un domingo a fines de un mes de marzo del siglo dieciocho. Debió ser el último hombre que abarcó todo el conocimiento de su época. Refutando públicamente a Voltaire, quien dijo que el hombre más extraordinario que registra la historia fue Carlos XII, aquel viejo poeta ciego declaró que quizá el hombre más extraordinario fue este Emanuel, el más misterioso de los súbditos de Carlos XII.

jueves, 23 de julio de 2009

LA ULTIMA DE LA TARDE EN LA BASILICA DE LA MACARENA


Que se viene el grande astado por la calle de Bécquer, jijón algo bragado, astifino, cornigacho, acaramelado y con el pitón derecho astillado. Es un toro cuajado y engatillado que cruza boyante la gran reja de forja de la Basílica de María Santísima de la Esperanza Macarena. Adentro, en la capilla de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia el diestro ha terminado de vestirse de luces. Negra la montera, rizada y abundante en terciopelo. La chaquetilla es verde botella con alamares de oro, de las hombreras cuelgan los machos tambien dorados, la taleguilla del mismo verde, las medias rosa, el corbatín negro, y alba la camisa adornada con chorreras y botones de filigrana. Toma el capote y sale a la nave, y sin paseillo va a esperar a la bestia al pie del altar mayor. Desde arriba la imagen de candelero de la Macarena Virgen lo mira con sus ojazos negros envuelta en la pureza de su saya blanca y la esperanza del manto verde, con la belleza asimétrica de sus sagrados rasgos faciales: diferente curvatura de las cejas, distinta elevación de las alteas nasales, mejillas desiguales con diferente cantidad de lágrimas y distintas direcciones de las comisuras de los labios. Entra el tauro pifiante sin el debido respeto, con sus pezuñas casi resbalando en las pulimentadas baldosas. Mira furioso al toreador que lo espera imperturbable a porta gayola, embiste y se vuelve, una verónica, una gaonera y para terminar una chicuelina le bastan al toro que se queda quieto acezando cerca del cancel. No habrá puyazos en suerte de varas ni escurridizas traiciones de banderilleros bajo la bóveda de cañón, ni griterío de público taurino en las tribunas con arcadas con zócalo de mármol rojo. Sale a los medios el maestro a seguir la lidia toreándolo por los dos pitones. Y con torería, en una perfecta faena de muleta compone un rosario de muletazos bien ligados y rematados de toreo natural y contrario. Es que el encaste del toro regala embiste y reclama toreo. Con arte y maravillas templa y encauza el diestro las embestidas del miura. Los observan con fijeza el Cristo que recibe la sentencia de muerte, Poncio Pilatos sentado lavándose las manos en una palangana sostenida por un sirviente negro, Claudia Prócula implorando clemencia, un judío leyendo la sentencia, dos sanedristas y tres soldados romanos. Viene la suerte suprema, el matador cambia el mero aluminio por el mortal acero, alguien va a morir y ha de ser el toro, pero también puede ser el torero. Ya con los trastos de matar, el diestro se vuelve hacia la Macarena y le brinda la muerte que viene. Arroja la montera por encima del hombro sin saber que cae boca arriba. Sabe bien su oficio, la suerte ha de ser rápida y bien ejecutada. Atrae a breves capotazos a la bestia y la iguala, baja en la mano izquierda el engaño pero el toro apenas humilla, valiente se perfila con el estoque de matar en alto agazapado, brillando la muerte en su extremo, y se va hacia el toro, que le espera con sus dos cuernos encendidos. Pero cuando el espada se lanza al embroque, sus ojos toreros solo ven el estoque buscando que la estocada encuentre el hoyo de las agujas, descuidando en el volapié el resto de su cuerpo, que encuentra la honda herida en el pitón derecho, el astillado, del toro. La cornada inguinal le rompe la vena safena y la arteria iliaca, cae el matador no en soleada arena sino en frías baldosas cristianas. Nadie acude en auxilio, la basílica esta vacía. Se va como adormeciendo el toreador, y al poquito rato ya ha muerto. El toro pezuñea y sale a la calle de Bécquer llevando todavía en lo alto el pinchazo hondo del maestro. En la hora de la verdad solo compartieron la sangrienta fiesta, silenciosas pilastras de premonitorio mármol rojo. Nadie sabe que escondido en el rincón que da hacia el presbiterio, Francisquito mira extasiado la sangre color de oro viejo que corre como un dorado hilo de seda hasta los pies benditos de la Macarena, y ahí se empoza “justo al lado de la Virgen, justo debajo de sus enaguas”, mientras ella llora al diestro con sus cinco lagrimas cristalizadas.