lunes 16 de enero de 2012

IDOLATRIA

(Cerca de una écfrasis.)

Era una fiesta su cuerpo de púrpuras engalanados y verdes muy floreados, un aquelarre de sutiles desvergüenzas y prístinos desparpajos, en el cielo raso un coro de arcángeles marchitos, paulatinos, exhaustos, contenidos, van dejando en el aire una estela pulvurulenta de rosados atardeceres como limaduras de rodocrositas avivadas por las turbulencias de un haz de sol que irrumpe por el intersticio que declara su origen en la luna del espejo. Los bronces abundan en los reflejos de una luz mortecina y en su piel un jaguar derramado ruge asustado del gato que huye sigiloso y embelesado no de ella sino del perfume, de la copa, de la lámpara, de la pulsera y los anillos diamantados. Una mano en el sopor del descanso, la otra declarando su infinito hastío, ambas bajo esa luz mortuoria de delicados púrpuras y verdes congelados. La palidez cercana al miedo relumbra entre la soberbia gestualidad del desgano y la caoba que repite la copa azul y el platillo de los empolvados pasteles. Un carnaval de plumas y pieles celebra el hombro mórbido y desnudo, las largas piernas y la venatura de la mano. Cierta melancolía como de paloma extraviada se le adivina en los ojos, en la boca, en esa fijeza magra de maja asediada. Exultante un jarrón aurinegro domina la fanfarria de objetos enquistados, ella perseguida de otras mariposas esplende en las sedas de sus colores que aletean sus fugaces interferencias de luz. Galanura del cobre de su pelo encendido en el centro como un pabilo, vagancias de sus fosforescencias en sus rituales de cortejo, en su devoción asumida y en sus extensos encantos dilatados hasta inundar los venusterios y los antros de rojas luces perdularias. En actitud o postura de ideograma intraducible de un idioma de feroces mastines y señoríos sin horizontes, de reinos de miuras o bisontes, de los territorios donde pastan los unicornios y medran las gárgolas en las nocturnas catedrales. Los tintes oscuros en el vértice de su descuidado escote trazan con tibias sombras edípicas los rumbos a los abismos del desasosiego o a los acantilados donde se erigen las tumbas de los pecadores de las cuencas vacías. Un vaho de clavicémbalo barroco a la manera de Giuseppe Domenico Scarlatti la cerca, la ciñe y la aísla en su ámbito lánguido de perfecta señora de los sueños intranquilos. Ebrios de su sorprendente palidez nadie aun ha percibido que sus ojos ensimismados ya estaban desde antes atrapados en la serenidad y quietud de un mármol imposible. Vale.

domingo 15 de enero de 2012

INCESANCIAS

Te busco entre los escombros y la fuga, entre lirios y salamandras, en los acantilados del exilio que dejó tu nombre, en las furias sajantes de las arpías y los venenos tiernos de las medusas, en las oquedades, en las vertientes, en el templo donde se queman los inciensos a tu imagen de mármol y oros antiguos. Más allá de tus susurros, entre tus labios de silencios hundidos, en las comisuras quietas de tu boca de besos, debajo de tus manos, arriba de tus ojos, en tu borde de río en estiaje, en los salmos de la tarde y las ceremonias del nocturno incipiente, cerca del bosque de magnolios y la selva virgen de pasionarias entristecidas, allí en los cañaverales de las marismas y en las playas de las islas, tus islas del invierno sin ti. Hacia las arcillas muertas de la orillas, en la cadencia de las garzas en sus vuelos, por los pedregales lavados y los soles encendidos te busco con afán de canoero perdido y exhausto, de conquistador abrumado por los vestigios de los senderos que llevaban a ti y que ahora se cruzan y giran y se devuelven y desaparecen y se hunden en las ciénagas secretas donde tu nombre es un mapa borrado por el tiempo. Busco tu piel, toda extensa y desnuda, su calor embebido y su tierna impudicia, para poseerte en un amor de caracoles que nos envuelva en las babas y espumas de un sexo primigenio, ancestral, un sexo de delicadas perversiones que desmembre y fragmente tus deseos con la turbia densidad de un ansioso escarabajo en celo. Busco tu vértice de orquídea para escandir susurros en tu vórtice trémulo, y beber allí ebrio de ti los néctares del rito de los brebajes que silencian las palabras en el dulzor hondo de tu cuerpo, te exploro buscando el verbo en tu aroma para desatar mis espesos delirios en ese sensible palimpsesto para borrar todos los vestigio de otras voces que no cantaron como yo ahora canto y busco tu piel entera. Voy hacia la noche a seguir buscando tus parajes encantados en el sándalo que inunda tu piel cuando sueñas, cuando te me escapas por los laberintos de madreperla donde anidan tus rencores y tus magias, cuando duermes entre el oleaje de tus sabanas rendida a tus cansancios y hastíos, sola, impenetrable, casta vestal del santuario de los lirios desnudos, hembra de furias y tormentas, mujer de amor extasiada, dama de los rocíos que cristalizan en el jardín de las rosas que miro absorto antes de entrar en el ultimo de tus crepúsculos.

viernes 6 de enero de 2012

MATRICIAL

Alguien pontifica desde el borde/orilla/limite, se fantasmiza y surge vertiente, repite eco la voz profana inicial de Lezama Lima, el verbo sagrado real-maravilloso de Carpentier, paradisos y reynos, cumbres orogénicas, mistagogos, cubanos arcangélicos allí en el malecón en la nocturnidad de las siluetas entre la bruma marina esperando la madrugada de cardúmenes y aves migrando hacia ellos. Y es también la voz diciendo sándalo en la penumbra de cristal, un buddha de ámbar a la sombra del jacarandá, el hexámetro, la runa, ese anhelar de volver a ser arena, o las voces de las alturas telúricas que desembocan en el mar de la ágatas, y del castaño del patio y los almendros de la lluvia y el tren bananero de los muertos. Ecos, plagios, reescrituras buscando, explorando, experimentando, desollando las piedras de las patrias contraconquistadas. Alguien fragmentado y disperso vaga por las calles de un París oscuro bajo la lluvia, por las orillas del Buenos Aires de casas bajas allá por el Maldonado, por el Malecón de La Habana con las olas rompiendo a lo largo del espigón contra las piedras inmóviles, por ciertas ruinas calcinadas en la Ciudad del Cabo del Haití de un rey muerto. Busca la voz escrita en los cauces de los retorcidos meandros, en los incendios y los gritos de las revoluciones destrozadas por la misma raza que las inició, en las bahías de aguas tibias plagadas de medusas azules, en la altas nieves de una cordillera inalcanzable y lejana donde están las tumbas vacías de los próceres sin entorchados ni medallas de humillante bisutería, busca en las tupidas selvas ahítas del vuelo chillón de los guacamayos multicolores, en los espejos de las charcas donde las florecen los ojos de las grandes anacondas, en la voz perdida y recuperada, en la estética del exceso, del mal gusto buscado y rebuscado, del artificio y la inútil complicación del verbo, de la sobreadjetivación hasta el rebalse y el derrame. Busca la visión del esplendor perdido de su antiguo Nuevo Mundo, los fermentos de Góngora, las semillas ilusorias, la honda raíz embebida en las sangres arrasadas. Alguien escribe en las arenas acumuladas por los océanos de las carabelas y las canoas, en los muros traslapados de templos/catedrales, en los códices quemados por miserables monjes equivocados, en un oro refundido que fue dios sangriento y luego custodia del cuerpo y sangre del cordero, en los palimpsestos escondidos de las bestias de los dictadores que vinieron, escribe y escribe, escribe con tintas de todos los colores para ser retumbo de todas esas voces fusionadas.

domingo 1 de enero de 2012

ORBITALES

A ras de tierra, a flor de agua, por el filo hacia abajo en la escombrera, entre el mosquerío y la podredumbre del pantano, frutos tumefactos de mandrágora, semillas con sus embriones muertos de salazón, lagartos inflamados, derrumbes y destrucciones que llevan al molo semihundido donde las espumas de infinitos oleajes repasan una y otra vez las algas de verdes encendidos. Más allá los tetrápodos del rompeolas soportando la mar brava, los gaviones incrustados en borde del río acanalando el torrente de las turbias aguas de los primeros deshielos. El sabor de la azúcar quemada vaga por el cañaveral como un ron primitivo, aborigen, y se queda como un relente en la densidad de las raíces embriagadas. Recovecos donde anidan los albatros, albos relámpagos planeando sobre los azules remansos oceánicos. El humo azul del tabaco dispersándose en el aire fresco de la tarde de ocios desvergonzados. Un jardín florecido de desencantos de rojos muy intensos, de siemprevivas doradas y plateadas madreselvas escondidas, caléndulas y muérdagos, enebros y albahacas, hierbabuenas y pasionarias con su corona, sus clavos y sus martillos infames. La escollera enfrentada a los ecos espumosos de los oleajes de lejanas tormentas, al plancton extravagante extraviado de sus confines por invisibles corrientes submarinas. El corral de minotauros y unicornios, la jaula de los fénix y los alicantos, el acuario de lentos y ampulosos celacantos anaranjados. Un cielo de nubes de altos algodones coronando los límpidos azules andinos, las verdes selvas taínas, los salares, los desiertos y los antiguos dioses sangrientos. Las burbujas iridiscentes, perfectos esféricos tenues batiscafos de mar verde mar, sus misteriosas interferencias y reflexiones confluyendo vertiginosas a la brevísima hecatombe de un silencioso estallido ante los ojitos sonrientes de la Pili. El embeleso de las hélices, el embrujo del giro helicoidal, el encandilamiento de los heliotropos mirando el sol con el mismo afán de los girasoles. Balandros de cabotaje en el sesgo de bahías y caletas en concavidades planares de negros roqueríos y arenas amarillas. Los enigmas de las improntas de las sórdidas cloacas con sus aguas negras, sus fangos borboteando enjugados entre la incertidumbre malsana de los coliformes y el sortilegio de los espejos de obsdiana. La música de un organillo en la molienda del organillero en la esquina equivocada en la víspera del viaje. Todo tiende a un centro final, vórtice y vértice, los últimos ojos en que veremos reflejados nuestros ojos antes del último zarpe.

viernes 16 de diciembre de 2011

Página

Un texto de Byron González (i)

Escribir sobre tu cuerpo ha sido la más reciente aventura que ansío. Volverte mi página y ver nacer en ella mis palabras. Grabar con mi aliento los puntos finales y las pausas germinales. Escribir sobre tu cuerpo y sus honduras. Escribir la palabra caracol en tu bajo vientre y que mis labios deletreen el monte de Venus; es describir las albricias de mis manos recorriendo las dunas y la misteriosa escritura de tu ángulo sitiado. Escribir sobre tu cuerpo es una demanda erguida, es avizorar las torres de la distancia y los farallones donde la mar embiste.

Escribir sobre tu cuerpo es una urgencia sin tiempo, son ondeantes pañuelos preñados de adioses de amantes sonámbulos que con sus puños crispados se arrebatan la piel hasta verla nacer en flores de índigo profundo. Escribir sobre tu cuerpo es amar las llanuras y las pacíficas rías rezumadas de tus piernas; es transgredir las gramáticas oficiales e inventariar los diccionarios hasta dar con la palabra que reúna el sello, la imagen reconocible al tacto: el espaldarazo del amor y el deseo.

Escribir sobre tu cuerpo es crear las iniciales miniadas que con paciencia y tezón van iluminando las páginas de tus sueños de mundos solares.

Escribir sobre tu cuerpo es leer los horóscopos en tu piel, las sabidurías de lunas y firmamentos, los presagios y augurios de mañanas más consistentes.

Escribir sobre tu cuerpo es rebelarse contra las falsedades, es amurallar a la mentira y sus sociales conspiraciones, es el día a día de la minuciosa hechura de la ilusión que saquea el santuario que el espacio ha creado.

Escribir un diario del gozo, graficar los estertores eruptivos en gritos dentados y la voz de los dedos aprisionando el destello de la entrega, escribir sobre tu cuerpo es darle rienda suelta a la ansiosa afirmación de jardines y aromas.

Escribir sobre tu cuerpo es pintar inviernos y veranos, otoños y primaveras; es consultar el almanaque para fijar el calendario de siembra y cosecha.

Esclarecer de zarza el camino y chapodar los matorrales que ocultar puedan sierpes y verbos innobles, pues escribir sobre tu cuerpo apremia entendimientos.

Escribir sobre tu cuerpo es responder a los enigmas esfíngicos y oraculares, y emerger airoso al beso y la centella.

Escribir sobre tu cuerpo rocío, tiempos alborales, auroras de mañanitas con aromas a madroños y hojas de guayaba, Monte Musún, Momotombo y Momotombito, y está linda la mar.

Escribir sobre tu cuerpo las estelas cotidianas en los esplendores de la ternura. Escribir sobre tu cuerpo las letras capitales de tu sol oscuro y la expansión de tu universo; letra a letra, sílaba por sílaba, palabra por palabra visualizar las razones del paradiso y arrullarlas en las cuencas de mis manos.

Escribir sobre tu cuerpo es recordar versos de Guillén y repetirlos como un conjuro:

“Dormías, los brazos me tendiste y por sorpresa

rodeaste mi insomnio. ¿Apartabas así

la noche desvelada, bajo la luna presa?

tu soñar me envolvía, soñado me sentí.”

Escribir sobre tu cuerpo es un beso en la lejanía.

Es esta letra de tu piel impregnada. Es esta letra de tu piel impresa.



Publicado el Miércoles, 2 de Noviembre de 2011 en:

http://www.tribuna-latina.com/tln/index.php/cultura/cultura-categorias/cultura-libros-novelas/2954-pagina#jacommentid:25

(i) Byron González graduado en Ciencias de la Educación, con especialidad en Español. Catedrático en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua donde impartió Literatura Latinoamericana y Española; co-autor del curriculum docente Taller Literario para la misma Universidad; miembro del Equipo de Investigaciones de la Historia Social de la Literatura Nicaraguense, participando específicamente durante los años 1984-1986 con el grupo de investigación del "Discurso Económico en los Textos de la Colonia" . Director del programa radial político-cultural "El árbol de la Tormenta" transmitido dominicalmente en Radio Noticias, Managua, Nicargua ; ha publicado en "Ventana", "Nuevo Amanacer Cultural" "La Prensa Literaria " y "El Pueblo" de Nicaragua. Trabajó y dirigió a sus estudiantes durante la Cruzada Nacional de Alfabetización de Nicargua durante 1980 en la investigación de la historia social y económica de la Comunidad de Cerro Blanco. Investigación que se encuentra en la Biblioteca Municipal de Muelle de los Bueyes, Costa Atlántica de Nicaragua. Participó en los recitales populares durante la década de los 80 en Nicaragua y en el ciclo de conferencias que la Universidad de San José de Costa Rica desarrolló al celebrar los noventas años del pintor Paul Delvaux, sobreviviente del movimiento surrealista europeo. Sus trabajos en prosa y verso han aparecido en revistas como "Andrómeda", "Revenar", "Escena" y los suplementos culturales de los diarios "La República" y "La Nación" en Costa Rica. Actualmente trabaja como profesor de Español y colabora con las ediciones latinas de Edmonton como" La Guagua" suplemento cultural de la Revista mensual "El Hispano" y "Tribuna Latina"

CURSILERIAS Y OBVIEDADES

Ríndete al error, al ensueño, al desfalco irrestricto de afectos, amores y pasiones, sin pensar sino en el hoy que transcurre mientras lees como una afilada guadaña en un campo de trigos maduros. Así sin aviso déjate naufragar en un cielo sajado por los vuelos de las palomas, olvídate de las premoniciones de lluvias venideras, ocúltate de los soles que hacinan las sombras contra los muros cubiertos de hiedras, y reclúyete imperturbable en los palomares escondidos en los entretechos de antiguos castillos del acecho de los halcones y los cernícalos. Olvídate de todos los nombres que horadan tu memoria, y de sus rostros y de sus manos, y confunde los días, los caminos, las esquinas, y vaga sin cartografías premeditadas ni equivocados mapas de tesoros, y navega sin brújula ni astrolabio por los mares que vinieren, y cruza los océanos sin esperanzas de archipiélagos ni islas encantadas. Deja tu equipaje en la estación y sube en cualquier tren sin siquiera intuir para donde está el norte con el sur traspapelado por las emigraciones equivocadas de las aves ciegas y el sol mismo atajado por tus premuras entre oriente y poniente. No hagas la pérdida que imaginas para que no se te cumplan los designios de ignominia que te prometieron los naipes torcidos de la baraja del ahorcado. No proyectes, no preveas, no siembres para cosecha sino solo por ver las flores, en cada bifurcación toma los dos senderos, no trunques tus pequeños destinos instantáneos ni cierres las puertas entornadas, no abundes en penumbras ni penurias, y corre por el pasto fresco en las mañanas, pasa el día espiando las nubes entre las ramas del árbol que te da sombra, colecciona los ocasos ordenándolos por los matices de sus sonrojos, entra en la noche como en un baile de máscaras y descubre cada amarillo de los amaneceres como si hubieras nacido poquito antes que canten los gallos. Fluye, deslízate, escurre, aprende del sigilo del silencio, toca las cosas y los cuerpos, pisa los charcos y persigue sus libélulas. Disfruta los acantilados y los laberintos, el vértigo de lo alto y la sordidez de las cloacas, la simpleza y la complejidad, porque entre cima y sima debiera estar la clave de Universo. Asume la nada, el vacío, la impotencia ante la muerte y el milagro momentáneo de la vida. Quizá así el pasado se te diluya cansado de esperarte y te quedes a la gira en el presente sin el entramado siempre desobediente del precario porvenir.

jueves 15 de diciembre de 2011

PASADO PERFECTO

Yo era de voz entrante, de canto atravesado, de burbujas en vuelo iridiscente entre las rosas, más tierno, menos ausente, contiguo, sacramental sin soberbia, algo perverso en sosiegos yo era. Iba viviendo de obsesión en obsesión como pasando las cuentas de un rosario, dejado de afanes útiles perseguía las hormigas, decretaba sus lutos y sus ceremonias iniciáticas, burdo sacerdote o chaman. Poseí los códigos de las constelaciones y de las huellas de las lombrices después de las lluvias, pero allá en mi infancia, donde mi madre, allá tan lejos que perdí el aroma del ciruelo y de la rama de pino de la Navidad, el ciprés de todos los años que íbamos a buscar con mi padre, y extravíe el perfume ácido de un rosal enredadera de pequeñas rosas muy rojas que aun existe pero ya no es el mismo porque yo era por ese entonces de voz entrante, de canto atravesado, y cazaba mariposas e indagaba asombros en una alquimia de líquidos de colores con la savia de los flores. Era gris, azul, perpendicular a la corriente, a los flujos y reflujos de los naipes, habitado de luciérnagas y noctilucas, subterráneo. Los días no tenían afanes ni las noches sueños, los años eran planos, desérticos, extensos arenales donde a veces llovía. Urdía tramas románticas de naufragios y dragones, capitán de las nubes yo era, pero ella nunca tenía rostro y los dedos de sus manos eran largos y el cabello muy negro. Había una plaza con una gran encina de follaje verde muy oscuro y bellotas de un marrón brillante también oscuro donde nos sentábamos a conversar en un banco rodeados de verde grama. Aunque hoy por hoy creo que tal circunstancia sucedía en las tardes de verdad. Y es que en esas antiguas concavidades del tiempo los sucesos y los seres que los habitan se confunden con las alegrías de los veleros en el tranque, las bolitas de cristal y los palitos navegando por las acequias. Yo era distante a los objetos, rastreador de lagartijas y arañas, sigiloso, estafador y cirquero. En esos soles todo era un patio con sus rincones, un parrón y una verja, allí los nardos de diciembre y por acá los pensamientos con sus rasos oscuros a poco de la tierra. Yo era siempre de perfil, como segado, sin silueta ni sombra, apenas unos trazos en los azogues, pero era más feliz, por esos tiempos, que los moscardones y las dalias. Vale.

domingo 11 de diciembre de 2011

A KELE YOYO

Hay maripositas que vuelen de lao, barcos escorados con sus velámenes rozando las espumas, ojos donde se reflejan solos los azules prístinos, laberintos expuestos en las maderas de la calles mas antiguas donde el comején instaló sus breves ciudades, un candil siempre encendido porque su llama es de mentira y solo alumbra de día, delicadas lagartijas de sonrisas amarillas, arcones con muchos mapas para llegar al mismo tesoro, un tigre caucásico de pestañas muy arqueadas, el silencio de los cementerios atrapado en una pequeña botella de color amatista, hay un collar de alas de cucarachas hilvanadas con un hilillo de telaraña, un cono de luz de un poste de alumbrado de hierro forjado con un farol de gas bajo el cual bailan tango dos compadritos, altas copas de bronce sin escanciar, un macetero con geranios negros, una mariposa nocturna conservada en un cubo de hielo transparente, los primeros treinta y siete números primos escritos en una tablilla de barro, un dado de hueso de perro en un cubilete de cuero de gato, guirnaldas de libélulas atadas a orquídeas atadas a lianas atadas a los troncos de los manglares, hay placidos días con la lluvia a boca de jarro, cocodrilos durmiendo boquiabiertos en las arenas del bajío, sepulturas fosforescentes con coronas de papel de colores, violines aferrados a una misma sonata, eñes ocupadísimas por años en llenar de sueños las palabras de todos los otoños para los niños que juegan en los cañaverales, iridiscentes burbujas de jabón correteadas por la brisa de la primavera por el jardín de rosas de la Maga, cirios iluminando el humo del incienso en el funeral de un Vizconde muerto de amor, un cenicero de lapislázuli en el que su veteado reproduce la primer gran ola del maremoto de Lisboa del día de Todos los Santos de mil setecientos cincuenticinco bajo un sol de pirita, hay amapolas ensoberbecidas en sus rojos atávicos, cristalerías tintineando fanfarrias de carnaval veneciano, un yunque de oro, una daga de ópalo, una chupalla de paja, un capullo color anaranjado de la mariposa de las seda con la crisálida equivocada, puntas de flechas de obsidiana usadas en la defensa de Tecnochtitlán, remolinos de papel plateado girando como espejos estroboscópicos, un parque bordado con la algarabía de las rondas infantiles, una duna de arena vitrificada en la memoria de todos los alcatraces que la sobrevolaron con la esperanza de la mar, y hay muchas maripositas que vuelan de lao.

viernes 9 de diciembre de 2011

EMBESADOS

Sí, nos seguiremos besando a pesar de los mustios guardianes o las magas intocables, nos besaremos detrás de los muros de las catedrales, en los zaguanes de la lluvia, en lo más alto de los nidos de los pelícanos, en los suburbios con olor a trenes o madreselvas, en los puertos de la noche, en la calle roja de los burdeles, sobre los plintos de las estatuas destruidas, en las aceras y los parques, en los sitios eriazos, en los comedores de pobres, en los manicomios y en las clínicas de fertilidad, abajo en las alcantarillas y en las galerías laberínticas de los hormigueros, a ras de tierra y en hirviente asfalto, en las aguas de las fuentes y en los pajonales de los bajos del río, embriagados de salivas, heridos de dientes, atragantados de lenguas seguiremos besándonos por las calles a favor de las madrugadas, a contrapelo del trafico, atravesados en las rutas rutinarias de los agentes de seguros, de las secretarias y de los dentistas, debajo de los puentes y de las mesitas de los cafés, arriba de las mesas de aquel bar de la Rivadavia, en los mostradores de las boutiques entre la algarabía de las damas chillonas, hundidos en el silencio de los anaqueles de las bibliotecas, perdidos en los intersticios de los adoquines de la calle larga y empedrada, en la repisas de las cocinas de las señoronas de sueños dormidos, en los portales de los conventos y de las abadías, sin descanso ni calma, seguiremos a besos arrastrados por los torrentes de los inviernos, recién florecidos en las brisas primeras de las sorprendentes primaveras, endulzados por la vendimia de los otoños, buscando umbríos lugares en medio de los estíos, seguiremos urgiéndonos a besos brujos, a besos de cristal, y a besos de chocolate, sin rendirnos, sin cansarnos de la boca del otro, enviciados y soberbios con los labios húmedos y mordidos por los fervores de los besos, sin dormirnos en los laureles ni besarnos en las mejillas, besándonos con desparpajo, con erotismo, con morbo, con toda la pornografía posible, y porque no, también con la imposible, sin saturarnos nunca por la sobredosis de besos porque hay que dar al Cesar lo que es del Cesar, y tu boca es mía y la mía es tuya, y seguiremos besándonos, piantaos e impúdicos, felices y excitados en los callejones y las callejuelas, en las orillas de los riachos y de los arroyuelos, y así seguiremos a besos locos, embesados por siempre y para siempre sin solución de continuidad hasta que nuestras arcillas separen nuestras bocas por lo poco que quede de eternidad. Vale.

viernes 2 de diciembre de 2011

AMY JADE WINEHOUSE

In Memoriam. Londres, 14 de septiembre de 1983 – ibídem, 23 de julio de 2011.

«Todo lo que Amy hizo, lo hizo en exceso: tomó en exceso y también se desintoxicó en exceso». (i)

Como fue que te pilló ese julio en que me borraste ese mismo tu día fúnebre la fosforescencia de Madonna, y su voz y sus destellos de diva cotidiana. Como fue hembra celestial que tenías que venir a torcer las bocas de las pequeñas hormigas que llenan las calles con sus paraguas y sin tus coloridos quitasoles, con tu pelo largo y negro en peinado sesentero, tus ojos recargados de rimel egipcio, tu boca de labios sobrepintados, tus tatuajes que convertían tus brazos en delgadísimas serpientes graffiticas, tus piernas huesudas bajo tus antiguos vestidos floreados y tu voz sesgada de rhythm & blues, de jazz y rock & roll, de ebria drogadicta que va derramando su tristeza huraña por las calles. Tu voz de pantano, de paria intocable, de sirena ciega o extraviada. Tu voz como un vértice fluctuante, la canción extendida e infinita que sobrevolaba siniestra sobre tu vida. Viviste en un territorio ajeno, de rojas amapolas de heroína, de verdes campos de marihuana, de árboles con los frutos prohibidos del éxtasis y la cocaína, de delirantes mariposas de ketamina y cristalinas vertientes de alcohol. Ahí en ese julio quedaron tirados los arcos de tus cejas, el desparpajo del piercing como un lunar de hembra bailaora al lado de tu boca, las brasas de los volcanes heridos de tus ojos sin mirar, el vaho de tu aliento negado a los espejos. La muñeca rota, quebrada en el feroz gambito de Dama. Que importa si fue una sobredosis o la ultima gota de vodka de tu vida rebanada por el tallo, sin raíz, que importa ahora si se te fue la voz con las palomas inquietas de tus manos tras unas luces estroboscópicas de colores absurdos e irreales. Como fue que esa noche se cerró tu canto sobre ti misma, flor inversa de perfecta primavera. Como fue que se cerró la marca de tu oscura melancolía que hacia girar y girar tu cuerpo de niña escuálidas en torno a ella como un eje, un centro que atravesaba los suburbios y las dehesas de las abejas. Que llantito de pena habrás llorado en esa soledad volteada en el piso alfombrado que te traía de bruces a los escarpes del Estigia, con el ruido de un agua vertida al pasar con la ultima bocanada de humo de tabaco huyendo de tu boca ya sin canto para ir a asumir la serenidad secreta de las esfinges. Estarán todavía aullando los perros de la luna allá en esa noche de ese julio final e instantáneo, quizás no inesperado, sin la comparsa ni el blue de los tugurios o las risas del patio del colegio, ni la abrumadora luminosidad mentida de tus tumultuosos escenarios. Seguirás ahogada para siempre en tu último naufragio.

(i) El padre de Amy Winehouse.

Rehab, en su voz. http://www.youtube.com/watch?v=KUmZp8pR1uc&feature=relmfu