
“que todos se levanten, que se llame a todos, que nadie se quede detrás de los demás”
El Surrealismo busca descubrir una verdad, con escrituras automáticas, sin correcciones racionales, utilizando imágenes para expresar sus emociones, pero que nunca siguen un razonamiento lógico. El Neobarroco se caracteriza por el exceso y la artificiosidad de los recursos estéticos utilizados. Artificiosidad que consiste, principalmente, en la extrema distancia existente entre el plano real y el plano evocado de la metáfora. Esa distancia de por sí lleva a la desmesura, a la hipérbole.
Siete monjes de hábitos negros, con sus capuchas ocultando los rostros en la negrura, siete monjes en una lúgubre procesión tras un féretro negro sobre una desvencijada carreta tirada por una triste mula vieja, cruzan las desoladas calles empedradas del Ávila de los Caballeros de Castilla la Vieja. El carretero lleva tomadas las bridas con una mano y con la otra tapa su boca desdentada para que no le vean la sonrisa los innumerables ojos que se asoman ocultos por cortinas y geranios a lo largo de todas las calles que van del convento al camposanto. La noche se ilumina por segmentos con los cirios de cera virgen que llevan los siete monjes. Ahí va Torquemada, con su rostro de tubérculo adusto e infeliz en la última mueca de dolor. Esa piltrafa que los buitres rechazarían fue el temible Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio, el primero, el que señaló el camino de la hoguera a los herejes, y agregó otra diáspora humillante a los descendientes de los hicieron crucificar al Ungido. Ahí va encajonado, pudriéndose en su salsa, ese solitario Tomás, el sádico erudito, que escuchó los pecados de la reina, sus reales soberbias, sus tristes y patéticas lujurias de palacio, las pequeñas miserias de hembra coronada. Le temieron las Españas y sus súbditos por su piedad tenebrosa, y porque en medio de la nobleza que medraba en lujos y apariencias, él comía poco, desdeñaba manjares, dormía sin sábanas, y vestía sencillo, para ser el mas severo hasta consigo mismo. Eso fue «el martillo de los herejes, la luz de España, el salvador de su país, el honor de su orden», el ciego fanático que ordenó la quema de bibliotecas judías y árabes para aplacar la Ira de Dios sobre una humanidad inconsciente de sus culpas y sus castigos en el fuego que cuida con sus tres feroces cabezas el Can Cerberos. Esos labios tumefactos ordenaron la quema liberadora de diez mil sacrílegos y el tormento rescatador de veintisiete mil equivocados. Va tan muerto como todos, creyentes, conversos o herejes, el hijo de Pedro y Mencía, castellano de Palencia, que no conoció mujer y quizás tampoco las granjerías sodomíticas del convento, solo supo, sintió y vivió la fe inmutable en que él era un elegido. Le dolía el dolor del prójimo, no el físico porque al fin y al cabo el cuerpo es cosa deleznable, sino el dolor ignorado de sus almas en pecado camino al infernum, le dolía además que su tiempo de mísero mortal no le alcanzaría para rescatarlas a todas. Por eso debió apurar el fuego y la tortura, porque la palabra, la mera palabra ya no servia. Siete monjes, un carretero, un Torquemada tieso, van por las calles oliendo a cadáver, el hedor hace cerrar las ventanas y va dejando mustios los geranios. Torquemada va impávido, el carretero va sonriendo, y de los monjes no se sabe. Allá muy arriba, tanto que no se ve, un Dios Impotente recoge cabizbajo las cuerdas cortadas de su marioneta preferida. Vale.
Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Cuando la voluntad de los dioses es más fuerte que la ambición de los hombres.
Soy un sacerdote hereje del Templo de Abaipsu. En un tiempo tuve la mayor de las glorias en mis manos. Llegué a ser secretario del consejo sacro. Pero yo aspiraba a más. La soberbia me perdió. No toleraba ser un segundón en el consejo, quería ser el sumo sacerdote. Sus prerrogativas son tan amplias, es un ser tan afortunado que la lascivia adorna su cama con frenesí y la voluptuosidad envuelve sus noches, placenterísimas, orgiásticas, fabulosas. Posee la diadema de la belleza radiante y en su lecho las estrellas azules y frías le colmatan de placer. Y el vino más amable de la tierra le besa y acaricia los labios y le hace olvidar todas las penurias.
Conspiré contra él. Quería encaramarme en su trono. Me detuvieron.
El proceso, el juicio, fue sumarísimo. La condena fue dictada, inapelable y rotunda como un bofetón. Procedieron a mi castigo.
Me han desollado vivo y me han sumergido en el tanque del dolor eterno. Un líquido salino y aséptico en el que me mantienen vivo y sin piel y en el que respiro como un pez extraño envuelto en una túnica de dolor. Espantoso. Tardaré meses en morir, lo peor aún no ha llegado, he sido sacrílego a Abaipsu, cuando muera todavía tengo que pasar por el infierno que he construido yo mismo para mi insolente rebeldía. Contemplad la advertencia que os enseño. No desafiéis la voluntad de los dioses.
El universo de esta noche tiene la vastedad
del olvido y la precisión de la fiebre.
Jorge Luis Borges
De demonios, de pájaros, de crepúsculos nublados que se pintan de tonitos rosados, casi rubores amanerados, al final del día previo a la tormenta, y de clavecines mudos como una fila de la guardia suiza, con su marcialidad vaticana de oropeles y uniformes de carnaval. Habemus Papam. Urbi et orbi. Sic transit gloria mundi. De demonios fucsia con níveas dentaduras de porcelana que hacen resplandecer sus risas odiosas en la oscuridad densa de la primera mitad de la noche herida por la fina daga de la angustia o por el tosco puñal del miedo. Y los ojos rojos, rojo sangre, rojo fosforescente de maldad que miran penetrantes sin dejar ni una sola fisura por donde adivinar sus intenciones ni aquello que solapadamente piensan. Demonios, muchos demonios apretujados arriba y abajo como en El entierro del Conde Orgaz, con las uñas muy bien manicuradas y pintadas de nacarado transparente. Porque no era una Revelación. Y de pájaros, bandadas de pequeños pájaros mezclados como una nube de hambrientas langostas rojas que se mueve según una enigmática coreografía multitudinaria compuesta con la perfección de un Grigórovich. Pájaros azul cobalto de pecho dorado verdoso, negros de ojos amarillo fulminante, pardos de patas y pico anaranjados, variopintos iridiscentes colibríes enanos, horrorosos picabueyes, el Machetornis rixosus, con sus picos sanguinolentos, y altivos canarios amarillos, rojos, blancos, rosas, ágatas, negros, bromos, verdes e incluso del tenue isabela. Pájaros, demasiados pájaros volando al mismo tiempo como un oleaje de confeti ensordecedor. No había tórtolas ni chincoles ni jotes, porque no era la vigilia. Y los crepúsculos sucesivos, fugases, que nacen y mueren en unos pocos minutos sin alcanzar la melancolía o el asombro acostumbrados, apenas raspando el alma como un detalle mas en la muchedumbre de demonios y la miríada de pájaros. En la hondura siniestra de la segunda mitad de la noche. Y clavecines en formación de uno enfrente, semejando una alegre caravana de féretros de enanos muertos en fieros combates circenses, o una fila de descendientes de aquel bicho cubista que imagino Faulkner, congelados en un eterno Fa sostenido mayor, hermosos clavecines lacados, elegantes, soberbios en la espera insensata de que alguien se apiade de sus silencios y los hurgue a dos manos para sacarles las tocatas, los caprichos, las fantasías, o hasta un mísero ricercare, como en esos tiempos del seicento en que Frescobaldi o Scarlatti los justificaban ante las mas nobles y rancias sangres reinantes en altos e iluminados palacios. Muchos clavecines silentes, majestuosos, pero que van siendo mancillados poco a poco por el puntillismo de la humillante lluvia de pequeños excrementos blanquinegros que les brindan los pájaros irrespetuosos asustados por los demonios en medio de la indigencia grisácea de un crepúsculo que se ha extendido mas de lo usual. Y de súbito todo se detiene, vuelo de pájaros, risas de demonios, crepúsculos efímeros, y hay un silencio opresivo y una quietud angustiosa durante una larga centuria de dos o tres minutos y también de pronto, sin explicación ni razón, un clavecín rebelde abandona el Fa sostenido mayor y arremete con los acordes iniciales de La Dauphine de Jean-Philippe Rameau, y es bajo ese sortilegio que mis parpados se van cerrando en el sopor de la música en una pirrica victoria sobre el insomnio porque comienzo a soñar un sueño de demonios, de pájaros, de crepúsculos, de muchos clavecines muertos en Fa sostenido mayor, y de un mágico clavecín insubordinado, cuando ya el alba se desmorona impaciente sobre el incesante Canalazzo.
Ad evidentiam itaque dicendorum, sciendum est quod istius operis non est simplex sensus, immo dici potest polysemos, hoc est plurium sensuum; nam primus sensus est qui habetur per literam, alius est qui habetur per significata per literam.
La Divina Commedia. Dante Alighieri. 1472, Foligno, Perugia, Italia.
Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Tratado de Micología Infernal. Pócimas elaboradas de setas venenosas, platos de sinuosas víboras hervidas, malignidad en dosis azucaradas. Oronjas que acumulan daño, desaprensivas y tiernas, agradables al paladar y aciagas como diente de mamba. Negruras ilimitadas bajo sabrosos olores, sabores deliciosos que ocultan puñales históricos, rabiosos como bocas de hidra. Hipócritas manjares preparados por cocineros malignos, ruines hasta el exterminio, deliciosos, sabrosos, riquísimos hasta el empalago, pero feroces y curvos como dagas islámicas melladas. Disfraces de niño que ocultan cocodrilos hidropésicos, en alferecía de criminales intenciones, y ocultos en espléndidos colores, mentiras que entran en el oído tal una música de cascabeles dulces y que esconden, tal extrañas ostras marinas, perlas de cicuta asesina. La Phyllophorus Hidroxanthus, bailando junto a la Amanita Muscaria, en un plato de ostras de Haití, servidas con la untuosidad de los camaleones verdes. Escandalosos paraísos ubérrimos, repletos de fuentes de oro, con mosaicos azules, y rosas cargadas de perfume, y que disimulan la apoteosis de la pantera, escondida entre los palos de Brasil, disimulada por el canto de los ruiseñores, y tela de araña de plata purísima y brillante, taimada cual sabihonda hiena sin sonrisa. Amabilísima señorita de voz dulcísima, bellísima y de corazón híbrido.
El autor ya no puede más. Ha entrado en el fondo de la mina para extraer brillantísimos diamantes, el Pozo estaba lleno de hongos admirables, Oronjas naranjas, Lepistas Azules, Clitopilus ocres, Ramarias maravillosas, pero su esfuerzo no era suficiente, tenía que desollarse las manos para extraer la Cortinaurius, rabiosa como un manojo de bichos, y la profundidad del fondo marino era la de una entidad leviatánica, su lucha era una lucha contra los elementos, y su propia naturaleza la del payaso repugnante, arborescentes ramas cilíndricas se oponían a su paso, extrañas panteras que no existían, demonios que no estaban en ningún lugar de su cabeza se le oponían para entrar en el palacio de los Jades turquesas, y los cisnes azules estaban lejanos de la lira de su lápiz, los colores se resistían , el palacio a edificar era sólo un proyecto en su mente, una sierpe imposible de cazar, difícil como un concierto en clave.
El Suillus Granulatus, regular, liso, convexo, aplanado, de cutícula separable, glutinosa, de tubos amarillentos y poros pequeños, boletal comestible si se despelleja la cutícula, junto a la Inocybe Fastigiata, muscarínica y letal, vomitiva, de olor espermático, lejías feroces y sabores insípidos. Carnaval, rompecabezas, tómbola arquetípica, circo de arcángeles e íncubos, bailarines con máscaras de hielo, crispados de música elegante, atrayentes como zafiros y malos como alucinógenos.
El autor ya no puede más , lo intenta, y lo intenta, está escuchando a una sirena y aún así se le resiste el oro, que escapa de sus dedos como el agua, líquido y brillante de sol, pero imposible de atrapar por él.
Y tras una sonrisa se escondía el veneno.
Con la sensación de haber fracasado terminó de escribir el loco.
Un texto de Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Dos setas prácticamente iguales. Tricholoma Flavovirens y Tricholoma Sulphureum. Sosias amarillos totalmente indistinguibles. Hermanos gemelares del Reino botánico. Por un mínimo detalle, nota de piano que no aparece en la partitura original, la copia lasciva y perfecta, espanto curvo de feroces dientes, negra rosa y asfodelo amarillo, horada y devasta como gusano rabioso el hígado. Dorados ángeles de belleza áurea, indistinguibles en su hermosura arcangélica, y oculto satán tras el espejo. Anillo que esconde la dioxina bajo un ámbar fulgente. Gemelo esquizofrénico y gemelo cuerdo, el uno proyecto de víbora, el otro, Jesús comestible, blando y delicioso como Eucaristía sublime. Rabiosos amarillos sedosos, sombrerillos gualdas que brillan estridentes, oro que fulge como la orilla de un río, trozos de la bandera española, delicia para paladares exclusivos y basidiomiceto criminal, estática pantera inanimada, psicodélicamente coloreada, partitura en negativo de pentagrama maligno, reflejo mortal de mariposas amables, e insecto repulsivo antítesis de su molde bondadoso.
En el cuadro original, el muchacho desnudo, exquisito narciso estremecido, arpa y clave de dulcísimos y amarillos timbres, tiene un anillo azul en el que el atardecer se asoma como una libélula a un junco. En la copia, el exuberante Apolo, aunque toca la misma melodía de esmeriladas trompetas carmesíes, tiene por anillo un jade rojo, con el toque de los bermellones sanguinarios. Los ojos son distintos, tienen matices diferentes, en la copia una furia malvada reposa en la mirada del Dios Apolo tal una araña de azufre. La firma del autor también es asimétrica, en el original hay una misericordia de campanitas tristes, azules y vegetales, la copia, sin embargo, tiene los rasgos de las letras levemente torcidos de soberbia, como ejecutados bajo sonidos espasmódicos.
El arcángel tiene la dulzura de los melocotones maduros, su reflejo, en cambio, destila, gota a gota, ácido de víbora en cántaros llenos de linfa negra.
Hay un lunar en la tetilla izquierda del impuro que no aparece en el original remoto. Las escenas son prácticamente especulares, sólo las soberbísimas pituitarias de los catadores de vino podrían distinguir el leve toque agrio del piano cuando arpegia la partitura plagiada. ¡¡¡¡Qué vinos tan semejantes y tan distintos¡¡¡¡, el uno con el azúcar de los caballitos rosas de mar, entre gorgonias azules, el otro, con el espanto de los bosques indonesios, en los que las mambas y las cobras persiguen mordeduras de tigre.
Tricholoma Flavovirens y Tricholoma Sulphureum, dos escenas prácticamente indistinguibles, en una de ellas la noche está aromada con molienda de trigo y harinas panaderas, en la otra la brea y la hulla han asesinado a las rosas.
Hay que distinguir en este plato de suculentos hongos el trozo de espanto que produce el cáncer, aquel trozo de violento amarillo que desatará la hepatitis ictérica. Tomad y comed y elegid bien el pedazo de ponzoña que os llevará al infierno o al paraíso. Plato de setas envenenadas. Original y copia, mezcla de veneno y caricia, ¡¡¡¡ cuidado siempre, Emperadores Romanos¡¡¡¡¡. Billetes falsos. Gotas de rubí durísimo.
Exhausto quedé sobre la arena.
(que no nos den nunca un billete falso)
Lo primero que hicimos fue exhumar todas las tumbas del rincón cenagoso donde enterrábamos los muertos y calcinar los huesos de nuestros ancestros, luego una vez quemados y casi deshechos lo fuimos quebrando en fragmentos tan pequeños que no se reconocía a que parte de la osatura pertenecía cada trozo. Finalmente enterramos esa arena gruesa desperdigándola por el campo como hacíamos con el abono de las guaneras blancas del roquerío de las aves, y los cubrimos completamente con la tierra negra que cada año el gran río nos regalaba antes de la siembra. Después dejamos escurrir libremente las aguas de todas nuestras putrefactas cloacas hacia los maditos campos feraces, envenenamos las vertientes, cortamos las hierbas buenas y malas, hicimos arder los trigales que nos saciaron junto con las Elaphe guttata, las malditas serpientes del trigo, y permitimos que las llamas alcanzaran las miserias de nuestras moradas. Veinticinco recuas de mulas durante tres días trajeron la sal desde las salinas de los impíos en el mar de las aguas espesas. Fue esa sal la que esparcimos en un circulo centrado en la colina del templo y que se extendía hasta los últimos cultivos de Canabis satiba, allá donde el bosque ya no dejaba brotar las semillas. Sabíamos que ese sello de sal cristalizada resplandecería para siempre bajo las cíclicas lunas y los inútiles soles venideros. Así nos aseguramos de que esa tierra nuestra no volviera a dar las abundantes cosechas que los sacerdotes ordenaban según las premoniciones que leían en las vísceras de las palomas, ni las vides sus racimos apretados para que en la vendimia del otoño estrujáramos el vino dulce que bebíamos de noche mientras bailábamos alrededor del fuego. Nadie sabrá que habitamos ese lugar sagrado porque no hallarán aguas puras, ni hierbas, ni granos, ni siquiera los huesos de nuestros ancestros. Solo quedarán huellados los innumerables senderos por los que subíamos cada uno hasta el templo, como los absurdos dibujos de un loco mesiánico que escribió en la colina las parábolas y los salmos dictados palabra a palabra por un dios indiferente.
Para Ruiz Caballero, con respeto, y vergüenza por mi mala sintaxis.
Anoche, después de ver desde mi ventana al sol hundirse en el mar como una naranja y alzarse las diminutas estrellas, cerré la puerta con cerrojo, corrí las gruesas cortinas de las ventanas, y encendí las tres velas de cera amarillenta y olorosa del candelabro francés de bronces rococó y frío mármol. Envuelto en esa tibia casi penumbra dispuse sobre la mesa la delgada caja de madera veteada y la abrí con cuidado. En medio del terciopelo color obispo estaba el fragmento trapezoidal de un espejo. Por el discreto pero perfecto biselado que se reconocía en una de sus aristas, la calidad de cristal y el tipo de azogue era fácil saber que había pertenecido a un muy antiguo espejo veneciano. Me había llegado por encomienda hace dos días, el nombre del remitente venia borrado bajo una mancha del mismo lacre con que se había sellado el paquete. Recuerdo que me pregunte instintivamente si ese detalle era producto del azar o de la voluntad del emisor. Lo adquirí por eBay, el día antes de Navidad leí en el L’Arc de Feu que Ruiz Caballero había sido asesinado por un yonqui en la entrada de un local cuyo giro por respeto a su memoria prefiero no mencionar, y que sus antiguallas y manuscritos se iban a rematar en beneficio del Hospicio de San Fermín, ya que no dejaba herederos. El trozo de espejo refulgía en la mesa como un pedazo de luna amarillenta o una cloaca de aguas negras según el ángulo en que se lo mirara. Me asomé a él con un poco de temor reverencial, es fama que fui un envidioso admirador de la obra de aquel glorioso sevillano, y tener ahí un objeto que había sido de su propiedad me hizo sentir de alguna manera poseedor de una fracción de sus asombrosas magias verbales. Y allí, en la solitaria oscuridad de mi dormitorio, descubrí que aquel fragmento de espejo era un portal hacia otros mundos jamás visitados. Mundos de colores distintos, de extrañas mineralogías, zoologías y vegetaciones, allí vi ubérrimos jardines de colores extraños, vi bichos, hibiscos naranjas y amarillos, un Alíen en una película porno, vi un antidiamante y mimbres, pececillos grises y ranas verdes, un arpa y una araña., vi crisoberilos, rodocrositas, un cabaret y las lágrimas de San Lorenzo, fuego e infinitas mariposas de cristal, gatos y gatitos, moluscos, un pitufo y una mandolina loca, vi el reloj del judío y el tintero de la mariposa, vi veintidós descensos y el Spantax horribilis, ese extraño insecto del planeta Helicón V, vi mundos minerales y planos como hechos de coral y de cristal, vi lepidópteros, un cardenal y hormigas, libélulas, una sandía, una tienda de lámparas y un palacio, una mosca, un caracol, una verga, y un espejo que no era este, vi orquídeas Azules de corolas zigomorfas, dragones, uno de ellos con las plumas de alabastro, vi a Hannibal Lecter, una tarántula, la luz del sol en Xcrit, una pirámide tres mil quinientos años, y vi un jesuita de negro azabache que llevaba un anillo verde, vi una violación y el inframundo de El Corte Ingles, vi un mar de magma rabioso que devoraba cuanto caía en sus fauces, vi toros, toreros, jóvenes gay y cerdos, muchos cerdos, vi meretrices en un burdel de paredes café con leche, y vi las alas de una mariposa quemadas por ácido sulfúrico, vi un Pianista y a su lado un nazi, vi a Max Brod leyendo con veneración un manuscrito de su amigo Franz Kafka, y en su mano un diamante aplastado donde estaba tallada la frase del Eclesiastés; ‘Yo hago brotar de ti el fuego que te destruye’, vi a un hombre de una extraña mirada vidriosa, devorado por una fiera brutalmente espantosa, vi en su rostro el dolor de la tortura y la muerte, y por ultimo vi una orquídea lobulosa de color rosa, como una flor de varias lenguas exquisitas, que por supuesto no existe, y bajo ella un espejo, y ahí entendí el secreto de la Orquídea Carnívora, porque vi en ese otro espejo, por una ventana, al sol hundirse en el mar como una naranja y alzarse las diminutas estrellas, y lo vi ahí inclinado sobre una mesa, y sobre ella un hermoso y antiguo espejo veneciano, lo vi quebrar el espejo y supe que lo hacia para hacer partícipe de su secreto a algún amigo, y entendí que yo era ese amigo, entonces (*) vi mi cara y mis vísceras, vi su cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible imaginario de Ruiz Caballero. Sentí infinita veneración, infinita envidia.
La habitación es muy alta y por la perspectiva desde acá abajo parece cilíndrica. Pero no para un experto trepador de muros como yo que la he recorrido palmo a palmo, ladrillo a ladrillo, hasta reconocer cada una de las grietas y sinuosidades de su oscura superficie interior. Puedo aseverar, sin soberbia, que me basta hacer un pequeño circulo sobre ella palpando con alguno de mis pulvillos o uñas para saber exactamente que punto de la pared estoy tocando. He aprendido que la rutina es fuente del mas perfecto conocimiento. Ya en los primeros viajes de exploración táctil me di cuenta de su conicidad, mínima pero detectable. El techo plano y circular, lo define además como un cono truncado. La puerta, de madera noble, ha permanecido desde siempre cerrada, al igual que las ventanitas tapiadas desde los tiempos en que todo esto era un barco. Hace años, quizás debiera decir decenios o siglos, (pero el tiempo como sucesión ordenada acá no es importante), que vengo pensando en construir un entrepiso aprovechando las salientes de las pequeñas ventanas allá en lo alto. Solo que tal separación ha de ser construida no en el espacio físico del recinto, sino en su precisa representación dentro de mi imaginario, pues no tengo a mano los materiales necesarios. Lo que para efectos prácticos viene a ser lo mismo. Cuando pasan muchos días sin movimientos ni ruidos que me rompan el tedio, inicio un lento recorrido siguiendo un zigzag heurístico por la pared imaginando que es una cinta de Moebius, y créanme que por largos momentos habito un espacio infinito. Acá no hay muebles, cuadros o lámparas, ni ninguno de los objetos típico de un lugar habitado, vasos, cuchillos, libros, tableros de ajedrez o relojes; solo el piso circular de baldosas negras y blancas sin dibujos, el techo de apolillados tablones de roble allá arriba entre las sombras; y la pared, esta continua superficie curva que me envuelve desde siempre, origen seguro de mi locura, de mi desesperación claustrofóbica. Pero hay días mejores. Cuando viene la época de las interminables y bullangueras lluvias del monzón todo cambia, cada ciertos días se escuchan voces, ruidos de claqueos y de golpes breves, contundentes, de pequeños objetos sólidos contra una superficie plana. No es raro que en medio de esa bulla la habitación se estremezca y se mueva. Cada una de estas ocasiones dura algunas horas y después viene una quietud absoluta por dos o tres días o semanas. A lo largo del tiempo las voces van cambiando, como en ciclos de lustros o lapsos similares, y eso altera también los movimientos de la habitación dentro de los ciclos menores de horas. Al principio del ciclo casi no hay movimientos, o estos son escasos, no rara vez solo es uno, preciso, seguro, poco después del inicio de los ruidos. Mas adelante se hacen mas y mas abundante. Este aumento siempre es en las etapas finales de los ruidos y golpes. Eso si, los movimientos son siempre de cuidadosa traslación lineal y sin perder la verticalidad. Esto me ha hecho llegar pensar que el universo exterior a pesar de los alborotos y bamboleos es de alguna manera ordenado, con pautas o reglas que no admiten cambios azarosos. La rutina, las repeticiones cíclicas, el tedio de esta penumbra atemporal, me han llevado a reconocer con exactitud matemática las relaciones biunívocas entre voces y movimientos. Usualmente todo termina cuando se escucha el ruido de uno de los objeto que cae rodando sobre la superficie. O también, pero esto es mas ocasional, cuando una de las voces pronuncia con notoria felicidad una única palabra, que en los siglos del brahmán Sassi era “chaturaji” y por estos tiempos es “jaque mate”. Entonces todo vuelve al silencio y la inmovilidad, a esa inacción total, desesperante, que me enloquece hasta el dolor. Para alejarme de esa acechante locura, invento complicados juegos sobre las baldosas escaqueadas con figuras imaginadas que al ser movidas repiten los ruidos que escucho en los días felices. Si me siento un poco mas intranquilo vuelo en círculos helicoidales sin tocar la pared, y haciendo vibrar mis halterios al mismo ritmo que mis poderosas alas delanteras, provocando un grato zumbido adormecedor. La pared, curva, es (o me parece) así infinita y mi vuelo ilimitado. Con estas toscas ceremonias suelo encontrar, en el cansancio físico o mental, la anhelada, pero siempre momentánea, paz.
Nota del Autor.- La lectura de “En Dos Dimensiones” de Ruiz Caballero, y en especial la frase “En la torre quizás habite un monstruo,…”, y la asociación inmediata (para un vicioso borgeano) con La Casa de Asterión de Borges, me llevaron a intentar este breve relato a la manera de una amalgama de ambos autores. Como el lector habrá fácilmente deducido la alta habitación es la torre del ajedrez, la roka (barco) del sáncrito que siglos después Alfonso X el Sabio denominaría roque, y el solitario habitante es una mosca, la común, Musca domestica, las palabras pulvillos y halterios, así lo declaran. Vale.
Soy Ascario Jacinto Buñuelos, natural de La Puebla del Rió, y lo conocí mejor que muchos. Aunque previendo refutaciones interesadas, debo reconocer que solo trabajé para él ocho años, cuatro meses y doce días. Me fue presentado el dieciséis de mayo de 1921, cuando comencé a trabajar como secretario privado de su padre, el Conde de Torrevieja, que Dios guarde en su Reino. En ese entonces él era un jovencito elegante y afeminado que solía perderse tardes enteras en el ilimitado jardín del Conde con un frasco de ancha boca, de cristal veneciano, y una delicada red de cazador de mariposas. Nunca cruzamos palabras, que yo recuerde, hasta la muerte de su padre, la tarde después del funeral me llamó al despacho recién heredado y me ofreció servirle como ayuda de cámara. Acepté mas por comodidad que por gusto, con la secreta intención de buscar otro trabajo mientras le servía. A pesar de ser un hombre carismático y seductor, recibía escasas visitas, y los más eran parientes que venían a solicitar alguna ayuda económica o una recomendación para algún negocio de ultramar. Solo dos eran las mas asiduas, el Cardenal Navrija-Sáenz, que como recordarán hizo su fama persiguiendo a los jesuitas, y la hermana de Su Eminencia, la Baronesa de Essex. Que si bien eran hermanos nunca lo visitaron juntos. La Baronesa era una mujer elegantísima, aun tengo la visión de ella envuelta en un abrigo de zorro plateado, con unos altos y finos tacones de verde malaquita. Tenía unas bellísimas y suaves manos, una cabellera sublime y unos ojos azules, casi violetas, bajo unos párpados de largas pestañas. En cambio el Cardenal era un hombre opaco, enjuto, de mirada extraviada y de piel translucida, que hablaba en voz muy baja, como en susurros. Llegaba siempre ataviado con su manto arzobispal, de frenético rojo rabioso, y al entrar extendía hacia mí su pequeña mano huesuda como de murciélago albino para que besara su anillo cardenalicio. La ultima vez que lo vi fue un martes de invierno, cuando lo hice pasar al salón donde él ya lo estaba esperando, tres días antes de que encontraran su cadáver desangrado y con las cuencas de los ojos vaciadas, en la sacristía de la catedral. A los que nunca consideré visitantes eran dos jovenzuelos malvestidos y soeces que aparecían por la casona una vez al mes, y se encerraban con él en sus habitaciones toda la tarde. Tenían una actitud irrespetuosa y familiar que no se correspondía con sus meros servicios de aseadores del laboratorio. No recuerdo sus rostros, apenas que uno era rapado al cero y el otro un mulato de pelo rizado. Cuando me ofrecí para realizar esa labor, él me contestó que era un trabajo pesado y sucio, para gente mas joven. Sobre él solo puedo decir que era un solitario, un hombre de pocas palabras, de sonrisa esquiva y de ojos tristes, su vida misma era un misterio, creo que hasta para él mismo. Como licenciado en Ciencias Biológicas y especialista en Entomología, que por la fortuna de su herencia familiar no necesitaba trabajar, se dedicó por completo al estudio de los anisópteros, y se pasaba días enteros encerrado en el laboratorio aledaño a sus habitaciones. Una vez me dijo que su objetivo era la cría industrial de la libélula, no me atreví a preguntarle para que, temiendo quedar como un ignorante. Amante de la pintura y la música, podía estar por horas en semipenumbras escuchando a Frescobaldi o a Bach, sus autores preferidos, con la mirada perdida en el paisaje veneciano, verde y surrealista de su Canaletto. Su afecto, escaso y reprimido, lo volcaba por entero a sus cinco gatos, Belcebú un raro gato de rayas verdes, Diosa la gata blanca y Amanda la gata negra, Azrael que tenia un sucio color ceniciento y Pecador, un gato incoloro tranquilo y aburrido. Su mayor dedicación, aparte de sus estudios anisoptericos, era para su acuario de shubukins, de hermosos colores amarillos cobres y naranjas metálicos. Ahora bien, sé que Ruiz Caballero ha escrito algunas notas sobre él, sé que en ellas hay acusaciones veladas de sodomía, microzoofilia y sadismo entomológico, sé que incluso ha llegado a vincularlo al horroroso crimen de Su Eminencia. Esos libelos han hecho de él un equivalente castizo del Conde Vlad III de Valaquia. Para desvirtuar tales infamias es que he querido dejar escrito lo que yo conocí de él como persona. Que siendo poco es mucho considerando su voluntario enclaustramiento vitalicio, social y familiar. El lector puede ahora preguntarse si un tranquilo caballero de rancia alcurnia, de pocos amigos, amante de los gatos y los shubukins, de la música y el arte pictórico, un científico anónimo y silencioso que gastó gran parte de su fortuna en arduas investigaciones inútiles, podría ser el monstruo que ha querido crear la desaforada imaginación de ese autor malicioso. Sé que vuestro juicio, ahora bien informado, ha de limpiar su nombre. Vale.
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Nota del plagiador.- La quinta versión de esta saga injuriosa, se cree está perdida. Intuyo que no fue escrita, para así dejar espacio literario a nuevos infundíos sobre él, provenientes esta vez de los malicioso lectores de Caballero Ruiz.